Capítulo 13
La pensión de doña Asunción tenía cuatro habitaciones, un olor permanente a suavizante de ropa y una norma tácita, nunca escrita pero rigurosamente aplicada, de que nadie subía las escaleras después de las diez sin antes anunciarlo en voz alta desde el rellano, "que luego los sustos son muy malos para el corazón, hijo".
Doña Asunción, que rondaba los setenta y que llevaba la pensión desde que se había quedado viuda, hacía ya casi veinte años, le había cogido cariño a Benito con una rapidez que a él mismo le costaba entender, quizá porque era el único huésped que tenía en meses, o quizá porque, como ella misma le había dicho la primera noche, "tienes cara de necesitar que alguien te cuide un poco, hijo, aunque sea solo el desayuno".
Esa noche, al llegar, le había dejado un plato de fruta en la puerta de la habitación, sin decir nada, como hacía casi todas las noches desde que había notado que Benito volvía cada vez más tarde y con peor cara.
Benito llevaba allí desde el primer día, en la habitación del fondo, la que tenía vistas a un patio interior con un limonero raquítico y una cuerda de tender siempre llena de ropa que no era suya.
Era sábado por la noche, ya tarde, y estaba sentado en el borde de la cama, todavía vestido, con el teléfono en la mano y la pantalla iluminando la habitación con una luz azulada que le daba a todo un aire de faro solitario.
El nombre que aparecía en la pantalla era el de su comisario.
Dejó sonar dos tonos antes de descolgar, no porque necesitara los dos tonos para prepararse, sino porque llevaba dos días evitando esa llamada y necesitaba fingir, aunque fuera ante sí mismo, que no la había estado esperando con el estómago encogido.
—Zamorano.
—Comisario.
—¿Cómo va eso? ¿Ya has cogido al asesino del pueblo?
—Vamos avanzando.
—Bien, bien. Oye, te llamo por otra cosa.
Benito cerró los ojos un segundo, porque ya sabía, por el tono, exactamente qué tipo de "otra cosa" iba a ser.
—Es sobre Marta.
—¿Qué pasa con Marta?
—Ha retirado la denuncia.
El silencio que siguió duró más de lo que debería haber durado una simple pausa telefónica, y Benito notó cómo se le tensaba algo en el pecho: rabia por un lado, y un cansancio que no tenía nada que ver con las horas de sueño perdidas esa semana por otro.
—¿Por qué?
—Presión, imagino. La suya, la de su entorno, quién sabe. El caso es que sin su testimonio, lo que queda contra Suárez es tu palabra y poco más. Y ya sabes cómo se las gasta el comité disciplinario cuando la única prueba sólida es la palabra de un compañero contra otro.
—Yo vi lo que vi, comisario. Y Marta me lo contó con detalles que no se inventan.
—Ya lo sé, Benito. Yo te creo. Pero lo que yo crea no sirve de mucho si ella no lo sostiene delante de un tribunal.
Benito se pasó la mano libre por la cara, notando el cansancio acumulado de una semana que ya empezaba a pesarle en los huesos, y pensó en la primera vez que Marta se lo había contado, hacía casi tres meses, en la sala de descanso vacía a las siete de la mañana, con la voz baja y las manos temblando alrededor de un vaso de café que no llegó a beberse.
Le había hablado de comentarios que empezaban como bromas y que dejaron de serlo hacía tiempo, de un despacho con la puerta siempre "sin querer" cerrada, de un ascenso que Suárez llevaba insinuando que dependía de "lo simpática que quisiera ser".
Benito no había dudado ni un segundo de que decía la verdad.
Lo que no había calculado bien era el precio que ella acabaría pagando por haber confiado en que alguien la escuchara.
Benito se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, mirando el limonero raquítico del patio, iluminado a medias por una farola que llevaba parpadeando desde que había llegado al pueblo, y pensó en Marta, en la cara que había puesto al contarle lo que llevaba meses aguantando en silencio, en el alivio que le había visto en los ojos cuando por fin alguien la había escuchado en serio.
—¿Y ahora qué pasa con Suárez?
—Nada, de momento. Sigue en su puesto. Y, entre nosotros, cada vez más gente por aquí empieza a hacer comentarios sobre que "el que se mete en líos ajenos acaba pagando los platos rotos". No te lo digo para meterte más presión, te lo digo para que sepas cómo está el ambiente cuando vuelvas.
—¿Cuando vuelva?
—Zamorano, esto de Valdearenas era temporal. Un mes, dos como mucho, hasta que se enfriara todo por aquí. Pero con lo de Marta, no sé si tiene mucho sentido que vuelvas a un sitio donde media comisaría te mira ya de reojo por haber hablado.
Benito no contestó enseguida. Se quedó con la vista fija en el limonero, notando cómo la conversación había virado, sin que él lo hubiera pedido, hacia una pregunta que todavía no estaba preparado para responderse a sí mismo.
—¿Me está insinuando que me quede aquí más tiempo del previsto?
