Capítulo 3
A las diez de la noche, Valdearenas tenía dos tipos de silencio.
El de las calles, que era el de siempre, el que llevaba puesto desde que el pueblo existía.
Y el de "La Dorada" a esa hora, que era un silencio más de trabajo que de calma: el runrún del lavavajillas, el roce de las sillas al subirlas a las mesas, Julia barriendo con la energía justa para que pareciera que barría.
Candela estaba contando la caja cuando oyó los primeros gritos.
No fueron gritos de fiesta. En un pueblo que llevaba ocho días de cuenta atrás para la patrona, cualquiera sabía distinguir un grito de alegría de otro que no lo era. Este no lo era. Tenía ese filo agudo que solo tienen los gritos que avisan de algo que ya no tiene arreglo.
—Julia, quédate aquí.
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Por eso te digo que te quedes.
Julia no se quedó, claro. Salió detrás de su madre con la escoba todavía en la mano, sin que le sirviera de nada llevarla, y las dos llegaron a la arena al mismo tiempo que medio pueblo, atraído por el mismo sonido, convergiendo desde direcciones distintas con la misma cara de no querer creerse lo que estaban a punto de ver.
Había un grupo pequeño formado ya junto a la orilla, ese tipo de grupo que se forma sin que nadie lo organice, con la gente pegada unos a otros sin llegar a acercarse del todo al centro.
Alguien lloraba. Alguien más repetía "no puede ser, no puede ser" con la voz rota, como un disco que se ha quedado enganchado en el mismo surco.
Candela reconoció el uniforme antes de reconocer la cara.
Y luego reconoció la cara.
—No.
Lo dijo bajito, para sí misma, aunque a su alrededor nadie hablaba tan bajo como para que no se oyera. Julia le cogió la mano sin que ninguna de las dos lo decidiera del todo, un gesto reflejo, de esos que el cuerpo hace antes de que la cabeza tenga tiempo de procesar nada.
Fermín estaba tendido a pocos metros del agua, con la quietud que no se parece a ninguna otra quietud, la que deja claro sin necesidad de que nadie lo diga que ya no hay urgencia posible, que lo que había que hacer ya no hay quien lo haga a tiempo.
Candela lo había conocido de toda la vida.
Literalmente de toda la vida: sus padres y los de Fermín se conocían de antes de que ninguno de los dos naciera, y había fotos en algún cajón de la casa donde aparecían los dos, con cinco años, con el mismo flotador de pato alrededor de la cintura, jugando en esa misma playa.
Fermín le había enseñado a montar en bici en la calle de detrás del restaurante, sujetándole el sillín con una mano mientras corría a su lado gritando "no mires al suelo, mira hacia donde vas", una frase que Candela había repetido después, sin darse cuenta, cada vez que Julia había tenido miedo de algo nuevo.
Fermín había ido a su boda, hacía diecisiete años, con un traje que le quedaba pequeño y que se puso de todas formas porque no había tiempo de comprar otro, y había bailado con ella la última canción de la noche porque el novio ya se había quedado sin batería.
Fermín, hacía apenas dos semanas, se había comido un plato de choco frito en la mesa de siempre y le había dicho, con la boca aún llena, que ese año pensaba proponer matrimonio a su chica antes de que acabara el verano, y le había hecho jurar que le guardaría la mesa libre para la celebración.
Candela se soltó de la mano de Julia, dio dos pasos hacia el grupo, y alguien —no llegó a ver quién, todo se le hacía borroso desde ese momento— la sujetó del brazo antes de que llegara más cerca.
—No te acerques, Candela. Ya han llamado a la Guardia Civil.
—Es Fermín.
—Lo sé.
—Es Fermín.
Lo repitió esperando que repetirlo cambiara algo, que a fuerza de decirlo el nombre dejara de referirse a lo que tenía delante y volviera a ser solo el nombre de un amigo que llegaba tarde a todas partes menos a ayudar.
El pueblo entero pareció apagarse. Alguien fue corriendo a quitar la megafonía de la plaza, que seguía probando el pasodoble sin que a nadie se le hubiera ocurrido pararla, y el silencio que se hizo después fue todavía peor que la música, porque dejaba sitio a todo lo demás: al llanto de la novia de Fermín, que había llegado corriendo en chanclas y bata, al murmullo bajo de la gente intentando entender algo que no tenía ninguna prisa por dejarse entender, al sonido del mar, que seguía haciendo lo mismo que hacía siempre, ajeno del todo a que algo se había roto para siempre en la orilla que bañaba cada noche sin pedir permiso.
Julia se quedó un poco apartada, todavía con la escoba en la mano, sin saber muy bien qué hacer con los brazos ni con las piernas ni con nada.
Vio a su madre temblar sin llorar, que es una de las cosas más raras de ver en una persona a la que uno cree conocer entera, y por primera vez en su vida no supo qué frase decir para arreglarlo.
No había frase. Se dio cuenta con una claridad que le dolió más que cualquier otra cosa esa noche: algunas cosas no se arreglan con una réplica rápida y un chiste a tiempo. Algunas cosas solo se aguantan.
Curro apareció entre el gentío con una manta que nadie le había pedido y se la puso a Candela sobre los hombros sin decir nada, sin necesidad de decir nada, y se quedó de pie a su lado, tan cerca que sus brazos casi se tocaban, mirando lo mismo que miraba ella.
Más tarde, cuando por fin empezaron a moverse de vuelta hacia el pueblo, Curro se adelantó sin que nadie se lo pidiera y pasó por "La Dorada" antes que ellas para bajar la persiana a medias, recoger las sillas que habían quedado fuera y apagar las luces de la terraza, de forma que cuando Candela y Julia llegaran no tuvieran que ocuparse de nada más que de subir a casa.
