Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 23
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Capítulo 23

A las cuatro de la tarde, con Villalta ya despachado y la investigación todavía sin ningún hilo nuevo del que tirar, Candela se dio cuenta, con un golpe de realidad que no había tenido tiempo de procesar hasta entonces, de que en apenas seis horas "La Dorada" tenía que estar lista para la noche más importante del año: la cena previa a la fiesta, la que llenaba el restaurante de vecinos y visitantes antes de que todo el mundo se echara a la calle para la verbena.

—No voy a llegar a todo —dijo, casi para sí misma, mirando la cocina como si fuera un problema matemático sin solución posible—.

Tengo que seguir con lo de Manolo, tengo que estar pendiente de Julia por si algo pasa con el cartel, y encima tengo que sacar adelante el servicio de esta noche sin ayuda.

—Yo puedo echarle una mano en la cocina —se ofreció Benito, con una sinceridad que a Candela le pareció casi conmovedora, considerando que el hombre llevaba toda la semana confesando que ni siquiera sabía freír un huevo como era debido.

—Se lo agradezco, pero prefiero que sus manos sigan puestas en encontrar la verdad, no en quemar la fritura.

Fue entonces cuando sonó la campanilla, y Curro entró con un paso distinto al de siempre: más decidido, casi solemne, como quien lleva un rato ensayando lo que va a decir y no piensa dejar que nadie lo interrumpa antes de soltarlo entero.

—Candela. Te dije que te iba a devolver el favor, y hoy es el día.

—Curro, ahora mismo no tengo cabeza para...

—No hace falta que la tengas. Ya la he puesto yo por los dos.

Se sentó en su mesa, aunque esta vez no pidió café, y empezó a explicar, con una organización que a Candela le sorprendió viniendo de un hombre que ella siempre había considerado más de rutinas fijas que de logística improvisada.

—Esta noche, "La Dorada" la llevamos entre varios.

Encarna se encarga de la sala, que ya lleva treinta años sirviendo mesas en las fiestas del colegio y no se le olvida ni una comanda.

Tomás y dos de los de la timba se han ofrecido para la cocina, que algo habrán aprendido en tantos años de partidas con bocadillos de por medio.

Y yo me encargo de la barra, que ahí no hay quien me gane, aunque sea yo quien lo diga.

Candela se quedó mirándolo, sin saber muy bien si reír o llorar, con la sensación extraña que dan las cosas cuando llegan justo en el momento en que más falta hacen.

—Curro, no puedo pedirte esto.

—No me lo has pedido. Te lo estoy ofreciendo yo, que es distinto. Y no se discute, porque ya está todo organizado y las cosas organizadas no se deshacen así como así.

—¿Cómo has conseguido organizar todo esto en un rato?

—Llevo toda la mañana en ello, Candela. Desde que me enteré de lo de Manolo, de que ibais a seguir investigando, até cabos yo solo: si vosotros dos ibais a estar liados con eso, alguien tenía que ocuparse de esto. No hacía falta que nadie me lo pidiera, solo hacía falta hacer las llamadas.

—¿Y si te hubiera dicho que no?

—No me lo ibas a decir. Te conozco desde que tenías la edad de Julia, y sé perfectamente cuándo estás demasiado orgullosa para aceptar ayuda y cuándo estás demasiado cansada como para seguir discutiéndolo. Hoy eras lo segundo.

—¿Y el menú? No he tenido tiempo de preparar nada especial para esta noche.

—El menú lo tengo yo. Llevo treinta años comiendo aquí, Candela, me sé tu carta de memoria mejor que tú misma algunos días.

Vamos a hacer lo de siempre, lo que la gente espera encontrar en "La Dorada" la noche de la fiesta: el pescaíto, las croquetas, el guiso de la casa.

Nada nuevo que arriesgar, todo lo de siempre, hecho con el cariño de siempre, aunque las manos que lo hagan hoy no sean exactamente las tuyas.

Benito, que había estado escuchando todo el discurso con una sonrisa cada vez más amplia, no pudo evitar intervenir.

—Es usted un hombre de recursos, Curro.

—Soy un hombre que sabe pagar lo que debe, inspector. Que no es tan común como debería.

Candela se acercó y lo abrazó, algo que no solía hacer con Curro, más de gestos pequeños que de abrazos completos, y él se dejó abrazar con la incomodidad entrañable de quien no está acostumbrado a que le agradezcan las cosas de forma tan directa.

—Gracias, Curro. De verdad.

—De nada. Ahora vete a resolver lo que tengas que resolver, que aquí nos las apañamos sin ti por una noche, que buena falta te hace.

—¿Y tu cadera? ¿Vas a aguantar toda la noche de pie en la barra?

—Mi cadera va a aguantar lo que tenga que aguantar. Para eso me la vas a operar tú con el papeleo que ya llevas medio hecho.

