Capítulo 24
Vanesa había insistido en que la celebración por lo del cartel no podía limitarse a un agua de la máquina expendedora del instituto, así que a media tarde, con la fiesta ya a horas de empezar, las dos se sentaron en la terraza de la heladería de la plaza, la única que abría todo el año, a compartir una copa de helado que Vanesa insistió en pagar entera "porque las finalistas de concurso no pagan cuando están conmigo".
La plaza entera bullía de actividad: los últimos operarios ajustando las luces del escenario, un grupo de mujeres mayores repasando las sillas de la procesión que saldría más tarde, y ese olor a churros recién hechos que empezaba a colarse desde los puestos que ya llevaban un rato friendo para la noche.
En cualquier otra circunstancia, Julia habría estado completamente entregada a esa energía, contagiada del nerviosismo bueno que precede a la única semana especial del año.
Pero llevaba toda la tarde con la cabeza en otro sitio, incapaz de disfrutar del todo de algo tan bueno como lo del cartel mientras algo más oscuro le rondaba por dentro sin dejarla en paz.
—Todavía no me lo creo —dijo Julia, removiendo el helado sin muchas ganas de comérselo del todo, con la cabeza puesta en otro sitio desde hacía horas—. Lo del cartel, digo.
—¿Qué te pasa? Llevas toda la tarde rara.
—Nada. Cosas de casa.
—¿Lo de Manolo?
Julia asintió, sin entrar en detalles, porque su madre le había pedido expresamente que no comentara nada de las dudas sobre la confesión hasta que Benito tuviera algo más sólido, y justo en ese momento, cruzando la plaza con las manos en los bolsillos y esa forma de andar como si no quisiera que nadie se fijara en él, apareció Nico, uno de los chicos que Julia recordaba vagamente de la noche del hallazgo, aunque nunca había vuelto a hablar con él desde entonces.
—Vanesa, dile que venga —susurró Julia, con una idea formándose demasiado rápido como para pararse a pensarla del todo.
—¿Que venga para qué?
—Solo dile que venga. Confía en mí.
Vanesa, que llevaba media vida haciendo caso a los impulsos de Julia sin necesidad de mucha explicación, llamó a Nico con un gesto de la mano, y él se acercó con la cara de quien no sabe muy bien qué esperar de una llamada así.
—¿Qué pasa?
—Nada, siéntate un momento —dijo Julia, con un tono lo más casual que pudo fingir—. Oye, ¿te acuerdas de aquella noche en la playa, cuando encontraron a Fermín?
Nico se puso serio de golpe, con la alarma instintiva de quien sospecha que le van a preguntar por algo que preferiría no recordar.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque dijiste algo raro esa noche. Algo de que Fermín había estado antes por la playa, cuando estabais vosotros. Me quedé pensando en eso.
—Yo no dije nada.
—Sí lo dijiste. Te oí.
Nico miró hacia los lados, como comprobando que nadie más pudiera escucharlos, y se sentó por fin, aunque solo en el borde de la silla, con la postura de quien está listo para salir corriendo en cualquier momento.
—Mira, no quiero problemas. Ya bastante lío hay con lo de Manolo.
—Precisamente por eso te lo pregunto. Porque a lo mejor Manolo no tiene nada que ver, y tú sabes algo que podría ayudar a que se sepa la verdad.
Se quedó un momento callado, sopesando algo por dentro, y Vanesa, que hasta entonces había estado observando la escena sin entender del todo qué estaba pasando, se quedó tan quieta como Julia, esperando.
—No sé si debería contarte esto.
—Nico, por favor. Es importante.
—¿Por qué es tan importante para ti?
—Porque Manolo es inocente, o eso creemos, y si tú sabes algo que puede demostrarlo, tienes que contármelo, aunque sea incómodo, aunque no quieras meterte en líos.
Nico se pasó la mano por el pelo, con la indecisión de quien está a punto de cruzar una línea que llevaba días evitando, y al final, con un suspiro que sonó casi a alivio, empezó a hablar.
—Iván me contó algo al día siguiente. Medio en broma, medio nervioso, no sé.
Dijo que él y Lucía estaban en la playa esa noche, escondidos, y que Fermín los pilló haciendo algo que no tenían que estar haciendo.
Que se armó una bronca, que Fermín se puso muy serio, más serio de lo normal, y que ellos salieron corriendo antes de que nadie más los viera.
Julia sintió que el corazón le empezaba a latir más rápido, con la mezcla de miedo y de certeza que da cuando una pieza suelta encaja de golpe en el lugar exacto donde llevaba semanas esperando.
—¿A qué hora fue eso?
—No lo sé exactamente. Antes de las diez, creo. Iván dijo algo de que todavía no habían dado las diez cuando salieron corriendo.
Antes de las diez. La hora que había dado el forense. La hora que no coincidía con la confesión de Manolo.
