Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Julia había pasado la última media hora antes de que Benito llegara a recoger a su madre supervisando el vestido azul con el rigor de una diseñadora de pasarela, sentada en el borde de la cama mientras Candela se probaba pendientes distintos delante del espejo.

—Los de aro no. Los pequeños.

—¿Por qué no los de aro?

—Porque los de aro dicen "voy a una boda", y los pequeños dicen "voy a cenar con alguien que me gusta pero no pienso admitirlo en voz alta todavía".

—Yo no he dicho que me guste.

—No hacía falta que lo dijeras, mamá. Llevas todo el día cambiándote de zapatos.

Candela se rió, se puso los pendientes pequeños sin más discusión, y bajó las escaleras justo cuando sonaba la campanilla de la puerta, con Benito esperando fuera, recién afeitado y con una chaqueta que Julia reconoció, sin decirlo en voz alta, como la más elegante de las dos que le había visto ponerse desde que había llegado al pueblo.

—Estás muy guapa —dijo él, sin mucho preámbulo, con una torpeza que a Candela le pareció más sincera que cualquier piropo bien ensayado.

—Usted tampoco está mal, inspector. Aunque sigue oliendo a comisaría.

—Es la última vez que me pongo esta chaqueta sin lavar en seco antes.

Julia los despidió desde la puerta con un "pasadlo bien y no hagáis nada que yo no haría", frase que a Candela le pareció completamente inútil como advertencia, dado el poco margen que dejaba, y los dos se subieron al coche con la mezcla de nervios e ilusión que solo se tiene cuando algo empieza a importar de verdad.

Benito había hecho la reserva con tres días de antelación, en un restaurante de Conil que según internet tenía "ambiente romántico, vistas al mar y trato exquisito", y había elegido esa distancia a propósito: lo bastante lejos de Valdearenas como para que nadie los reconociera, lo bastante cerca como para no llegar agotados.

Lo que internet no mencionaba era que el restaurante llevaba cerrado por reformas desde hacía dos semanas.

—¿Cerrado? —repitió Candela, plantada delante de la persiana bajada con un cartel de "Disculpen las molestias" que llevaba tanto tiempo ahí que el sol le había quitado la mitad del color.

—Cerrado. La página web no lo decía.

—¿Ha llamado para confirmar la reserva?

—Llamé el jueves. Me confirmaron mesa para dos a las nueve.

—Pues alguien en ese restaurante le ha tomado el pelo, o llevan de vacaciones desde antes de las reformas.

Benito se pasó la mano por la cara, con la expresión suya de quien ve un plan cuidadosamente organizado desmoronarse en tiempo récord, y miró el reloj: las nueve y cinco, sin mesa, sin restaurante, y con Candela vestida de una forma que él llevaba toda la tarde intentando no mirar demasiado, un vestido azul que nunca le había visto y que le sentaba de una manera que el uniforme de camarera nunca había dejado ver del todo.

—Podemos buscar otro sitio.

—A las nueve de la noche, en Conil, en temporada baja, con la mitad de los negocios cerrados hasta Semana Santa. Buena suerte con eso.

Recorrieron tres calles a pie, con Candela en tacones que ya empezaban a protestar y Benito revisando el móvil cada dos minutos como si las opciones fueran a multiplicarse por arte de magia, hasta que encontraron el único sitio abierto: una pizzería con manteles de cuadros y un cartel de neón parpadeante que anunciaba "PIZZAS ARTESANAS" con la última "A" fundida desde hacía, a juzgar por el óxido, bastante tiempo.

—Esto no es exactamente lo que tenía planeado.

—Inspector, llevo doce años sirviendo pescaíto frito en tacones de goma. Una pizza con mantel de cuadros no me asusta.

Se sentaron en la única mesa libre, junto a una máquina de discos que llevaba sonando la misma canción de verano de hacía tres años en bucle, y un camarero adolescente, con más granos que ganas de trabajar esa noche, les tomó nota con la velocidad de quien preferiría estar en cualquier otro sitio del mundo.

—¿Vino?

—Lo que tengan de la casa —dijo Candela.

—No tenemos vino de la casa. Tenemos tres tintos y dos blancos, todos de garrafa.

—Sorpréndanos.

—¿Y de pizzas? —preguntó Benito, mirando una carta plastificada con fotos de hacía al menos una década, a juzgar por lo desvaído de los colores.

—Lo que ponga la carta, aunque a veces no tenemos todos los ingredientes.

—¿Cómo sabemos qué ingredientes tienen?

—Pidiendo. Si no tenemos algo, se lo digo cuando la traigo.

Benito miró a Candela, buscando alguna señal de que aquello era una broma, y no la encontró.

—Vamos a pedir dos margaritas. Es difícil estropear una margarita.

—Eso piensa usted.

El camarero se fue sin comprometerse a sorprender a nadie, y Benito, intentando salvar algo de la noche, sacó del bolsillo interior de la chaqueta una vela pequeña y un mechero, con la seriedad de quien lleva ensayando ese gesto todo el día.

—¿Ha traído una vela?

—Me pareció un detalle.

