Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Benito llegó a las cinco en punto, como el día anterior, aunque esta vez con una carpeta nueva, de esas de cartón duro con gomas en las esquinas, y una expresión de quien ha decidido tomarse en serio la palabra "colaboración" aunque le cueste la vida admitirlo.

—He hecho una lista —dijo, sentándose en la mesa del rincón, la de Curro, que a esa hora seguía libre.

—¿Una lista de qué?

—De personas de interés. Y una cronología de las últimas cuarenta y ocho horas de Fermín, en la medida en que he podido reconstruirla.

Candela se sentó enfrente, con dos cafés que había preparado sin preguntar, y miró el papel que Benito había extendido sobre la mesa: un esquema con horas, flechas y nombres, todo escrito con una letra tan ordenada que casi daba vergüenza mancharla con una gota de café.

—¿Esto lo ha hecho a mano?

—Me ayuda a pensar.

—A mí me ayuda a pensar mirar el mar diez minutos, pero cada uno tiene lo suyo.

Benito ignoró el comentario con la dignidad de quien ya empezaba a acostumbrarse a que Candela comentara cualquier cosa que hiciera, y señaló el primer nombre de la lista con el boli.

—Empecemos por el principio. El martes por la mañana, Fermín hizo su ronda habitual. ¿A qué hora suele empezarla?

—Sobre las ocho. Pasa primero por el paseo, luego por la plaza, y a media mañana se toma un café aquí, casi siempre.

—¿Vino el martes?

—Sí. A eso de las diez. Se tomó un cortado y se comió una tostada con tomate, como siempre.

—¿Habló con usted?

—Hablamos de la fiesta. De si iba a montar la barra en la caseta este año, de si su chica se había decidido ya por el vestido. Nada del otro mundo.

Benito anotó algo, con la letra que a Candela ya empezaba a resultarle casi hipnótica de tan pulcra, y siguió bajando por la lista.

—Después de aquí, ¿adónde fue?

—Ni idea. Yo estaba en la cocina el resto de la mañana.

—Según los vecinos, a mediodía se le vio discutiendo con alguien cerca del ayuntamiento.

—Yolanda.

Lo dijo sin pensarlo demasiado, casi de forma automática, y en cuanto lo dijo se dio cuenta de que había algo raro en su propia voz al pronunciar ese nombre, algo que Benito, atento como era a los detalles, no dejó pasar.

—¿La conoce?

—De toda la vida. Fuimos juntas al colegio. Compartíamos pupitre en primaria, íbamos a la misma catequesis, hasta nos disfrazamos juntas un carnaval de langosta, con las dos pinzas hechas de cartón y todo.

—Parece que fueron muy amigas.

—Lo fuimos. Ya no tanto.

—¿Qué pasó?

—La vida, inspector. La vida pasó, y cada una tomó un camino distinto, y en algún punto dejamos de reconocernos del todo la una a la otra.

No quiso decir más, y Benito, con un instinto que a Candela le sorprendió, no insistió, aunque anotó algo en su carpeta, quizá solo el nombre subrayado, quizá algo más, imposible saberlo desde el ángulo en que ella estaba sentada.

—¿Es capaz de algo así?

—¿Yolanda? No. —Lo dijo demasiado rápido, y se dio cuenta de que Benito lo había notado, así que suavizó un poco el tono—. No lo sé, inspector. Hace mucho que no la conozco de verdad, la conozco de lejos, que es distinto.

—¿Y por qué discutirían?

—Ella tiene apartamentos. Fermín llevaba tiempo metido en un lío de un desahucio, un vecino mayor al que ella quería sacar de un piso para reformarlo, y Fermín se puso de parte del vecino. No sería la primera vez que discutían por eso.

Benito escribió el nombre de Yolanda en un recuadro aparte, con un signo de interrogación al lado, y pasó a la siguiente hora de su cronología.

—Por la tarde, ¿alguien lo vio?

—Un par de vecinos, supongo. Pregunte en la panadería, que cierran tarde y suelen ver pasar a todo el mundo.

—Ya lo he hecho. Nada útil.

—¿Y en el bar de la plaza?

—El camarero se ha ido a buscar hielo tres veces distintas mientras le hacía preguntas.

