Capítulo 17
Después de cerrar la cocina, Candela y Julia habían cenado juntas en la barra, algo rápido y sin ceremonia —una tortilla francesa y las sobras de la ensalada del mediodía—, con la tele encendida de fondo sin que ninguna de las dos le prestara demasiada atención.
—¿Qué tal el insti hoy? —preguntó Candela, sin levantar la vista del plato.
—Normal. Bueno, casi normal.
—¿Casi?
—Cosas de instituto. Nada importante.
Candela no insistió, acostumbrada ya a que su hija necesitara su propio ritmo para contar las cosas, y siguieron cenando en un silencio cómodo, roto solo por el sonido de la tele y por el motor de la nevera, que llevaba semanas haciendo un ruido raro que ninguna de las dos se había decidido a solucionar todavía.
El correo llegó a las ocho de la tarde, cuando Julia ya se había rendido a los deberes de Lengua y estaba tumbada en la cama con el cuaderno de dibujo abierto, terminando el boceto del puerto que llevaba a medias desde hacía días.
Asunto: Concurso de carteles Feria de Valdearenas — Selección finalista
Se incorporó tan rápido que el lápiz salió rodando hacia el suelo.
El correo era de la profesora de Plástica, con copia al ayuntamiento, y decía, sin mucho preámbulo, que su cartel —el mismo boceto de "La Dorada" que había hecho en un rato muerto hacía dos semanas, el que la profesora le había elogiado sin decírselo delante de toda la clase— había quedado entre los cinco finalistas del concurso que organizaba el ayuntamiento cada año para elegir la imagen oficial de la fiesta.
Bajó las escaleras con el móvil todavía en la mano, sin poder disimular la emoción, y encontró a su madre cerrando la cocina.
—Mamá. Mamá, mira esto.
—¿Qué pasa?
—Mi dibujo. El de "La Dorada". Es finalista del concurso de carteles de la feria.
Candela le quitó el móvil de las manos, leyó el correo dos veces, y soltó un grito tan fuerte que un cliente rezagado de la terraza se giró a mirar, alarmado, antes de darse cuenta de que era un grito bueno.
—¡Jul! ¡Esto es buenísimo!
—Es solo finalista, mamá. No he ganado.
—Todavía. Faltan tres días para que lo decidan, y tu dibujo es el mejor con diferencia, aunque solo sea porque es el único que no está hecho con el programa de ordenador que hace que todo parezca lo mismo.
—¿Cómo sabes eso si no has visto los otros?
—Porque lo sé, Julia. Es instinto de madre. Funciona con casi todo, aunque nunca funcionó contigo cuando decías que no habías roto el jarrón del salón.
Julia se rió, todavía con la mezcla de orgullo y vergüenza que dan las cosas buenas cuando llegan de sorpresa, y llamó a Vanesa en cuanto subió de nuevo a su habitación, sin poder aguantar las ganas de contárselo a alguien de su edad, alguien que entendiera exactamente por qué aquello, aunque fuera pequeño, le parecía tan grande.
—¡Vanesa! No te lo vas a creer.
—¿Qué? ¿Ha pasado algo con el caso?
—No, no es eso. Es mi cartel. El del concurso de la feria. Soy finalista.
Al otro lado se hizo un silencio de dos segundos y luego un chillido tan agudo que Julia tuvo que apartarse el móvil de la oreja.
—¡MERY! ¡Eso es increíble! ¿Por qué no me lo habías contado antes?
—Me acaba de llegar el correo. Literal, hace cinco minutos.
—Tenemos que celebrarlo. Mañana en el insti, en cuanto llegues, invitas a algo en la máquina.
—No tengo tanto dinero, Vanesa.
—Pues invita a agua. Pero invita a algo, que las cosas hay que celebrarlas o no cuentan.
—¿Sabes quiénes son los otros cuatro finalistas?
—Ni idea. Pero seguro que el tuyo es el único que no parece hecho por un ordenador, que esos carteles de feria últimamente todos parecen sacados de la misma plantilla con el nombre del pueblo cambiado.
—Eso mismo ha dicho mi madre, casi con las mismas palabras.
—Será que las dos tenéis razón. O que sois iguales, que también puede ser.
—No me compares con mi madre, que luego se lo cree y se pone insoportable de orgullosa.
—Demasiado tarde, ya te he comparado. Ahora aguántate.
Se rieron las dos, y la conversación derivó, como derivaba siempre, hacia otros temas: cómo iba lo del plan de Kevin con Sara, si al final la excursión a Sevilla incluiría parada en alguna tienda decente o solo museos, y si Vanesa se iba a atrever a cortarse el pelo otra vez antes de la fiesta o si, después del desastre de febrero, prefería jugar sobre seguro.
—Por cierto, lo de Kevin y Sara ya tiene fecha —dijo Vanesa, con el tono de quien suelta la mejor noticia para el final—. Se lo va a decir el día de la fiesta grande, en la caseta del instituto, delante de todos si hace falta, tal cual lleva prometiendo desde tercero.
—¿En serio esta vez?