—Es un detalle precioso, Benito. Enciéndala.

La encendió. Duró cuarenta segundos antes de que una corriente de aire, procedente de la puerta de la cocina que el camarero abría y cerraba sin parar, la apagara de un soplido tan certero que pareció hecho a propósito.

—Segundo intento.

—Segundo intento.

Volvió a encenderla. Esta vez duró un minuto entero, hasta que Candela, moviendo el brazo para coger la servilleta, la tiró sin querer, esparciendo cera derretida sobre el mantel de cuadros en una mancha que ya no iba a salir con ningún lavado conocido por la ciencia.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—He arruinado su vela romántica.

—Ha arruinado un mantel de una pizzería que probablemente lleva sirviendo el mismo menú desde el franquismo. Creo que sobreviviremos los dos al disgusto.

Candela se rió, esa risa corta y de verdad que a Benito ya se le había quedado grabada como sonido favorito de toda la semana, y en ese momento sonó el teléfono de ella, con una insistencia que dejaba claro que no era una llamada cualquiera.

Era doña Pura.

—¿Sí?

—Candela, hija, perdona que te moleste, pero es que el toldo de la terraza se ha soltado con el viento y está dando golpes contra el cristal, y como no encuentro a nadie más...

—Doña Pura, ¿puede aguantar media hora? Estoy fuera del pueblo.

—Media hora sí, pero como siga este viento no sé yo si el cristal aguanta.

Candela colgó con una disculpa a medias hacia Benito, que ya estaba sacando el móvil para llamar a alguien, y entre los dos, en apenas dos minutos, habían montado un pequeño operativo telefónico: Curro, que vivía más cerca, se acercaría a asegurar el toldo; Julia, en casa, confirmaría que todo seguía en orden desde la ventana.

—Menuda cita, ¿eh? —dijo Candela, guardando el móvil, con una sonrisa que pedía disculpas sin pedirlas del todo.

—Es una cita con imprevistos. No sé si eso la hace mejor o peor.

—Depende de cómo acabe la noche.

Las pizzas llegaron quemadas por un lado y crudas por el otro, con una combinación de ingredientes que ninguno de los dos recordaba haber pedido, y el vino de garrafa resultó ser tan malo que Candela, después del primer trago, decidió que el agua era una opción perfectamente digna.

—¿Sabe qué es lo curioso? —dijo Benito, mirando su plato de pizza sin comerse otro bocado—. Que llevo dos horas intentando que esta noche salga perfecta, y es probablemente la peor cena de mi vida.

—¿Y eso es lo curioso?

—Lo curioso es que me está gustando de todas formas.

Se quedaron mirándose un momento, con la máquina de discos repitiendo el mismo estribillo por tercera vez consecutiva y el camarero adolescente limpiando mesas con el entusiasmo de quien cuenta los minutos para el fin de turno, y Candela sintió que aquella pizzería con manteles de cuadros, sin querer, se había convertido en el sitio más divertido en el que había estado en años.

—A mí también me está gustando —dijo, al fin—. Aunque el vino sea un insulto y la vela haya durado menos que un suspiro.

De camino al coche, con el viento de la costa revolviéndoles el pelo a los dos y la noche ya completamente cerrada, Benito se paró un momento en la acera.

—¿Repetimos? Otro día. En un sitio que no esté cerrado por reformas, con una vela que aguante más de un minuto.

—Con una condición.

—¿Cuál?

—Que si algo sale mal, no se disculpe cada dos frases. Ya le he dicho que sobrevivo bien a los desastres. Llevo toda la vida sirviendo mesas en un restaurante con el cartel torcido.

Benito sonrió, con la sonrisa que a Candela ya empezaba a resultarle tan familiar como el sonido del mar por las mañanas, y llegaron al coche solo para descubrir que la batería, después de dos horas con las luces de emergencia puestas por error mientras buscaban aparcamiento, se había quedado completamente muerta.

—No.

—Sí.

—No puede ser verdad.

—Es verdad. Mire el salpicadero.

Candela se rió tan fuerte que un vecino asomó la cabeza por la ventana para ver qué pasaba, y Benito, con la resignación de quien ya ha aceptado que aquella noche estaba destinada a salir mal en cada detalle posible, llamó a una grúa que tardó cuarenta minutos en llegar, cuarenta minutos que pasaron sentados en el bordillo de la acera, compartiendo la única chocolatina que quedaba en la guantera y riéndose cada vez más fuerte cuanto más ridícula se ponía la situación.

—Sabe que esto va a ser la anécdota que Julia cuente en cada cena familiar durante los próximos veinte años.

—Que la cuente. Total, no va a poder decir nada peor de lo que hemos vivido nosotros mismos esta noche.

Cuando por fin arrancó el coche, ya pasada la medianoche, condujeron de vuelta a Valdearenas con la radio puesta bajito, comentando lo desastroso que había sido todo, sin dejar de reírse en ningún momento del trayecto, mientras a lo lejos, ya visibles desde la carretera, las luces de la fiesta patronal empezaban a probarse por primera vez esa semana, anunciando que solo quedaban dos días para que todo cambiara del todo.