Capítulo 22
Villalta volvió a las doce y media, justo cuando Candela y Benito llevaban ya dos horas repasando papeles y Julia seguía en el instituto celebrando, en algún rincón del recreo, que su cartel había llegado a la final del concurso de la feria.
La mañana había sido agotadora de una forma distinta a las anteriores: no física, sino del tipo de cansancio que deja repasar una y otra vez la misma cronología buscando el hueco que se les había escapado, la frase de Manolo que no encajaba, el testigo que quizás vio algo sin saber que lo había visto.
Candela llevaba ya tres cafés encima y una sensación de estar corriendo contra un reloj que, con la fiesta esa misma noche, cada vez apretaba más.
Esta vez no llevaba la misma carpeta de cuero de la primera visita, sino una más fina, casi discreta, y algo en su forma de entrar, más rápida, menos ceremoniosa, le dijo a Candela que aquella conversación iba a ser distinta de la anterior.
—Señora Reyes. Necesito robarle cinco minutos.
—Estoy ocupada, Ernesto.
—Lo entiendo, y precisamente por eso he venido directamente al grano.
Benito levantó la vista de sus papeles con un gesto de alerta discreta, y Candela, aunque no tenía ninguna gana de dedicarle tiempo a Villalta en un día como aquel, decidió que cuanto antes lo despachara, antes podría volver a lo que de verdad importaba.
—Cinco minutos. Ni uno más.
Villalta se sentó sin que nadie lo invitara, abrió la carpeta fina, y sacó un único papel, con una cifra que, esta vez, ni siquiera se molestó en presentar con rodeos.
—Mi cliente ha decidido hacer una última oferta. Sustancialmente mejor que la anterior. Y quiere que sepa que esta es la definitiva. No habrá una tercera.
—Le dije que no la primera vez, y no ha cambiado nada desde entonces.
—Ha cambiado más de lo que usted cree, señora Reyes. Con todo respeto.
Candela sintió que se le tensaba algo por dentro, esa alarma interna que se activa cuando alguien está a punto de decir algo que no va a gustar, y Villalta, con la frialdad de quien lleva ensayado el argumento, continuó sin esperar a que ella respondiera.
—El pueblo ha tenido una semana muy dura.
Un asesinato, un pueblo entero conmocionado, la imagen de Valdearenas golpeada justo antes de la temporada turística.
Mi cliente entiende que este no es el mejor momento personal para usted, y quiere ofrecerle una salida.
Una oportunidad de empezar de cero, lejos de un sitio que, seamos honestos, ya no va a ser el mismo después de todo esto.
—¿Me está diciendo que aproveche la muerte de mi amigo para vender mi casa?
—Le estoy diciendo que a veces las tragedias, por duras que sean, abren puertas que antes parecían cerradas.
Usted podría irse de aquí con dinero suficiente para empezar en cualquier otro sitio, sin cargar con el peso de un lugar que a partir de ahora va a estar siempre asociado a lo que ha pasado esta semana.
Candela se quedó callada un momento, más callada de lo que le habría gustado estar delante de un hombre como Villalta, porque algo en aquella frase, por muy calculada y muy cínica que fuera, había tocado un punto que ella no esperaba que le doliera tanto.
—¿Cuánto es esta vez? —preguntó, casi contra su propia voluntad, solo por curiosidad morbosa, por ver hasta dónde estaban dispuestos a llegar.
Villalta giró el papel hacia ella. La cifra tenía un cero más que la primera oferta.
—Y hay algo más. Mi cliente entiende que usted tiene una hija adolescente. Con este dinero, podría asegurarle estudios, una vida sin las estrecheces que da un negocio pequeño de costa. Podría dejar de trabajar de sol a sol para que ella tuviera un futuro distinto al suyo.
Aquello sí que le dolió de verdad, mucho más que cualquier cifra con ceros, porque Villalta había encontrado, sin saberlo del todo o sabiéndolo perfectamente, la única grieta capaz de hacer tambalear algo que Candela creía inquebrantable: la idea de que quizás, en algún cálculo frío de futuro, vender fuera lo mejor para Julia, aunque no lo fuera para ella misma.
Un sitio que a partir de ahora va a estar siempre asociado a lo que ha pasado.
Pensó en Fermín en la mesa de siempre, comiéndose el choco frito dos semanas antes de morir.
Pensó en la cinta amarilla marcando un rectángulo en la arena.
Pensó en lo fácil que sería, quizás, irse a algún sitio donde el mar no le recordara cada mañana a un amigo de toda la vida tendido en la orilla.
Pensó, sobre todo, en Julia, en si aquel dinero de verdad podría comprarle algo que Candela no pudiera darle de otra manera, con esfuerzo, con tiempo, con la vida que ya tenían montada entre las dos.
