Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1)
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Capítulo 1
El primer cliente de la mañana pidió un café "de esos que no saben a nada".
Candela tardó dos segundos en traducirlo.
—Descafeinado de máquina. Mucha leche. Sin prisa.
Julia ya tenía la jarra en la mano. La sujetaba como quien sujeta un trofeo que no ha ganado nadie, con la solemnidad ridícula que solo se tiene a las ocho de la mañana y con dieciséis años.
—¿Cómo lo has sabido?
—Jersey de rombos en marzo. Móvil mirado tres veces, cogido ninguna. Eso es un hombre al que la vida le sabe a poco.
No hizo falta más. Nunca hacía falta más. Llevaban tantos años despachando juntas detrás de esa barra que se habían inventado su propio idioma, uno hecho de miradas y de medias frases. A veces Candela pensaba que si algún día se quedaba sin voz, Julia seguiría entendiéndola igual.
Fuera, marzo hacía lo que sabía hacer en Valdearenas: prometer sol, pero solo prometerlo.
El cartel de "La Dorada" se balanceaba con el levante que llevaba dos días sin decidirse.
Dentro olía a café recién hecho y a la tostada abandonada en la mesa del rincón.
La mesa de Curro. Quince años de reserva tácita que nadie había firmado nunca, y que Candela limpiaba cada mañana con el mismo cariño con que se limpian las cosas que llevan más tiempo en tu vida que muchas personas.
Julia apoyó la barbilla en la mano. Esa postura solo significaba una cosa.
—¿Sabes si al final hacemos lo de Sevilla o lo cancelan otra vez por el autobús?
—Ni idea. Yo no soy el AMPA.
—Pero conoces a alguien que sí.
—Conozco a todo el pueblo. No es lo mismo.
—Pero podrías preguntar.
—Podría. No voy a hacerlo por una excursión que llevas desde octubre llamando "mi pesadilla recurrente". Cito textualmente.
—Eso era antes de que Vanesa Roldán se cortara el flequillo fatal. Ahora es soportable.
Candela se rió. La risa corta, la de verdad, la que solo le salía con su hija y con nadie más, ni con los clientes simpáticos ni con los curas en las bodas. Le tiró el trapo al hombro sin apuntar demasiado, y Julia lo esquivó sin mirar, como quien esquiva algo que ya conoce de memoria.
—Eres terrible.
—Soy tu hija.
—Ya, ese es justamente el problema.
Lo dijo sin dejar de sonreír, y a Candela se le quedó un rato ese calorcito tonto en el pecho que le daba a veces, sin venir a cuento, solo por ver a su hija apoyada en su barra un martes cualquiera.
—Por cierto, ¿me llamas Jul de una vez? Julia suena a examen de recuperación.
—Te llamo Julia porque te llamas Julia. Es matemática simple.
—Y tú te llamas Candela, y cuando te llaman Candy no veo que te haga ninguna gracia.
—Eso es distinto.
—¿Por qué es distinto?
—Porque lo digo yo, que para eso soy tu madre.
Julia puso los ojos en blanco y dejó el tema donde estaba, que era donde llevaba semanas dejándolo, sin ninguna esperanza real de moverlo de ahí.
El hombre de la gorra de golf —dos días en los apartamentos de la punta, ni rastro de Curro todavía— levantó la mano pidiendo la cuenta. Candela fue hacia allí con el delantal atado torcido, doce años atándoselo mal a propósito, porque a esas alturas cambiarlo le habría parecido casi una traición.
Julia se quedó sola detrás de la barra el tiempo justo.
Sacó el móvil. Grabó un audio para Lucía. Cuatro segundos, voz baja, mano tapando la boca, como si eso sirviera de algo en un sitio donde su madre oía toser a un cliente desde la cocina.
—Que si al final Iván va a la feria. Dímelo ya, que dejo de fingir que me da igual.
Candela volvió a la barra antes de que le diera tiempo a guardar el móvil.
—¿Quién es Iván?
—Nadie.
—Julia.
—Es un nombre. Ha salido en una frase. No es nadie.
—Ya. Y yo soy el AMPA.
Se miraron un segundo. La misma sonrisa torcida en las dos caras, la que solo se hereda, no se copia.
Sonó la campanilla. Entró doña Pura con la bolsa de la compra y la queja del día ya en la boca.
—Candy, hija, que el pescadero me ha vuelto a dar cambio de menos.
—Doña Pura. Candela.
—Eso he dicho.
—Ha dicho Candy.
—Es lo mismo, hija, no te pongas quisquillosa a estas horas.