—Te estoy insinuando que pienses bien qué es lo que quieres, porque el caso de Marta se ha ido a pique, y volver a un sitio donde ya no tienes ni el caso ni el respaldo de la mitad del turno no me parece la decisión más inteligente del mundo, profesionalmente hablando.
—¿Y qué hay de Marta? ¿Se supone que la dejo sola con esto?
—Marta ha tomado su decisión, Benito. Igual que tú tomaste la tuya al denunciar. A veces las decisiones de cada uno no encajan del todo, por mucho que a los dos os gustaría que sí.
Colgaron poco después, con una despedida corta y profesional que no reflejaba en absoluto el peso de lo que se acababa de decir, y Benito se quedó de pie junto a la ventana un buen rato, con el teléfono todavía en la mano, sintiendo esa rabia sorda, con culpa e impotencia pegadas detrás, que solo se siente cuando uno ha hecho lo correcto y el mundo, de todas formas, ha decidido no premiarlo por ello.
Bajó a la cocina un rato después, sin hambre real pero con la necesidad de moverse, de hacer algo con las manos que no fuera darle vueltas al teléfono, y se encontró a doña Asunción todavía despierta, cosiendo un dobladillo bajo la luz de una lámpara de pie que llevaba en la familia más años que ella misma.
—¿No puedes dormir, hijo?
—Cosas de trabajo.
—Cosas de trabajo o cosas de casa que te han llamado disfrazadas de trabajo, que yo llevo muchos años viendo caras y la tuya no es cara de asesinato de policía, es otra cosa.
Benito sonrió, a su pesar, sorprendido de que aquella mujer, que apenas lo conocía de una semana, hubiera acertado con tanta precisión sin necesidad de preguntar directamente.
—Un poco de las dos cosas, doña Asunción.
—Pues siéntate, que te caliento algo. Que un disgusto con el estómago vacío es un disgusto doble.
Se sentó, aceptó el vaso de leche caliente que ella le puso delante sin que se lo hubiera pedido, y se quedó un rato en silencio, escuchando el sonido de la aguja pasando por la tela, mientras el resto del pueblo dormía y las guirnaldas de la fiesta ondeaban sin nadie que las viera.
—¿Sabes lo que te digo yo, hijo? Que en esta vida hay dos tipos de disgustos. Los que se arreglan solos con tiempo, y los que hay que arreglar uno mismo poniéndose las pilas. Y por la cara que traes, el tuyo es de los segundos.
—Es más complicado que eso.
—Todo es complicado cuando uno está metido dentro, hijo. Desde fuera casi nunca lo es tanto.
—¿Y usted qué ve, desde fuera?
Doña Asunción dejó la aguja un momento, lo justo para mirarlo con la atención que solo tienen las mujeres que han criado hijos y enterrado maridos y que ya no se andan con rodeos para decir lo que piensan.
—Veo a un hombre que lleva una semana viniendo cada vez más tarde y con la cara cada vez menos amarga.
Veo a alguien que antes de venir aquí tenía prisa por todo, y que ahora, cuando habla del caso, se le nota que en realidad está hablando de otra cosa.
Y veo también, esta noche, a alguien al que le acaban de dar una mala noticia de allí de donde viene, y que no sabe si alegrarse en secreto de tener una excusa más para no volver.
Benito se quedó mirándola, sorprendido de la precisión del diagnóstico, y no supo qué contestar, porque no tenía ninguna respuesta preparada que no sonara, de una forma u otra, a admitir que tenía toda la razón.
—Es tarde, doña Asunción. Debería subir a dormir.
—Deberías, sí. Pero antes bébete la leche, que la has dejado casi entera, y las cosas se piensan mejor con algo caliente dentro que con el estómago vacío y el orgullo lleno.
Benito sonrió, se bebió lo que quedaba de la leche de un trago, y le dio las buenas noches con un cariño que no supo de dónde le había salido tan rápido, considerando que llevaba menos de una semana conociendo a esa mujer.
Pensó en llamar a Marta. Lo pensó en serio, con el pulgar rozando ya su nombre en la lista de contactos, y al final no lo hizo, porque no sabía qué decirle que no sonara a reproche disfrazado de apoyo, y porque intuía, con una claridad incómoda, que quizás lo mejor que podía hacer por ella en ese momento era exactamente lo que ella había hecho: dejarlo estar, aunque le doliera.
Se sentó de nuevo en la cama, con la carpeta del caso de Fermín todavía abierta sobre la colcha, con los nombres de Curro tachado, de Yolanda subrayado con un interrogante, y de Manolo el joven anotado al margen sin ninguna razón concreta todavía, y por primera vez desde que había llegado a Valdearenas sintió que aquel esquema de flechas y nombres, que tanto trabajo le había costado organizar, era la única cosa de toda su vida en ese momento que todavía tenía sentido intentar resolver bien.
Apagó la luz de la mesilla mucho después de medianoche, sin haber llegado a ninguna conclusión clara sobre qué iba a hacer cuando todo aquello terminara, aunque con una certeza pequeña y todavía sin nombre creciéndole por dentro: que la idea de volver a Valladolid, que hacía una semana le habría parecido lo único razonable del mundo, ya no le apetecía ni la mitad de lo que debería.