Capítulo 27
El teléfono de Benito sonó justo cuando salían del ayuntamiento, con la plaza ya medio llena de gente y la megafonía probando, por fin en serio, las primeras canciones de la verbena.
Llevaba todo el día con la sensación de estar viviendo dos historias distintas al mismo tiempo, la del caso de Fermín, que se desenredaba a marchas forzadas, y la suya propia, la de Valladolid, que llevaba días esperando en un rincón de su cabeza a que alguien decidiera por él, o a que él mismo encontrara el valor de decidir algo de una vez.
—Es el comisario —dijo, mirando la pantalla con la mezcla de fastidio y de resignación que ya le salía automática cada vez que veía ese nombre—. Deme un segundo.
Candela asintió y se apartó unos pasos, dándole el espacio que la conversación pedía, aunque se quedó lo bastante cerca como para que Benito supiera que no estaba solo, algo que, sin decírselo, le agradeció más de lo que habría sabido expresar en ese momento.
—Zamorano.
—Benito, tengo noticias. De las dos cosas.
—Dígame.
—Empiezo por la mala, para quitárnosla de encima.
El comité ha decidido archivar el expediente de Suárez.
Sin testimonio de Marta, no hay caso que sostener, y le han puesto un apercibimiento interno que no va a figurar en ningún sitio importante.
Va a seguir en su puesto como si no hubiera pasado nada.
Benito sintió esa rabia conocida, la misma que llevaba días cargando, aunque esta vez con menos sorpresa, porque en el fondo ya sabía, desde la llamada anterior, que aquello era exactamente lo que iba a pasar.
—¿Y qué pasa con los demás compañeros que sabían y no dijeron nada?
—Nada, Zamorano. Eso tampoco se investiga. Ya sabes cómo funciona esto: el que denuncia carga con el peso, y los que miraron para otro lado siguen sus vidas sin ninguna consecuencia.
—Es asqueroso.
—Lo es. Y no voy a fingir que no lo es solo porque forme parte de mi trabajo explicártelo con estas palabras tan suaves.
—¿Y Marta?
—Ha pedido traslado. A otra comisaría, lejos de aquí. Dice que necesita empezar de cero en un sitio donde nadie la mire con la cara de "ya sabemos lo que pasó, pero mejor no hablamos de ello".
—Es comprensible.
—Lo es. Aunque es una pena que tenga que ser ella la que se vaya, y no el que hizo las cosas mal.
Benito se quedó un momento en silencio, procesando esa injusticia concreta que llevaba meses sabiendo que era la norma más que la excepción, pensando en Marta empaquetando su vida entera en cajas para empezar de nuevo en algún sitio donde nadie supiera su historia, mientras Suárez seguía ocupando la misma mesa, con el mismo café cada mañana, como si el mundo le debiera esa continuidad solo por tener más antigüedad en el escalafón.
—Dele las gracias de mi parte, si habla con ella. Y dígale que si alguna vez necesita algo, que me llame, aunque esté a quinientos kilómetros.
—Se lo diré.
Al otro lado de la línea, su comisario, con un cambio de tono que anunciaba que la conversación entraba en otro terreno, continuó.
—Y ahora la otra noticia. La que en realidad te llamaba a contarte.
—Dígame.
—Ha llegado una solicitud desde la Subdelegación.
Valdearenas se ha quedado sin agente local, como ya sabes, con lo del pobre Fermín, y necesitan cubrir el puesto de forma permanente, no con comisiones temporales como la tuya.
Alguien que conozca ya el terreno tendría ventaja en el proceso, y tu nombre ha salido varias veces en las reuniones de esta semana, no te voy a engañar.
Benito sintió que se le paraba un poco la respiración, con una sorpresa que no había visto venir en absoluto.
—¿Me está ofreciendo el puesto?
—Te estoy diciendo que si lo pides, tienes muchas papeletas de conseguirlo. Es una plaza de agente local, no de inspector, así que sería un cambio de categoría, para que lo sepas. Menos glamour que perseguir asesinos en comisarías grandes, más papeleo de vecinos y menos casos como este, con suerte.
—¿Y si no lo pido?
—Entonces vuelves aquí, a un puesto donde media plantilla te mira raro por lo de Suárez, sin el caso de Marta ya para sostenerte, y seguramente te toca aguantar unos cuantos meses incómodos hasta que todo se olvide, si es que se olvida del todo alguna vez.
