Capítulo 5
Doña Pura recibió al inspector Zamorano con café, magdalenas y una hora y cuarto de vida que él no le había pedido.
Empezó bien. Benito se sentó en el saloncito de la señora, con su libreta abierta en una página en blanco y un boli listo para tomar nota de cualquier cosa relevante sobre los últimos movimientos de Fermín, y ella empezó a hablar con la fluidez de alguien que llevaba toda la vida esperando que alguien le hiciera esa pregunta.
—Fermín, hijo, era un santo. Un santo con placa, que ya es raro de encontrar. ¿Sabe usted que una vez me acompañó a casa cargando la compra porque me había hecho daño en la cadera? Y no me cobró nada, ¿eh? Que hoy en día todo el mundo cobra por todo.
—¿Y en los últimos días notó algo raro en él? ¿Alguna preocupación, alguna discusión?
—Pues mire, ahora que lo dice, el martes pasado tuvo unas palabras con el hijo de los Salcedo, por el tema de los perros, que llevan sueltos por la plaza y hacen sus cosas donde no deben, que yo ya lo dije en su día, que como sigan así vamos a tener un disgusto...
—¿Un disgusto de qué tipo?
—Pues de los disgustos de toda la vida, hijo, de que alguien se resbale.
Benito anotó "perros" en la libreta con una caligrafía que ya empezaba a delatar cierto desánimo.
—¿Algo más? ¿Alguna discusión más seria?
—Ay, no sé, no sé. Yo de esas cosas no me entero, que yo a lo mío.
Aunque, ahora que lo pienso, mi vecina la de al lado, la del quinto, dice que vio a Fermín hablando muy alterado con alguien el martes por la tarde, cerca del ayuntamiento, pero yo eso no lo puedo confirmar porque yo no lo vi, ¿eh?
Que yo solo digo lo que me han dicho, que no es lo mismo.
—¿Con quién hablaba?
—Eso no lo sé, hijo. Pregúntele a mi vecina.
—¿Y cómo se llama su vecina?
—Pues Pepa, la del quinto. Aunque a esta hora estará en la peluquería, que los miércoles le toca.
Benito escribió "Pepa, peluquería, miércoles" en la libreta, con la sensación creciente de estar armando un mapa del tesoro sin ninguna X marcada al final. Intentó reconducir.
—¿Sabe si Fermín tuvo algún problema económico? ¿Deudas, algo así?
—¿Fermín? Qué va, hijo, si él vivía con lo justo y feliz. El que sí anda mal de dinero es el marido de mi sobrina, que ese sí que tiene un lío de tarjetas que no veas, pero eso no tiene nada que ver con esto, ¿verdad? Aunque si quiere le cuento, que es una historia que no se la cree nadie.
—No, gracias, no hace falta.
—Como usted quiera. Aunque le digo que es de estas cosas que luego una lo cuenta y la gente se queda con la boca abierta.
Benito cerró la libreta despacio, con la calma de quien sabe reconocer una batalla perdida, y aceptó una segunda magdalena por pura educación, aunque ya no le quedaban ganas de nada dulce.
Salió de casa de doña Pura cuarenta minutos después de lo previsto, con tres nombres nuevos que no sabía situar, un rumor sobre unos perros que probablemente no tenía nada que ver con nada, y la vaga sensación de que en Valdearenas la información no se entregaba: se cultivaba, con paciencia, generación tras generación, y él llevaba menos de un día allí.
El bar de la plaza fue la siguiente parada, y ahí las cosas no mejoraron. Detrás de la barra había un chico de unos veinticinco años, con un trapo al hombro y la cara de quien lleva toda la vida trabajando en el mismo sitio sin haber elegido del todo hacerlo.
—Buenas. Inspector Zamorano. Quería hacerle unas preguntas sobre Fermín.
El chico se puso pálido de un modo que a cualquiera le habría llamado la atención, aunque a Benito, que todavía no distinguía los matices del pueblo, le costó saber si era miedo, pena o simple incomodidad de que le hablara la autoridad.
—Yo no sé nada.
—No le he preguntado nada todavía.
—Ya, pero no sé nada de todas formas.
—¿Estaba usted trabajando ayer por la tarde?
—Sí.
—¿Vio a Fermín por aquí?
—A lo mejor. No me fijo mucho en quién entra y sale.
—Es un bar pequeño.
—Por eso mismo, hay mucho movimiento.
El chico miró hacia la trastienda con una urgencia repentina, como si de pronto hubiera recordado algo vital que resolver ahí dentro.
—Perdone, tengo que ir a por hielo.
—Ya tiene hielo. Lo tiene ahí, en la máquina, a menos de un metro.
—Es hielo distinto.
Desapareció detrás de una cortina de plástico y tardó casi un cuarto de hora en reaparecer, tiempo que Benito empleó en observar el bar y confirmar que absolutamente nadie más le dirigía la palabra por voluntad propia, aunque sí notó, con cierta incomodidad, que varios clientes lo miraban de reojo entre sorbo y sorbo, con la misma curiosidad recelosa que se reserva para los toros y para los forasteros con placa.
Una mujer intentó cerrarle la puerta de su casa poco después con la excusa de que tenía la comida en el fuego, aunque desde la calle no se olía nada, y un pescadero contestó a sus preguntas con monosílabos tan cortos que Benito llegó a plantearse, en serio, si el hombre sabía hablar en frases completas o si las reservaba solo para el pescado.