No dijo que lo había hecho. Candela lo notó al día siguiente, al ver las sillas ya recogidas, y no le hizo falta preguntar quién había sido.
—¿Quién lo ha encontrado? —preguntó alguien, en algún punto del grupo, con la necesidad humana de poner orden a base de preguntas cuando todo lo demás se ha desordenado.
—El hijo de los Almagro. Iba a recoger las redes.
—¿Y qué...?
—No se sabe. Dicen que se cayó. Dicen que le dieron. No se sabe nada.
—¿Y la policía qué dice?
—Que hay que esperar. Que van a mandar a alguien de fuera para el caso.
—Pues yo esta tarde lo vi discutiendo con Yolanda, la de los apartamentos —dijo una voz de mujer, un poco más atrás, con el tono de quien suelta una información a medias esperando que otro la complete—. Cerca del ayuntamiento. Voces subidas, de las de verdad.
—Eso no quiere decir nada, Encarna, esos dos llevan discutiendo por lo del desahucio desde hace meses.
—Yo solo digo lo que vi.
—Pues no lo digas tan alto, que ni siquiera se sabe todavía qué ha pasado.
Un poco más allá, dos chicos jóvenes que Candela reconoció vagamente del instituto —amigos de Julia, o amigos de amigos de Julia, esa categoría difusa que ya no sabía distinguir del todo— cuchicheaban entre ellos con las cabezas muy juntas, mirando hacia la cinta amarilla con el morbo asustado que solo se tiene a los dieciséis años, cuando la muerte todavía es una cosa que les pasa a los demás.
—¿No estuvo Fermín antes por la playa, cuando estábamos nosotros? —dijo uno.
—Calla, no digas nada. Ni se te ocurra decir con quién estabas.
—Si no digo nada, solo pregunto.
—Pues pregúntatelo para ti. Y borra esa foto, anda, que como se entere alguien de que andabais ahí a esas horas se va a liar.
Candela no llegó a prestarle atención a esa conversación.
Tenía demasiado peso encima como para fijarse en cuchicheos de adolescentes, y en ese momento nada tenía importancia excepto la manta de Curro sobre los hombros y la mano de Julia, que había vuelto a buscar la suya, y el cuerpo de Fermín en la arena, cada vez más rodeado de cinta amarilla y de gente de uniforme que iba llegando poco a poco desde la comisaría del pueblo de al lado, la única que había en veinte kilómetros a la redonda, ahora que la de Valdearenas se había quedado, sin previo aviso, sin nadie que la llevara.
Un guardia civil joven, con cara de no haber hecho nunca antes esto, tomaba nota de nombres con un boli que se le había quedado sin tinta a mitad de frase, y pedía disculpas cada vez que tenía que volver a preguntar algo que ya le habían contestado.
Otro, más veterano, hablaba por teléfono un poco apartado, con la mano tapando el micrófono, y a Candela le llegaron sueltas algunas palabras —"comisaría central", "mandar a alguien", "esto no lo podemos llevar nosotros solos"— sin que en ese momento significaran nada para ella.
Tardaron horas en irse de la playa. Nadie se movía del todo. Moverse habría sido reconocer que la noche había terminado de verdad, que el día siguiente iba a llegar de todas formas, con o sin permiso de nadie.
El camino de vuelta a "La Dorada" pasaba por la plaza, y allí seguían las guirnaldas a medio colgar para la fiesta, meciéndose con el mismo viento de siempre, ajenas por completo a que esa noche el pueblo había dejado de ser el mismo pueblo que las había colgado esa misma mañana.
A Candela le pareció casi obsceno verlas ahí, tan alegres, tan fuera de lugar, y por un momento pensó en arrancarlas ella misma, aunque no lo hizo.
No era noche de arrancar nada. Era noche de aguantar de pie hasta que el cuerpo decidiera que ya no podía más.
Cuando por fin volvieron a "La Dorada", ya de madrugada, Julia cerró la puerta con el pestillo de arriba, el que casi nunca usaban, y se sentó en el último escalón de la escalera que subía a casa, esperando a que su madre terminara de mirar por la ventana el trozo de playa que se veía desde ahí, ahora vacío, con la cinta amarilla marcando un rectángulo donde antes solo había arena.
—Mamá.
—Dime.
—¿Vamos a estar bien?
Candela tardó en contestar. No porque no supiera la respuesta, sino porque por primera vez en mucho tiempo no estaba del todo segura de que fuera verdad.
—Vamos a estar bien —dijo, al final—. Solo que hoy no. Hoy no vamos a estar bien.
Julia asintió, porque le pareció la respuesta más honesta que le habían dado en todo el día.
Se quedó mirando a su madre un momento, dudando si contarle lo que había oído decir a los dos chicos en la playa, aquello de si Fermín había estado antes por allí cuando estaban ellos, aquel "calla, no digas nada" que se le había quedado enganchado en la cabeza sin saber muy bien por qué.
Decidió que no era el momento. Quizá no hubiera sido nada.
Quizá solo fueran dos chavales asustados diciendo tonterías porque no sabían qué otra cosa decir.
Las dos se quedaron un rato más ahí, sin encender la tele, sin decir nada, escuchando el mar a través de la ventana, el mismo mar de siempre, indiferente a todo, seguir haciendo su trabajo como si nada hubiera cambiado, aunque en Valdearenas, a partir de esa noche, hubiera cambiado todo.