Capítulo 14
El domingo, con "La Dorada" cerrada hasta la hora de comer, Candela se despertó más temprano de lo habitual, con la cabeza puesta en una idea que llevaba dándole vueltas desde la noche anterior, después de la conversación con Curro sobre la cadera y el dinero "encontrado de otra manera".
—¿Adónde vas tan pronto? —preguntó Julia, todavía en pijama, apoyada en el marco de la puerta de la cocina con el pelo hecho un desastre y una tostada a medio comer en la mano.
—Al ayuntamiento. A ver si hay alguna ayuda para lo de la cadera de Curro.
—¿Un domingo? ¿Abren?
—Abren un rato, por lo de la fiesta. Y prefiero pillarlos antes de que se líen con las guirnaldas y se olviden de que existo.
—¿Puedo ir?
—No. Tú te quedas aquí, te terminas la tostada como una persona civilizada, y luego bajas a ayudarme a montar las mesas, que hoy toca domingo de mucha gente.
—Qué exigente estás.
—Soy tu madre. Es el trabajo.
Julia sonrió, le dio un beso rápido en la mejilla antes de que Candela saliera por la puerta, y se quedó terminando la tostada con la vista perdida en el mar, pensando, sin ninguna intención concreta, en lo raro que era ver a su madre tan decidida a resolver un problema que ni siquiera era el más urgente de todos los que tenían encima esa semana.
Candela se plantó en el ayuntamiento a las nueve en punto, antes incluso de que el funcionario de turno hubiera terminado de quitarle la funda a la máquina de café de la entrada.
—Necesito información sobre ayudas para operaciones que no cubre la lista de espera pública.
El funcionario, un chico joven que Candela reconocía vagamente de alguna boda del pueblo, la miró con la cara de quien no esperaba tener que trabajar en serio un domingo, aunque el ayuntamiento solo abriera esa mañana por lo de los preparativos de la fiesta.
—¿Es para usted?
—Es para un vecino. Curro, el de la calle del puerto.
—Ah, Curro. Buena persona.
—La mejor. Por eso estoy aquí.
El chico tecleó algo en el ordenador, con la lentitud burocrática que Candela ya conocía de sobra de otras gestiones a lo largo de los años, y al cabo de un rato, con una sorpresa que no disimuló del todo, encontró algo.
—Mire, hay un programa autonómico de ayudas complementarias para pensionistas con listas de espera superiores a seis meses. Cubre hasta el cuarenta por ciento del coste de una intervención en clínica concertada, si se cumplen los requisitos de renta.
—¿Y Curro cumpliría esos requisitos?
—Con su pensión, probablemente sí. Pero hay que rellenar una solicitud, aportar el informe médico actualizado, el certificado de empadronamiento, la declaración de la renta del año pasado... No es un trámite rápido.
—¿Cuánto se tarda?
—Depende. Si está todo en orden, entre dos y tres meses.
Candela respiró hondo, calculando que dos o tres meses seguían siendo mucho menos que la lista de espera pública, y mucho menos doloroso que otra timba de póker en una nave a oscuras.
—¿Me puede dar el formulario?
—Se lo puedo imprimir ahora mismo.
Salió del ayuntamiento con una carpeta de papeles bajo el brazo, sintiendo esa satisfacción pequeña y concreta que dan las cosas resueltas a base de paciencia y tozudez, y caminó directamente hacia la calle del puerto, hacia la puerta azul que nunca cerraba con llave del todo.
Curro estaba en el patio, regando los geranios con una manguera vieja que perdía más agua por los empalmes que por la boquilla, y levantó la vista al oírla llegar con la sorpresa cansada de quien ya empieza a acostumbrarse a que Candela aparezca sin avisar en los momentos más inesperados.
—¿Qué traes ahí?
—Trabajo para los dos.
Le extendió la carpeta, y Curro, al ver el membrete del ayuntamiento, cerró el grifo de la manguera con una brusquedad que dejó claro, antes de que dijera nada, que no le hacía ninguna gracia lo que estaba viendo.
—Candela.
—No digas nada todavía. Léelo primero.
—No hace falta que lea nada. Ya sé lo que es un formulario de ayuda social, y ya te dije que no quiero ser una carga para nadie.
—Esto no es una carga, Curro. Esto es papeleo. El Estado tiene un dinero reservado exactamente para gente como tú, y no cogerlo no te hace más digno, solo te hace más orgulloso, que no es lo mismo.
Curro se quedó callado un momento, con la manguera todavía goteando a sus pies, y Candela aprovechó el silencio para sentarse en el poyete de la entrada, sacando un bolígrafo del bolso con la determinación de quien no piensa moverse de ahí hasta ver al menos la primera página rellenada.
—Empecemos por los datos personales. Nombre completo.
—Francisco Manuel Aguilar Reyes.
—¿Reyes? ¿Somos parientes y no lo sabíamos?
—Reyes hay muchos en este pueblo, Candela, no te hagas ilusiones de familia todavía.
Se rieron los dos, la tensión bajando un grado con cada pregunta del formulario, y Candela fue rellenando casilla a casilla, con Curro dictándole los datos entre protestas cada vez más flojas y menos convencidas, hasta que llegaron al apartado de la renta.
—Esto sí que no lo tengo yo aquí a mano.
—¿La declaración del año pasado?
—Ni sé dónde la guardé.
