Capítulo 4
Benito Zamorano llevaba gafas de sol un día nublado, lo cual, para cualquiera que conociera un mínimo de meteorología de interior, ya decía bastante de él antes de que abriera la boca.
Llevaba conduciendo desde las cinco de la madrugada, con la radio apagada casi todo el trayecto porque no había encontrado ninguna emisora que no le sonara a burla en esas circunstancias, y con una sola frase de su comisario dándole vueltas en la cabeza desde el día anterior: "Es solo hasta que se calmen las cosas por aquí, Zamorano.
Un pueblo pequeño, un caso sencillo, entras y sales.
" Nadie le había explicado del todo qué significaba "hasta que se calmen las cosas", aunque él tenía una idea bastante clara, y esa idea tenía nombre y apellidos de compañero de comisaría al que ya no le hablaba nadie desde que Benito había puesto por escrito lo que llevaba meses viendo y callando.
Valdearenas le pareció, nada más entrar, exactamente el tipo de sitio del que la gente habla con nostalgia sin haber tenido que vivir en él en marzo, con el viento de levante entrando por cada rendija y las persianas medio bajadas de los negocios que solo abrían en verano.
Había llegado a las nueve de la mañana, con un coche oficial que olía a ambientador de pino y una maleta pequeña, de esas que se hacen deprisa y sin ganas, y lo primero que había hecho, antes incluso de presentarse en el ayuntamiento, había sido bajar a la playa a ver con sus propios ojos el sitio donde ya no había nada que ver, solo cinta amarilla ondeando con el mismo viento de siempre y la arena removida de una noche de gente yendo y viniendo sin cuidado.
Se quedó ahí un rato, de pie, con las manos en los bolsillos de una chaqueta que no era la adecuada para la costa en marzo, calculando distancias que no llevaban a ningún sitio todavía.
Un guardia civil joven, el mismo que la noche anterior se había quedado sin tinta a mitad de una frase, le resumió lo poco que había: la hora aproximada, el nombre del chico que lo había encontrado, el hecho de que en Valdearenas no quedaba nadie con placa desde que Fermín había dejado de tenerla.
—¿Y quién llevaba el orden aquí, aparte de él?
—Nadie, jefe. Fermín era el pueblo entero. Para lo bueno y para esto.
Benito anotó eso mentalmente como el primer dato útil de la mañana: un pueblo sin más autoridad que la de un solo hombre, ahora muerto, y trescientos y pico vecinos que llevaban toda la vida resolviendo sus cosas entre ellos, sin necesidad de que nadie de fuera les explicara cómo.
Eso no era un caso sencillo. Eso era, para alguien como él, territorio hostil antes incluso de haber hecho la primera pregunta.
Miró hacia el único negocio con las luces encendidas a esa hora, un cartel torcido que decía "La Dorada" en letras que en algún momento habían sido doradas de verdad, y decidió que por algún sitio había que empezar.
La campanilla sonó con su tono normal, el de todos los días, y eso a Candela, que llevaba doce horas sin dormir del todo, le pareció casi un insulto. Que la puerta no supiera lo que había pasado. Que siguiera sonando igual.
—Buenos días. Busco a Candela Reyes.
Candela levantó la vista de la cafetera. Vio las gafas de sol, el traje que no pegaba con nada, la placa que él enseñó con un gesto rápido, casi automático, como quien ha hecho ese mismo movimiento cien veces en comisarías con mejor calefacción.
—Depende de quién pregunte.
—Inspector Zamorano. Vengo por lo de anoche.
—Ya somos dos. Todo el pueblo viene por lo de anoche.
—Necesito hacerle unas preguntas.
—Y yo necesito dormir, comer algo y no llorar más hasta que se me acabe. Por orden de prioridad, usted va el cuarto.
Benito se quitó las gafas. Fue casi un acto reflejo, como si con eso pudiera arreglar algo, y debajo tenía los ojos de alguien que tampoco había dormido, aunque por motivos completamente distintos: los de quien ha pasado la noche en un coche, en una carretera que no conocía, camino de un sitio al que no había pedido ir.
