Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Los fuegos artificiales empezaron a las once y media, iluminando la plaza entera con una luz de colores que hacía que hasta las caras más cansadas parecieran, por un momento, las de niños viendo algo mágico por primera vez.

El pueblo entero levantó la cabeza al unísono, soltando ese "oooh" colectivo que se repetía cada año con la misma sinceridad, como si nadie se cansara nunca de mirar el cielo estallar en colores sobre el mar.

Julia, junto a Vanesa, con la cabeza también inclinada hacia atrás, buscó con la mirada a su madre entre la multitud y la encontró junto a Benito, ambos con la vista puesta más en la gente que en el cielo, calculando, seguramente, el momento exacto para actuar.

Sintió un nudo en el estómago al verlos así, tan concentrados, sabiendo que en cuestión de minutos la noche de fiesta de Iván iba a terminar de la peor manera posible, aunque fuera, también, de la única manera justa.

Benito aprovechó el momento en que todo el mundo miraba hacia arriba para acercarse a Lucía, que estaba un poco apartada del grupo principal, con la cabeza inclinada hacia atrás pero la mirada perdida, sin ver realmente ninguno de los estallidos de color que explotaban sobre ella.

—Lucía, ¿puedes acompañarme un momento? Necesito hablar contigo, y he avisado a tu madre para que venga también.

Lucía se puso pálida al instante, con una palidez que contrastaba de forma casi grotesca con los reflejos rojos y dorados de los fuegos artificiales reflejándose en su cara, y asintió sin decir nada, siguiendo a Benito hacia un lateral de la plaza donde ya esperaba su madre, con una expresión de confusión que pronto iba a convertirse en algo mucho más difícil de sobrellevar.

—¿Qué pasa? —preguntó la madre de Lucía, mirando alternativamente a su hija y a Benito—. ¿Ha hecho algo malo?

—No exactamente. Pero necesito hacerle algunas preguntas sobre la noche en que murió Fermín, y por su edad, es importante que usted esté presente.

La madre se llevó la mano al pecho, en ese gesto instintivo de quien intuye, antes incluso de escuchar nada, que lo que viene a continuación va a cambiarle la noche por completo, y se sentó en el banco que Benito les señaló, con Lucía a su lado, tan tensa que parecía que fuera a romperse con solo tocarla.

—Lucía, cariño, ¿qué tiene que ver Fermín contigo? —preguntó su madre, con una voz que ya empezaba a temblar de miedo anticipado.

—Mamá, tengo que contarte algo, y necesito que me dejes terminar antes de decir nada.

La madre asintió, apretando los labios con la fuerza de voluntad que solo consiguen las madres cuando saben que lo que viene va a ser duro pero necesitan escucharlo entero antes de reaccionar.

—Lucía —dijo Benito, bajando la voz, reservando ese tono para los momentos en que la delicadeza importaba más que el procedimiento—.

Sé que ya has hablado de esto con Julia.

Ahora necesito que me lo cuentes a mí, con calma, exactamente como pasó.

No estás en ningún problema por contarlo.

Al contrario: contarlo es lo que va a ayudar a que se haga justicia de verdad.

Lucía miró a su madre, con los ojos ya llenos de lágrimas, y esta le cogió la mano con una fuerza que decía, sin palabras, "estoy aquí, pase lo que pase", y Lucía, apoyándose en esa seguridad prestada, empezó a hablar.

—Iván y yo estábamos en la playa esa noche. Escondidos, como otras veces. Fermín nos encontró y se puso muy serio. Dijo que iba a hablar con el padre de Iván, que no estaba bien que siguiéramos escondiéndonos como si hiciéramos algo malo.

—¿Y qué pasó después?

—Iván se puso muy nervioso. Discutieron. Fermín le puso una mano en el hombro, para calmarlo, creo, y a Iván le entró como un pánico. Lo empujó. Sin querer hacerle daño de verdad, solo para que le soltara.

La madre de Lucía ahogó un gemido, apretando más fuerte la mano de su hija, y Benito, sin interrumpir el ritmo de la confesión, dejó que Lucía continuara a su propio paso.

