Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Lucía abrió la puerta con el pelo recogido a medias y un vestido de fiesta a medio abrochar, con la expresión de sorpresa que da ver a alguien en la puerta cuando uno está en plena preparación para salir.

Al fondo del pasillo, la radio de la cocina sonaba con la sintonía especial que la emisora local ponía cada año la tarde de la fiesta, y el olor a laca de pelo se mezclaba con algo dulce que la madre de Lucía debía de estar horneando para llevar a la caseta.

—¿Julia? Pensaba que nos veríamos directamente en la plaza.

—Necesito hablar contigo. Ahora.

Algo en el tono debió de alertarla, porque la sorpresa inicial de Lucía se transformó, casi al instante, en una alarma silenciosa que le cambió la cara por completo.

—¿Ha pasado algo?

—Eso mismo te iba a preguntar yo.

Se quedaron un momento en el umbral, sin que ninguna de las dos supiera muy bien cómo empezar, hasta que Lucía, con un gesto rápido, la dejó pasar y cerró la puerta detrás de ellas, alejándolas del resto de la casa, donde se oía a su madre trajinando en la cocina con la radio puesta.

Subieron a la habitación de Lucía en silencio, y en cuanto la puerta se cerró, Julia decidió que no había forma amable de decir lo que tenía que decir, así que lo soltó directamente.

—Sé que estuvisteis en la playa esa noche. Tú e Iván. Sé que Fermín os pilló.

Lucía se quedó blanca, tan blanca que por un momento Julia temió que fuera a marearse de verdad, y se sentó en el borde de la cama con las manos temblando sobre el regazo.

—¿Cómo lo sabes?

—Eso ahora no importa. Lo que importa es que el padre de Iván ha confesado un crimen que probablemente no cometió, y que si vosotros sabéis algo, tenéis que contarlo antes de que sea demasiado tarde.

—Julia, yo...

—Lucía, por favor. Manolo va a ir a la cárcel por algo que a lo mejor hizo su hijo sin querer. No puedes quedarte callada por miedo.

Lucía se llevó las manos a la cara, y durante unos segundos que a Julia le parecieron eternos, no dijo nada, solo respiró de una forma entrecortada que anunciaba el llanto antes incluso de que empezara.

Cuando por fin habló, lo hizo con la voz rota, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico real.

—Estábamos en la playa. Como siempre. Era el único sitio donde podíamos vernos sin que nadie nos viera, con las rocas del final de la cala tapándonos desde el paseo.

—¿Y qué pasó?

—Fermín apareció de la nada. Iba de ronda, supongo, aunque a esas horas no solía patrullar tan tarde.

Nos vio, y se puso muy serio, mucho más serio de lo que Iván esperaba.

Le dijo que iba a hablar con su padre, que aquello no estaba bien, que Iván tenía que dejar de esconderse y hacer las cosas de frente si de verdad le importaba yo.

—¿Y luego?

Lucía cerró los ojos, como si necesitara no ver nada mientras contaba el resto.

—Iván se puso muy nervioso. Empezó a discutir con él, a decirle que no tenía derecho a meterse, que no era su padre.

Fermín intentó calmarlo, le puso una mano en el hombro, y a Iván le entró como un pánico, no sé explicarlo mejor.

Lo empujó. Sin pensarlo, sin querer hacerle daño de verdad, solo para que le quitara la mano de encima.

—¿Y se cayó?

—Se cayó hacia atrás. Se dio con la cabeza en el escalón de piedra del paseo, el que baja a la arena.

Pero se levantó, Julia. Te lo juro que se levantó.

Dijo que estaba bien, que le había dolido pero que estaba bien, y nos gritó que nos fuéramos de ahí, que no quería volver a vernos escondidos en ningún sitio.

Julia sintió que se le encogía el estómago al oír aquello, porque encajaba con una parte de la historia que nadie había mencionado hasta entonces: el escalón de piedra del paseo marítimo, no la arena de la playa, lo cual explicaba por qué Manolo, al inventar la historia, había hablado de una piedra que en la arena no existía, aunque él tampoco supiera exactamente dónde había ocurrido de verdad.

—¿Y os fuisteis, sin más?

—Nos fuimos corriendo, muertos de miedo, pero pensando que Fermín estaba bien, que solo se había asustado y enfadado.

No sabíamos... —Lucía rompió a llorar del todo en ese momento, con un llanto que le salía de un sitio muy hondo—.

No sabíamos que se iba a morir, Julia. Si lo hubiéramos sabido, jamás nos habríamos ido así. Jamás.

—¿Y cuándo os enterasteis de que había muerto?

—Al día siguiente, como todo el pueblo. Iván se puso como loco.

No hacía más que repetir que él no había querido hacerle daño, que solo había sido un empujón, que Fermín se había levantado bien.

