Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

El lunes, con la fiesta ya a solo dos días vista, el instituto entero tenía esa energía nerviosa de quien sabe que la semana normal está a punto de descarrilar del todo: guirnaldas colgando ya de las farolas de la entrada, profesores dando clases a medio gas porque ellos también tenían la cabeza puesta en los preparativos, y un runrún constante sobre quién iba a llevar qué disfraz a la verbena, la fiesta pequeña que cerraría la semana grande al día siguiente de la procesión.

En la primera hora, el tutor había repartido las últimas instrucciones para la excursión a Sevilla, ya con fecha fija para dentro de tres semanas, y había aprovechado para recordarles, con la solemnidad que solo sacaba una vez al trimestre, que "la semana de la fiesta patronal suele venir acompañada de un bajón general en el rendimiento, así que espero que sepan compaginar la diversión con la responsabilidad".

Nadie le hizo mucho caso, salvo Kevin, que tomó nota en su libreta con una seriedad que no engañaba a nadie, porque todo el mundo sabía que su verdadera prioridad esa semana era la declaración a Sara, no el rendimiento académico.

Julia llegó tarde a la primera clase, con el pelo todavía húmedo y una tostada a medio comer escondida en la mochila, y fue justo al cruzar el patio cuando vio a Iván solo, apoyado contra la pared del gimnasio, con el móvil en la mano y una cara que no le había visto nunca antes: no la cara chulesca de siempre, ni la cara divertida que le había descrito Lucía, sino algo más parecido al miedo.

Se paró un momento, sin saber muy bien por qué, y lo observó de lejos sin que él se diera cuenta.

Tecleaba algo en el móvil, lo borraba, volvía a teclear, impaciente, como quien no encuentra las palabras adecuadas para lo que quiere decir.

Al final se guardó el móvil sin enviar nada, se pasó la mano por el pelo, y respiró hondo como quien intenta recomponerse antes de entrar a algún sitio.

Julia siguió caminando hacia su clase, diciéndose a sí misma que no era asunto suyo, que todo el pueblo estaba nervioso esa semana por mil motivos distintos y que Iván bien podía tener los suyos propios sin que tuvieran nada que ver con nada.

En el cambio de clase, sin embargo, volvió a fijarse en él. Tenía un arañazo en los nudillos de la mano derecha, largo y ya medio cerrado, del tipo que se hace uno al rozar algo áspero con fuerza.

—¿Qué te ha pasado en la mano? —le preguntó un compañero, en voz alta, sin mala intención.

—Nada. Me caí jugando al fútbol.

—¿Cuándo? Si el fútbol lo dejamos el viernes.

—El sábado. Con unos del barrio.

Lo dijo demasiado rápido, a esa velocidad que delata más que cualquier silencio, y Julia, que llevaba toda la vida distinguiendo las respuestas verdaderas de las que se inventan sobre la marcha porque su madre era la mejor detectora de mentiras del pueblo y algo se le había pegado, sintió que aquello no encajaba del todo.

Un chico de la última fila, que se sentaba cerca de Iván pero que no formaba parte de su grupo habitual, soltó un comentario que nadie le había pedido.

—Yo pensaba que el sábado estabas malo. Me dijiste que no salías porque tenías fiebre.

—Estuve malo el sábado por la mañana. Por la tarde ya se me había pasado.

—Ah. Vale.

El chico se encogió de hombros y volvió a lo suyo, sin darle más importancia, pero Julia, que había estado escuchando toda la conversación desde dos pupitres más allá, sintió que las piezas empezaban a no encajar de una forma que ya no podía achacar solo a los nervios de la semana de fiesta: fiebre por la mañana, fútbol con "unos del barrio" por la tarde, y un arañazo que no pegaba con ninguna de las dos versiones.

A la hora del recreo, buscó a Lucía por el patio y la encontró sola, sentada en un banco apartado, con el móvil en el regazo y la mirada perdida hacia ningún sitio en particular.

—¿Todo bien? —preguntó Julia, sentándose a su lado sin esperar invitación.

—Sí. ¿Por?

—Porque llevas toda la mañana con cara de estar en otro sitio.

Lucía se encogió de hombros, en ese gesto suyo que le servía tanto para decir "no pasa nada" como para decir "no quiero hablar de esto", y Julia, que últimamente empezaba a distinguir también los silencios de su amiga con una precisión nueva, decidió tirar un poco más del hilo.

—¿Habéis discutido? Tú e Iván.

—No hemos discutido.

—¿Entonces?

—Está raro. Desde el fin de semana. No me contesta a los mensajes tan rápido como antes, y cuando le pregunto qué le pasa, dice que nada, que está cansado, que tiene líos en casa.

—¿Y tú te lo crees?

—No lo sé, Julia. Quiero creérmelo.

Se quedaron un momento en silencio, con el bullicio del recreo alrededor, ajeno por completo a la conversación, y Julia sintió una punzada rara, una mezcla de preocupación por su amiga y de esa curiosidad que llevaba toda la semana intentando aplacar sin mucho éxito.

—¿Tú crees que puede tener algo que ver con lo de Fermín?

Lo dijo casi sin pensarlo, en voz baja, y en cuanto lo dijo se arrepintió, porque la cara de Lucía cambió de golpe, con una alarma que no había estado ahí un segundo antes.