—Lo siento por su pérdida. Pero necesito empezar cuanto antes.
—¿Mi pérdida? Usted no sabe ni quién era.
—Un policía local. Muy querido en la zona, según me han informado.
—Se llamaba Fermín. Le enseñó a nadar a media playa. Iba a casarse este verano. Ayer se comió un choco frito en esa mesa de ahí y me hizo prometerle que se la guardaba libre para la fiesta. Eso es lo que me han informado a mí.
Se quedaron mirándose un momento, ella con la cafetera todavía en la mano, él con las gafas colgando de dos dedos, y en ese silencio corto pasó algo que ninguno de los dos supo nombrar todavía: el reconocimiento mutuo de que estaban hablando idiomas distintos sin necesidad de cambiar de lengua.
—Mire —dijo Benito, más despacio—. Sé que esto es difícil. Pero cuanto antes tengamos información, antes...
—Antes ¿qué? ¿Antes se resuelve? Usted lleva aquí cuarenta minutos y ya viene con "antes qué".
—Es mi trabajo.
—Pues hágalo con alguien que no haya visto el cadáver de un amigo en la arena hace nueve horas.
—No tengo otra opción, señora Reyes. No conozco a nadie más en este pueblo, y cuanto más tiempo pase, más frío se queda todo lo que la gente pudiera recordar.
—¿Frío? Aquí no se ha enfriado nada, inspector. Aquí lo único que se ha enfriado es Fermín, y llevamos nueve horas sin poder pensar en otra cosa.
Benito bajó un poco la voz, consciente, quizá por primera vez desde que había cruzado la puerta, de que se había equivocado de palabra.
—No pretendía decir eso.
—Pues es lo que ha dicho.
—Lo retiro.
—No se puede retirar lo que ya se ha dicho. Se puede pedir perdón, que es distinto.
Se hizo un silencio breve, casi quirúrgico, en el que Benito pareció sopesar si merecía la pena discutir ese punto o dejarlo pasar, y algo en su cara, una especie de cansancio que no tenía nada que ver con la falta de sueño, le hizo decidirse por lo segundo.
—Perdón —dijo, sin dramatismo, sin la solemnidad que Candela esperaba de un forastero con placa—. No pretendía sonar así.
Candela lo miró un segundo de más, sorprendida de que la palabra le hubiera salido tan fácil, sin regate ni excusa detrás, y algo en ella se ablandó un grado, solo un grado, lo justo para seguir hablando en vez de echarlo por la puerta.
Julia bajó las escaleras en ese momento, con el pelo sin peinar y una cara de sueño que no ayudaba a disimular que también había pasado la noche escuchando llorar a su madre a través de la pared. Se quedó parada al ver al hombre del traje.
—¿Y este quién es?
—El inspector de fuera —dijo Candela, con un tono que dejaba muy claro en qué cajón mental acababa de colocarlo.
—Ah. El que no conoce el pueblo.
—Ese mismo.
Benito miró a una y a otra, notando que se había convertido, en menos de un minuto, en un personaje de una conversación que ellas ya tenían montada de antes, sin él, y que ahora tocaba interpretar sin guion.
—Puedo volver más tarde —dijo, aunque sonó más a pregunta que a afirmación.
—Puede. Pero le va a dar exactamente igual, porque el pueblo entero está tan cansado y tan destrozado como yo, así que si espera encontrar a alguien fresco y colaborador esta mañana, se va a llevar un chasco detrás de otro.
—Entonces prefiere que no investigue.
—Prefiero que investigue con un poco de humanidad, que no es lo mismo.
Benito volvió a ponerse las gafas, quizá porque necesitaba un segundo detrás de algo, quizá porque el sol había decidido salir justo en ese momento a través de la cristalera, con la ironía que solo tienen las mañanas de después de una tragedia, empeñadas en seguir siendo bonitas pase lo que pase.
