Capítulo 2
A las dos, "La Dorada" bajaba el ritmo. Eran los veinte minutos raros entre el último café y la primera cerveza, ese hueco que Candela aprovechaba para sentarse en la barra de espaldas a la sala y comerse un plátano de pie, convencida de que nadie la veía, aunque la viera todo el que entraba.
Curro seguía en su mesa, con el café ya frío, sin terminar, y el periódico doblado en la sección de deportes. Llevaba así media hora, sin hablar con nadie, con la capacidad suya de ocupar una silla durante horas sin que resultara raro.
El hombre de la gorra de golf de los apartamentos de la punta apareció por segunda vez esa semana, esta vez sin gorra y con una quemadura de sol repartida de forma muy poco equitativa entre la nariz y las orejas.
—¿Todavía sirven algo de comer?
—Depende de lo generoso que sea usted con la palabra "algo".
—Lo que sea. Ayer me comí un bocadillo de máquina y todavía me estoy arrepintiendo.
Candela le puso delante un plato de croquetas sin que él llegara a pedirlas del todo, con la seguridad de quien ya sabe, después de dos días, exactamente qué necesita ese cliente aunque el cliente todavía no lo sepa.
El hombre se las comió en un silencio que era casi religioso, y a Candela eso le bastó como pago moral, aparte del económico.
Fue justo en el hueco que vino después, con el hombre de la gorra ya despachado y la sala otra vez en calma, cuando sonó la campanilla de un modo distinto.
No el timbre alegre de siempre, sino algo más corto, más seco, el de una puerta que ya sabía, antes de que nadie dijera nada, que el que entraba no era de los de aquí.
Traje gris. Zapatos de ciudad con una fina capa de arena que no se había molestado en sacudirse. Una carpeta de cuero bajo el brazo, del tipo que solo se usa para llevar papeles que uno quiere que parezcan importantes.
—Buenas tardes. ¿Candela Reyes?
Candela terminó de masticar antes de contestar. Eso también era una forma de contestar.
—Depende de quién pregunte.
—Ernesto Villalta. Represento a un cliente interesado en el local.
—Qué casualidad. Yo represento a un restaurante que no está en venta.
Villalta sonrió con la sonrisa que la gente entrena en despachos con vistas y que nunca les llega del todo a los ojos.
Dejó la carpeta sobre la barra, entre una servilletera y un cenicero de propaganda de una cerveza que ya no se fabricaba, y la abrió con la parsimonia de quien está seguro de que el número que va a enseñar hará el resto del trabajo por él.
—Antes de decir que no, me gustaría que viera la cifra.
—Antes de ver la cifra, me gustaría que usted supiera que llevo doce años enseñando la misma puerta a gente con carpeta.
Desde su mesa, Curro no levantó la vista del periódico, pero dejó de pasar páginas. En Valdearenas, eso equivalía a sentarse en primera fila.
Julia, que llevaba desde que había entrado el traje fingiendo limpiar una mesa que ya estaba limpia, se acercó lo justo para leer el papel al revés. Tardó dos segundos en hacer la cuenta y otro medio en disimular la cara que se le puso.
—Mamá.
—Julia.
—No, mamá, en serio, mamá.
—Ve a por hielo.
—No necesitamos hielo.
—Necesitamos hielo.
Julia se fue hacia la cocina caminando hacia atrás, sin querer perderse ni un segundo de la conversación, y Candela volvió a mirar el papel el tiempo justo para confirmar que no lo había leído mal la primera vez.
La cifra tenía más ceros de los que solía tener cualquier cosa relacionada con "La Dorada", incluida la factura de la luz de agosto, que ya era decir.
—Es una cantidad generosa —dijo Villalta, con la voz de quien ha dicho esa misma frase en quince pueblos distintos y en los quince ha funcionado al menos una vez.
—Es una cantidad ridícula para lo que me está pidiendo a cambio.
—Le estoy pidiendo un edificio.
—Me está pidiendo mi casa. El edificio es lo de menos.
