Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 15
43%

Capítulo 15

Encontraron el momento con calma después de las diez, cuando el restaurante ya había cerrado la cocina y solo quedaban las mesas de la terraza recogidas y el mar sonando de fondo, ese ruido que Candela llevaba escuchando toda la vida y que solo notaba de verdad en noches como aquella, cuando todo lo demás se quedaba en silencio.

Julia había subido a dormir una hora antes, no sin antes asomar la cabeza por la puerta de la cocina con una sonrisa demasiado inocente para ser real.

—Me voy a la cama. Que descanséis los dos.

—Buenas noches, Julia.

—Buenas noches, inspector. No la líe mucho.

Se había ido riéndose de su propia gracia antes de que ninguno de los dos pudiera contestarle nada, dejando tras de sí ese silencio particular que dejan los adolescentes cuando saben perfectamente que acaban de decir algo incómodo y disfrutan de las consecuencias sin quedarse a verlas.

—¿Una copa? —preguntó Candela, sacando una botella de vino que llevaba guardada para ocasiones que nunca terminaban de llegar.

—No debería. Estoy de servicio, técnicamente.

—Técnicamente son las diez de la noche de un domingo y el único delito que se está cometiendo en Valdearenas ahora mismo es que las guirnaldas de la plaza siguen torcidas desde ayer.

Benito sonrió, aceptó la copa, y se sentaron los dos en la barra, de espaldas a la sala vacía, con la única luz encendida siendo la de la cocina, que se colaba por la puerta entreabierta con un resplandor amarillo que le daba a todo un aire de complicidad que ninguno de los dos mencionó en voz alta.

—Me han llamado de Valladolid.

—¿Novedades?

—No de las buenas.

Candela dejó la copa sobre la barra, sin beber, y se giró un poco más hacia él, dándole toda su atención de la forma en que solo sabía dársela cuando algo de verdad importaba.

—Cuénteme.

Benito tardó un momento en empezar, con la duda de quien lleva mucho tiempo sin contarle a nadie algo que le pesa, y cuando por fin habló, lo hizo despacio, con las palabras bien elegidas, como si llevara horas ensayando el orden exacto en que quería decirlas.

—Antes de venir aquí, denuncié a un compañero. Suárez. Llevaba meses acosando a otra compañera, Marta, y cuando por fin me lo contó, no pude quedarme callado.

—Hizo bien.

—Eso pensaba yo también. El problema es que Marta acaba de retirar la denuncia.

—¿Por qué?

—Presión. La suya, la del entorno, la de una comisaría entera que preferiría que este tipo de cosas no salieran nunca a la luz. Sin su testimonio, mi palabra sola no vale gran cosa delante de un comité disciplinario.

Candela sintió una rabia sorda al escucharlo, la misma rabia concreta que sentía siempre que alguien intentaba tapar algo que no debería taparse nunca, y se quedó un momento callada, dejando que Benito terminara de soltar lo que llevaba guardado.

—¿Y ella cómo está? Marta.

—No lo sé del todo. He pensado en llamarla mil veces desde ayer, y no lo he hecho, porque no sé qué decirle que no suene a reproche.

—No es un reproche querer que alguien no esté sola con esto.

—Ya. Pero también sé que si la llamo, la primera pregunta que me va a hacer es si estoy enfadado con ella por haberse echado atrás, y la respuesta es que no, en absoluto, pero no sé si voy a saber decírselo bien.

—Dígaselo como me lo acaba de decir a mí. Ha sonado bastante bien.

Benito la miró, sorprendido de lo simple que sonaba dicho así, y por un momento pareció que algo se le aflojaba por dentro, un nudo que llevaba dos días apretando sin darle tregua.

—Y encima, mi comisario me ha dejado caer que quizás no tenga mucho sentido que vuelva a un sitio donde ya no tengo ni caso ni respaldo.

—¿Y usted qué piensa de eso?