—¿Por qué dices eso?

—No sé. Por decir algo. Está todo el mundo tan raro esta semana que ya no sé distinguir lo normal de lo que no lo es.

—Iván no tiene nada que ver con eso, Julia. No digas tonterías.

Lo dijo con una vehemencia que a Julia le pareció excesiva para una pregunta tan de pasada, y se quedó con la sensación incómoda de haber tocado, sin querer, algo que no debería haber tocado todavía.

Se hizo un silencio corto entre las dos que a Julia le dolió más de lo que esperaba, porque nunca habían tenido un silencio así, de esos que se quedan flotando sin que ninguna sepa cómo deshacerlos, y por un momento pensó en levantarse e irse, dejarlo estar, pero algo la hizo quedarse sentada en el banco, sin decir nada más, esperando a ver si Lucía necesitaba compañía aunque fuera en silencio.

—Vale, perdona. Era solo una tontería.

—Ya. Bueno.

El resto del recreo transcurrió con una tirantez nueva entre las dos, de esas que ninguna sabe bien cómo deshacer sin empeorarlo, y Julia se pasó el resto de la mañana dándole vueltas a la reacción de Lucía, a la mentira torpe de Iván sobre el arañazo, a la cara de miedo que le había visto apoyado contra la pared del gimnasio.

Por la tarde, de vuelta en "La Dorada", encontró a su madre y a Benito revisando papeles en la mesa del rincón, concentrados el uno en el otro de una forma que ya empezaba a resultarle casi tan familiar como cualquier otra escena cotidiana del restaurante.

—¿Alguna novedad con el caso? —preguntó, dejando la mochila junto a la barra.

—Nada nuevo —dijo Candela, sin levantar la vista de los papeles—. ¿Por qué?

—Por nada. Curiosidad.

—El comité de la fiesta ha llamado tres veces preguntando si vamos a tener lista la carroza a tiempo, y tu madre lleva media hora intentando averiguar si Manolo el joven sigue teniendo miedo de las placas o si por fin nos va a dejar hablar con él sin salir corriendo a por hielo —dijo Benito, sin levantar tampoco la vista de sus propios papeles, con un tono que a esas alturas ya sonaba casi a broma compartida entre los dos.

—Sigue teniendo miedo —confirmó Candela—. Aunque cada vez tarda menos en volver de la trastienda. Antes eran quince minutos, ahora son diez. A este ritmo, para el verano ya nos habla sin escaparse.

Julia se rió, a su pesar, y se sentó un momento en la barra, observando la complicidad con la que trabajaban juntos, que ya no le sorprendía tanto como al principio, aunque siguiera pareciéndole rara, en el buen sentido, ver a su madre compartir mesa y silencios con alguien que no fuera ella misma.

Se quedó un momento pensando si contarle lo del arañazo, lo de la reacción de Lucía, lo raro que había visto a Iván esa mañana, y al final decidió no hacerlo, no todavía, porque no tenía nada concreto, solo una sensación difusa que podía significar cualquier cosa o no significar nada en absoluto, y porque, si se equivocaba, no quería ser ella quien señalara a alguien sin motivo real.

Subió a su habitación con la excusa de los deberes, se tumbó en la cama con el cuaderno de dibujo abierto sin usar, y se quedó mirando el techo un buen rato, con la sensación incómoda de estar viendo un puzle a medio montar sin saber todavía qué pieza le faltaba para que la imagen completa cobrara sentido.

Cogió el móvil y volvió a mirar la conversación con Lucía de la semana anterior, la del "jajaja" raro, y la comparó mentalmente con la reacción de esa mañana, con la vehemencia repentina, con el miedo en la cara de Iván apoyado contra la pared del gimnasio.

Algo no encajaba. No sabía qué, ni cómo, ni si tenía algo que ver con Fermín o con cualquier otra cosa completamente distinta, pero por primera vez desde que había empezado todo aquello, la sensación dejó de parecerle una tontería de instituto y empezó a pesarle de una forma que no sabía muy bien cómo quitarse de encima.

Se planteó, por un momento, mandarle un mensaje a Lucía preguntándole otra vez, con más cuidado esta vez, sin la torpeza de la mañana, pero lo pensó mejor y decidió esperar.

Si de verdad había algo, forzarlo no iba a hacer que Lucía se lo contara antes; solo iba a conseguir que se cerrara todavía más, como se había cerrado ya esa misma mañana en el patio.

Se quedó mirando el techo un rato más, con el cuaderno de dibujo todavía abierto por una página en blanco, y pensó en su madre, abajo, revisando papeles con Benito, buscando pistas en sitios donde ella nunca habría pensado en mirar.

Se preguntó si debería contarle lo que había visto, lo del arañazo, lo de las dos versiones que no cuadraban, y decidió que no, todavía no.

No tenía nada sólido, solo una sensación, y su madre ya tenía bastante encima esa semana como para añadirle una sospecha a medio formar sobre un compañero de clase.

Se prometió a sí misma seguir con los ojos bien abiertos, sin decir nada todavía, esperando a ver si las piezas terminaban de encajar solas o si, por el contrario, se demostraba que no era más que una tontería nacida del cansancio de una semana que se estaba haciendo demasiado larga para todos.