Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Benito llegó a "La Dorada" el viernes por la mañana con una cara que Candela ya empezaba a reconocer: la de quien ha encontrado un hilo del que tirar y no sabe todavía si va a deshacer el ovillo o solo va a hacer un nudo más grande.

—Necesito hablar con Curro. Hoy, si puede ser.

—¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

—Un vecino de la calle del puerto me ha dicho que el martes por la tarde vio su coche aparcado donde no suele aparcar nunca. Cerca de la carretera de la sierra, junto a una nave que llevaba tiempo cerrada.

—¿Qué vecino?

Benito dudó un segundo, como calculando si merecía la pena protegerlo o no, y acabó cediendo, quizá porque ya empezaba a entender que en Valdearenas esconder nombres solo generaba más desconfianza.

—Doña Pura.

Candela no pudo evitar una risa corta, casi involuntaria, en medio de la tensión del momento.

—Claro. Cómo no. Esa mujer ve más desde su ventana que la Guardia Civil con dron.

—Pues esta vez puede que tenga razón en algo.

—Eso tampoco lo dude, que la señora acierta más de lo que parece cuando se pone seria.

Candela sintió un vacío pequeño en el estómago, de esos que llegan antes de que la cabeza termine de procesar por qué.

—¿Y qué tiene eso de raro?

—Que esa nave, según el mismo vecino, algunas noches tiene movimiento de coches a horas que no son horas de nada legal. Y que Curro, según usted misma me dijo, lleva años desapareciendo por las tardes sin que nadie sepa adónde va.

—Eso no demuestra nada.

—No demuestra nada de lo que a usted le preocupa, no. Pero es una coartada sin verificar para la tarde en que Fermín discutió con alguien y esa misma noche apareció muerto. Y una coartada sin verificar es, para mí, un problema, tenga o no tenga que ver con nada.

Candela se quedó callada un momento, pensando en la conversación de dos noches atrás, en la fiambrera vacía, en la frase de Curro sobre "lo que cueste encontrarlo de otra manera", y sintió que algo empezaba a encajar en su cabeza de una forma que no le gustaba nada.

—Vamos a hablar con él —dijo, al final—. Pero yo primero. Sola.

—Eso no es procedimiento.

—Ya lo sé. Pero si entra usted con la placa por delante, Curro se va a cerrar como una almeja, y entonces sí que va a parecer que tiene algo que ocultar, aunque no lo tenga. Déjeme cinco minutos con él antes.

Benito lo pensó, con la cara suya de estar sopesando reglas contra resultados, y al final asintió, aunque dejó claro, con el tono, que aquello era una excepción y no una costumbre.

—Cinco minutos. Y luego entro yo.

Encontraron a Curro en su casa, sentado en el patio, entre los geranios y la barca con el nombre de Amparo pintado en la proa, con una taza de café frío entre las manos que llevaba ahí más tiempo del que hacía falta para que se enfriara del todo.

—Curro.

—Ya sabía que ibas a venir.

—¿Por qué?

—Porque anoche el vecino del taller me dijo que un guardia estaba haciendo preguntas por la carretera de la sierra. No hace falta ser muy listo para atar cabos, Candela.

Se sentó a su lado, sin decir nada más de momento, dejando que fuera él quien decidiera cuándo empezar a hablar, con la misma paciencia que había aprendido a tener con él a lo largo de tantos años de conocerlo.

—Es una timba —dijo Curro, por fin, sin mirarla, con la vista clavada en algún punto del mar que se veía desde el patio—.

Póker. Ilegal, sí, aunque no del tipo de ilegal que tú estás pensando ahora mismo.

No hay drogas, no hay nada raro, solo un grupo de hombres de mi edad que llevamos jugando juntos desde hace dos años, en la nave vieja de Tomás, el del taller, porque en ningún bar del pueblo se puede jugar dinero de verdad sin que Hacienda se entere.

—¿Y por qué no me lo habías contado?

—Porque me daba vergüenza, Candela. Un hombre de mi edad, jugándose los cuartos en una nave con las luces apagadas para que no se vea desde la carretera. Suena patético cuando lo dices en voz alta.

—No suena patético.

—Suena a lo que es. Un viejo desesperado intentando reunir dinero para una operación que no puede pagarse de otra manera.

Candela lo miró, con el alivio y la pena pisándose el uno a la otra sin que supiera cuál de los dos pesaba más.

—¿Y el martes?

—El martes estuve ahí desde las cuatro hasta pasada la medianoche.

Perdí ciento veinte euros que no tenía y gané treinta que tampoco necesitaba especialmente, y me enteré de lo de Fermín al llegar a casa, cuando ya no se podía hacer nada.

Puedes preguntarle a Tomás, o a cualquiera de los otros cuatro que estábamos allí.

Todos te van a decir lo mismo, aunque ninguno va a estar muy contento de que se sepa.

—¿Por qué no se lo dijiste tú mismo al inspector, en cuanto empezó a preguntar?

—Porque pensé que con explicártelo a ti bastaría, y que tú encontrarías la forma de que no hiciera falta ir más allá. Pero ya veo que el mundo no funciona así cuando hay un muerto de por medio.

Candela le cogió la mano, la misma mano que él le había posado sobre el hombro tantas veces sin decir nada, y se la apretó un momento, sin necesidad de más palabras, antes de levantarse para ir a buscar a Benito, que esperaba junto al coche, apoyado en la puerta, con la paciencia forzada de quien ha decidido dar cinco minutos exactos y ni uno más.