—En serio. Me lo ha jurado con la mano en el pecho, muy solemne, como si estuviera firmando un contrato.
—Espero que Sara diga que sí, porque como le dé calabazas delante de todo el mundo, no se va a recuperar en la vida.
—O se hace mucho más fuerte. A veces las cosas que dan más miedo son las que más falta hacen.
Julia se quedó pensando en esa frase un momento, sin saber muy bien por qué le había calado tanto viniendo de Vanesa, que normalmente no soltaba ese tipo de reflexiones profundas sin que viniera acompañado de algún comentario sobre maquillaje o sobre alguna serie.
—Qué filosófica te has puesto.
—Será la proximidad de la fiesta. A mí también me pone rara, aunque de otra manera.
Colgaron poco después, con la promesa de verse temprano al día siguiente para la celebración con máquina expendedora incluida, y Julia se quedó un rato más tumbada en la cama, con el móvil sobre el pecho y el techo de siempre encima, pensando en lo raro que era que una misma semana pudiera contener a la vez algo tan bueno como lo del cartel y algo tan pesado como todo lo demás que llevaban encima desde el martes anterior.
Bajó otra vez a la cocina a por un vaso de agua, más por ganas de contárselo a alguien más que por sed real, y se encontró a Curro sentado en su mesa de siempre, aunque el restaurante llevara ya un rato cerrado, charlando con Candela sobre no sabía qué mientras terminaban una última copa de vino.
—Julia, cuéntale a Curro lo del cartel —dijo Candela, con el orgullo que no se molestaba ya en disimular.
—Soy finalista del concurso de carteles de la feria.
Curro dejó la copa sobre la mesa con una solemnidad exagerada, como si acabara de anunciarle algo de importancia nacional.
—¿El de "La Dorada" que me enseñó tu madre el otro día por el móvil?
—¿Se lo enseñaste?
—Se lo enseñé a medio pueblo, hija, no te sorprendas tanto. Tenía que presumir de algo.
—¡Mamá!
—¿Qué? Es mi trabajo presumir de ti. Viene en el contrato de ser madre, en la letra pequeña que nadie lee.
Curro se rió, con la risa corta que reservaba para las cosas que de verdad le hacían gracia, y se giró hacia Julia con una seriedad que contrastaba con la broma de un momento antes.
—Si ganas, ¿sabes lo que significa? Que tu cartel va en las banderolas, en los programas de mano, hasta en la camiseta que reparten los de la comisión de fiestas. Todo el pueblo entero paseándose con tu dibujo delante durante una semana entera.
—No he ganado todavía.
—Pero podrías. Y si ganas, yo pienso llevar la camiseta hasta que se deshaga, para que lo sepas.
—Doña Pura ya se ha enterado, por cierto —añadió Candela, con una sonrisa que anticipaba lo que venía—.
Me ha parado esta tarde en la calle para decirme que ella siempre supo que tenías talento, que te vio dibujar una vez en su libreta de las cosas que hay que apuntar y que desde entonces lo tenía clarísimo.
—¿Yo dibujé algo en su libreta? No me acuerdo de eso.
—Ni yo. Pero ya sabes cómo es doña Pura con los recuerdos: si no los tiene, se los inventa con tanta convicción que acaban siendo casi verdad.
—Para cuando acabe la semana, seguramente la mitad del pueblo cuente que fue ella quien te enseñó a dibujar.
—No me extrañaría nada.
Julia sonrió, sintiendo ese calorcito raro que dan las cosas cuando de pronto se vuelven un poco más grandes de lo que una misma se había atrevido a imaginar, y volvió a subir a su habitación con el vaso de agua ya olvidado, con ganas de terminar el segundo boceto antes de dormirse.
Volvió al cuaderno de dibujo, terminó el boceto del puerto que tenía a medias, y empezó, casi sin darse cuenta, uno nuevo: la fachada de "La Dorada" vista desde la playa, con el cartel torcido de siempre y una pequeña figura en la puerta que, si uno se fijaba bien, se parecía sospechosamente a su madre con el delantal mal atado.
Trabajó en el boceto casi una hora, con la concentración que solo le llegaba cuando dibujaba algo que de verdad le importaba, probando distintos ángulos para el cartel de "La Dorada" hasta encontrar uno que le convenciera del todo: ligeramente torcido hacia la izquierda, como estaba en realidad, porque a esas alturas ya le parecía que enderezarlo en el dibujo habría sido casi una traición a la verdad del sitio.
Antes de apagar la luz, le mandó una foto del boceto a Candela, sin comentario ninguno, solo la imagen, y la respuesta le llegó dos minutos después: un simple "eres mi artista favorita, y no lo digo solo porque seas la única que conozco", seguido de un corazón que su madre nunca ponía en los mensajes salvo en ocasiones muy señaladas.
Julia sonrió en la oscuridad, guardó el móvil en la mesilla, y se durmió con la sensación pequeña y concreta de que, pasara lo que pasara con Fermín, con Iván, con todo lo demás que llevaba días pesándole sin nombre claro, al menos esa noche tenía un motivo real para irse a la cama contenta.