No sabíamos qué hacer, Julia. Teníamos dieciséis años y de repente estábamos metidos en algo que no sabíamos cómo arreglar sin destrozarle la vida a Iván para siempre.

—¿Y no pensasteis en contarlo? ¿Aunque fuera con miedo?

—Cada día pensábamos en contarlo. Y cada día nos daba más miedo que el anterior, porque cuanto más tiempo pasaba, peor iba a sonar que no lo hubiéramos dicho desde el principio.

Es como si el silencio se hubiera ido haciendo cada vez más grande, hasta que ya no sabíamos ni por dónde cogerlo para deshacerlo.

Julia entendió esa lógica más de lo que le hubiera gustado admitir, porque ella misma llevaba días guardándose sospechas por miedo a equivocarse, por miedo a señalar a alguien sin motivo, y sabía perfectamente lo fácil que era dejar que un silencio pequeño se hiciera cada vez más pesado con cada hora que pasaba sin romperlo.

—¿Y ahora qué hacemos, Julia?

Julia se sentó a su lado en la cama, sin saber muy bien qué hacer con las manos, con la sensación extraña de estar sosteniendo, entre las dos, algo demasiado grande para su edad.

—¿Y su padre? ¿Sabe la verdad?

—Se lo tuvo que contar. No sé exactamente cuándo, pero se lo contó, porque de repente Manolo empezó a comportarse rarísimo, y hace unos días Iván me dijo que su padre estaba pensando en "arreglarlo él mismo", aunque yo no entendí bien qué quería decir hasta que me enteré de que se había entregado.

—Se entregó para protegerlo.

—Eso parece.

Se quedaron un momento en silencio, con el llanto de Lucía ya calmándose poco a poco, y Julia sintió el peso completo de lo que tenía delante: un accidente real, sin maldad detrás, pero con un hombre inocente a punto de pagar por él y una verdad que ya no podía seguir guardada en un cajón de secretos de instituto.

—Lucía, tengo que contárselo a mi madre.

—No, Julia, por favor. Si lo cuentas, van a detener a Iván. Va a ir a la cárcel, o a un centro, o yo qué sé, y todo por un accidente que ni siquiera quiso que pasara.

—Y si no lo cuento, Manolo va a ir a la cárcel por algo que no hizo. ¿Te parece mejor eso?

Lucía no contestó, porque no había ninguna respuesta que pudiera hacer que aquella elección dejara de doler, y Julia, con el corazón encogido pero con una certeza que no le dejaba ninguna otra salida posible, le cogió la mano un momento, con el mismo gesto que su madre usaba con la gente que quería sin necesidad de más palabras.

—Voy a hablar con mi madre. No puedo hacer otra cosa, Lucía. Lo siento.

Lucía asintió, entre lágrimas, aceptando lo inevitable con una resignación que envejeció, por un momento, la cara de dieciséis años que tenía delante, y Julia salió de aquella habitación con el peso más grande que había cargado nunca, sabiendo que en cuestión de minutos iba a tener que convertirse, por primera vez en su vida, en la que rompía una verdad que iba a cambiarlo todo.

—Julia —dijo Lucía, ya en la puerta, con la voz todavía rota—. ¿Vas a decirle a mi madre que he estado llorando?

—No, si tú no quieres.

—No quiero. Todavía no. Necesito unos minutos antes de bajar y fingir que todo va bien.

—¿Vas a poder hacerlo? ¿Bajar así, como si nada, con la fiesta ahí fuera?

—No lo sé. Pero tengo que intentarlo, aunque solo sea un rato, hasta que decidáis qué va a pasar.

Julia asintió, sintiendo una punzada de pena por su amiga, que iba a tener que sonreír esa noche en la caseta del instituto mientras por dentro se le venía el mundo encima, y bajó las escaleras despacio, cruzándose con la madre de Lucía en el pasillo, que le preguntó, con la mejor de las intenciones, si las chicas ya estaban listas para la fiesta.

—Casi —contestó Julia, con una sonrisa que le costó más esfuerzo del que había imaginado—. Ya bajamos.

Salió a la calle con el aire fresco de la tarde golpeándole la cara, agradecida por ese contraste después del calor emocional de la habitación de Lucía, y caminó hacia "La Dorada" con el móvil todavía en la mano, sin decidirse a llamar a su madre, prefiriendo decírselo en persona, con tiempo para explicarlo bien, sin la frialdad de una llamada apresurada.

Por el camino, la plaza ya bullía con los primeros grupos llegando para la verbena, con la megafonía probando canciones que en cualquier otra circunstancia le habrían hecho sonreír de anticipación, y Julia sintió, por primera vez en toda la semana, que la fiesta que tanto había esperado le sabía ahora a algo completamente distinto: no a alegría, sino a la cuenta atrás hacia un momento que iba a doler, pasara lo que pasara, para todo el mundo implicado.