Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

La procesión de la Virgen salió de la iglesia a las nueve en punto, como cada año, con el pueblo entero apretujado a ambos lados de la calle principal, las velas encendidas temblando con la brisa, y esa mezcla de solemnidad y alegría que solo se consigue después de generaciones repitiendo el mismo recorrido exacto, año tras año, sin que a nadie se le ocurra cambiar ni una esquina.

El olor a cera derretida se mezclaba con el de los churros recién hechos de los puestos de la plaza, y el murmullo de las oraciones apagadas de los más devotos convivía, sin ninguna contradicción aparente, con las risas de los grupos de jóvenes que esperaban impacientes a que terminara la parte solemne para empezar la de verdad.

Valdearenas entero parecía respirar al mismo ritmo esa noche, un ritmo que llevaba marcándose así desde mucho antes de que ninguno de los presentes hubiera nacido.

Candela y Benito la vieron pasar desde la puerta de "La Dorada", donde Curro había insistido en que se detuvieran un momento antes de seguir con lo que tuvieran que hacer, "que la Virgen no pasa todos los días y hasta los que andan resolviendo crímenes tienen derecho a un minuto de respeto".

Candela se persignó por costumbre más que por fe, con la mezcla de tradición y cariño que sentía por aquel ritual desde niña, y sintió, mirando pasar el paso dorado entre el gentío, un peso extraño en el pecho: Fermín llevaba veinte años cargando esa misma Virgen sobre los hombros, cada fiesta, sin faltar ni una sola vez, y esa noche su sitio bajo las andas lo ocupaba otro hombre, uno de los suplentes, con una cara de tristeza que delataba que también él pensaba en la ausencia.

—¿Está bien? —preguntó Benito, notando el cambio en su expresión.

—Estoy pensando en Fermín. En que esta es la primera fiesta en veinte años que no lleva la Virgen.

Benito le apretó la mano, sin decir nada, y se quedaron así un momento, viendo pasar el resto de la procesión: los niños de primera comunión con sus trajes ya un poco pequeños de la primavera pasada, la banda de música tocando la misma marcha de siempre con los mismos fallos de siempre en el mismo compás de siempre, y detrás, cerrando el desfile, un grupo de adolescentes que Candela reconoció al instante, con Julia y Vanesa entre ellos, todos vestidos de fiesta, todos con la energía especial que solo tienen los jóvenes la noche más esperada del año.

Localizó a Lucía entre el grupo, un poco apartada, con una sonrisa que se notaba forzada a quien supiera mirar bien, y a su lado, más atrás, a Iván, con las manos en los bolsillos y una tensión en los hombros que contrastaba brutalmente con la ligereza de todos los demás a su alrededor.

Lucía captó la mirada de Julia desde el otro lado del grupo, y en ese cruce de ojos pasó algo que ninguna de las dos necesitó traducir en palabras: un reconocimiento silencioso de que las dos estaban ahí, sonriendo, bailando, celebrando, mientras cargaban por dentro con un peso que nadie más en aquella plaza podía ni imaginar.

Lucía apartó la vista primero, incapaz de sostenerla más de un segundo, y volvió a centrarse en la conversación de su grupo con un esfuerzo visible que a Julia le encogió el corazón.

—Ahí está —dijo Candela, en voz baja, señalando disimuladamente con la barbilla.

—Lo veo. Vamos a dejar que termine la procesión. No es el momento de montar una escena delante de todo el pueblo.

—¿Y si se va antes de que podamos hablar con él?

—No se va a ir. Está con sus amigos, en su pueblo, la noche de la fiesta. Es exactamente donde alguien con lo que él lleva encima necesita estar ahora mismo, aunque no se dé ni cuenta.

Cuando la procesión terminó, con la Virgen ya instalada de nuevo en su hornacina hasta el año siguiente, la plaza se transformó de golpe: la banda de música dio paso a los altavoces con canciones más animadas, se encendieron las guirnaldas de luces de colores, y el ambiente pasó de la solemnidad religiosa a la fiesta pura sin ninguna transición, como llevaba pasando en Valdearenas desde tiempos inmemoriales.

Julia encontró a su madre entre la multitud, con Vanesa pegada a su lado, y se acercó con una mezcla de alegría genuina por el ambiente de la fiesta y de tensión contenida por todo lo que sabía que estaba a punto de pasar.

—¿Habéis hablado ya con Manolo?

—Sí. Ha ido bien, dentro de lo que cabe. Ahora tenemos que hablar con Iván.