—No lo sé. Llevo toda la noche de ayer dándole vueltas.

—¿Y a qué conclusión ha llegado?

Benito se quedó mirando el vino en la copa, girándolo despacio, sin beber, con la concentración de quien busca en un gesto pequeño la calma que no encuentra en ninguna otra parte.

—A ninguna que me atreva a decir en voz alta todavía.

Candela lo miró, entendiendo perfectamente ese tipo de silencio, porque ella misma llevaba toda la semana con silencios parecidos guardados en algún cajón: el de Villalta y su oferta, el de Yolanda y su comisión, el de Curro y su vergüenza.

Sabía reconocer cuándo alguien necesitaba que le dieran espacio y cuándo necesitaba que le empujaran un poco.

—Puedo intuir hacia dónde apunta esa conclusión que no se atreve a decir.

—¿Ah, sí?

—Lleva una semana aquí. Ha pasado de gafas de sol y protocolo a tomar café conmigo en esta barra casi todas las tardes, a que Julia le ponga motes, a que doña Asunción le prepare leche caliente cuando le dan malas noticias, que eso me lo ha contado ella misma esta mañana en la panadería, por cierto, y no crea que se lo he sonsacado, se lo ha contado ella solita con muchísimas ganas.

Benito se rió, la primera risa de verdad de toda la conversación, y algo en su cara se relajó, como si el hecho de que alguien más nombrara en voz alta lo que él llevaba días evitando nombrar le quitara automáticamente parte del peso.

—Es un pueblo pequeño. Aquí todo se sabe.

—Todo se sabe y todo se cuida, que no es lo mismo. Aquí, cuando alguien te importa, el pueblo entero se entera antes que tú mismo, y en vez de reírse, te prepara leche caliente.

Se quedaron un momento en silencio, con las copas casi intactas entre las dos manos, mirando hacia la puerta de la cocina y el resplandor amarillo que salía de ella, y Candela notó, sin necesidad de mirarlo directamente, que Benito la estaba observando de esa forma en que se observa a alguien cuando ya no hace falta fingir que no se está haciendo.

—¿Sabe qué es lo más raro de todo esto? —dijo Benito, al cabo de un rato—. Que llevo una semana entera pensando que este pueblo era un castigo. Y esta noche, pensando en volver a Valladolid, lo único que siento es que volver sería el castigo de verdad.

—Eso es que Valdearenas ha hecho bien su trabajo.

—O que alguien concreto de Valdearenas lo ha hecho.

Lo dijo mirándola directamente, sin la ironía de siempre, con una franqueza que a Candela le cortó la respiración un segundo, y por un instante, ahí, en la barra vacía, con el mar de fondo y las copas casi olvidadas entre las manos, algo pareció a punto de pasar entre los dos, algo que ninguno de los dos llegó a nombrar ni a completar del todo, aunque ambos lo sintieron con la misma claridad.

Candela, sin embargo, decidió no forzar el momento, no todavía, no con Fermín sin enterrar del todo y con un asesino aún suelto en el pueblo, y apartó la vista hacia su copa con una sonrisa pequeña que decía, sin palabras, "otro día, quizás, pero no hoy".

—No tiene que decidir nada esta noche, Benito.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre, sin el "inspector" delante, y los dos lo notaron al mismo tiempo, con la claridad extraña que tienen ciertos detalles pequeños cuando llegan justo en el momento adecuado.

—Gracias, Candela.

—De nada. Y ahora bébase el vino, que lo ha pedido usted mismo, aunque fuera con reparos, y en esta casa no se desperdicia nada, ni siquiera las decisiones a medio tomar.

Benito sonrió, se bebió por fin un trago del vino, y los dos se quedaron un rato más ahí, en la barra, con el mar de fondo y las guirnaldas torcidas de la plaza esperando a que alguien, algún día de esa semana loca, se acordara por fin de enderezarlas.