Capítulo 19
Julia no había conseguido dormirse. Llevaba desde las diez dando vueltas en la cama, revisando el móvil cada diez minutos sin ningún mensaje nuevo que revisar, y a las doce y media, cuando todavía no había ni rastro del coche de Benito por la calle, empezó a preocuparse de verdad, con la preocupación específica de hija que no sabe distinguir bien entre "se están divirtiendo" y "ha pasado algo malo".
Bajó a la cocina a las doce y cuarenta, en pijama, con el pelo hecho un desastre, justo quince minutos antes de que por fin oyera el motor de un coche aparcando fuera y las voces de su madre y de Benito, todavía riéndose de algo, subiendo por la calle.
Se asomó a la ventana, sin encender la luz, y los vio despedirse en la puerta con una torpeza que le pareció adorable desde su posición de espía involuntaria: ninguno de los dos parecía saber muy bien si darse dos besos, uno, la mano, o directamente nada, y acabaron con un abrazo rápido y algo incómodo que a Julia le sacó una sonrisa enorme en la oscuridad de su habitación.
Cuando su madre entró por fin en la cocina, todavía con el vestido azul y los zapatos en la mano, se encontró a Julia sentada en la barra, con los brazos cruzados y una cara de fiscal que no engañaba a nadie.
—Son casi la una, señorita.
—Ahora resulta que la que tiene que dar explicaciones soy yo.
—¿Qué tal ha ido?
Candela se sentó, dejó los zapatos en el suelo con un suspiro de alivio, y se pasó las siguientes diez minutos contándole a Julia, con todo lujo de detalles y cada vez más ataques de risa, el desastre completo de la noche: el restaurante cerrado, la pizzería con manteles de cuadros, la vela que se apagó dos veces, el vino de garrafa, y la batería muerta que los había dejado tirados en la acera durante cuarenta minutos.
—O sea, que ha sido un desastre total.
—Un desastre total. El peor plan de cita que se puede montar sin proponérselo.
—¿Y entonces por qué te ríes tanto?
—Porque ha sido el desastre más divertido que he tenido en años, Julia. A veces las cosas que salen perfectas no se recuerdan ni la mitad que las que salen fatal.
Sonó el teléfono de Candela en ese momento, con un mensaje que la hizo sonreír de una forma que Julia reconoció al instante, porque era exactamente la misma sonrisa que ponía cuando algo le importaba de verdad.
—¿Es él?
—Es él.
—¿Qué dice?
—Que ha llegado bien a la pensión y que doña Asunción lo estaba esperando despierta, cosiendo, para preguntarle qué tal había ido la cita.
—Todo el mundo espera despierto a que alguien vuelva de una cita esta noche, por lo que veo.
—Es un pueblo pequeño, Julia. Aquí las noticias no esperan a que amanezca.
—¿Y qué le has contado tú a doña Asunción, aparte de todo lo que me has contado a mí?
—Yo no le he contado nada a doña Asunción. Ha sido Benito el que le ha contado, y por lo visto se lo ha contado con pelos y señales, porque el mensaje que me acaba de mandar dice que ella se ha reído durante diez minutos seguidos con lo de la vela.
—Me cae bien esa mujer sin conocerla.
—Te caería genial. Es de las que te prepara leche caliente cuando tienes un mal día sin que se lo pidas.
—Como tú con Curro.
—Algo parecido, sí.
Julia se rió, cogió el móvil de su madre sin pedir permiso, con la confianza de hija que sabe que puede saltarse ciertas normas sin que le caiga un castigo real, y leyó el mensaje de Benito por encima, sin mala intención, más por curiosidad que por otra cosa.
—Anda, ha puesto un emoji. El inspector serio pone emojis.
—Dame eso.
—Espera, espera, deja que conteste yo, va a ser buenísimo.
—Julia, ni se te ocurra.
Demasiado tarde. Julia ya había empezado a teclear, con la rapidez de dedos que solo se consigue a los dieciséis años, y antes de que Candela pudiera quitarle el móvil de las manos, ya había enviado el mensaje.
"Buenas noches, Good Bonnie. Que descanses."
El silencio que siguió duró exactamente tres segundos, el tiempo que tardó Candela en procesar lo que acababa de pasar y Julia en darse cuenta, con una expresión de horror que le fue subiendo por la cara como una marea, de que había mandado ese mensaje sin caer, ni por un segundo, en que Benito no tenía ni idea de que ese fuera su apodo.
—Julia.
—Ay, no.
—Julia, ¿qué has hecho?
—Se me ha escapado. Se me ha escapado sin querer, lo juro.
