Capítulo 20
Manolo entró en "La Dorada" a las once de la mañana, con la misma cara de quien lleva toda la noche sin dormir y ha tomado una decisión que ya no piensa discutir con nadie, y se plantó delante de Benito sin ni siquiera saludar a Candela, que se quedó a medio secar un vaso detrás de la barra, con la mano parada en el aire.
Había llegado justo cuando Benito repasaba, por enésima vez esa semana, la lista de nombres de su cronología: Curro tachado, Yolanda subrayada con un interrogante que ya empezaba a parecer más una costumbre que una sospecha real, y el resto de pistas sueltas que no terminaban de formar ningún dibujo claro.
La aparición de Manolo, en ese contexto, tuvo el efecto de una piedra lanzada contra un estanque en calma.
—He venido a entregarme.
Benito levantó la vista de los papeles con una lentitud que dejaba claro que necesitaba un segundo para procesar la frase antes de reaccionar.
—¿Perdón?
—Fui yo. Lo de Fermín. Fui yo.
El bar se quedó en un silencio tan absoluto que hasta la cafetera pareció dejar de hacer ruido, y Candela, con el trapo todavía en la mano, sintió que el suelo se movía un poco bajo sus pies, esa sensación rara que da cuando algo que uno creía imposible resulta que, de pronto, ya no lo es tanto.
—Manolo, siéntese —dijo Benito, con una calma que a Candela le pareció casi sobrehumana, dadas las circunstancias—. Cuénteme qué pasó.
Manolo se sentó, con las manos temblando sobre la mesa, y empezó a hablar con una voz que parecía salir de muy lejos, de un sitio dentro de él que llevaba días, quizás semanas, ensayando aquella confesión sin que nadie lo supiera.
—Fermín me debía... no, perdón, yo le debía a él.
Un dinero de hace tiempo, de cuando el bar estuvo a punto de cerrar y él me echó una mano sin que nadie se enterara.
Llevaba meses sin poder devolvérselo, y el martes por la noche quedamos en la playa para hablarlo, porque él ya empezaba a necesitarlo de verdad, con lo de la boda y todo eso.
—¿A qué hora quedaron?
—Tarde. Después de las once. Discutimos. Yo le dije que no tenía el dinero, él se enfadó, yo me enfadé más, y en un momento de rabia lo empujé. Se cayó mal. Se golpeó la cabeza con una piedra. Yo... yo me asusté y me fui corriendo.
Candela dejó el vaso sobre la barra con un cuidado exagerado, como si el más mínimo ruido pudiera romper algo que ya estaba roto de sobra, y se quedó mirando a Manolo con una mezcla de incredulidad y de un dolor que no sabía dónde colocar.
Lo conocía de toda la vida. Le había servido café cada mañana durante años.
Le costaba, físicamente le costaba, encajar esa historia con el hombre que tenía delante.
—Manolo —dijo, con la voz más suave que pudo encontrar—. ¿Estás seguro de lo que estás diciendo?
—Estoy seguro, Candela. Llevo días sin poder dormir con esto encima. Prefiero pagar por ello a seguir viviendo así.
Benito tomó nota de cada palabra, con la letra pulcra que ya le conocía todo el pueblo, y siguió preguntando con el mismo tono profesional de siempre, aunque a Candela le pareció notar, debajo, una tensión que no encajaba del todo con la aparente sencillez del caso que se acababa de resolver solo, sin necesidad de más pesquisas.
—¿Alguien lo vio esa noche? ¿Alguien puede confirmar que estuvo en la playa?
—No. Estaba solo. Iván estaba en casa, dormido, no sabe nada de esto.
Lo dijo con un énfasis particular en el nombre de su hijo, una insistencia que a Candela, en otro momento, quizás no le habría llamado la atención, pero que esa mañana, con todo lo que llevaba encima esa semana, se le quedó grabada de una forma que no supo explicar del todo.
—¿Por qué ha esperado tantos días para confesar? —preguntó Benito.
—Porque soy un cobarde. Porque tenía miedo. Porque cada día que pasaba me parecía más imposible dar el paso, hasta que ya no pude aguantarlo más.
La respuesta sonaba ensayada, casi de manual, y Benito, que llevaba una semana entera aprendiendo a distinguir las verdades de los rodeos en aquel pueblo, apuntó mentalmente esa sensación sin decir nada todavía, prefiriendo dejar que la confesión siguiera su curso antes de empezar a tirar de los hilos que no le cuadraban.
—Vamos a tener que llevarlo a comisaría para tomarle declaración formal.
—Lo sé. Estoy listo.
Manolo se levantó, con la dignidad extraña de quien ha decidido cargar con algo pese al miedo que le da, y antes de salir se giró hacia Candela, con los ojos ya llenos de lágrimas que había estado conteniendo desde que había entrado.
—Cuida de mi hijo, Candela. Va a necesitar a gente que lo cuide, con lo que viene ahora.
Candela asintió, sin saber muy bien qué contestar, y vio salir a Manolo escoltado por Benito con un peso extraño en el pecho, una mezcla de alivio porque el caso pareciera resuelto y de una inquietud que no lograba nombrar del todo, como si algo, en algún rincón de aquella confesión, no terminara de encajar con la imagen que ella tenía de las cosas.
