Capítulo 28
Encontraron a Manolo en su casa, todavía con la ropa de la comisaría puesta, esperando con una angustia que se le notaba en cada gesto la llamada que le confirmara que todo se había descubierto de una vez.
La casa, pequeña y ordenada, tenía fotos de Iván por todas partes: de bebé, en su primera comunión, en un equipo de fútbol infantil con una sonrisa que hacía años que Candela no le veía en la cara al chico que conocía ahora.
La conversación fue corta, mucho más corta de lo que Candela había esperado.
En cuanto Benito le explicó lo que sabían, Manolo se derrumbó, con un alivio tan grande mezclado con el miedo que apenas conseguía hilar las frases, y aceptó, entre lágrimas, retirar la confesión y dejar que la verdad, por dura que fuera, siguiera su curso con abogados de por medio y con Iván acompañado en cada paso.
—Llevaba días sin poder mirarlo a los ojos sin pensar en lo que sabía y él no —dijo Manolo, con la voz quebrada—. Prefería cargar yo con todo antes que verlo destrozado por algo que ni siquiera entendía del todo.
—Lo entiendo, Manolo. Cualquier padre habría querido hacer lo mismo. Pero no funciona así, y usted ya lo sabe en el fondo.
—Lo sé. Ya lo sé.
—Necesito que Iván venga a comisaría mañana a primera hora, con usted presente —le dijo Benito, con la firmeza tranquila que ya empezaba a ser su sello personal—.
Esta noche, déjelo disfrutar de la fiesta con sus amigos.
Mañana empieza lo difícil, y va a necesitar tener algo bueno que recordar antes de que llegue.
Manolo asintió, incapaz de decir nada más, y Candela y Benito salieron de aquella casa con la sensación extraña de haber cerrado una puerta y abierto otra completamente distinta, más dura en algunos sentidos, más honesta en todos los demás.
—Todavía nos queda hablar con Iván esta noche, en algún momento —dijo Benito, ya en la calle—. Con calma, sin montar un espectáculo delante de todo el pueblo.
—Lo sé. Pero eso puede esperar una hora, o dos. Ahora mismo necesitamos parar un momento los dos, aunque solo sea para respirar antes de lo que viene.
Benito la miró, con una sonrisa que empezaba a asomarle sin que él pareciera darse cuenta del todo, y señaló hacia el paseo marítimo, donde el bullicio de la plaza se difuminaba en un silencio mucho más suave, roto solo por el sonido del mar.
—¿Le apetece caminar un rato? Sin restaurantes cerrados de por medio, sin velas que se apaguen, sin baterías muertas. Solo caminar.
—Me apetece muchísimo.
Caminaron por el paseo con las luces de la fiesta quedando atrás poco a poco, y el ruido de la música convirtiéndose en un rumor lejano que ya no pedía nada de ellos, solo acompañaba.
El aire tenía ese frescor típico de las noches de primavera en la costa, ni frío ni calor, el punto exacto que invita a quedarse fuera un rato más de lo estrictamente necesario.
—¿Sabe qué es lo curioso? —dijo Benito, después de un rato caminando en un silencio cómodo—. Que llevo toda la semana pensando que este pueblo era el lugar más raro en el que había estado nunca, y ahora mismo no se me ocurre ningún otro sitio donde prefiera estar.
—Los pueblos raros crecen en uno sin avisar. Es su especialidad.
—¿Y usted? ¿Se acostumbra alguna vez a que la gente de aquí sepa todo de todo el mundo antes incluso de que pase?
—Nunca del todo. Pero aprendes a que te salga a favor más veces de las que te sale en contra.
—Doña Asunción ya sabía lo de la plaza vacante antes que yo mismo, ¿sabe? Me lo comentó esta mañana como quien no quiere la cosa, mientras me servía el desayuno.
—No me extraña nada. En este pueblo las noticias viajan más rápido que la luz.
—Me dijo que si la pedía, me guardaba la habitación con descuento de larga estancia.
Candela se rió, con la risa corta que a Benito ya se le había quedado grabada como el sonido que más le gustaba de toda la semana, y siguieron caminando un rato más, sin prisa, dejando que la conversación fluyera sin necesidad de dirigirla hacia ningún sitio en concreto.
Se pararon junto a la barandilla que separaba el paseo de la arena, justo en el tramo que quedaba frente a "La Dorada", con las luces del restaurante encendidas a lo lejos y el sonido apagado de Curro dirigiendo su improvisado equipo de sala llegándoles en fragmentos sueltos con el viento.
—Va a tener que pedirle una explicación seria a Curro sobre cómo consigue que tres jubilados y una camarera jubilada saquen adelante un servicio entero sin usted.
—Va a tener que aceptar que hay gente en este pueblo capaz de hacer cosas que a mí ni se me ocurrirían.