El teléfono vibró casi al instante con la respuesta de Benito, y Candela, con el corazón encogido, lo cogió con la misma cara de quien está a punto de leer una sentencia.
"¿Good Bonnie?"
—Dile que ha sido un error. Dile que el teléfono se ha vuelto loco. Dile cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa como qué, mamá? ¿Que el corrector automático te ha cambiado "Benito" por "Good Bonnie"? No existe corrector tan creativo en el mundo.
Candela se quedó mirando la pantalla un buen rato, con la parálisis que dan las situaciones sin salida elegante, y al final, con un suspiro que sonó a rendición total, escribió la verdad.
"Es un mote que te puse la primera semana. Por Bad Bunny, pero Good, porque no tienes ni una pizca de malote encima. Julia no debería haberlo dicho, pero ya que lo ha dicho, ahí queda."
La respuesta tardó lo suficiente como para que Candela empezara a temer lo peor, esa espera larga que siempre se interpreta mal a la una de la madrugada, y cuando por fin llegó, venía acompañada de algo que Candela no esperaba en absoluto.
"Me parece el mejor apodo que me han puesto en la vida. Ganaste tú. Buenas noches, Candela."
Candela soltó un grito ahogado, mezcla de alivio y de una alegría que no supo disimular del todo, y le enseñó la pantalla a Julia, que leyó el mensaje con una sonrisa tan grande que apenas le cabía en la cara.
—Le ha encantado.
—Le ha encantado.
—Te lo dije. "Good Bonnie" es un mote buenísimo. Yo tengo mucho talento para esto.
—Tienes mucho talento para meterte donde no te llaman, que es distinto.
—Es lo mismo, mamá. En esta familia siempre ha sido lo mismo.
Candela le tiró el trapo de la barra, sin apuntar demasiado, y Julia lo esquivó con la misma facilidad de siempre, riéndose de un modo que llenó la cocina vacía de "La Dorada" con un ruido que a Candela, después de todo lo que llevaban encima esa semana, le pareció el sonido más bonito del mundo.
—Anda, a la cama, que mañana hay instituto.
—Mañana hay instituto y tú tienes que contarme con pelos y señales todo lo que no me has contado todavía de la cena.
—No hay más que contar.
—Ya, y yo soy el AMPA.
Se rieron las dos, subieron juntas las escaleras con los zapatos de Candela todavía en la mano y el móvil brillando de vez en cuando con algún mensaje más que ninguna de las dos comentó en voz alta, y en el rellano, antes de separarse cada una hacia su habitación, Julia se paró un momento.
—Mamá.
—Dime.
—Me alegro. De verdad. De que te pase esto.
Candela se quedó mirándola un segundo, sorprendida por la sinceridad repentina detrás de la broma de toda la noche, y sintió que se le encogía el pecho de una forma buena, de esas que no duelen.
—Gracias, cielo.
—Aunque como se entere todo el pueblo antes que yo de algún detalle importante, me voy a enfadar mucho.
—Serás la primera en saberlo todo. Te lo prometo.
—Más te vale.
Julia entró en su habitación, se tumbó en la cama sin ni siquiera quitarse del todo las zapatillas, y se quedó un rato mirando el móvil, releyendo el mensaje de Benito una vez más, "el mejor apodo que me han puesto en la vida", con una sonrisa que no consiguió borrarse ni cuando por fin cerró los ojos para dormir.
A la mañana siguiente, Benito llegó a "La Dorada" a la hora de siempre, con las gafas de sol puestas a pesar de que el cielo seguía nublado, y Candela, al verlo entrar, no pudo evitar sonreír de una forma que Julia, ya sentada en la barra con el desayuno a medio terminar, no dejó pasar.
—Buenos días, Good Bonnie —dijo Julia, con una solemnidad exagerada, antes de que su madre pudiera abrir la boca.
Benito se quedó parado un segundo, con las gafas todavía puestas, y por primera vez desde que había llegado al pueblo se las quitó despacio, con un gesto casi teatral, y contestó con una seriedad que no engañaba a nadie.
—Buenos días, jefa de la comisión de motes de Valdearenas.
—Ese cargo no existe.
—Debería. Se le da usted muy bien.
Julia se rió tanto que a punto estuvo de atragantarse con la tostada, y Candela, viéndolos a los dos bromear con la complicidad que ya no parecía forzada en absoluto, sintió que aquella semana, con toda la tristeza y todo el peso que llevaba encima, también estaba dejando espacio, poco a poco, para algo nuevo que valía la pena dejar crecer.