Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Candela y Benito habían montado su particular cuartel general en la trastienda del ayuntamiento, un despacho pequeño con una mesa prestada y una cafetera que llevaba toda la tarde funcionando sin descanso, cuando Julia apareció en la puerta con la cara descompuesta y el vestido de fiesta todavía sin abrochar del todo por la espalda.

—Mamá.

Candela levantó la vista de los papeles al instante, reconociendo esa voz, esa forma de decir "mamá" que solo usaba su hija cuando algo iba en serio, y se levantó tan rápido que la silla estuvo a punto de caerse.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Estoy bien. Pero tengo que contarte algo. Los dos tenéis que escucharlo.

Benito cerró la carpeta que tenía delante y le acercó una silla, con la misma seriedad profesional que reservaba para los momentos importantes, y Julia se sentó, respiró hondo, y empezó a hablar sin darse tiempo a arrepentirse.

—Sé quién empujó a Fermín. Y no fue Manolo.

El silencio que siguió fue tan denso que Candela pudo oír, con una claridad casi dolorosa, el sonido lejano de la megafonía de la plaza probando ya la música de la verbena.

—Julia, ¿de qué estás hablando?

—Fue Iván. Iván empujó a Fermín. Fue un accidente, mamá, no quiso hacerle daño, pero pasó.

Candela sintió que el suelo se movía otra vez bajo sus pies, como aquella noche en la playa, y se sentó despacio, procesando cada palabra de su hija con una mezcla de shock y de una tristeza que le llegó antes incluso que la sorpresa.

—¿Cómo lo sabes?

Julia les contó todo, de principio a fin, con una claridad que a Candela le sorprendió considerando el estado en que había llegado: lo del arañazo, la mentira sobre el fútbol, la reacción de Lucía al mencionar el caso, la conversación con Nico en la heladería, y por último, con la voz cada vez más quebrada, la confesión completa de Lucía en su habitación, apenas media hora antes.

—Estaban escondidos en la playa, como siempre.

Fermín los pilló y les dijo que iba a hablar con el padre de Iván.

Iván se puso nervioso, discutieron, y lo empujó.

Fermín se golpeó la cabeza en el escalón de piedra del paseo, no en la arena.

Pero se levantó, mamá. Dijo que estaba bien.

Les gritó que se fueran, y se fueron pensando que no había pasado nada grave.

Benito, que había estado tomando notas mentalmente sin interrumpir, levantó la vista con una expresión que mezclaba la conmoción profesional con algo más humano, más difícil de nombrar.

—Un golpe en la cabeza puede parecer leve al principio y complicarse horas después. Hemorragias internas que no dan síntomas graves hasta que ya es demasiado tarde. Encajaría perfectamente con el informe del forense.

Candela sintió que se le encogía el estómago al oír en voz alta, dicho por Benito, la misma posibilidad médica que explicaba por completo aquel misterio que llevaba toda la tarde sin resolver: cómo un chico de dieciséis años podía haber causado, sin intención alguna, la muerte de un hombre que se había levantado por su propio pie después del golpe.

—Entonces Iván no mintió del todo cuando dijo que Fermín se había levantado bien.

—No mintió en absoluto, según parece. Simplemente no entendía lo que estaba pasando por dentro de la cabeza de Fermín en ese momento. Nadie lo habría entendido, ni siquiera un adulto.

—¿Y Manolo lo sabe? —preguntó Candela, aunque ya intuía la respuesta antes de que Julia la confirmara.

—Se lo tuvo que contar Iván. Por eso se entregó. Para protegerlo.

Candela se llevó las manos a la cara un momento, sintiendo el peso completo de la historia: un padre dispuesto a cargar con un crimen ajeno por amor a su hijo, dos adolescentes aterrorizados guardando un secreto que se les había hecho cada día más grande, y un accidente real, sin maldad de por medio, que había terminado con la vida de uno de los hombres más queridos del pueblo.

Pensó en Fermín, en su costumbre de ayudar sin que nadie se enterara, tal como Curro había contado la noche que le llevó la manta, y sintió una especie de ironía amarga en todo aquello: el mismo instinto protector de Fermín, el que le había hecho detenerse a hablar con dos adolescentes escondidos en vez de mirar hacia otro lado, era el que, sin comerlo ni beberlo, le había costado la vida.

Pensó también en Manolo, en su declaración temblorosa de hacía dos días, en aquella frase, "cuida de mi hijo, Candela, va a necesitar a gente que lo cuide", que ahora cobraba un sentido completamente distinto: no era el miedo genérico de un padre entregándose por sospecha, sino la certeza concreta de un hombre que sabía exactamente lo que estaba protegiendo y hasta dónde estaba dispuesto a llegar por ello.

—¿Por qué no me lo dijiste antes, cuando empezaste a sospechar?

Lo preguntó sin reproche, solo con la curiosidad de madre que necesita entender, y Julia tardó un momento en contestar, con los ojos ya llenos de lágrimas que llevaba conteniendo desde la casa de Lucía.