Benito se quedó mirándola un momento, con la intensidad que ya no intentaba disimular, y Candela sintió que el corazón le daba un vuelco pequeño, de esos que llevaba días fingiendo no notar.
—¿Ha decidido algo? Sobre la plaza, digo.
—Todavía no. Pero cada vez me cuesta menos imaginarme la respuesta.
—¿Y cuál sería, si tuviera que decirla ahora mismo?
Benito no contestó con palabras. Se acercó, despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse si quería hacerlo, y cuando ella no se apartó, la besó con una suavidad que contrastaba por completo con todo lo desastroso de la primera cita, como si aquel beso llevara toda la semana esperando el momento exacto en que ambos estuvieran preparados para él.
Candela le devolvió el beso sin ninguna duda, sintiendo que aquel gesto sencillo condensaba toda una semana de miradas robadas, de manos que se rozaban un segundo de más, de apodos susurrados y de confidencias compartidas en una barra vacía a las diez de la noche.
Cuando se separaron, ninguno de los dos dijo nada durante un rato, simplemente se quedaron ahí, apoyados en la barandilla, con el mar sonando de fondo y las luces de la fiesta parpadeando a lo lejos, como si las palabras, por una vez, sobraran completamente.
—Llevo pensando en hacer esto desde la noche de la pizzería —confesó Benito, al fin, con una sinceridad que le costaba mantener sin apartar la vista—. Y cada día que pasaba me parecía un momento peor que el anterior para intentarlo, con todo lo que teníamos encima.
—¿Y por qué ahora?
—Porque ya no queda ningún momento perfecto que esperar, Candela.
Solo quedan momentos reales, con el caso a medio resolver y la fiesta empezando y un adolescente esperando a que le cambiemos la vida dentro de un rato.
Y en medio de todo eso, esto —dijo, señalando el espacio entre los dos— me pareció, de repente, la única cosa que no podía seguir posponiendo.
—Esa es mi respuesta —añadió, con una sonrisa que le cambiaba la cara entera—. O al menos, la mitad de ella.
—¿Y la otra mitad?
—La otra mitad tiene que ver con un pueblo entero, con una hija adolescente que me pone motes buenísimos, y con la sensación de que aquí, por primera vez en mucho tiempo, tengo ganas de quedarme a ver qué pasa después.
Candela sonrió, apoyó la cabeza en su hombro un momento, y se quedaron así, en silencio, disfrutando de un minuto de calma antes de que la noche, con todo lo que todavía les quedaba por hacer, volviera a reclamarlos.
—Tenemos que ir a buscar a Iván —dijo Candela, al fin, aunque sin ninguna prisa real en la voz.
—Lo sé. Pero antes de eso, quería que supiera algo.
—¿Qué?
—Que pase lo que pase con la plaza, con Valladolid, con todo lo demás, este beso no ha tenido nada que ver con ninguna decisión profesional. Ha tenido que ver solo con usted.
—Ya lo sé, Benito. No hacía falta que me lo aclarara.
—Quería decirlo de todas formas.
Candela le cogió la mano, entrelazando los dedos con una naturalidad que sorprendió a los dos, y echaron a andar de vuelta hacia la plaza, hacia la música y las luces y la búsqueda de un adolescente asustado que todavía no sabía que su vida estaba a punto de cambiar, con la certeza compartida de que, pasara lo que pasara con el resto de la noche, aquel beso junto al mar iba a quedarse con ellos mucho después de que la fiesta hubiera terminado.
Antes de llegar a la plaza, con la música ya sonando con fuerza y las primeras parejas empezando a bailar bajo las luces recién encendidas, Benito se paró un momento más.
—Una cosa más.
—¿Qué?
—Cuando esto termine, cuando Iván esté acompañado y Manolo tranquilo y toda esta noche por fin se acabe, quiero que sepa que pienso pedir esa plaza.
No porque el pueblo la necesite, que la necesita, ni porque sea lo más práctico, que también lo es.
La pienso pedir porque aquí, con usted, con Julia, con Curro sirviendo mesas y doña Asunción cosiendo hasta tarde, he encontrado algo que en Valladolid llevaba años sin encontrar, y no pienso dejarlo escapar solo por miedo a que sea demasiado pronto para saberlo con certeza.
Candela se quedó mirándolo un momento, con los ojos brillantes de una emoción que no intentó disimular, y le apretó la mano con fuerza.
—Me alegro muchísimo de oír eso, Benito.
—Y yo me alegro de haberlo dicho, por fin, en voz alta.
Siguieron caminando hacia la plaza, hacia el ruido y las luces, sabiendo que la parte más difícil de la noche todavía estaba por llegar, pero llevando con ellos, como un ancla pequeña y firme en medio de la tormenta, la certeza tranquila de haber encontrado, cada uno en el otro, algo que valía la pena sostener pase lo que pase después.