—¿Esta noche?

—Esta noche, pero con calma. Vamos a esperar a un momento más tranquilo.

Julia asintió, mirando de reojo hacia donde estaba Iván, riéndose de algo que había dicho un amigo con la risa que a Julia, ahora que sabía lo que sabía, le pareció la risa más triste que había visto nunca, la de alguien fingiendo que todo va bien porque no sabe hacer otra cosa.

—Kevin va a declararse a Sara esta noche —dijo Vanesa, de repente, con una emoción que contrastaba de forma casi cómica con la gravedad del resto de la conversación—. Me lo ha confirmado hace un rato. Dice que va a esperar a que suene una canción concreta.

—¿En serio? ¿Con todo lo que está pasando?

—Kevin no sabe nada de lo que está pasando, Jul. Para él esta noche es solo la noche en que por fin se atreve a decirle a Sara lo que lleva sintiendo desde tercero.

Como si el universo hubiera decidido darle una tregua a Julia justo en ese momento, un grito ahogado se elevó desde el otro lado de la plaza, seguido de un aplauso improvisado de un grupo de chicos que Julia reconoció como los amigos de Kevin, y al girarse vio la escena completa: Kevin, colorado hasta las orejas, con un ramo de flores comprado seguramente en el último puesto abierto del pueblo, y Sara, con las manos en la boca, sin saber si reír o llorar, antes de lanzarse a abrazarlo delante de todo el mundo.

—Le ha dicho que sí —susurró Vanesa, con los ojos brillantes—. Jul, le ha dicho que sí.

—Menos mal. Si no, el pobre no se recupera en la vida.

Se rieron las dos, con una risa que a Candela, observándolas desde unos pasos más allá, le pareció el sonido más reconfortante de toda la noche, la prueba de que, pasara lo que pasara con Iván y con Manolo, la vida seguía adelante con toda su mezcla habitual de tragedia y de tontería, de dolor real y de declaraciones de instituto, sin que una cosa cancelara nunca del todo a la otra.

—Voy a estar cerca de Iván un rato, sin acercarme demasiado, solo para vigilar que esté bien hasta que llegue el momento de hablar con él —dijo Julia, ya con un tono más serio.

—Ten cuidado. No hace falta que hagas nada más esta noche, cielo. Ya has hecho suficiente.

—Lo sé, mamá. Solo quiero estar cerca, por si acaso.

Candela asintió, dejándola ir con la mezcla de orgullo y preocupación que ya empezaba a resultarle habitual desde hacía una semana, y se giró hacia Benito, que llevaba un rato con la vista fija en algún punto de la plaza, calculando, seguramente, el mejor momento y el mejor lugar para hacer lo que tenían que hacer.

—¿Cuándo?

—Después de los fuegos artificiales. La gente estará distraída mirando al cielo, y podremos llevarnos a Iván a un lado sin que se convierta en el espectáculo de la noche.

—¿Y si no aguanta hasta entonces?

—Entonces improvisaremos. Pero démosle, al menos, los fuegos artificiales. Puede que sea lo último tranquilo que tenga en mucho tiempo.

Candela asintió, sintiendo que el peso de la noche se le acumulaba encima poco a poco, y se quedó mirando hacia el cielo, todavía sin fuegos, esperando el momento en que todo aquello, de una forma u otra, empezara a resolverse de verdad.

A su alrededor, la fiesta seguía su curso ajena a todo, con la banda de versiones ya instalada en el escenario improvisado tocando los primeros acordes de una canción que todo el pueblo pareció reconocer al instante, porque un grito colectivo de alegría recorrió la plaza entera y decenas de personas corrieron a ocupar el espacio delante del escenario.

Doña Pura bailaba con una energía que desmentía sus setenta y tantos años, agarrada del brazo de una vecina, y hasta el funcionario joven del ayuntamiento, el que le había buscado el formulario de la ayuda a Candela, se dejaba ver por ahí con una cerveza en la mano y una sonrisa que no tenía nada que ver con la seriedad de su puesto de trabajo.

Candela miró todo aquello, la vida entera de un pueblo desplegada en una sola noche, con su tristeza reciente y su alegría intacta conviviendo sin ningún conflicto aparente, y pensó que quizás esa era, al final, la mejor lección que Valdearenas podía enseñarle a cualquiera que llegara de fuera: que el duelo y la fiesta no se anulaban el uno al otro, sino que aprendían, con el tiempo, a convivir en el mismo espacio, en la misma noche, en la misma gente.