Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Lucía vivía en una casa con jardín, a las afueras del pueblo, de esas con seto recortado y un perro que ladraba siempre un poco de más al ver llegar a cualquiera, incluida Julia, que llevaba yendo a esa casa desde los ocho años y que el perro seguía sin reconocer del todo.

—Es que tiene mala memoria —decía siempre Lucía, para disculparlo, aunque el perro llevaba toda la vida ladrándole a Julia con la misma sorpresa de la primera vez.

La madre de Lucía las recibió en la puerta con una bandeja de galletas que nadie le había pedido, la misma escena que se repetía cada vez que Julia iba por allí desde que tenían memoria, y les preguntó, como siempre, por Candela, con el cariño con puntita de morbo que esa semana tenía prácticamente todo el pueblo.

—Dile a tu madre que aquí estamos para lo que necesite. Y que menudo susto, hija, menudo susto para todos.

—Se lo diré, gracias.

—Y que si necesita ayuda con la fiesta, que cuente con nosotros, que ya sabes que a mi marido se le da bien lo de las luces.

—Se lo diré también.

Subieron a la habitación de Lucía con la bandeja de galletas, que ninguna de las dos tenía muchas ganas de tocar, y se sentaron en el suelo, con los libros de mates esparcidos entre ellas sin ningún orden aparente, como llevaban haciendo desde primaria, cambiando de sitio con los años pero manteniendo siempre esa misma costumbre de estudiar tumbadas en vez de sentadas en una mesa como mandaban las normas de cualquier manual de estudio decente.

Ese viernes por la tarde, con el instituto ya cerrado por el fin de semana y Candela liada con no sabía qué en "La Dorada", Julia había ido a hacer los deberes con Lucía, aunque los deberes, en la práctica, siempre acababan siendo una excusa para hablar de todo menos de deberes.

—¿Has hecho el ejercicio de mates? —preguntó Lucía, sin muchas ganas, tumbada en la cama con el libro abierto por una página que llevaba diez minutos sin cambiar.

—No. ¿Tú?

—Tampoco.

—Pues genial. Vamos avanzando.

Se rieron, sin fuerza, con la risa de viernes por la tarde que sale más por costumbre que por ganas reales, y Julia se quedó mirando el techo de la habitación de Lucía, el mismo póster de siempre de un grupo de música que a las dos les había gustado hacía dos años y que ahora ninguna escuchaba, pero que ninguna se atrevía a quitar tampoco, como si hacerlo fuera reconocer oficialmente que habían cambiado de gustos y de vida sin darse cuenta.

—Oye —dijo Julia, al cabo de un rato, con el tono más casual que pudo fingir—. ¿Al final qué pasó con lo de Iván?

Lucía se puso rígida, solo un segundo, lo justo para que Julia, que la conocía desde los ocho años y que sabía distinguir sus silencios como distinguía los de su madre, lo notara sin ninguna duda.

—Nada. Ya te dije que nada.

—Ya, pero el otro día en el comedor os estabais mandando mensajes que no parecían de "nada".

—Me pedía los apuntes de Historia.

—Los apuntes de Historia no ponen a nadie tan nerviosa como te pusiste tú.

—No me puse nerviosa.

—Lucía.

—¿Qué?

—Que nos conocemos desde los ocho años. Sé distinguir cuándo mientes.

Lucía se incorporó en la cama, cerró el libro de mates de golpe, más para tener algo que hacer con las manos que porque hubiera terminado de estudiar nada, y se quedó mirando un punto fijo de la pared, con la cara que ponía siempre justo antes de contar algo que le costaba contar.

—Es complicado.

—¿Complicado cómo?

—Complicado de que si te lo cuento y luego se sabe, la que se lía la voy a liar yo, y no me apetece.

—¿Se sabe qué?

Lucía se quedó callada un momento más, y Julia, en vez de insistir, hizo lo que hacía siempre que quería sacarle algo a alguien sin forzarlo: se calló también, dejando el silencio ahí, abierto, esperando a ver si Lucía lo llenaba por su cuenta antes que ella.

—Iván no es tan mala persona como dice la gente —dijo Lucía, al final, en voz más baja de lo normal—. Es distinto cuando estás con él a solas. Nada que ver con la fama que tiene.

—¿Y por qué es un secreto, entonces? Si no es tan mala persona, ¿qué más da que se sepa?

—Porque mi padre lo odiaría. Y porque si se sabe, toda la clase iba a hacer comentarios, y yo no tengo ganas de aguantar eso, y él tampoco. Ya tiene bastante con lo que ya dicen de él sin necesidad de darles más motivos.

—¿Tan mal está lo que dicen?

—Fatal. Y la mitad es mentira, o exagerado, o de hace tanto tiempo que ya ni cuenta.

La semana pasada me contó que su madre se fue de casa cuando él tenía siete años, y que desde entonces su padre ha tenido que hacer de padre y de madre a la vez, trabajando de todo lo que ha podido, y que por eso el instituto siempre lo pone todo tan difícil, porque nadie se para a preguntar por qué es como es, solo se quedan con la fama.

Julia se quedó callada un momento, sorprendida de la seriedad repentina en la voz de su amiga, y algo en esa historia, contada así, sin dramatismo pero con cariño real detrás, le hizo replantearse sin querer la imagen que ella misma tenía de Iván, la misma imagen genérica que tenía todo el instituto sin haberse molestado nunca en comprobarla.

—No tenía ni idea.

—Nadie tiene ni idea. Por eso no lo cuento.

Julia asintió, aunque por dentro le costaba entender del todo esa lógica de guardar algo en secreto solo por lo que pudiera pensar la gente, aunque también, en el fondo, entendía perfectamente esa sensación de querer proteger algo bueno de las opiniones de los demás antes de que se estropeara solo por haberlo hecho público demasiado pronto.

