Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

La lista de la excursión a Sevilla apareció pegada en el corcho del pasillo el jueves a primera hora, sin previo aviso, como aparecían siempre las cosas importantes en ese instituto: sin ceremonia, entre un cartel del comedor y otro de una charla sobre reciclaje que nadie iba a leer.

Julia la vio de reojo al pasar y se paró en seco, obligando a la chica que iba detrás a esquivarla con un bufido.

—Va. Al final va.

Vanesa llegó corriendo desde el otro extremo del pasillo, con la mochila a medio cerrar y una energía que a esas horas de la mañana debería estar prohibida por ley.

—¿Va en serio o es otro bulo del AMPA?

—Hay fecha, hay autobús contratado y hay firma del director. Esto ya no es bulo, esto es oficial.

—¡Por fin! Llevamos desde octubre con esto.

—Llevamos desde octubre porque el autobús de la otra vez se averió camino de Sevilla y nos tuvieron tres horas parados en un área de servicio comiendo patatas de máquina.

—Fue divertido, no me digas que no.

—Fue una tortura con patatas.

Se sentaron juntas en la primera clase del día, que era de Historia y que ese jueves nadie tenía especial interés en seguir, y se pasaron media hora repasando la hoja de inscripción con la gravedad de un documento de máxima importancia estatal: quién se sentaba con quién en el autobús, quién llevaba bocadillo y quién iba a comprar algo por el camino, si merecía la pena llevar la cámara buena de la madre de Vanesa o si con el móvil bastaba.

—Yo me siento contigo —dijo Vanesa, con una seguridad que meses atrás habría sido impensable entre las dos.

—Obviamente. ¿Con quién si no?

—Podrías sentarte con Marina.

—Marina se marea en autobús y le da por hablar de su ex durante todo el trayecto. Prefiero las patatas de máquina.

Vanesa se rió, con la risa nueva suya, más suelta que antes de cortarse el flequillo: el desastre capilar de febrero le había hecho, de rebote, algún tipo de bien colateral que nadie había previsto.

El profesor de Historia, que llevaba dando la misma clase sobre la Ilustración desde hacía al menos tres cursos según la leyenda estudiantil, las pilló cuchicheando y les lanzó una mirada que en cualquier otro día habría bastado para callarlas de golpe.

—Señoritas, si la hoja de excursión les interesa tanto, quizá les interese también saber que Sevilla fue fundamental durante la Ilustración española.

—¿En serio? —preguntó Vanesa, con un interés tan repentino que sonó sospechoso incluso para el propio profesor.

—No especialmente, pero ha sonado bien para reconducir la clase.

Toda la fila se rió, incluida Julia, que apreciaba en secreto a ese profesor precisamente por soltar ese tipo de frases sin previo aviso, y la clase siguió su curso con algo más de atención de la que llevaba hasta entonces.

—Oye, ¿tu madre te va a dejar ir? Con todo lo de esta semana, digo.

—Es el mes que viene. Para entonces esto ya... —Julia se quedó a media frase, sin saber muy bien cómo terminarla, porque no tenía ni idea de en qué punto iban a estar las cosas para entonces, ni con el caso ni con nada—. Ya se verá.

—Ya.

Cambiaron de tema con la agilidad con la que solo cambian de tema los adolescentes cuando notan que algo se ha puesto serio de más, y pasaron el resto de la clase discutiendo asuntos de importancia vital: si el museo de Sevilla tendría tienda de recuerdos decente, si el profesor de guardia dejaría parar a comer algo por el camino que no fuera el bocadillo reglamentario, y si merecía la pena arriesgarse a llevar sandalias en mayo o si todavía hacía demasiado fresco.

En el recreo, el grupo se amplió: dos chicas más, un chico llamado Kevin que llevaba todo el curso enamorado de una de ellas sin que nadie se hubiera atrevido a decírselo directamente, y una discusión larguísima sobre qué canción debería sonar en el autobús si al final el conductor dejaba enchufar el móvil al altavoz, discusión que acabó, como acababan todas, sin ningún acuerdo real y con cada uno defendiendo su lista como si fuera cuestión de vida o muerte.

—Yo lo que digo es que necesitamos un ambiente unificado —dijo Kevin, con una solemnidad que no encajaba nada con el tema—. No puede ser reguetón cinco minutos y luego una balada, eso genera caos.

—El caos es divertido, Kevin.

—El caos en un autobús con curva de por medio no es divertido, es logísticamente un desastre.

Julia se rió tanto que se le escapó un poco de zumo por la nariz, lo cual generó una segunda ronda de risas todavía más larga que la primera, y por un rato, un rato de verdad, olvidó por completo la playa, la cinta amarilla, el inspector de las gafas de sol y todo lo demás, sencillamente porque tenía dieciséis años y estaba discutiendo con sus amigos sobre listas de reproducción, que era exactamente el tipo de discusión que le tocaba tener a esa edad.

La conversación derivó, como derivaban siempre las de ese grupo, hacia la fiesta patronal: quién iba a ir con quién, si este año por fin montaban la caseta del instituto como llevaban prometiendo desde tercero, y si Kevin iba a atreverse por fin a hablar con la chica que le gustaba antes de que acabara el curso.

—Este año sí —dijo Kevin, con la misma convicción con la que llevaba diciéndolo desde hacía dos años.

—Eso mismo dijiste el año pasado.

—Este año va en serio.

—También lo dijiste en serio el año pasado.

—Bueno, pues este año va MÁS en serio.

El grupo entero se rió, Kevin incluido, con la capacidad tan suya de reírse de sí mismo que Julia siempre había admirado un poco, aunque nunca se lo hubiera dicho, porque decírselo habría estropeado la gracia de meterse con él, que era, en el fondo, la forma que tenían todos de quererlo.