—Se cayó hacia atrás. Se golpeó la cabeza en el escalón de piedra del paseo. Pero se levantó, se lo juro. Dijo que estaba bien, que le había dolido pero que estaba bien, y nos gritó que nos fuéramos, que no quería volver a vernos ahí escondidos.

—¿Y os fuisteis?

—Nos fuimos corriendo, muertos de miedo. No sabíamos que se iba a morir. Si lo hubiéramos sabido, jamás nos habríamos ido así.

Lucía rompió a llorar del todo, con un llanto que llevaba días conteniendo, y su madre la abrazó, con una mezcla de dolor por lo que acababa de escuchar y de alivio por que su hija por fin hubiera podido soltarlo, delante de alguien capaz de hacer algo con aquella verdad.

—¿Por qué no me lo contaste a mí, cariño? —preguntó su madre, entre lágrimas propias—. Habría estado contigo desde el principio.

—Tenía miedo, mamá. Miedo de que me prohibieras ver a Iván, miedo de que pensaras mal de él, miedo de todo. Y cuanto más tiempo pasaba, más miedo me daba contarlo.

—Nunca habría pensado mal de ti. Asustada sí, pero mal nunca.

Se abrazaron de nuevo, madre e hija, con el tipo de abrazo que repara algo aunque no lo arregle del todo, y Benito, dándoles un momento antes de continuar, esperó con una paciencia que Candela, observando desde unos pasos más allá, agradeció en silencio.

—¿A qué hora fue esto, más o menos?

—Antes de las diez. No sé la hora exacta, pero sé que todavía no habían dado las diez cuando salimos corriendo, porque Iván miró el móvil un momento antes de que llegara Fermín, y todavía faltaba un poco.

Benito anotó eso con cuidado, aunque ya conocía el dato por Julia, porque la confirmación directa de Lucía, con su madre delante como testigo, tenía un peso legal que la versión de segunda mano no podía tener.

—Lucía, vas a tener que repetir esto mañana, en comisaría, de forma oficial. Con tu madre presente, y probablemente con un abogado también, aunque solo sea por procedimiento. ¿Entiendes eso?

—Lo entiendo.

—No estás sola en esto. Ni tú ni Iván. Lo que pasó fue un accidente, terrible, pero un accidente, y eso importa mucho a la hora de decidir qué consecuencias tiene.

La madre de Lucía, todavía procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar, miró a Benito con una expresión de gratitud que no necesitó palabras para expresarse del todo.

—Gracias por tratarla con tanto cuidado, inspector.

—Es lo mínimo que se merece alguien que ha cargado sola con algo así durante toda una semana, con dieciséis años.

Candela, que había estado esperando a una distancia prudencial durante toda la conversación, se acercó en cuanto Benito le hizo un gesto de que ya habían terminado, y se agachó junto a Lucía, que seguía llorando en el hombro de su madre.

Un poco más allá, entre la multitud que aplaudía todavía los últimos restos de fuegos artificiales, Julia observaba la escena sin poder oír nada, con Vanesa a su lado sujetándole la mano sin preguntar nada, entendiendo, por esa intuición que solo dan los años de amistad, que aquel no era el momento de hacer preguntas sino solo de estar presente.

—Lucía, mírame.

Lucía levantó la vista, con los ojos hinchados y la cara todavía descompuesta.

—Has hecho lo correcto. Sé que ha sido durísimo, pero has hecho exactamente lo correcto, y eso, tarde o temprano, va a pesar mucho más que el miedo que has pasado esta semana.

—¿Y qué va a pasar con Iván?

—Eso lo va a decidir un juez, con todo lo que hay que tener en cuenta: su edad, que fue un accidente, que no hubo intención de matar a nadie. Pero antes de eso, alguien tiene que hablar con él esta misma noche, y prefiero que sea de la forma más tranquila posible.

Lucía asintió, y Candela, mirando hacia la plaza, donde los últimos fuegos artificiales terminaban de apagarse en el cielo entre aplausos generalizados, supo que había llegado, por fin, el momento que llevaban toda la noche postergando.

—Es hora —dijo Candela, mirando a Benito.

—Es hora —confirmó él.