Candela se rió, la primera risa de verdad de toda la tarde, y Benito, para su propia sorpresa, sintió algo parecido al alivio al provocarla, aunque no habría sabido explicar por qué le importaba tanto.

—Ese es Manolo, el hijo. Le tiene miedo a todo lo que lleve placa desde que su padre tuvo un problema con Hacienda hace años. No es nada personal contra usted, inspector, es una fobia de familia.

—¿Manolo?

—Manolo el joven. El padre también se llama Manolo, y el abuelo también. En este pueblo no hay mucha originalidad con los nombres, ya se irá dando cuenta.

Benito tachó una línea de su cronología y añadió otra, y Candela, viéndolo trabajar así, con el método suyo tan cuadriculado, no sabía si exasperarse o admirarlo: exasperarse porque le parecía absurdo intentar meter Valdearenas entero en un esquema de flechas, y admirarlo porque, debajo de las flechas, había alguien que de verdad quería entender qué le había pasado a Fermín, no solo cerrar un expediente.

—¿Y Curro? —preguntó Candela, señalando un hueco en blanco de la lista—. ¿Lo ha puesto ahí también?

—Todavía no tengo su horario del martes.

—Estuvo aquí comiendo, como siempre. Se fue sobre las tres.

—¿Y después?

—Ni idea. Curro desaparece por las tardes y nadie le pregunta adónde va. Es su costumbre desde hace años.

Benito levantó la vista de la carpeta.

—Eso, para mí, es justo el tipo de dato que necesito anotar.

—Para mí es justo el tipo de dato que no significa nada.

Curro lleva desapareciendo por las tardes desde antes de que yo naciera, inspector.

Si empieza a sospechar de todo el que tiene una costumbre rara en este pueblo, se le va a acabar la lista de sospechosos en dos días y le van a sobrar cuatrocientas personas.

—Prefiero anotar de más que de menos.

—Y yo prefiero no señalar a un vecino de sesenta años por comer solo y desaparecer por las tardes. Eso no es investigar, eso es sospechar de la costumbre.

—Es procedimiento.

—Es un método que en un pueblo de trescientas personas lo convierte a usted en el hombre más odiado de la comarca antes de que acabe la semana.

Se quedaron mirándose un momento, ninguno de los dos dispuesto a ceder del todo, hasta que Benito, con un suspiro que sonó más a rendición táctica que a derrota real, tachó el nombre de Curro de la columna principal y lo pasó a un margen aparte, bajo un epígrafe que tituló, con cierta ironía que a Candela le sorprendió que tuviera, "verificar sin presionar".

—¿Contenta?

—Un poco más. Vamos mejorando.

—¿Y así piensa hacer con cada nombre de la lista? ¿Discutirme uno a uno?

—Así pienso hacerlo con cada nombre que usted trate como sospechoso solo por parecerle raro a ojos de fuera.

Aquí lo raro no significa lo mismo que en su comisaría, inspector.

Aquí lo raro a veces solo significa que llevas cuarenta años viviendo igual y a nadie más se le ha ocurrido preguntarte por qué.

Benito no contestó enseguida. Se quedó mirando la lista un momento, con la expresión suya de estar reajustando algo por dentro, y cuando volvió a hablar lo hizo más despacio, sin la sequedad de antes.

—¿Y cómo se supone que distingo lo raro de verdad de lo raro de toda la vida, si no conozco al pueblo?

—Para eso me tiene a mí.

—Ya. Empiezo a entender por qué mi comisario insistió tanto en que buscara colaboración local.

—O empieza a entender que su comisario sabía perfectamente que este caso no se resuelve solo con una carpeta y buena letra.

Benito sonrió otra vez, esta vez sin intentar disimularlo del todo, y anotó algo más en el margen, una nota pequeña que Candela no llegó a leer del todo al revés, aunque le pareció, por la forma de las letras, que no tenía nada que ver con el caso.

—¿Y por la noche? —preguntó, retomando el hilo—. ¿Alguien lo vio en la playa antes de que apareciera el cuerpo?

—No que yo sepa. Aunque con la fiesta a la vuelta de la esquina, hay chavales que se juntan por ahí a todas horas.