—Entiendo que tiene un componente emocional. Por eso mi cliente ha incluido condiciones que van más allá de lo habitual en estos casos.
—¿Como cuáles?
—Entiendo que este local tiene una historia familiar. Que sus padres...
—Mis padres están muertos, Ernesto. No hace falta que los meta en la conversación para ablandarme, porque lo único que consigue es que me caiga usted peor.
Villalta carraspeó, ajustó el nudo de la corbata sin que le hiciera ninguna falta ajustarlo, y decidió, sabiamente, cambiar de estrategia.
Villalta giró la carpeta hacia ella, señalando un párrafo con la uña, muy corta, muy cuidada, del tipo de uña que nunca ha tocado una freidora.
—Conservación de la fachada original. Mantenimiento del nombre comercial si usted lo desea.
Y una cláusula de recompra parcial: podría seguir viviendo en el piso de arriba, con un alquiler simbólico, mientras el local pasa a explotación turística de alto nivel.
Un concepto boutique. Diez habitaciones, cocina de autor, terraza panorámica.
—¿Terraza panorámica de qué? Si el mar ya se ve desde la calle.
—De experiencia, señora Reyes. Hoy en día se vende experiencia.
—Yo llevo veinte años vendiendo pescado frito y no le he puesto nombre en inglés ni una sola vez.
Curro, sin levantar la vista del todo, dejó escapar algo que no llegó a ser risa pero que tampoco fue otra cosa. Villalta lo miró de reojo, incómodo, como quien de pronto recuerda que en los pueblos las paredes tienen oídos y además a veces también tienen periódico.
—Mi cliente prefiere permanecer anónimo en esta fase de la negociación —añadió, bajando un poco la voz, aunque en "La Dorada" bajar la voz nunca servía de mucho—. Pero le aseguro que tiene un interés genuino en preservar el carácter del pueblo.
—Preservar el carácter del pueblo comprando la única casa que hay a menos de quinientos metros del mar en toda la costa.
—Precisamente por eso es tan valiosa.
—Precisamente por eso no se la vendo.
Villalta cerró la carpeta con un chasquido que sonó más caro de lo que debería sonar cerrar una carpeta. Apuntó algo en un cuaderno pequeño, de esos con gomilla, del mismo tipo que usaba doña Pura, aunque Candela dudaba mucho que guardaran ahí las mismas cosas.
—Volveré a llamar en unos días. Estas cosas conviene pensarlas con calma.
—Llevo doce años pensándolas con calma. Le seguirá saliendo lo mismo.
—Las cifras pueden cambiar.
—Y mis respuestas no.
Se marchó con el mismo taconeo corto y seco con el que había entrado, dejando tras de sí un rastro de colonia cara y una servilleta que se le había pegado sin querer a la suela del zapato, y que se llevó calle arriba sin enterarse, lo cual a Candela le pareció la mejor despedida posible que le podía dejar alguien así.
—Diez habitaciones —dijo Curro, por fin, sin dirigirse a nadie en particular—. Y seguro que le pone spa.
—Seguro.
—A mí me pilla usted de aquí a que me muera, Candela. Se lo digo por si algún día se lo plantea.
—No me lo planteo, Curro.
—Ya lo sé. Pero se lo digo igual.
Julia volvió de la cocina con un cubo de hielo que nadie le había pedido en serio y lo dejó en la barra con más ruido del necesario.
Antes de guardar el móvil, le dio tiempo a mandarle a Lucía un mensaje rápido —"un pavo con traje intentando comprarnos, te cuento luego"— sin sospechar que esa tarde el "luego" iba a tener que esperar mucho más de lo previsto.
—¿Qué ha sido eso?
—Un señor con carpeta.
—Mamá. Ese número tenía más ceros que mi cuenta corriente entera multiplicada por cien.
—Probablemente.
—¿Y le has dicho que no así, tan tranquila?
—Le he dicho que no como le digo que no a todos. Lo que pasa es que este llevaba mejor traje y hablaba de spas.