—Necesito saber quién estuvo con él ayer. Con quién habló. Si notó algo raro los últimos días. Y necesito a alguien que conozca a la gente de aquí, porque yo no tengo ni idea de quién es quién, y en un pueblo así eso es tan importante como las pruebas.
—¿Me está pidiendo ayuda?
—Le estoy pidiendo información.
—Eso en Valdearenas se llama ayuda, inspector.
Se hizo otro silencio, más corto que el anterior, en el que Candela se lo pensó de verdad, con la cafetera todavía humeando entre las dos manos, y Julia observando la escena con la misma atención con que hubiera visto un partido, esperando a ver quién soltaba la siguiente frase y de qué lado se ponía.
—Vuelva a las cinco —dijo Candela, al final—. Cerramos la cocina, hay menos gente, y para entonces habré dormido una siesta que buena falta me hace.
—A las cinco.
—Y quítese esas gafas dentro de un local, que estamos en marzo y no en Marbella.
Benito no contestó. Se las quitó, esta vez sin ironía, se las guardó en el bolsillo de la chaqueta y salió con el mismo paso corto y correcto con el que había entrado, dejando tras de sí un silencio distinto al de antes: no el de la pena, sino el de una tregua incómoda que ninguna de las dos sabía todavía si iba a durar hasta las cinco.
En la calle, antes de llegar al coche, se cruzó con una señora mayor que llevaba una libreta con gomilla y que lo miró de arriba abajo con la misma discreción que un foco de estadio.
—¿Es usted el de fuera?
—Inspector Zamorano, sí.
—¿Y va a coger al que ha sido?
—Voy a intentarlo.
—Pues más le vale, porque a Fermín lo queríamos todos, y este pueblo no se va a quedar tranquilo hasta que alguien pague por esto.
Benito le dio las gracias sin saber muy bien por qué, se metió en el coche y se quedó un momento con las manos en el volante, sin arrancar, notando por primera vez desde que había salido de Valladolid una sensación que no esperaba encontrarse tan pronto: la de que aquello, por pequeño que pareciera sobre el papel, le iba a costar mucho más de lo que su comisario le había hecho creer.
—Es majo —dijo Julia, en cuanto se cerró la puerta.
—Es un plasta.
—Yo he dicho majo, no fácil.
—Julia.
—¿Qué? Tiene la cara de estar todo el día a disgusto en un sitio con playa. Eso tiene mérito.
Candela no contestó. Se giró hacia la cafetera, le dio la espalda a la puerta y a la conversación, y Julia, que la conocía lo bastante bien como para saber cuándo un silencio era de cansancio y cuándo era de otra cosa, decidió dejarlo estar.
Ya habría tiempo, pensó, de ponerle motes a Benito Zamorano.
De momento, con "el inspector de fuera" bastaba.
Aunque a Candela, mientras terminaba de fregar la cafetera con más fuerza de la necesaria, ya se le había ocurrido uno.
Lo pensó sin querer, casi sin darse cuenta, mientras repasaba mentalmente la cara seria bajo las gafas, el nombre de pila que no le pegaba nada a la cara que llevaba debajo, ese punto correcto y a la vez mono que tenía el hombre, tan lejos del malote que su nombre parecía prometer y tan cerca, en cambio, de otra cosa que Candela no estaba dispuesta a nombrar todavía ni siquiera para sí misma.
Good Bonnie, pensó. Por Bad Bunny, pero bueno, porque no tenía ni una pizca de malote encima.
Sonrió a su pesar, sola, delante de la cafetera, con la casa todavía llena del silencio raro de después de un velatorio que no había sido velatorio del todo, y decidió que ese mote, de momento, se lo iba a guardar para ella.
Y para Julia, en cuanto encontrara el momento de contárselo, porque algunas cosas hay que compartirlas con alguien o dejan de tener toda la gracia.