—¿Y qué pasó después? ¿Sabes si Fermín se quedó bien, si dijo algo más, si...?
—No sé nada más, Julia. Te juro que es lo único que sé. Iván me lo contó y no he vuelto a hablar de esto con nadie, ni siquiera con él. Y ahora, por favor, no le digas que te lo he contado yo, que bastante tiene ya encima con lo de su padre.
—¿Por qué no se lo contaste a la policía cuando llegó el inspector?
—¿Y decir qué? ¿Que mi amigo estuvo discutiendo con el muerto la noche que murió?
Me daba miedo que pensaran que Iván tenía algo que ver, y en ese momento no sabía nada de lo de Manolo, así que pensé que no hacía falta, que era mejor no meter a nadie en un lío que a lo mejor no tenía nada que ver con nada.
—Pues resulta que tenía mucho que ver.
Nico se quedó pálido, procesando por primera vez el peso real de lo que acababa de admitir, y Julia, viéndolo así, sintió una punzada de compasión que no esperaba sentir en medio de todo aquello.
—No diré que has sido tú quien me lo ha contado. Te lo prometo.
—Gracias.
Nico se levantó, todavía visiblemente incómodo, y se fue con la misma prisa disimulada con la que había llegado, dejando a Julia y a Vanesa mirándose la una a la otra sin saber muy bien qué decir.
—Julia, eso que acaba de contar...
Vanesa nunca la llamaba Julia. Siempre era Jul, hasta para las tonterías más pequeñas. Que le hubiera salido el nombre entero, sin pensarlo, le dijo a Julia todo lo que necesitaba saber sobre lo en serio que se estaba tomando aquello su amiga.
—Lo sé.
—Eso significa que Iván y Lucía estaban ahí. Con Fermín. Justo antes de que...
—Lo sé, Vanesa.
Se quedaron un momento en silencio, con el helado ya medio derretido entre las dos, y Julia sintió que todas las piezas sueltas de los últimos días —el arañazo, la mentira sobre el fútbol, la reacción desproporcionada de Lucía cuando había mencionado el caso, aquel "sitios tranquilos" tan evasivo— se ordenaban por fin en una imagen que no le gustaba nada, pero que ya no podía seguir ignorando.
—Tengo que hablar con Lucía.
—¿Ahora?
—Ahora. Antes de que empiece la fiesta y sea imposible encontrarla a solas en medio de todo el follón.
—¿Y si no quiere hablar?
—Va a tener que hacerlo. Porque si esto es verdad, Manolo está a punto de cargar con algo que no hizo, y no pienso dejar que eso pase solo porque a mí me dé miedo hacer una pregunta incómoda.
Vanesa asintió, con una seriedad que a Julia le sorprendió gratamente, y le apretó la mano un momento antes de que se levantara.
—Suerte. Y si necesitas algo, me llamas.
—Gracias, Vanesa.
Julia salió de la heladería con el móvil ya en la mano, buscando el número de Lucía, y mientras caminaba hacia su casa notó que las manos le temblaban un poco, no de frío, sino de esa mezcla de miedo y de responsabilidad que sienten las personas cuando se dan cuenta, de golpe, de que lo que hagan en los próximos minutos puede cambiar la vida de más de una persona a la vez.
Se paró un momento en la esquina de la plaza, con el dedo sobre el nombre de Lucía en la pantalla, dudando si llamarla directamente o si sería mejor hablar con ella cara a cara, sin la distancia fría de una llamada.
Decidió que la merecía algo mejor que un interrogatorio por teléfono, después de tantos años de amistad, así que guardó el móvil y cambió de rumbo, hacia la casa de Lucía en vez de hacia "La Dorada".
Por el camino, pensó en contárselo primero a su madre, en dejar que fuera ella quien decidiera cómo manejarlo, pero algo la hizo descartar la idea casi tan rápido como se le había ocurrido.
Aquello era, antes que nada, una conversación entre amigas, y Lucía se merecía escuchar primero a Julia, no a un inspector con placa ni a una madre preocupada, antes de que todo se convirtiera oficialmente en parte de una investigación.
Pensó también en Iván, en la historia de la madre ausente que Lucía le había contado hacía días, en el gesto de defender al chico de primero en clase de Lengua, en el arañazo que no cuadraba con ninguna de sus dos versiones, y sintió, por encima del miedo y de la responsabilidad, una tristeza que no esperaba sentir por alguien a quien apenas conocía de verdad: fuera lo que fuera lo que había pasado esa noche en la playa, tenía la sensación creciente de que no iba a resultar ser la historia de un monstruo, sino la de un accidente que se le había ido de las manos a alguien demasiado joven y demasiado asustado como para saber qué hacer después.
Aceleró el paso, con la fiesta ya empezando a sonar de fondo en la plaza que dejaba atrás, decidida a llegar a casa de Lucía antes de que el ruido de la noche hiciera imposible cualquier conversación de verdad.