Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 21
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Capítulo 21

Candela se levantó el miércoles antes de que sonara el despertador, con la claridad extraña que a veces llega justo después de una noche de sueño escaso e inquieto, cuando la cabeza, sin que uno se lo proponga, termina de ordenar sola lo que llevaba horas dando vueltas sin sentido.

Fuera, el pueblo entero amanecía distinto: las últimas guirnaldas ya colgadas del todo, los operarios del ayuntamiento montando el escenario de la plaza para la verbena de esa misma noche, y ese runrún especial que solo tiene un pueblo el día de su fiesta grande, mezcla de nervios, ilusión y un cansancio acumulado de toda una semana de preparativos que por fin iba a tener su recompensa.

Bajó a la cocina, puso café, y mientras esperaba a que subiera por la cafetera repasó mentalmente, palabra por palabra, la confesión de Manolo del día anterior. "Quedamos en la playa después de las once." "Discutimos." "Lo empujé." "Se golpeó la cabeza con una piedra."

Se quedó parada con la cafetera a medio servir.

Una piedra. Manolo había dicho que Fermín se había golpeado la cabeza con una piedra.

Candela había estado en esa playa la noche del hallazgo.

Había visto el cuerpo, aunque solo fuera un instante, antes de que alguien la apartara.

Y esa playa, la de delante de "La Dorada", no tenía piedras.

Era de arena fina, sin una sola roca en varios cientos de metros a la redonda, algo que cualquier vecino de Valdearenas sabía de memoria, porque llevaban generaciones presumiendo de ser la única cala de la zona completamente limpia de rocas, ideal para que los niños corrieran descalzos sin peligro.

Se sirvió el café con las manos temblando un poco, y en cuanto Julia bajó a desayunar, ya vestida para el instituto, con la ilusión de la fiesta esa misma noche todavía dibujada en la cara pese a todo lo demás, Candela se dio cuenta de que no podía guardarse aquello para sí misma ni un minuto más.

—Julia, ¿tú te acuerdas de si en la playa de aquí delante hay alguna piedra?

Su hija la miró con una expresión de extrañeza total, con la tostada a medio camino de la boca.

—¿Piedras? No, mamá, es de las playas más limpias de arena de toda la costa. Lo dice hasta el folleto turístico del ayuntamiento.

—Eso mismo pensaba yo.

—¿Por qué lo preguntas?

Candela dudó un segundo, sopesando cuánto contarle, y decidió que su hija, a esas alturas de la semana, se merecía algo más de verdad que de protección excesiva.

—Porque Manolo dijo que Fermín se golpeó la cabeza con una piedra. Y esa playa no tiene piedras.

Julia dejó la tostada en el plato, con una seriedad repentina que sustituyó de golpe la ilusión de hacía un momento.

—¿Entonces Manolo mintió?

—No lo sé. Puede que se equivocara. Pero voy a llamar a Benito.

—¿Puedo quedarme a escuchar?

—Vas a llegar tarde al instituto.

—Mamá, es el día de la fiesta. Nadie llega puntual el día de la fiesta, ni los profesores.

Candela no tuvo fuerzas para discutirle ese argumento, principalmente porque era completamente cierto, así que dejó que Julia se quedara sentada en la barra mientras marcaba el número de Benito, con el teléfono en altavoz sin que ninguna de las dos lo comentara en voz alta.

—¿Diga?

—Benito, tengo que contarle algo. Es importante.

—¿Ha pasado algo?

—La confesión de Manolo. Dijo que Fermín se golpeó la cabeza con una piedra.

—Sí, así consta en el acta.

—En esa playa no hay piedras, Benito. Ni una. Llevo viviendo delante de ella treinta y tres años. Es arena limpia de punta a punta.

Se hizo un silencio al otro lado de la línea, el silencio de alguien procesando una información que cambia por completo el color de todo lo demás, y cuando Benito volvió a hablar, su voz ya no tenía la calma resignada de quien acepta un caso cerrado, sino la tensión de quien acaba de encontrar la primera grieta real en una pared que parecía sólida.

—¿Está segura?

—Segurísima. Puede preguntarle a cualquiera del pueblo. O puede ir usted mismo a la playa y comprobarlo con sus propios ojos, que tampoco hace falta que se fíe solo de mi palabra.

—Voy para allá.

Colgó, y Candela se quedó un momento con el teléfono en la mano, sintiendo esa mezcla extraña de alivio por haber hecho lo correcto y de un peso nuevo, porque señalar una grieta en la historia de Manolo significaba, inevitablemente, empezar a preguntarse qué había realmente detrás de ella.

Media hora después, Benito volvió a "La Dorada" directamente desde la playa, con la cara de quien acaba de confirmar algo que preferiría no haber confirmado.

—Tiene razón. No hay ni una piedra en trescientos metros. He mirado bien.

—¿Y ahora qué?