Benito miró hacia la plaza, hacia Candela, que esperaba unos metros más allá con los brazos cruzados contra el frío de la noche, hacia las luces de la verbena empezando a encenderse una a una sobre un pueblo que, hacía apenas una semana, ni siquiera conocía y que ahora, sin saber exactamente en qué momento había pasado, se le había metido dentro de una forma que no tenía ninguna intención de sacarse.
—Necesito pensarlo.
—Tienes hasta el lunes para presentar la solicitud, si decides hacerlo. No es mucho tiempo, pero tampoco es una decisión que se tome con prisa sin más.
—Entendido. Gracias por avisarme.
—De nada, Zamorano. Y, para lo que valga mi opinión, que sé que no vale gran cosa a estas alturas: pareces distinto desde que estás ahí. Más vivo. No sé qué tiene ese pueblo, pero te ha sentado bien.
Colgó, y Benito se quedó un momento con el teléfono en la mano, digiriendo la conversación entera de golpe, antes de girarse hacia Candela, que lo miraba con la curiosidad que no intentaba disimular del todo.
—¿Todo bien?
—Todo bien. Y todo complicado, a la vez.
—¿Qué ha pasado?
Benito dudó un segundo, calculando si era el momento adecuado para contarle algo tan grande en medio de una noche ya cargada de tensión por lo de Manolo e Iván, y decidió que no había ningún momento perfecto para las noticias importantes, así que era mejor decirlo ya que esperar a uno que nunca iba a llegar.
—Hay una plaza de agente local libre. Aquí, en Valdearenas. Y por lo visto, si la pido, tengo bastantes posibilidades de conseguirla.
Candela se quedó callada un momento, con una expresión que Benito no supo leer del todo, entre la sorpresa y algo más profundo que todavía no se atrevía a nombrar.
—¿La plaza de Fermín?
—Supongo que sí. Aunque nadie la ha llamado así en la conversación. Le dicen "el puesto vacante", como si fuera solo un hueco en un organigrama y no la vida entera de un hombre que todo el pueblo todavía está llorando.
—Es raro pensarlo así. Que su vida nueva empiece justo donde termina la de él.
—Lo sé. Y no sé si eso me hace sentir que tomo el relevo de algo importante, o que estoy aprovechándome de una tragedia para conseguir lo que quiero.
—No es lo mismo, Benito. Fermín querría que alguien bueno ocupara su sitio. Y por lo que llevo viendo esta semana, usted encajaría ahí mejor de lo que se imagina.
—¿Y qué va a hacer?
—No lo sé todavía. Tengo hasta el lunes para decidirlo.
—¿Y qué es lo que le frena?
Benito la miró, con la franqueza que ya no intentaba disimular con ironía ni con protocolo, y contestó con la verdad más simple que tenía.
—Nada me frena, Candela. Al contrario. Lo que pasa es que no sabía que se pudiera querer quedarse en un sitio tan rápido, y todavía estoy intentando entender si eso es una buena razón para tomar una decisión así o si es solo el cansancio de una semana muy larga hablando por mí.
—A veces las mejores decisiones se toman precisamente cuando uno está demasiado cansado para seguir mintiéndose sobre lo que quiere de verdad.
Se quedaron mirándose un momento, en medio de la plaza que empezaba a llenarse de música y de gente vestida de fiesta, con Manolo todavía por encontrar y una verdad todavía por destapar del todo, y Benito sintió que aquella decisión, por grande que fuera, ya no le pesaba tanto como hacía cinco minutos.
Cerca de ellos, un grupo de niños pequeños corría entre las mesas ya montadas para la verbena, con la energía inagotable que solo tienen los niños en las noches de fiesta, y un poco más allá, doña Pura repartía indicaciones a dos jóvenes que colocaban las últimas sillas, con la autoridad de quien lleva organizando ese mismo montaje desde antes de que ninguno de los dos hubiera nacido.
Valdearenas entero se preparaba para celebrar, ajeno todavía a la mitad de lo que se estaba destapando en ese mismo instante a pocos metros de distancia, y Benito sintió, mirando aquella escena, una certeza que le sorprendió por lo sencilla que era: fuera cual fuera su decisión final, ya sabía, en el fondo, hacia dónde se inclinaba su corazón, aunque su cabeza todavía necesitara unos días más para ponerse de acuerdo con él.
—Vamos a buscar a Manolo —dijo, guardándose el teléfono en el bolsillo—. Lo demás puede esperar hasta el lunes.
—Vamos.