Se rieron los dos, y Candela sintió que aquel gesto, tan sencillo en apariencia, tan enorme en el fondo, era la prueba de que Valdearenas, con todos sus rumores y sus cotilleos y su curiosidad insaciable, fuera también el tipo de sitio donde nadie se quedaba solo cuando de verdad importaba.

A las cinco, Encarna llegó con el delantal ya puesto y una lista de mesas mentalmente organizada que recitó de memoria sin necesidad de anotarla en ningún sitio.

A las cinco y media, Tomás y dos hombres más de la timba entraron en la cocina con la mezcla de nervios y entusiasmo de quien lleva años jugando a las cartas juntos pero nunca había cocinado en equipo para treinta comensales de golpe.

—¿Alguien sabe hacer croquetas de verdad, o vamos a improvisar? —preguntó Tomás, atándose un delantal que le quedaba visiblemente pequeño.

—Yo he visto a Candela hacerlas mil veces —dijo uno de los otros, con una confianza que no engañaba a nadie—. No puede ser tan difícil.

—Famosas últimas palabras —murmuró Curro desde la puerta, sin poder evitar la sonrisa.

Julia llegó del instituto justo a tiempo para presenciar el momento en que las primeras croquetas, demasiado líquidas por dentro, se deshacían en el aceite con un desastre considerable, y se quedó parada en la puerta de la cocina con una expresión entre la diversión y el horror.

—¿Qué está pasando aquí?

—Curro nos ha organizado para llevar el restaurante esta noche —explicó Candela, apareciendo detrás de ella—. Para que yo pueda seguir con lo de Manolo.

—¿Y las croquetas van a sobrevivir a la noche?

—Ni idea, cielo. Pero el cariño con que las están intentando hacer sí que va a sobrevivir, que es lo que cuenta.

Julia se acercó a la cocina, cogió una cuchara sin que nadie se lo pidiera, y en dos minutos había corregido la proporción de bechamel con una seguridad que sorprendió a los tres hombres, que llevaban toda la vida jugando al póker pero nunca habían visto a una adolescente de dieciséis años darles una lección de cocina con la naturalidad.

—Le he visto hacer esto a mi madre desde que tengo memoria. Se aprende sin querer.

—Pues quédate un rato, hija, que aquí hace falta gente que sepa lo que hace.

—No puedo. Tengo que celebrar lo del cartel con Vanesa antes de la fiesta.

—Ve, ve. Nosotros nos apañamos.

A las seis, con "La Dorada" ya funcionando sin necesidad de que Candela tocara ni una sartén, Curro se plantó detrás de la barra con la misma autoridad tranquila con la que llevaba treinta años sentado en su mesa del rincón, como si aquel puesto le perteneciera desde siempre y solo hubiera estado esperando el momento adecuado para ocuparlo.

—Vete —le dijo a Candela, empujándola suavemente hacia la puerta—. Nosotros cerramos.

Candela salió a la calle con Benito, con la sensación extraña de dejar su propia casa en manos ajenas y confiar, sin ninguna duda, en que iba a estar mejor cuidada de lo que ella misma podría haberla cuidado esa noche, y mientras caminaban hacia la comisaría improvisada donde Benito guardaba todos los papeles del caso, no pudo evitar pensar que aquel favor, más que saldar una deuda, había abierto una puerta a algo que Valdearenas llevaba haciendo desde siempre sin necesidad de que nadie se lo explicara: cuidarse los unos a los otros cuando más hacía falta, sin esperar a que se lo pidieran.

—¿Se encuentra mejor así? —preguntó Benito, notando el cambio en su forma de caminar, más ligera, como si un peso físico se le hubiera quitado de encima junto con el delantal.

—Mucho mejor. Aunque me da una pena tonta no estar ahí para ver cómo se las apañan con la fritura.

—Seguro que sobreviven.

—Seguro que sí. Y si no, mañana tenemos anécdota para rato.

Caminaron un rato en silencio, con el pueblo entero preparándose a su alrededor para la noche que se avecinaba: las últimas guirnaldas ajustándose, los puestos de churros montando sus carpas en la plaza, un grupo de chavales probando los primeros petardos de la tarde con la impaciencia que solo tienen los adolescentes ante cualquier cosa que haga ruido.

—Tenemos que encontrar algo antes de esta noche, Benito. No podemos dejar que la fiesta empiece con Manolo todavía cargando con una confesión que no es del todo suya.

—Lo sé. Y creo que sé por dónde seguir tirando.

—¿Por dónde?

—Por el único ángulo que no hemos mirado todavía en serio: quién más estuvo cerca de esa playa esa noche, aparte del que confesó. Alguien tuvo que verlo. En un pueblo así, alguien siempre ve algo.

Candela asintió, pensando, sin saberlo todavía del todo, en su propia hija, en los rumores de instituto que llevaba días descartando como tonterías, en una pieza del puzle que estaba mucho más cerca de casa de lo que ninguno de los dos, en ese momento, se atrevía a imaginar.