—Puede pasar —dijo Candela—. Le va a contar lo que necesita saber. Pero le pido, como favor personal, que sea con discreción. Esto no tiene nada que ver con Fermín, y no merece que todo el pueblo se entere de algo que a él le cuesta la vida contar.

Benito la miró un momento, con una seriedad distinta a la de siempre, y asintió, como quien acepta un trato sin necesidad de decirlo en voz alta.

—Con discreción. Se lo prometo.

La conversación entre Benito y Curro duró apenas quince minutos, y cuando Benito volvió al coche, con la libreta cerrada y la cara de quien acaba de tachar un nombre de una lista con un alivio que no esperaba sentir tan claramente, se quedó un momento callado antes de arrancar.

La conversación entre Benito y Curro duró apenas quince minutos, y cuando Benito volvió al coche, con la libreta cerrada y la cara de quien acaba de tachar un nombre de una lista con un alivio que no esperaba sentir tan claramente, se quedó un momento callado antes de arrancar.

—Voy a llamar a Tomás y a otro par de los que estuvieron allí, para confirmarlo por otra vía —dijo, ya con el teléfono en la mano—. Es solo procedimiento. No es que dude de él.

—Hágalo.

Marcó el número que Curro le había apuntado en un papel, con la letra torpe de quien no está acostumbrado a escribir mucho, y puso el manos libres sin preguntar, quizá porque ya empezaba a entender que con Candela delante no tenía sentido fingir que hacía las cosas a escondidas.

—¿Tomás? Buenas tardes, soy el inspector Zamorano, le llamo por un asunto relacionado con Curro.

Al otro lado se hizo un silencio tan largo que Benito llegó a mirar la pantalla para comprobar que no se había cortado la llamada.

—¿Ha hecho algo Curro?

—No, tranquilo. Solo necesito confirmar dónde estuvo el martes por la tarde.

Otro silencio, más corto esta vez, y luego una voz que sonaba a quien ha decidido, en tiempo récord, que ya no tenía sentido seguir disimulando.

—Estuvo aquí. En mi nave. Jugando a las cartas con nosotros, como todos los martes y todos los jueves desde hace dos años. Mire, ya sé que no es del todo legal lo que hacemos, pero somos seis jubilados jugándonos las pagas entre nosotros, no estamos haciendo daño a nadie.

—No estoy aquí para eso, Tomás. Solo necesito confirmar la coartada.

—Pues ya la tiene. Estuvo aquí de las cuatro a más de medianoche. Se lo puede confirmar cualquiera de los otros cuatro, aunque le va a costar que alguno se lo coja el teléfono, que aquí todos tenemos más vergüenza que otra cosa.

Benito colgó, con una media sonrisa que no intentó disimular del todo, y anotó algo en la libreta antes de guardarla.

—Queda descartado —dijo, al fin—. He confirmado con dos de los otros jugadores por teléfono. Coincide todo.

—¿Y ahora qué?

—Ahora sigo con la lista. Pero le agradezco que me haya dejado hacerlo así. No habría sacado nada bueno entrando con la placa por delante.

Candela asintió, mirando hacia la casa de Curro, hacia la puerta azul que se había vuelto a cerrar sin llave del todo, y sintió, por primera vez en varios días, algo parecido a un peso menos sobre los hombros, aunque supiera perfectamente que el peso principal, el de encontrar quién le había hecho aquello a Fermín, seguía exactamente donde estaba.

—Voy a ayudarle con lo de la cadera —dijo, más para sí misma que para Benito, aunque lo dijo en voz alta—. En cuanto todo esto termine, voy a encontrar la forma de que no tenga que jugarse los cuartos en una nave a oscuras para poder andar sin dolor.

—¿Y cómo piensa hacerlo?

—Todavía no lo sé. Pero en este pueblo, cuando alguien necesita algo de verdad, siempre aparece la manera. A veces tarda, pero aparece.

Benito no dijo nada, pero la miró de una forma que a Candela, sin saber muy bien por qué, le pareció la primera vez que alguien la miraba así en mucho tiempo: no con lástima, ni con curiosidad, sino con algo parecido a la admiración pura y simple.

Esa noche, ya en "La Dorada", Candela le contó a Julia una versión resumida de lo ocurrido, sin entrar en detalles que no le correspondían a una adolescente de dieciséis años, solo lo justo para que entendiera que Curro estaba fuera de toda sospecha.

—Menos mal —dijo Julia, con un alivio genuino que sorprendió un poco a su madre—. Me caía fatal la idea de que pudiera ser él. Nos ha traído croquetas de su casa como cuatrocientas veces.

—A mí también me caía fatal esa idea, cielo. Por más motivos que las croquetas.

—¿Está bien? ¿Curro?

—Va a estarlo. Le voy a ayudar con una cosa suya, pero eso ya te lo cuento cuando toque.

Julia no preguntó más, aunque se quedó con la curiosidad picándole un poco, y las dos se sentaron un rato en la barra vacía, con la radio puesta bajito, disfrutando de esa sensación extraña y bienvenida de que, al menos por esa noche, un peso pequeño se había quitado de encima de todos los que quedaban, todavía sin nombre, flotando sobre el pueblo entero.