Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

Candela cerró la cocina esa noche con una fiambrera de más, la que llevaba preparando desde hacía años sin que nadie se lo hubiera pedido nunca, y salió hacia la calle del puerto con la excusa oficial de "que no se desperdicie", que era la misma excusa que llevaba usando desde la primera vez, cuando ni ella misma se atrevía a llamarlo por su nombre: que le daba pena que Curro cenara solo casi todas las noches, en una casa demasiado grande para una sola persona.

La calle del puerto a esa hora tenía su propio ritmo, distinto del resto del pueblo: las barcas golpeando suavemente contra el muelle, algún gato callejero cruzando de sombra en sombra, el olor a salitre mezclado con el de las redes puestas a secar que nadie recogía nunca antes de la mañana.

Candela conocía cada piedra de esa calle desde niña, cuando su padre la llevaba de la mano a comprar el pescado más fresco directamente de la lonja, antes incluso de que abriera "La Dorada" cada mañana.

Vivía en la última calle antes del espigón, en una casa baja con la fachada encalada y una puerta azul que llevaba el mismo azul desde que Candela tenía memoria, aunque cada pocos años él le diera una mano de pintura para que no se notara el paso del tiempo.

En el patio de entrada, medio escondida entre macetas de geranios que crecían más por inercia que por cuidado, había una barca pequeña, de madera, con el nombre pintado a mano en la proa: Amparo .

—Traigo cena —dijo Candela, sin llamar, empujando la puerta que él nunca cerraba con llave del todo.

—No hacía falta.

—Ya lo sé. Por eso la traigo.

Curro estaba sentado en la cocina, con la radio puesta a un volumen tan bajo que apenas se distinguía si era música o solo ruido de fondo, y una baraja de cartas sobre la mesa, a medio ordenar, que recogió con un gesto rápido en cuanto ella entró, sin darle importancia, como quien guarda algo que no quiere que se convierta en tema de conversación.

—¿Jugando solo?

—Repasando trucos. Cosas mías.

Candela dejó la fiambrera sobre la mesa y se sentó enfrente, en la silla que llevaba usando desde hacía tantos años que ya la consideraba, sin que nadie lo hubiera decidido oficialmente, "su silla" en casa de Curro.

—¿Cómo estás?

—Vivo. Que ya es bastante, con lo de esta semana.

—¿Duermes bien?

—Duermo lo que se puede dormir después de ver a un amigo tendido en la arena, que no es mucho, pero algo es algo.

—A mí me pasa igual. Cierro los ojos y todavía lo veo.

—Fermín era buena gente, Candela. De la de verdad, no de la que se hace la buena gente delante de los demás.

¿Sabes que una vez me ayudó a sacar la barca del agua en plena tormenta, a las tres de la madrugada, sin que yo se lo pidiera?

Vio las luces encendidas en mi casa a esas horas, sospechó que algo pasaba, y apareció aquí con las botas de agua puestas encima del pijama.

—No lo sabía.

—Hay muchas cosas de Fermín que no sabía casi nadie. Era de los que ayudaban sin necesidad de que se enterase el pueblo entero.

Se quedaron en silencio un rato, el silencio cómodo de la gente que lleva compartiendo mesa el tiempo suficiente como para no necesitar llenarlo con nada, y Candela aprovechó para mirar alrededor, la misma cocina de siempre, con la foto en blanco y negro sobre el aparador: Curro joven, con más pelo y menos arrugas, al lado de una mujer de sonrisa ancha que llevaba un vestido de flores y que miraba a la cámara como si el fotógrafo le estuviera contando un chiste justo en ese instante.

—¿Sabes qué día es dentro de dos semanas? —preguntó Curro, siguiendo su mirada hacia la foto, sin que Candela hubiera dicho nada.

—¿Qué día?

—Treinta años. Desde que se fue Amparo.

Candela no dijo nada enseguida. Sabía la historia, la sabía de toda la vida, aunque Curro rara vez la mencionaba en voz alta: un accidente en la carretera de la sierra, ella volviendo de visitar a su madre, un camión que no frenó a tiempo, y Curro, con treinta y dos años, convertido de la noche a la mañana en el único dueño de una casa demasiado grande y de una barca que llevaba su nombre pintado en la proa desde antes de que pasara nada.

—Nunca me lo habías dicho tan claro.

—Nunca me lo habías preguntado tan claro.

—¿Y cómo llevas los treinta años?

—Como los veintinueve anteriores. Con la radio puesta y sin ganas de apagarla del todo.

Candela alargó la mano por encima de la mesa y la posó sobre la de él un segundo, sin decir nada más, porque algunas cosas, entre dos personas que se conocen desde hace tanto, se dicen mejor con la mano que con la boca.

—¿Y sigues yendo a la barca los domingos?

—Cuando la cadera me deja.

—¿Sigue molestándote?

—Molestándome es poco. El médico dice que hay que operar, que cuanto antes mejor, que si sigo esperando voy a acabar peor de lo que estoy.

—¿Y qué esperas?

Curro se encogió de hombros, con el gesto suyo que servía tanto para decir "no lo sé" como para decir "no quiero hablar de esto", y Candela, que sabía distinguir los dos, en esta ocasión no supo cuál de los dos era.