Igual alguno lo vio y no le dio importancia.

Encarna me comentó el otro día que su marido, que llegó tarde de pescar, dijo haber visto dos siluetas cerca de las rocas del final de la cala, pero iba con la barca y no se paró a mirar quién era.

—¿A qué hora fue eso?

—No se lo pregunté con esa precisión, la verdad. Se lo dijo de pasada, como quien comenta que hizo buena mar esa noche.

—Habrá que preguntárselo con más calma en algún momento.

—Se lo puedo preguntar yo mañana, si quiere. Es más fácil que se lo saque yo a Encarna en la compra que usted en un interrogatorio formal.

—¿Chavales de qué edad?

—Del instituto, supongo. Los de siempre.

Candela no pensó en Julia al decirlo, ni en Iván, ni en nadie en concreto; lo dijo como quien menciona una costumbre general del pueblo, sin ninguna sospecha detrás, y Benito lo anotó con la misma generalidad, como una línea más de una cronología que todavía no señalaba a nadie con claridad.

—Necesito hablar con Yolanda —dijo, cerrando la carpeta—. Formalmente, quiero decir. Como parte del procedimiento.

—Se lo va a poner difícil.

—¿Por qué?

—Porque a Yolanda no le gusta que la traten como sospechosa, y menos delante de todo el pueblo.

—No tengo intención de tratarla como sospechosa. Tengo intención de hacerle preguntas, que es diferente.

—Dígaselo a ella. A ver si la diferencia se la explica tan bien como me la ha explicado a mí.

Benito sonrió, un poco, lo justo para que se le notara debajo de la seriedad de siempre, y por un segundo, antes de recomponerse, pareció mucho más joven de lo que su forma de hablar dejaba suponer.

—¿Me acompaña?

—¿A ver a Yolanda?

—Sí. Usted la conoce. Puede ayudarme a que la conversación no se tuerza desde el principio.

Candela lo pensó un momento, con la parte de ella que no tenía ninguna gana de sentarse enfrente de Yolanda después de tantos años de distancia cordial, y otra parte, más terca, que necesitaba saber qué había pasado esa tarde cerca del ayuntamiento, aunque la respuesta le doliera.

—Mañana —dijo, al final—. Hoy no tengo cuerpo para más de una tragedia al día.

—Mañana, entonces.

Benito guardó la carpeta, se levantó, y antes de irse se quedó un segundo más de la cuenta mirando el hueco de la mesa donde había estado el papel, como si algo de la conversación se le hubiera quedado pegado ahí sin terminar de decirse del todo.

Candela lo notó, aunque no dijo nada, y se limitó a acompañarlo hasta la puerta con la misma cortesía tirante de siempre, esa que a esas alturas ya empezaba a parecerse, sin que ninguno de los dos lo reconociera todavía, a otra cosa completamente distinta.

Justo cuando Benito salía, Curro entraba, con su paso de siempre, ajeno por completo a que acababa de pasar dos minutos como protagonista principal de una discusión sobre metodología policial.

—¿Qué hacía aquí el de las gafas?

—Preguntando por ti.

—¿Por mí? ¿Y eso?

—Por lo de tus tardes desaparecidas. Le he dicho que llevas así toda la vida y que no significa nada.

Curro se sentó en su mesa, sin inmutarse lo más mínimo, con la tranquilidad de quien lleva sesenta años sin tener que dar explicaciones a nadie de nada.

—Pues no significa nada.

—Ya lo sé, Curro.

—Aunque si de verdad quiere saber dónde ando yo por las tardes, dígale que me pregunte directamente. Le voy a ahorrar el misterio.

—Se lo diré si insiste.

—Que insista. Yo no tengo nada que esconder.

Lo dijo con una tranquilidad tan absoluta que a Candela, por primera vez desde que había empezado todo aquello, le pareció que al menos había una persona en el pueblo de la que no tenía que preocuparse.

Aunque, mientras le servía el café de siempre, no pudo evitar preguntarse, solo un segundo, qué hacía Curro exactamente todas esas tardes que llevaba media vida desapareciendo sin que a nadie, hasta ese día, se le hubiera ocurrido preguntárselo en serio.