Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

La oficina de Yolanda ocupaba la planta baja del edificio de apartamentos más nuevo del paseo marítimo, todo cristal y aluminio, tan distinto del resto de las fachadas de Valdearenas que parecía haber aterrizado ahí por error desde otra ciudad.

Candela no había vuelto a poner un pie dentro desde la inauguración, hacía cuatro años, cuando había ido por pura educación y se había ido a los veinte minutos con la excusa de que tenía que abrir el restaurante.

Recordaba aquel día con una claridad incómoda: Yolanda repartiendo copas de cava entre inversores de fuera, hablando de "revalorización" y "potencial turístico" con una soltura que a Candela, entonces, ya le había sonado a un idioma que no era el suyo, aunque en ese momento todavía no hubiera entendido del todo por qué le incomodaba tanto.

Por el camino, Candela le había contado a Benito, sin que él se lo pidiera, la historia del disfraz de langosta: un carnaval de hacía casi treinta años, dos niñas de ocho años con pinzas de cartón pintadas de rojo, ganando el segundo premio del concurso del colegio y celebrándolo con un helado que se derritió antes de que les diera tiempo a terminarlo.

Se lo contó con una sonrisa pequeña, casi sin querer, y luego se calló en seco, consciente de pronto de que hablar de eso ahora, de camino a interrogar a esa misma niña convertida en mujer de traje y comisiones, tenía algo de traición a un cariño que ya no sabía nombrar del todo.

—¿Preparada? —preguntó Benito, ya con la mano en la puerta de cristal.

—No especialmente. Pero vamos.

Yolanda los recibió detrás de un escritorio demasiado grande para la habitación, con el pelo recogido en un moño perfecto y un traje de chaqueta que le sentaba mejor que cualquier cosa que Candela le hubiera visto puesta en el colegio, hacía ya más de veinte años.

—Candela. Qué sorpresa.

—No creo que sea tan sorpresa, Yolanda. Sabías que íbamos a venir tarde o temprano.

—Suponía que vendría el inspector. No suponía que vendrías tú acompañándolo.

Se quedaron mirándose un segundo, con la tensión particular de dos personas que se conocen tan bien que ya no necesitan levantar la voz para hacerse daño, y Benito, sentado ya en una de las sillas frente al escritorio, decidió intervenir antes de que la conversación se desviara del todo hacia terrenos que no le correspondían.

—Señora Reyes-Domínguez, necesito hacerle unas preguntas sobre el martes.

—Llámeme Yolanda. Lo de "señora Reyes-Domínguez" me hace sentir mayor de lo que soy.

—Yolanda, entonces. Varios vecinos la sitúan discutiendo con Fermín, el policía local, cerca del ayuntamiento, sobre el mediodía.

Yolanda no perdió la sonrisa profesional, aunque algo en sus ojos se endureció un grado, lo justo para que Candela, que la había visto poner esa misma cara en el colegio antes de un examen difícil, lo notara enseguida.

—No lo voy a negar. Discutimos, sí. Fermín llevaba semanas metiéndose en un asunto que no le correspondía.

—¿El desahucio del señor Portillo?

—El "desahucio", como usted lo llama, es una actualización de contrato completamente legal.

El señor Portillo lleva pagando el mismo alquiler desde hace quince años, un alquiler que ya no cubre ni los gastos de mantenimiento del edificio.

Yo no estoy echando a nadie a la calle, estoy actualizando una situación insostenible.

—El señor Portillo tiene ochenta y tres años, Yolanda. Y una hija que vive en Alemania y que no puede acogerlo de un día para otro.

—Eso no es asunto mío, Candela. Yo dirijo un negocio, no una ONG.

—Fermín pensaba que sí era asunto tuyo. Por eso discutía contigo.

—Fermín no tenía ni idea de cómo funciona un balance de cuentas.

—Fermín tenía idea de cómo funciona una persona que lleva quince años viviendo en el mismo sitio y que de repente se ve en la calle por un número en un papel.

Yolanda apretó la mandíbula, el mismo gesto que Candela le había visto hacer de niña cada vez que perdía una discusión y no estaba dispuesta a admitirlo, y por un segundo pareció que iba a contestar con algo mucho más afilado de lo que había dicho hasta entonces.

No lo hizo. Se limitó a fijar la vista en la pantalla del ordenador, como si de pronto hubiera encontrado algo urgente que atender ahí.

—Fermín no lo veía así.

—Fermín veía las cosas con el corazón, inspector, que está muy bien para ser buena persona pero muy mal para llevar un negocio.

Discutimos, sí, subimos la voz, sí. Y luego cada uno se fue a su casa, y yo no he vuelto a verlo desde entonces hasta que me he enterado de lo que le pasó, como todo el pueblo.

—¿Puede decirme dónde estuvo esa noche?

—En casa. Sola. Viendo una serie que ni recuerdo el nombre.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—No. Vivo sola, inspector. Llevo viviendo sola desde hace mucho tiempo, cosa que en este pueblo la gente encuentra rarísima en una mujer de mi edad, aunque nadie encuentre nada raro en Curro llevando cuarenta años igual.

Candela sintió el dardo, lanzado con precisión quirúrgica, y decidió no darle el gusto de reaccionar.

—Nadie ha dicho que sea raro, Yolanda.

—No hacía falta que lo dijeras. Lo llevas escrito en la cara desde que has entrado por esa puerta.

Benito, sintiendo que la conversación empezaba a desviarse hacia un terreno que no le interesaba, volvió a la carga con una pregunta que llevaba preparada desde antes de entrar.

—Tengo entendido que hay un comprador interesado en el restaurante de la señora Reyes. Un tal Villalta actuó de intermediario esta semana.