—No me hace ninguna gracia estar en un hospital solo, Candela. Ni tampoco la recuperación, que dicen que son semanas sin poder valerme del todo. No tengo a nadie que venga a verme dos veces al día, y no me gusta la idea de convertirme en una carga para nadie del pueblo solo por una cadera vieja.

—No serías una carga.

—Tú lo dices fácil.

—Lo digo en serio. Aquí hay cincuenta personas que te deben más favores de los que se pueden contar con las dos manos, Curro. Empezando por mí.

—Tú no me debes nada.

—Te debo la manta de la otra noche. Y las sillas recogidas sin que nadie te lo pidiera. Y quince años de mesa reservada sin cobrarte de más ni un solo día por ello.

Curro sonrió, un poco, la misma sonrisa corta que se le ponía cuando algo lo pillaba desprevenido de verdad, aunque enseguida volvió a ponerse serio, con una expresión que Candela no le conocía tanto.

—Además está lo otro.

—¿Qué otro?

—Que operar cuesta dinero, Candela. La lista de espera de la sanidad pública es de meses, y a mi edad meses son meses que la cadera no perdona. Si quiero operarme antes, tengo que ir por lo privado, y lo privado no lo cubre ninguna pensión de las que cobro yo.

—¿Y cuánto es "antes"?

—Lo que cueste ahorrarlo. O lo que cueste encontrarlo de otra manera.

Lo dijo con un tono que a Candela le sonó raro, casi esquivo, como quien deja caer una frase a propósito para ver si el otro la recoge sin tener que explicarla del todo, pero ella no insistió, porque llevaba ya un rato notando que esa noche Curro estaba dispuesto a abrir algunas puertas y a dejar otras bien cerradas, y prefería respetar cuáles eran cuáles antes que forzar algo que no le correspondía forzar todavía.

—Oye —dijo Curro, ya en la puerta, cuando ella se despedía—. Lo de las tardes que me pregunta tu inspector.

—No es mi inspector.

—Lo que sea. Dile que no se preocupe. Que cuando llegue el momento, si hace falta, se lo cuento yo mismo, sin que tenga que sonsacárselo a nadie más.

—¿Y por qué no me lo cuentas a mí ahora?

—Porque a ti te lo cuento todo menos eso, Candela. Y no es por desconfianza. Es que hay cosas que a uno le da vergüenza contar hasta a la gente que más quiere.

Se quedaron mirándose un momento, ella con la fiambrera vacía ya en las manos, él apoyado en el marco de la puerta azul, y Candela decidió, con la sabiduría antigua que solo dan los años de conocer a alguien de verdad, no insistir.

Ya llegaría el momento, si tenía que llegar.

Y si no llegaba, tampoco pasaba nada: había cosas de la gente que uno quería que era mejor dejar donde estaban, guardadas, sin forzar la cerradura.

Caminó de vuelta a "La Dorada" por la calle del puerto, con el viento de siempre revolviéndole el pelo y el ruido lejano de la megafonía de la plaza, que ya solo probaba sonido dos veces al día en vez de cada media hora, señal de que la fiesta se acercaba de verdad y de que el pueblo, poco a poco, aunque con la herida todavía abierta, empezaba a recomponerse.

Se cruzó, a mitad de camino, con dos de los chicos que ayudaban en la lonja, cargando cajas de pescado hacia un camión frigorífico, y con la mujer del estanco, que cerraba ya el cierre metálico y le dio las buenas noches con un gesto de cabeza más cansado de lo habitual.

Todo el pueblo, pensó Candela, caminaba esos días con un peso encima que antes no llevaba, un peso que no se veía pero que se notaba en la forma de andar, en los saludos más cortos, en las sonrisas que costaban un poco más de esfuerzo de lo normal.

Pensó en Curro, en su cadera, en su Amparo pintada en la proa de una barca de treinta años, y en esa frase suya, "lo que cueste encontrarlo de otra manera", que se le había quedado enganchada en la cabeza como un anzuelo sin sacar del todo.

No sabía qué quería decir exactamente, y una parte de ella prefería no imaginárselo, aunque otra parte, la más terca, ya empezaba a darle vueltas sin querer.

Se prometió a sí misma, sin necesidad de decírselo a nadie todavía, que antes de que acabara todo aquello iba a encontrar la forma de que ese hombre dejara de tener miedo a pedir ayuda, aunque tuviera que ser ella quien se la ofreciera sin que él la pidiera del todo.

Cuando llegó a casa, Julia ya estaba dormida en el sofá, con la tele encendida sin sonido y un cuaderno de dibujo abierto sobre el regazo, a medio terminar.

Candela le quitó el mando con cuidado, apagó la tele, y se quedó un momento mirando el dibujo: un boceto rápido del puerto, con las barcas y el espigón al fondo, hecho con esos trazos sueltos que su hija tenía sin haberlos aprendido de nadie.

La tapó con la manta del sofá, la misma que Curro le había puesto a ella sobre los hombros esa noche en la playa, y se quedó un rato más ahí, de pie, escuchando la respiración tranquila de su hija y el mar de fondo, pensando que, a pesar de todo lo que llevaban encima esa semana, todavía quedaban cosas por las que merecía la pena seguir adelante sin rendirse.