Julia se apoyó en la barra, la misma postura de siempre, la barbilla en la mano, pero esta vez con algo distinto en los ojos, algo que no era curiosidad de adolescente sino la primera sombra de una pregunta que no sabía cómo hacer sin que sonara fea.
—¿Alguna vez piensas que sí? Aunque sea un segundo.
Candela tardó en contestar más de lo que solía tardar en cualquier cosa. Se quedó mirando el hueco que había dejado la carpeta sobre la barra, un rectángulo limpio en medio del resto de la madera, gastada y llena de marcas de vasos de veinte años de servir copas.
—Un segundo, a lo mejor. Pero luego me acuerdo de qué haría con el segundo siguiente, y se me pasa.
—¿Y qué harías?
—Nada que me guste más que esto.
Lo dijo mirando la barra, no a su hija, y a Julia le pareció que en esa frase había más verdad de la que su madre solía dejar ver de una sentada. No insistió. Había cosas que en esa familia se sabían sin decirlas dos veces.
La tarde siguió su curso normal: un par de turistas despistados que preguntaron si servían paella todo el año, la señora Encarna reclamando su mesa de las cinco aunque solo fueran las cuatro y media, el sonido de la megafonía de la plaza probando otra vez el mismo compás de pasodoble para la fiesta, una y otra vez, hasta que a Julia se le quedó pegado en la cabeza sin que se lo pidiera nadie.
Julia aprovechó un momento sin clientes para volver a mirar el hueco de la barra donde había estado la carpeta, el mismo que su madre no dejaba de mirar.
Le pareció raro que un rectángulo de madera pudiera parecer tan vacío, y más raro todavía que a su madre —que tenía respuesta para todo, que le discutía la existencia del AMPA con la misma seguridad con la que discutía el precio del pescado— le hubiera costado tanto contestar a una pregunta tan simple como si alguna vez pensaba que sí.
No era que dudara de la respuesta. Era que, por primera vez que ella recordara, había visto a su madre tardar en dársela a sí misma antes de dársela a ella.
Curro pagó, dejó las monedas exactas de siempre y, al pasar junto a Candela camino de la puerta, le dio dos golpecitos en el hombro, dos, ni uno más ni uno menos, que en su idioma particular quería decir algo parecido a "aguanta, que esto pasa" sin necesidad de gastar ni una palabra más en ello.
No había llegado a la esquina cuando ya se había cruzado con doña Pura, que volvía de la pescadería con la bolsa en una mano y la libreta en la otra, y a la que le faltó tiempo para asomarse a la puerta de "La Dorada" con la cara de quien acaba de recibir información de primera calidad.
—Candela, hija, ¿es verdad que te ha venido un señor de Madrid a comprarte el restaurante?
—No era de Madrid.
—Da igual de dónde fuera. ¿Es verdad o no?
—Ha venido, sí. Y se ha ido con las manos vacías, que es lo importante.
—Pues Curro me acaba de decir que la cifra tenía nueve números.
—Curro exagera.
—Curro no exagera nunca en números, hija, en eso es muy serio.
Candela sonrió sin ganas de darle más cuerda al asunto, sabiendo que a esas alturas ya daba lo mismo lo que dijera: en menos de una hora, medio Valdearenas tendría su propia versión de la historia, cada una con más ceros que la anterior, y para la noche seguramente alguien ya estaría contando que le habían ofrecido comprarle también el trozo de playa.
Así funcionaban las noticias en un sitio donde no hacía falta periódico porque bastaba con una cafetería y una libreta con gomilla.
Candela, sin embargo, se quedó un rato de más mirando el punto exacto de la barra donde había estado la carpeta. No porque dudara. Sino porque algunas visitas, aunque terminen en un no rotundo, dejan una pregunta flotando en el aire durante más tiempo del que a uno le gustaría admitir.
Fuera, el mar seguía plano. Y en algún punto de la costa, aunque nadie en "La Dorada" lo supiera todavía, alguien estaba a punto de dejar de respirar antes de que anocheciera del todo.