Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

El instituto de Valdearenas tenía ese día un silencio raro, distinto del silencio normal de un miércoles, más parecido al silencio de un examen que nadie ha estudiado.

A primera hora, el director había entrado en cada clase, uno por uno, para dar la noticia con las mismas palabras exactas en todas partes, como si las hubiera memorizado la noche anterior sin conseguir que sonaran menos frías: "Ya sabéis lo que ha pasado.

Fermín formaba parte de este pueblo y de este instituto.

Vamos a guardar un minuto de silencio." El minuto se hizo larguísimo, con la incomodidad especial que tienen los silencios impuestos entre adolescentes, entre toses disimuladas y el zumbido de algún móvil que alguien no había apagado a tiempo.

Julia pasó el minuto mirando la mesa, pensando en la manta de Curro sobre los hombros de su madre, y se dio cuenta, con una punzada rara, de que era la primera vez que el instituto entero paraba por algo que a ella no le sabía a lejano.

Todo el mundo hablaba de Fermín. En los pasillos, en la fila del comedor, en el patio donde normalmente sonaba música de algún móvil sin permiso, ese día solo se oían frases sueltas, todas parecidas: "yo lo vi la semana pasada", "mi madre dice que fue un extranjero", "seguro que fue por dinero".

Julia había pasado la mañana entera cambiando de tema cada vez que alguien se acercaba con demasiadas ganas de sonsacarle algo, porque ser la hija de la dueña de "La Dorada" esa semana significaba, sin comerlo ni beberlo, ser también una especie de fuente de información no oficial que todo el mundo quería consultar.

—¿Es verdad que tu madre encontró el cuerpo? —le preguntó una chica de segundo a la que Julia apenas conocía, en la cola del comedor.

—No. Lo encontró el hijo de los Almagro.

—Ya, pero tu madre estaba ahí, ¿no?

—Estaba en la playa como estaba todo el pueblo. No es lo mismo.

La chica se quedó con cara de decepción, como si Julia le hubiera negado un cotilleo que ya tenía medio contado a otra persona, y se fue a buscar información más jugosa en otra mesa.

Antes del comedor, en la clase de tercera hora, había pasado algo que a Julia se le quedó dando vueltas más de lo que hubiera querido.

El profesor de Lengua, que llevaba todo el año teniéndosela jurada a un chico de primero muy pequeño para su edad, se había puesto especialmente cargante ese día, quizá porque necesitaba desahogar el mal cuerpo general con alguien, y el chaval había acabado casi llorando delante de toda la clase por una tontería de deberes sin hacer.

Iván, que se sentaba al fondo y que en teoría no tenía nada que ver con ninguno de los dos, se había levantado sin pedir permiso.

—Déjelo ya, que es de primero y no ha matado a nadie por no traer los deberes un día que ha muerto un vecino del pueblo.

El profesor se había quedado tan sorprendido que ni siquiera lo había mandado a dirección, cosa rarísima tratándose de Iván, y el chaval de primero le había mirado con una gratitud tan clara que hasta Julia, que no solía fijarse mucho en esas cosas, lo había apuntado en algún rincón de la cabeza como algo que no encajaba del todo con la fama que llevaba encima.

Vanesa Roldán, que llevaba el flequillo ya casi crecido del desastre de febrero, se sentó a su lado con la bandeja y la miró con la cara de "vengo en son de paz" que solía preceder a preguntas incómodas.

—¿Cómo está tu madre?

—Mal. Bien. No sé. Mal-bien.

—Es normal.

—Ya lo sé que es normal, Vanesa. No necesito que me lo confirmes.

—Perdona.

Julia se arrepintió al momento del tono, porque Vanesa no tenía culpa de nada y encima llevaba semanas siendo, contra todo pronóstico, bastante decente, así que le dio un golpecito con el hombro a modo de disculpa silenciosa, el tipo de gesto que en su familia servía para arreglar más cosas que cualquier frase.

—Oye, ¿tú has visto raro a Iván hoy? —preguntó Vanesa, bajando la voz, con el tono especial que se reserva para el cotilleo de verdad, no el genérico de la mañana.

—¿Raro cómo?

—No sé. Antes en Lengua, y luego en el recreo estaba muy pendiente del móvil. Como esperando algo.

—Todo el mundo está raro hoy, Vanesa. Se ha muerto Fermín.

—Ya, pero esto era diferente.

Julia no le dio más vueltas en ese momento, aunque la frase se le quedó flotando un rato, como una miga que no llega a ser pista pero tampoco desaparece del todo.

Fue en ese momento, mirando distraída hacia el otro lado del comedor, cuando vio a Lucía.

Estaba sentada con su grupo de siempre, con el móvil en el regazo, por debajo de la mesa, tecleando con la concentración nerviosa que solo se tiene cuando la conversación importa de verdad.

Julia la conocía lo bastante bien como para distinguir un mensaje cualquiera de un mensaje que pesa, y este pesaba.

Lucía levantó la vista un segundo, la cruzó con la de Iván, que estaba tres mesas más allá con los suyos, y la volvió a bajar enseguida, con una rapidez que a cualquiera le habría pasado desapercibida y que a Julia, por algún motivo que no habría sabido explicar, no se le pasó.

No le dio más importancia. Media clase se pasaba el día mandándose mensajes por debajo de la mesa; no era ninguna novedad, y menos con Iván, que tenía fama de estar liado con media clase femenina al mismo tiempo, según la leyenda del instituto, una leyenda que probablemente exageraba tanto como todo lo demás que se decía de él.

Porque de Iván se decía de todo. Que había repetido curso dos veces.