—No tenía nada concreto, mamá. Solo sensaciones. Y no quería señalar a nadie sin estar segura, ni meter a Lucía en un lío si al final resultaba que no era nada.

—Hiciste bien en esperar a tener algo real. Y has hecho muy bien en contármelo en cuanto lo has tenido.

Candela la abrazó, con fuerza, sintiendo el temblor de su hija contra el pecho, y se quedó así un momento, sin decir nada más, dejando que el abrazo hiciera el trabajo que las palabras no podían hacer todavía.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Julia, cuando por fin se separaron.

Benito, que había estado dándole vueltas al problema desde un ángulo completamente distinto, tomó la palabra con la calma de quien ya ha empezado a organizar los siguientes pasos en su cabeza.

—Necesito hablar con Iván y con Lucía formalmente, aunque sean menores y haya que hacerlo con cuidado, con sus padres presentes o con algún protocolo específico para su edad.

Y necesito hablar con Manolo antes de que la fiesta empiece del todo, para que retire la confesión antes de que esto se complique más de lo necesario.

—¿Y si Manolo no quiere retirarla? —preguntó Candela—. Lleva días decidido a proteger a su hijo pase lo que pase.

—Entonces tendré que explicarle que protegerlo de esta manera no va a funcionar.

La verdad siempre encuentra la forma de salir, tarde o temprano, y es mejor que salga ahora, con margen para que un abogado explique las circunstancias del accidente, que dentro de unos meses, en un juicio donde la mentira ya se haya hecho pedazos por su propia inconsistencia.

—¿Qué le va a pasar a Iván?

—No lo sé con certeza. Es menor, fue un accidente sin intención de matar, y hay atenuantes de sobra: el miedo, la edad, el hecho de que la víctima se levantó y pareció estar bien.

Un juez con criterio debería verlo como lo que es, una tragedia, no un asesinato.

Pero eso no significa que no vaya a haber consecuencias, ni que el camino que le espera vaya a ser fácil.

—¿Y a Manolo? Por la confesión falsa, digo.

—También tendrá que responder por eso, aunque cualquier juez entenderá el porqué. No es lo mismo mentir para ocultar un crimen que mentir para proteger a un hijo de dieciséis años del peso completo de la ley. Hay matices que el sistema, cuando funciona bien, sabe reconocer.

Candela asintió, sintiendo que la noche que tenían por delante, con la fiesta a punto de empezar en la plaza, iba a ser mucho más larga y mucho más complicada de lo que ninguno de los tres había imaginado esa mañana.

—Julia, quiero que esta noche te quedes con Vanesa, en la fiesta, disfrutando de lo que puedas disfrutar. Esto ya no te corresponde a ti resolverlo. Has hecho tu parte, y la has hecho muy bien, pero ahora nos toca a los adultos encargarnos del resto.

—¿Y Lucía? Está destrozada, mamá. No debería estar sola esta noche.

—Quédate con ella entonces. Pero si Benito necesita hablar con vosotras dos en algún momento, tenéis que estar disponibles, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Julia se levantó, todavía con los ojos rojos pero con una expresión más tranquila que la que había traído al entrar, como si contar la verdad, por dura que fuera, le hubiera quitado un peso que llevaba días cargando sola.

—Gracias, mamá. Por no enfadarte por haber tardado tanto en contártelo.

—No hay nada que agradecer, cielo. Has hecho lo correcto, y en el momento correcto. Eso es lo único que importa.

Julia salió del despacho hacia la plaza, donde Vanesa la esperaba ya vestida de fiesta, sin saber todavía la mitad de lo que su amiga acababa de vivir en la última hora, y Candela se quedó mirando la puerta cerrada un momento, con el corazón todavía acelerado, antes de girarse hacia Benito con una determinación nueva.

—Vamos a buscar a Manolo antes de que sea demasiado tarde.

—Vamos.

Se levantaron los dos a la vez, recogiendo papeles con la urgencia de quien sabe que el tiempo, esa noche, corre en su contra, y antes de salir del despacho, Candela se detuvo un segundo junto a la puerta, con la mano en el marco.

—Benito.

—¿Sí?

—Gracias por no tratar a Julia como una sospechosa ni como una testigo cualquiera ahí dentro. Por escucharla como lo que es: una niña que ha hecho algo muy valiente.

—No hacía falta ningún esfuerzo especial por mi parte, Candela. Solo hacía falta ver lo que había delante, que es exactamente eso: alguien muy valiente.

Salieron juntos hacia la calle, donde la plaza ya empezaba a llenarse de gente vestida de fiesta, ajena por completo a la conversación que acababan de tener, y Candela sintió, en medio de todo el peso de la noche que tenían por delante, un extraño consuelo al pensar que, pasara lo que pasara en las próximas horas, al menos su hija había demostrado, sin ninguna duda, de qué estaba hecha de verdad.