—¿Y estáis bien? ¿Va en serio o es un rollo de estos que dura dos semanas?

—No lo sé todavía. Va en serio para mí, creo. Para él no sé.

—¿Y quedáis mucho?

—Lo justo. Es difícil, porque no podemos quedar donde nos pueda ver nadie.

—¿Y dónde quedáis?

Lucía dudó, con la duda concreta de quien está a punto de decir algo y se arrepiente a mitad de la frase, y acabó encogiéndose de hombros, con una vaguedad que a Julia, en cualquier otro momento, no le habría llamado la atención, pero que esa tarde, sin saber muy bien por qué, se le quedó pegada un poco más de la cuenta.

—Por ahí. Sitios tranquilos.

—Qué misteriosa.

—No es que sea misteriosa, es que no quiero que lo sepa nadie, ni siquiera tú, por si acaso.

—¿Por si acaso qué?

—Por si acaso nada. Deja de hacer de policía, que ya tenemos suficiente con el que hay en el pueblo ahora mismo.

Lo dijo en tono de broma, con una sonrisa encima que quería disimular algo que a Julia no le pareció del todo broma, y decidió dejarlo estar, porque en el fondo tampoco era asunto suyo con quién se veía Lucía ni dónde, y porque llevaba toda la semana con la sensación de estar rodeada de secretos ajenos que no le correspondía andar destapando: los de su madre con Villalta y la oferta del restaurante, los del inspector con su pasado misterioso, y ahora este, pequeño, de instituto, que probablemente no era nada más que eso.

—Vale, vale. No hago más preguntas.

—Gracias.

—Pero como algún día te haga algo raro, me lo cuentas.

—No me va a hacer nada raro, Jul. Es buena persona. Ya te lo he dicho.

Volvieron a los deberes de mates, sin ninguna intención real de terminarlos, y la conversación se desvió hacia otros temas más ligeros: la fiesta patronal, si Kevin se atrevería de verdad a declararse a Sara, si merecía la pena ir a la peluquería antes de la feria o si con lavarse el pelo esa misma mañana bastaba.

Cuando Julia se despidió, ya de noche, con el perro ladrándole otra vez desde la verja como si fuera la primera vez que la veía en su vida, se quedó un momento en la calle, mirando hacia la ventana iluminada de la habitación de Lucía, pensando en esa frase suya, "sitios tranquilos", que se le había quedado dando vueltas sin motivo aparente.

No le dio más importancia de la que le había dado hasta entonces.

Era Lucía, su amiga de toda la vida, la que le prestaba los apuntes cuando faltaba a clase y la que se sabía de memoria el cumpleaños de su madre sin que nadie se lo hubiera pedido.

Si tenía un secreto con Iván, sería solo eso: un secreto de instituto, de los que se cuentan un día entre risas cuando ya no hace falta esconderlos.

Aun así, caminando de vuelta a "La Dorada" con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta, Julia no pudo evitar pensar, solo un segundo, en la playa, en la cinta amarilla, y en los dos chicos que había oído cuchichear esa misma noche del hallazgo, aquello de "¿no estuvo Fermín antes por la playa, cuando estábamos nosotros? ".

Lo descartó enseguida. Seguramente no era nada. Seguramente estaba viendo fantasmas donde solo había una amiga enamorada a escondidas de un chico con mala fama.

Seguramente.

Cuando llegó a "La Dorada", su madre estaba cerrando la caja, con la radio puesta bajito de fondo, en una calma que llevaba días sin verse por allí.

—¿Qué tal en casa de Lucía?

—Bien. Deberes.

—¿Los habéis hecho?

—Algo.

—Ya, ese "algo" tuyo lo conozco bien.

Julia sonrió, se sentó en el taburete de siempre, y se quedó un momento mirando a su madre guardar el dinero de la caja en la bolsa del banco, con esos gestos automáticos que llevaba haciendo tantos años que ya ni necesitaba pensarlos.

—Mamá.

—Dime.

—¿Tú te puedes llevar mal con alguien y aun así pensar que no es mala persona?

Candela levantó la vista de la caja, sorprendida por la pregunta, que no encajaba con el tono ligero de la conversación de hasta entonces.

—Claro.

—¿Aunque todo el mundo diga que sí lo es?

—También. ¿Qué has hecho ahora?

—Nada.

—Entonces, ¿qué chico?

—¿Por qué tiene que ser un chico?

—Porque tienes dieciséis años y llevas dos días poniendo esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Julia.

—Vale. Un chico.

Candela no insistió más de lo necesario, aunque se quedó un momento mirando a su hija con la atención especial que reservaba para cuando notaba que algo le rondaba la cabeza sin querer soltarlo del todo, y Julia, sintiendo esa mirada, decidió cambiar de tema antes de que le hiciera más preguntas para las que todavía no tenía respuestas claras ni ganas de darlas.

—¿Subimos a ver un capítulo de Verano Azul?

Candela sonrió, con la sonrisa suya que aparecía siempre que Julia proponía el ritual sin que nadie se lo pidiera, señal de que, aunque no lo dijera en voz alta, también ella lo necesitaba esa noche.

—Sube tú y ve poniéndolo. Yo cierro esto y subo enseguida.

Julia subió las escaleras con la manta ya en la cabeza, dejando atrás, por esa noche al menos, tanto el caso de Fermín como el secreto de Lucía, dispuesta a dejarse llevar un rato por Chanquete y su barca, por Tejedor y sus canciones, por ese pueblo de mentira que siempre conseguía hacerle sentir que el suyo, con todo lo que llevaba encima esa semana, todavía merecía la pena.