—Ahora tengo un problema. El caso está prácticamente cerrado sobre el papel. Manolo ya ha declarado formalmente, el juzgado tiene la confesión, y mi comisario, en cuanto se entere de que quiero reabrirlo por un detalle así, me va a decir que estoy buscando excusas para no volver a Valladolid.

—¿Y no es verdad?

Benito la miró, sorprendido de que se lo preguntara tan directamente, y tardó un segundo en contestar, con una honestidad que a Candela le pareció, en medio de todo aquello, casi un alivio.

—Puede que en parte sí. Pero eso no cambia que la piedra no existe, y que un hombre acaba de confesar un crimen con un detalle que no puede ser verdad.

—¿Y si simplemente se equivocó? La gente miente mal cuando está nerviosa. A lo mejor confundió una piedra con algo del suelo, un trozo de bordillo del paseo, yo qué sé.

—Podría ser. Pero hay más cosas que no me cuadran, ahora que lo pienso con más calma.

La hora que dio no coincide del todo con lo que dijo el forense sobre el momento aproximado de la muerte.

Y esa insistencia en repetir que Iván estaba durmiendo, sin que nadie le hubiera preguntado por su hijo en ningún momento de la conversación.

—¿Cuánto de diferencia hay entre la hora que dio Manolo y la del forense?

—Casi dos horas. El forense sitúa la muerte entre las nueve y las diez de la noche. Manolo dice que quedaron después de las once.

—Dos horas es mucho para equivocarse por los nervios.

—Es mucho, sí. Sobre todo tratándose de algo tan concreto como la hora de una cita que él mismo propuso.

Candela sintió que se le encogía el estómago al oír en voz alta, dicho por Benito, exactamente la misma sensación que llevaba rondándole desde la noche anterior.

—¿Cree que está protegiendo a alguien?

—No lo sé. Pero es una posibilidad que no puedo descartar solo porque resulte incómoda.

—¿Qué va a hacer?

Benito se quedó un momento en silencio, mirando por la cristalera hacia la playa sin piedras, con la cara de quien está a punto de tomar una decisión que le va a costar más de un disgusto.

—Voy a seguir tirando del hilo. Discretamente, sin decir todavía que reabro nada de forma oficial. Necesito hablar otra vez con Manolo, a solas, y necesito que me ayude a repasar de nuevo todo lo que sepamos de los últimos días de Fermín, sin dar nada por cerrado.

—Cuente conmigo.

—Ya contaba con usted. Ni se me había ocurrido no hacerlo.

Se quedaron mirándose un momento, con la complicidad que ya no necesitaba ni palabras del todo, y Candela sintió, debajo de la inquietud por lo que estaban a punto de destapar, algo parecido al orgullo de estar del lado de alguien capaz de arriesgarse a llevarle la contraria a su propio comisario por una piedra que no debería estar en una confesión.

—Con la fiesta esta misma noche, no vamos a tener mucho tiempo —dijo Candela, mirando el reloj.

—Lo sé. Pero prefiero encontrar la verdad a tiempo que celebrar la fiesta sabiendo que hemos dejado a alguien pagando por algo que no hizo.

—¿Por dónde empezamos?

—Yo voy a hablar otra vez con Manolo, a solas, sin presión de comisaría de por medio, a ver si consigo que se contradiga en algo más.

Usted, si puede, intente recordar cualquier detalle de esa noche que no le contara a nadie por parecerle sin importancia.

A veces lo que uno descarta primero es justo lo que hace falta.

—Lo intentaré.

Julia, que llevaba un rato escuchando en silencio con la mochila ya a la espalda, se levantó del taburete con una expresión pensativa que a Candela no le pasó desapercibida.

—¿Tú te lo crees?

Candela levantó la vista.

—¿El qué?

—Lo de Manolo.

—No del todo.

—Yo tampoco.

—¿Por qué?

Julia se encogió de hombros.

—Porque cuando alguien quiere librarse de un problema, no suele ir a buscarlo a la comisaría.

Candela la miró un segundo.

—Eso ha sonado bastante adulto.

—Tengo momentos.

—Pocos, pero los tienes.

—Gracias, mamá. Creo.

Julia se despidió con un beso rápido y un "suerte con lo que sea que vayáis a hacer" que sonó más serio de lo habitual en ella, y salió hacia el instituto con la cabeza dándole vueltas a una idea que todavía no se atrevía a nombrar del todo, aunque llevara ya días rondándole desde muy cerca.

Candela sirvió dos cafés más sin que nadie se los pidiera, y ella y Benito se sentaron a la mesa del rincón, la de Curro, dispuestos a revisar de nuevo, con ojos completamente distintos, todo lo que creían saber sobre la noche en que Fermín había dejado de respirar en una playa que, a pesar de lo que decía la confesión, no tenía ni una sola piedra donde golpearse la cabeza.