Que se había peleado con un profesor el año pasado, aunque nadie sabía contar bien la historia dos veces igual.

Que su padre, Manolo, tenía que ir al instituto cada dos por tres a hablar con el director, y que salía siempre con la misma cara de estar apagando un incendio que no había empezado él.

Iván llevaba esa fama como quien lleva un abrigo demasiado grande: le sobraba por todas partes, pero ya no sabía quitárselo sin que se notara.

A la salida, Julia se cruzó con él en la puerta, casi sin querer, empujada por la avalancha de gente que salía a la vez cuando sonaba el timbre, y notó, sin darle ninguna importancia en ese momento, que llevaba las zapatillas manchadas de arena, como si hubiera pasado por la playa esa misma mañana antes de venir a clase.

—Perdona —dijo Iván, apartándose, con una educación que no le pegaba nada con la fama que arrastraba.

—No pasa nada.

Se quedaron un segundo más de la cuenta mirándose, ninguno de los dos sabiendo muy bien por qué, hasta que él se giró hacia el aparcamiento de bicis y ella hacia la parada del autobús, y ahí se habría acabado todo, si no fuera porque Julia, al girarse, vio a Lucía esperándolo un poco más allá, con la impaciencia disimulada de quien no quiere que se note que está esperando a alguien en concreto.

Y entonces sí que le dio, por primera vez, un poco de importancia. No mucha. Solo la justa para archivarlo mentalmente en un cajón etiquetado "raro, pero seguramente nada", el mismo cajón donde guardaba la mitad de las cosas que veía cada día en el instituto y que nunca llegaban a ningún sitio.

En el autobús de vuelta, le mandó un mensaje a Lucía sin pensarlo demasiado.

"¿Tú e Iván tenéis algo o me lo estoy inventando?"

La respuesta tardó más de lo normal en llegar, lo cual, en el lenguaje no escrito de los mensajes de instituto, ya era una respuesta en sí misma.

"Qué dices jajaja para nada, es un pesado que me pide apuntes"

Julia leyó el mensaje dos veces. Algo en el "jajaja" le pareció puesto de más, como quien se ríe fuerte para tapar otra cosa, pero no tenía ni ganas ni cabeza esa tarde para ponerse a analizar los signos de puntuación de su amiga.

Tenía otras cosas en la cabeza, y todas más grandes: su madre, Fermín, la playa, el hombre de las gafas de sol que ahora resultaba que iba a andar por su casa haciendo preguntas.

"Vale jaja", contestó, sin más, y guardó el móvil.

Se bajó del autobús dos paradas antes de la suya, como hacía siempre que quería andar un rato antes de llegar a "La Dorada", y en el paseo marítimo se cruzó con las banderolas de la fiesta patronal, ya colgadas casi del todo, ondeando con el mismo viento que llevaba días sin decidirse.

Faltaban siete días. Antes de anteayer, siete días le habían parecido una eternidad emocionante, la cuenta atrás hacia la única semana del año en que Valdearenas se llenaba de luces y de música y de una energía que a Julia, en el fondo, le encantaba aunque fingiera lo contrario delante de sus amigas.

Ahora, con Fermín todavía sin enterrar y su madre respondiendo preguntas de un inspector con gafas de sol, esos siete días le parecían, simplemente, los días que faltaban para algo que ya no sabía muy bien cómo iba a sentirse.

Por el camino se cruzó con dos vecinas que hablaban en la puerta de la papelería, bajando la voz al verla pasar, aunque no lo bastante rápido como para que Julia no pillara al vuelo la palabra "apartamentos" y el nombre de Yolanda, seguido de un "pobre Candela, con todo lo que tiene encima esta semana" que la hizo caminar un poco más deprisa de lo normal, sin ganas de que la vieran escuchando ni de tener que explicarle a nadie de qué iba aquello.

Cuando llegó a "La Dorada", su madre estaba fregando la barra con una energía sospechosa, la que solo le salía cuando necesitaba las manos ocupadas para no pensar en otra cosa.

—¿Qué tal el insti?

—Raro. Todo el mundo hablando de lo mismo.

—Normal.

—Eso mismo le he dicho yo a Vanesa, y luego me he sentido fatal por decírselo así.

Candela sonrió, sin dejar de fregar, con la media sonrisa que le salía cuando estaba orgullosa de algo sin querer decirlo del todo.

—Le has pedido perdón, ¿no?

—Con un golpe de hombro. Que en mi idioma cuenta como disculpa oficial.

—En el mío también contaba.

Julia se sentó en el taburete de siempre, con la mochila todavía a la espalda, y se quedó mirando a su madre fregar la misma zona de barra durante más tiempo del que hacía falta para dejarla limpia.

Pensó en contarle lo de Lucía y el "jajaja" raro, y también en lo de Iván levantándose por el chico de primero, dos cosas pequeñas que por separado no significaban nada y que juntas tampoco es que significaran mucho más, así que decidió guardárselas, sin más, en el mismo cajón mental de siempre.

—¿Estás bien? —le preguntó, en cambio, con una seriedad que no era propia de las cinco de la tarde de un miércoles cualquiera.

Candela dejó de fregar un segundo.

—Voy a estarlo. Hoy todavía no del todo. Pero voy a estarlo.

Julia asintió, aceptó esa respuesta como se aceptan las cosas que no se pueden arreglar más rápido por mucho que uno quiera, y no subió a hacer los deberes hasta bastante más tarde, prefiriendo quedarse un rato más ahí abajo, en el taburete, cerca de su madre, sin necesidad de decir nada más.