La noticia corrió por el pueblo antes de que el coche de Benito hubiera terminado de doblar la esquina.
A media tarde, "La Dorada" estaba llena de gente que quería hablar del tema, con opiniones repartidas entre el alivio de que por fin hubiera un culpable y la incredulidad de que fuera precisamente Manolo, al que todo el mundo conocía como un hombre tranquilo, sin ningún historial de violencia, más allá de su miedo crónico a cualquier cosa que llevara placa.
—Nunca lo hubiera dicho de él —repetía doña Pura, sentada en su taburete de siempre, con la libreta abierta pero sin apuntar nada, como si por primera vez en su vida se hubiera quedado sin ganas de anotar un cotilleo.
—Estas cosas pasan, doña Pura. La gente normal también tiene sus límites.
—Ya, pero Manolo. Con lo bueno que era con el chico, con lo que ha trabajado siempre para sacarlo adelante solo, desde que la madre se fue.
Curro, que había entrado a media tarde con la excusa de tomar su café de siempre aunque llevara ya dos tazas encima, se sentó en su mesa con una expresión que Candela no le había visto nunca, ni siquiera la noche de la playa.
—Yo he jugado a las cartas con Manolo alguna vez, hace años, antes de que dejara de salir tanto —dijo, más para sí mismo que para nadie en concreto—. Nunca me pareció un hombre con la rabia dentro. Pero vete a saber lo que carga cada uno sin que se le note por fuera.
—¿Tú qué crees, Curro? —preguntó Candela, bajando la voz, aprovechando que el resto de la sala estaba enfrascada en su propia versión de los hechos.
—Creo que la gente hace cosas raras cuando se siente acorralada. Y no sé si me creo del todo esa historia del dinero, la verdad, porque Manolo siempre ha sido de los que prefieren pasar hambre antes que deber nada a nadie. Pero tampoco soy yo quién para dudar de un hombre que acaba de entregarse.
—Yo tampoco lo tengo del todo claro.
—¿Se lo has dicho a tu inspector?
—Todavía no. Es solo una sensación. No tengo nada concreto.
—Las sensaciones tuyas, Candela, suelen valer más que las pruebas de medio pueblo junto. Yo que tú se lo diría.
Un poco más allá, un grupo de vecinos discutía en voz alta sobre si a Manolo le caería mucho tiempo, sobre si el bar tendría que cerrar, sobre quién se haría cargo de Iván mientras tanto, y Candela, escuchando esas preguntas sin querer, sintió que algo se le encogía por dentro al pensar en el chico, solo, con su padre camino de comisaría y toda una vida por delante manchada por una confesión que, cada vez con más fuerza, le sonaba a mentira construida con demasiado cariño y demasiado poco encaje.
Candela escuchó ese comentario sin decir nada, pero algo en él se le quedó rondando el resto de la tarde, esa mención al esfuerzo de Manolo por su hijo, a la ausencia de la madre, a todo lo que Lucía le había contado a Julia hacía unos días sobre la historia familiar de Iván.
Las piezas empezaban a moverse en su cabeza sin llegar todavía a encajar del todo, como un puzle al que le faltaba una esquina para que la imagen completa tuviera sentido.
Esa noche, con el restaurante ya cerrado y Julia dormida arriba, Candela se quedó un rato sola en la cocina, con una copa de vino que no llegó a terminarse, pensando en Manolo, en su confesión demasiado ensayada, en aquel "Iván estaba en casa, dormido, no sabe nada de esto" que había sonado más a advertencia que a información, y en una sensación cada vez más clara de que aquel caso, por muy cerrado que pareciera esa tarde para el resto del pueblo, todavía tenía algo importante por resolver.
Sacó el móvil y estuvo a punto de escribirle a Benito, de contarle esa sensación que no lograba convertir todavía en nada concreto, pero lo pensó mejor: era tarde, él llevaba también un día largo, y una intuición sin forma clara podía esperar a la mañana siguiente sin que eso cambiara nada.
Subió a comprobar que Julia dormía bien, algo que hacía casi todas las noches desde que era pequeña y que nunca había dejado de hacer, y se quedó un momento en el marco de la puerta, mirando a su hija dormida con el cuaderno de dibujo todavía abierto sobre la colcha, en la página del boceto de "La Dorada" que ya casi tenía terminado.
Pensó en Iván, en la fama que arrastraba sin merecerla del todo, en el gesto de levantarse por el chico de primero que Julia le había contado hacía días, en la historia de la madre ausente que Lucía le había confiado a su hija, y sintió que todas esas piezas sueltas, que hasta esa tarde le habían parecido simples detalles de vida de instituto, empezaban a formar, sin que ella terminara de saber por qué, un dibujo que no le gustaba nada.
Apagó la luz del pasillo, volvió a su habitación, y se quedó despierta más tiempo del que le hubiera gustado admitir, con la certeza incómoda de que al día siguiente iba a tener que empezar a tirar de un hilo que quizás hubiera sido más fácil dejar donde estaba.