A las cinco menos cuarto, Benito estaba sentado en el coche, frente a "La Dorada", con la libreta llena de anotaciones que no formaban ninguna frase útil, preguntándose si su comisario, al mandarlo aquí, sabía exactamente el tipo de castigo que le estaba dando o si simplemente había tenido suerte.
Entró en "La Dorada" a las cinco en punto. Candela ya estaba esperándolo, con el pelo recogido de otra manera, señal de que efectivamente se había echado la siesta prometida, y con dos cafés servidos sobre la barra sin que él los hubiera pedido.
—¿Cómo le ha ido con el pueblo?
—Mal.
—¿Solo mal?
—Doña Pura me ha hablado de perros sueltos, de una vecina llamada Pepa que está en la peluquería, y del marido de su sobrina, que por lo visto tiene un problema con las tarjetas de crédito que no tiene nada que ver con nada.
Candela se rió, una risa corta que no llegó a esconder del todo el cansancio de debajo.
—Eso es doña Pura funcionando a pleno rendimiento. Ha tenido usted suerte, normalmente tarda dos horas en llegar a las tarjetas de crédito.
—¿Es normal esto?
—Es exactamente normal. Aquí nadie le va a mentir, inspector. Pero tampoco le van a decir la verdad directa a la primera, con un forastero, sin conocerlo de nada. Aquí las cosas se cuentan con rodeos, por educación y por costumbre, y usted necesita que alguien le traduzca los rodeos.
Benito le dio un trago al café, que estaba bueno, mejor de lo que esperaba, y se quedó mirando el fondo de la taza un momento antes de decir lo que llevaba media tarde masticando.
—Necesito su ayuda.
—Ya lo sé.
—No se lo estoy pidiendo con gusto.
—Ya lo sé también. Se le nota en la cara de estar tragando algo que no le gusta.
—Es que no me gusta. Yo trabajo con protocolo, con pruebas, con procedimiento. No con... esto.
—¿Esto qué? ¿Con gente?
—Con un pueblo entero que funciona como si fuera una sola persona con trescientas cabezas.
Candela sonrió, esta vez de verdad, con una sonrisa que a Benito le pareció, sin saber muy bien por qué, la primera cosa amable que le pasaba en todo el día.
—Bienvenido a Valdearenas, inspector. Aquí se investiga tomando café, con paciencia, y sabiendo quién es cuñado de quién. Si quiere resolver esto rápido, va a necesitar a alguien que conozca el árbol genealógico completo del pueblo. Y ese soy yo.
—¿Y a cambio?
—A cambio, usted me dice la verdad de lo que va averiguando. Sin dorarme la píldora, sin protegerme de nada. Fermín era mío tanto como suyo será este caso, y no pienso quedarme fuera de lo que le pasó.
—Eso puede ser delicado. Hay cosas que en una investigación no se comparten así como así.
—Entonces no hay trato.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más. Yo no le pido que me deje entrar en el atestado, inspector. Le pido que no me trate como si fuera sospechosa cuando lo único que quiero es entender qué le pasó a un amigo.
Benito se quedó mirándola un momento, calculando, con la cara suya de estar sopesando protocolos que probablemente no cubrían ninguna situación parecida a esta, y al final asintió, despacio, como quien firma algo sin estar del todo convencido pero sabiendo que no le queda otra salida razonable.
—De acuerdo. Lo que se pueda compartir, se comparte.
—Y una cosa más.
—¿Qué?
—A mi hija, fuera de esto. Tiene dieciséis años. Ya bastante tiene con lo de anoche como para que encima ande usted haciéndole preguntas de investigación.
—No pensaba hacérselas.
—Mejor. Porque si se le ocurre, el trato se cancela ahí mismo.
Benito lo pensó un segundo, dio otro trago al café y extendió la mano por encima de la barra, en un gesto tan formal que a Candela le dieron ganas de reírse otra vez, aunque no lo hizo, porque algo en la seriedad de ese gesto le pareció, también sin saber muy bien por qué, la primera cosa que le inspiraba confianza de verdad en todo el día.
—Trato hecho.
—Trato hecho, Good... —Candela se cortó a media palabra, tosiendo de repente con una convicción que no engañaba a nadie que la conociera, aunque Benito, que todavía no la conocía nada, no tuvo forma de notarlo.
—¿Perdón?
—Nada. Que trato hecho.
Se estrecharon la mano. Fue un apretón correcto, profesional, del tipo que no debería significar nada más que el cierre de un acuerdo de trabajo, y sin embargo los dos, por separado, sintieron la necesidad de soltarla un segundo antes de lo estrictamente necesario.
Julia, que llevaba un rato escuchando desde lo alto de la escalera con la excusa de bajar a por un vaso de agua que no había ido a buscar todavía, esperó a que se cerrara la puerta del inspector para bajar del todo, con una sonrisa que no se molestó en disimular.
—Así que ahora trabajáis juntos.
—Colaboramos. Que no es lo mismo.
—Ya. ¿Y por qué se te ha puesto la voz rara al despedirte?
—No se me ha puesto la voz rara.
—Mamá, te ha temblado hasta la última sílaba de "hasta mañana".
—Estoy cansada, Julia. Llevo un día horrible.
—Ya, ya. Cansada. Claro.
Candela le tiró el trapo, sin apuntar demasiado, y Julia lo esquivó con la misma facilidad de siempre, riéndose de un modo que a Candela, en medio de todo lo que llevaba encima desde la noche anterior, le supo a algo parecido al alivio: la prueba de que, pasara lo que pasara, todavía quedaba sitio para reírse un poco, aunque solo fuera un poco, aunque solo fuera de eso.