Yolanda tardó un segundo de más en contestar, lo justo para que a Candela, que la conocía desde niña, le quedara clarísimo que aquella pregunta la había pillado con la guardia menos alta de lo que le habría gustado.

—¿Y eso qué tiene que ver con Fermín?

—Quizás nada. Pero quiero entender el mapa completo de intereses en este pueblo antes de descartar nada.

—Conozco a Villalta, sí. Trabajamos juntos en alguna operación en la zona. Es un gestor serio.

—¿Sabe quién es el comprador al que representa?

—Eso es información confidencial de mi cliente, inspector. Y sí, para que no tengamos que fingir más: yo hago de intermediaria local en esa operación. Cobro una comisión si Candela vende. No es ningún secreto, ni ningún delito.

Lo dijo mirando directamente a Candela, sin ningún rastro de vergüenza, con la seguridad que a Candela, de adolescente, le había parecido admirable y que ahora, veinte años después, le parecía simplemente fría.

—Así que ganas dinero si vendo mi casa.

—Gano dinero si haces lo que te conviene económicamente, Candela, que no es exactamente lo mismo, aunque a ti te convenga verlo como una traición personal.

—No es una traición personal. Es que ni siquiera me lo dijiste.

—¿Y qué habría cambiado que te lo dijera? ¿Habrías cambiado de opinión?

—No.

—Entonces no veo el problema.

Se quedaron mirándose otra vez, más largo esta vez, con veinte años de distancia y de disfraces de carnaval de langosta compartidos flotando invisibles entre las dos, hasta que Benito, carraspeando, decidió que ya era hora de recuperar el control de la conversación.

—¿Alguna relación entre esa operación y Fermín?

—Ninguna. Fermín no tenía ni voz ni voto en si Candela vendía o no. Puede preguntarle a quien quiera.

—¿Y su relación con el comprador anónimo? ¿Sabe algo de sus intenciones concretas con el pueblo?

—Sé que quiere invertir. Sé que ve potencial donde otros solo ven un pueblo pesquero de mala muerte. Y sé que a mí me paga bien por facilitar el terreno, cosa que no pienso disculparme por hacer.

Benito anotó algo, cerró la libreta, y se levantó, dando por terminada la parte oficial de la visita, aunque el aire en la habitación seguía tan cargado como al principio.

—Gracias por su tiempo. Puede que necesitemos volver a hablar.

—Cuando quiera, inspector. Siempre a su disposición.

Se despidió de Benito con un apretón de manos profesional y correcto, y luego se giró hacia Candela, con una expresión que, por un segundo, pareció suavizarse de verdad, sin el disfraz de negocios de hacía un momento.

—Candela.

—¿Qué?

—Siento lo de Fermín. De verdad. Sé que era importante para ti.

—Ya lo sé que lo sientes. Eso no cambia nada de lo demás.

—No pretendía que lo cambiara.

Salieron de la oficina en silencio, Candela con la cabeza llena de veinte años de historia compartida que ya no sabía muy bien dónde guardar, y Benito, ya en la calle, esperó a que se alejaran un poco del edificio antes de hablar.

—¿Está bien?

—No especialmente.

—¿Es sospechosa?

—Lo era antes de entrar ahí. Ahora lo es todavía más, y no por lo de Fermín, sino porque acabo de descubrir que mi mejor amiga de la infancia lleva semanas cobrando comisión por convencerme de que venda mi casa sin decírmelo.

Benito no dijo nada, pero caminó un poco más cerca de ella de lo estrictamente necesario, en ese gesto silencioso que ya empezaba a repetirse entre los dos sin que ninguno lo mencionara en voz alta, y Candela, aunque no lo admitiera todavía ni siquiera para sí misma, agradeció esa cercanía más de lo que habría esperado agradecer nada esa tarde.

De vuelta en "La Dorada", con la tarde ya cayendo y el restaurante todavía cerrado por horario, Julia la encontró sentada en la barra, sin hacer nada, con la mirada perdida en un punto indefinido de la pared.

—¿Qué tal con Yolanda?

—Mal.

—¿Mal cómo?

—Mal de que resulta que cobra comisión si vendo el restaurante, y no me lo había dicho.

Julia se quedó un momento callada, procesando la información con una seriedad que a veces le salía sin previo aviso, en medio de su tono habitual más ligero.

—Eso es una putada.

—Julia, el lenguaje.

—Perdón. Eso es una faena tremenda.

—Mejor.

Se quedaron un rato en silencio, Candela todavía con la cabeza puesta en la oficina de cristal y aluminio, en la niña de la langosta de cartón convertida en mujer que hablaba de "actualizar situaciones insostenibles" con la misma tranquilidad con la que antes hablaba de qué disfraz llevar al carnaval del colegio.

—¿Y ahora qué? —preguntó Julia.

—Ahora nada.

—¿Nada?

—Nada.

—Mamá, cuando dices "nada" con esa cara normalmente significa "voy a darle vueltas toda la noche".

—Qué bien me conoces.

—Es que llevamos dieciséis años juntas. Algo se me ha tenido que pegar.

—¿La vas a perdonar? —preguntó Julia, al cabo de un rato.

—No lo sé. Todavía no.

—¿Y vas a vender?

Candela la miró, sorprendida de que la pregunta le hubiera salido con tanta naturalidad, como si en el fondo, después de todo lo que llevaban encima esa semana, fuera razonable plantearse cualquier cosa.

—No. Eso no ha cambiado. Solo ha cambiado que ahora sé quién cobra por convencerme de lo contrario.

Julia asintió, aliviada, y se acercó a abrazar a su madre por detrás, apoyando la barbilla en su hombro, en ese gesto que llevaban repitiendo desde que Julia era pequeña y que ninguna de las dos necesitaba explicar con palabras.