Fue al final del recreo, ya de vuelta a clase, cuando se le acercó la profesora de Plástica, una mujer joven que llevaba dos años dando clase en el instituto y que Julia apreciaba más que a la mayoría, aunque no se lo hubiera dicho nunca en voz alta.

—Julia, ¿cómo estás? Con lo de tu madre y todo esto.

—Bien. Aguantando.

—Si necesitas hablar con alguien, o si un día no puedes con los deberes, dímelo sin problema. No hace falta que finjas que todo va normal.

Julia se quedó un momento sin saber qué contestar, porque nadie más en el instituto, aparte de Vanesa esa mañana, le había preguntado con la naturalidad, sin el morbo de querer un cotilleo detrás.

—Gracias. De verdad.

—No hay de qué. Y por cierto, tu dibujo de la semana pasada era el mejor de la clase, aunque no lo dijera delante de todos porque ya sabes cómo se pone Kevin cuando alguien saca mejor nota que él en algo.

—Kevin se pone así con todo.

—Kevin se pone así con la existencia en general, me temo.

El dibujo en cuestión era un boceto rápido de "La Dorada" visto desde la arena, con el cartel torcido y las sillas de la terraza a medio recoger, algo que Julia había hecho casi sin pensar, en un rato muerto, copiando de memoria un sitio que llevaba viendo toda la vida y que nunca antes se le había ocurrido dibujar.

Le había salido mejor de lo que esperaba, y la sensación de que a alguien más, aparte de ella, le hubiera parecido bueno, le duró el resto del día con una calidez pequeña que no tenía nada que ver con el caso ni con el pueblo ni con nada de lo que llevaba encima esa semana.

Julia volvió a clase con una sonrisa que le duró casi toda la hora siguiente, pequeña pero real, del tipo que no borra nada de lo que hay debajo pero que, por un rato, le hace sitio a algo bueno encima.

A última hora, en vez de clase normal, tocaba "actividad de centro", que ese trimestre consistía en ayudar a montar la caseta del instituto para la fiesta patronal, una tradición que llevaba más años de los que nadie recordaba y que consistía, en la práctica, en que un grupo de alumnos pintara guirnaldas de cartulina mientras otro grupo se dedicaba a discutir sobre cómo deberían haberse pintado.

—Esto parece un campo de refugiados de purpurina —dijo Vanesa, mirando el suelo del gimnasio cubierto de recortes, pintura y algún que otro vaso de agua volcado.

—Cada año igual.

—Cada año prometo que el año que viene me apunto a otra actividad.

—Cada año dices lo mismo y cada año acabas aquí otra vez, con purpurina hasta en las cejas.

—Es que en el fondo me gusta.

—Ya lo sé. Por eso te dejo que sigas fingiendo que no.

Kevin apareció con una brocha en cada mano y una expresión de determinación que no pegaba con la tarea, que consistía en rellenar de amarillo un cartel con el nombre del instituto.

—He decidido una cosa.

—¿Qué cosa?

—Este año le voy a decir a Sara lo que siento. En la fiesta. Delante de todo el mundo si hace falta.

—Kevin, llevas diciendo eso desde tercero.

—Ya, pero este año tengo un plan.

—¿Cuál?

—Todavía no lo tengo del todo pensado. Pero cuando lo tenga, vais a ser las primeras en saberlo.

—Vaya honor.

Se pasaron la siguiente hora entre risas y pintura, con la profesora de Plástica supervisando desde la distancia con una paciencia que a Julia le pareció casi heroica, y para cuando terminaron, la caseta del instituto tenía ya media fachada de cartulina amarilla y una guirnalda torcida que nadie se atrevió a enderezar por miedo a que se cayera del todo.

Al salir, con las manos todavía manchadas de pintura que no había forma de quitar del todo con el jabón del baño del instituto, Julia se despidió de Vanesa en la parada de siempre y caminó el resto del camino sola, dándole vueltas, sin mucha convicción, a si Kevin sería capaz de verdad de decirle algo a Sara ese año, y a si ella misma, en algún momento, tendría también algo parecido que decirle a alguien.

Pensó en Iván un segundo, sin venir a cuento, y se rió sola de la tontería antes de descartarlo del todo. Ni loca. Bastante tenía ya con todo lo demás como para añadir esa complicación a la lista.

Al pasar por delante del escaparate de la papelería, se paró un momento a mirar su reflejo, todavía con una mancha de pintura amarilla en la muñeca que se le había resistido al jabón, y pensó, sin darle mayor importancia, que quizá el año que viene debería apuntarse a la optativa de Dibujo en vez de a la de Tecnología, aunque eso significara aguantar un curso entero de comentarios de su tutor sobre "las salidas profesionales del arte", que siempre sonaban a advertencia disfrazada de consejo.

Se lo apuntó mentalmente, en el mismo cajón donde guardaba últimamente demasiadas cosas, y siguió caminando hacia la parada.

A la salida, mientras esperaba el autobús con Vanesa, sacó el móvil y le mandó un mensaje a su madre sin pensarlo demasiado: "confirmado lo de sevilla, autobús nuevo, sin averías esta vez espero".

La respuesta de Candela llegó casi al momento, corta y con la misma media coña de siempre: "como se averíe otra vez el autobús le mando yo una carta al ayuntamiento que no se la esperan".

Julia se rió sola en la parada, lo bastante fuerte como para que Vanesa le preguntara qué le hacía tanta gracia, y por un instante, con el autobús llegando y la fiesta patronal a solo seis días vista, todo le pareció, si no exactamente normal, al menos manejable.