—Pues la buscamos. Tiene que estar en algún cajón de esta casa, porque tú no tiras nada desde que Amparo se fue.
Curro la miró con una expresión rara, entre sorprendida y aliviada, al oírla mencionar a su mujer con la naturalidad, sin la solemnidad forzada con la que solía hacerlo el resto del pueblo cuando el tema salía a relucir.
—Tienes razón. No tiro nada.
Encontraron la declaración de la renta al cabo de veinte minutos, en una caja de zapatos guardada en el armario del dormitorio, junto con recibos antiguos, fotos sueltas y una entrada de cine de una película que ya ni existía en las carteleras, y Candela, mientras rebuscaba entre los papeles, se topó sin querer con una foto de Curro y Amparo en la puerta de "La Dorada", mucho más joven todavía, el año de la inauguración, con sus propios padres al fondo, sonriendo, ajenos por completo a que aquella foto acabaría siendo, décadas después, testimonio de un pueblo entero que ya no era el mismo.
—Mira esto.
Curro cogió la foto, la miró un momento en silencio, y la dejó a un lado con un cuidado especial, como quien aparta algo demasiado valioso para seguir manoseándolo entre papeles de Hacienda.
—Esa la voy a enmarcar.
—Deberías.
Terminaron de rellenar el formulario a media mañana, con toda la documentación necesaria grapada en el orden correcto, y Candela se comprometió a llevarlo ella misma al ayuntamiento al día siguiente, antes de que Curro tuviera tiempo de arrepentirse y meter la carpeta otra vez en el fondo de un cajón.
—Gracias, Candela.
—No me las des todavía. Esto tarda dos o tres meses, y mientras tanto sigues necesitando esa cadera operada.
—Ya buscaré la forma de aguantar.
—La forma de aguantar no va a ser otra timba, Curro. Eso ya lo hemos hablado.
—Ya lo sé. Era una forma de hablar.
Se quedaron un momento en silencio, con el sol de domingo entrando por la ventana de la cocina y el olor a café recién hecho que Curro había puesto sin que nadie se lo pidiera, y Candela sintió, por primera vez en varios días, que había hecho algo útil de verdad, algo que no tenía nada que ver con un cadáver en la playa ni con ofertas de compra ni con amigas de infancia convertidas en desconocidas, sino simplemente con cuidar de alguien que llevaba toda la vida cuidando de los demás sin pedir nunca nada a cambio.
—Oye —dijo Curro, cuando ella ya se levantaba para irse—. Cuando esto pase, cuando lo del pobre Fermín se resuelva y la fiesta acabe y todo vuelva a ser normal, dime si necesitas algo del restaurante. Lo que sea. Te lo debo, y a mí me gusta pagar las deudas antes de que se hagan viejas.
—No me debes nada.
—Sí que te debo. Y cuando llegue el momento, más vale que tengas algo pensado, porque pienso insistir hasta que me dejes devolverte el favor.
Candela sonrió, sin saber todavía que aquella promesa, hecha entre papeles de Hacienda y una foto vieja de dos matrimonios jóvenes en la puerta de "La Dorada", iba a resultar mucho más útil de lo que ninguno de los dos podía imaginar esa mañana tranquila de domingo.
Volvió a "La Dorada" justo a tiempo para el turno de mediodía, con la carpeta bajo el brazo y una sensación de trabajo bien hecho que le duró toda la mañana, y encontró a Julia ya con las mesas montadas, las servilletas dobladas con la precisión geométrica que solo sacaba cuando quería demostrar que también sabía hacer las cosas bien sin que se lo pidieran dos veces.
—¿Qué tal ha ido?
—Bien. Formulario rellenado, papeles encontrados, y una foto de Curro y Amparo que no veía la luz desde hace treinta años.
—¿Y él cómo está?
—Removido. Pero bien removido, de los que sientan bien.
Julia asintió, satisfecha con la respuesta, y siguió doblando servilletas mientras Candela guardaba la carpeta en un cajón del mostrador, junto a las facturas pendientes y los recibos de la luz, en el mismo sitio donde guardaba todo lo que le importaba resolver sin dejarlo para más tarde.
A media tarde, con el restaurante ya en ese momento de calma entre el servicio de mediodía y el de la noche, sonó la campanilla de la puerta, y Candela, sin levantar la vista de la caja, ya supo, por el tono exacto del sonido, quién acababa de entrar.
—Buenas tardes.
—Inspector.
Benito llevaba las gafas de sol puestas, a pesar de que el sol de esa tarde apenas se dejaba ver entre las nubes, y Candela, al verlo, sintió una punzada de curiosidad al notarle algo distinto en la cara, algo que no supo nombrar del todo, aunque decidió no preguntar todavía, guardándose la pregunta para cuando encontraran un momento con menos gente alrededor.
—¿Alguna novedad? —preguntó Candela.
—Alguna. Pero prefiero contársela con más calma. ¿Tiene un rato luego?
—Siempre tengo un rato para usted, inspector. Aunque cada vez me cuesta más fingir que es solo por el caso.
Lo dijo medio en broma, medio en serio, con la costumbre suya de decir las verdades escondidas dentro de comentarios ligeros, y Benito, por primera vez desde que se conocían, no supo qué contestar, aunque la sonrisa que se le escapó, breve pero real, dijo bastante más de lo que él mismo habría estado dispuesto a admitir en voz alta esa tarde.