Solo fue un segundo. Un segundo entero, eso sí, en el que la idea de vender, de irse, de dejar todo aquello atrás, le pareció, por primera vez desde que Villalta había cruzado esa puerta la primera vez, casi razonable.
Benito, que la había estado observando en silencio, notó el cambio en su cara antes de que ella dijera nada, y algo en su expresión, una preocupación que no intentó disimular, la sacó de golpe de aquel segundo de duda.
—No.
—¿Perdón?
—He dicho que no, Ernesto. Y esta vez se lo voy a explicar bien, para que no tenga que volver una tercera vez a intentarlo.
Villalta se recostó en la silla, con la paciencia profesional de quien ha oído muchos noes y sabe esperar a que se conviertan en síes, aunque en esta ocasión algo en la voz de Candela le hizo entender que aquel no iba a ser el caso.
—La adelanto.
—Fermín murió en esa playa. Eso es verdad, y va a doler durante mucho tiempo, quizás siempre.
Pero lo que usted no entiende, ni su cliente, ni nadie que mire este pueblo desde fuera como si fuera solo un activo inmobiliario, es que precisamente por eso no me voy a ir.
Porque si me voy, esa playa se queda solo con el recuerdo de lo peor que le ha pasado nunca a este pueblo.
Y si me quedo, esa playa sigue teniendo también todo lo demás: los treinta años de fiestas, las bodas, los niños aprendiendo a nadar, el choco frito de la mesa de siempre.
Fermín no querría que yo abandonara este sitio por su culpa.
Querría que siguiera donde estoy, haciendo lo que hago.
—¿Y su hija?
—Mi hija tiene un futuro asegurado, Ernesto.
No con dinero de un desconocido que quiere hoteles boutique donde ahora hay un pueblo de verdad, sino con una madre que se levanta cada mañana a hacer algo que le importa, en un sitio donde todo el mundo la conoce y la cuida.
Eso no se compra con ningún cero de más en un papel.
Y si algún día Julia decide que quiere una vida distinta a la mía, lejos de aquí, con estudios en otro sitio, con lo que sea que la haga feliz, encontraremos la forma de pagarlo sin necesidad de vender lo único que de verdad es nuestro.
Villalta no dijo nada durante un momento, y por primera vez desde que Candela lo conocía, algo parecido a la incomodidad genuina le cruzó la cara.
—Es una forma noble de verlo.
—Es la única forma de verlo que me deja dormir por las noches.
Recogió la carpeta, se levantó, y esta vez no mencionó ninguna futura llamada, ningún "lo pensará con calma", ninguna promesa de volver.
Se limitó a despedirse con un gesto seco y salir por la puerta con el mismo taconeo de siempre, dejando tras de sí un silencio que, esta vez, no tardó en romperse.
—¿Está bien? —preguntó Benito, en cuanto la puerta se cerró.
—He tenido un segundo de duda. Uno solo. Pero ha sido real, y no me gusta nada haberlo tenido.
—Es humano dudar, Candela. Sobre todo en una semana como esta.
—Ya lo sé. Pero prefiero no volver a tenerlo. Con uno me basta para toda la vida.
Benito se acercó, sin decir nada más, y le apretó la mano un momento sobre la mesa, con el gesto que ya empezaba a repetirse entre los dos sin que hiciera falta explicarlo, y Candela sintió que aquel segundo de duda, por incómodo que hubiera sido, ya quedaba definitivamente atrás, disuelto en la certeza recién confirmada de que "La Dorada" no era solo un edificio que se pudiera vender por mucho dinero, sino el único sitio del mundo donde de verdad quería seguir estando.
Curro entró poco después, con su paso de siempre, ajeno por completo a la escena que acababa de terminar, y se sentó en su mesa sin que nadie tuviera que servirle nada, porque a esas alturas Candela ya sabía exactamente cuándo tocaba su café sin que él tuviera que pedirlo.
—Te veo rara.
—He tenido una mañana complicada.
—¿El caso o el otro asunto?
—Los dos, Curro. Los dos a la vez, como si uno solo no fuera suficiente para un miércoles.
—Bueno, al menos esta noche hay fiesta. Un poco de música y unos fuegos artificiales arreglan casi cualquier semana, por mala que haya sido.
Candela sonrió, agradecida por esa simplicidad suya que tantas veces conseguía poner las cosas en su sitio sin necesidad de grandes discursos, y se sirvió ella misma un café, algo que rara vez hacía en horario de trabajo, solo para tener un momento de calma antes de que Julia volviera del instituto con toda la energía de la fiesta ya encima, sin sospechar nada de la batalla que su madre acababa de librar esa mañana, y ganar, por segunda vez esa semana, en el mismo sitio donde todo aquello había empezado.