Candela dejó pasar la batalla, como la dejaba pasar siempre con doña Pura, sabiendo que ganarla no merecía la energía que costaba, aunque por dentro se le revolviera algo cada vez que oía esas dos sílabas, con ese regusto a muñeca americana que llevaba odiando desde que alguien, hacía ya muchos años, había decidido que "Candela" le sobraban letras.
—Eso lo dice usted desde que yo tenía la edad de esta.
—Y desde entonces no ha dejado de pasar. Fíjate qué casualidad.
Candela le sirvió el café sin que lo pidiera. La cantidad exacta de leche de toda la vida, la que llevaba memorizada desde antes de saber hacer la o con un canuto.
Doña Pura se sentó dos taburetes más allá del hombre de la gorra de golf y sacó del bolso una libreta pequeña, de esas con gomilla, en la que apuntaba —según ella— "las cosas que hay que apuntar".
Nadie en el pueblo sabía qué había ahí dentro en realidad, y nadie se había atrevido nunca a preguntar directamente.
Candela lo había intentado una vez, hacía años, y la respuesta había sido tan larga y tan llena de rodeos que había decidido que algunas cosas era mejor no saberlas.
La campanilla volvió a sonar. Esta vez sí.
Curro entró con el paso de quien ha hecho ese mismo trayecto diez mil veces y no espera que ese día sea distinto de los otros nueve mil novecientos noventa y nueve.
Se sentó en su mesa, la del rincón, sin mirar si estaba libre porque llevaba quince años sin necesitar comprobarlo.
Dejó las llaves del coche encima con el mismo gesto de siempre, como quien marca territorio sin darse ni cuenta de que lo hace.
—Lo de siempre, Curro —dijo Candela, ya de camino a la cafetera, sin que él hubiera abierto la boca.
—Lo de siempre —confirmó él, aunque nadie se lo había preguntado.
Julia aprovechó el momento para acercarse a la mesa con la bandeja del pan y dejarla caer con un golpe que sonó más a saludo que a servicio.
—Curro, ¿tú vas a ir a la feria este año o prefieres seguir fingiendo que te aburre?
—Yo a la feria voy siempre. Lo que no hago es bailar.
—Eso ya lo sabemos todos.
—Pues entonces no preguntes.
Candela sonrió sin que se le notara demasiado.
Faltaban ocho días para la fiesta de la patrona, y el pueblo entero ya olía a eso: a guirnaldas a medio colgar, a la megafonía de la plaza probando sonido a horas intempestivas, a esa energía nerviosa que se instalaba cada primavera y que a Candela le encantaba y le agotaba a partes iguales.
En los mapas y en el registro del ayuntamiento el pueblo se llamaba Valdearena de la Frontera, un nombre largo y solemne que solo usaban los notarios y los locutores de la radio provincial una vez al año, para la fiesta; para todos los demás, desde siempre, era simplemente Valdearenas.
Valdearenas tenía trescientos sesenta y cuatro días normales y uno completamente distinto, y ese uno estaba a la vuelta de la esquina.
—¿Vas a poner la barra en la caseta este año? —preguntó doña Pura desde su taburete, sin levantar la vista de la libreta.
—Como todos los años, doña Pura.
—Pues dile a esta que no se pase el día pegada al móvil, que el año pasado casi se le cae la bandeja encima de mi hermana por estar mirando no sé qué.
—Estaba viendo la previsión del tiempo —dijo Julia, con una dignidad que no engañaba a nadie.
—Ya, hija, ya.
Candela dejó que la conversación siguiera su curso, que en Valdearenas las conversaciones tenían vida propia y raramente necesitaban ayuda, y volvió a mirar a su hija de reojo.
Seguía con el móvil medio escondido bajo la bandeja, esperando algo que no llegaba, con la impaciencia muy concreta que solo dan los mensajes que de verdad importan.
—¿Ha contestado? —preguntó Candela, bajito, solo para ella.
—¿Quién?
—Julia.
—No sé de qué me hablas.
—Ya. Y yo soy el AMPA.
Julia puso los ojos en blanco, pero la comisura de la boca se le movió, apenas, lo justo para que su madre lo notara y decidiera no seguir tirando del hilo. Todavía no.
El resto de la mañana fue de las buenas: las de ritmo constante, sin sobresaltos, con el sol de marzo entrando a ratos por la cristalera y el runrún de siempre —el café, los platos, las quejas de doña Pura, el silencio cómodo de Curro— sonando como la banda sonora de un pueblo que llevaba generaciones sabiendo exactamente qué era y qué no quería ser.
A las once, Candela sacó un momento la cabeza a la terraza para ver el mar.
Estaba plano, casi metálico, con la quietud rara de los días que preceden a algo, aunque ella entonces no tenía ningún motivo para pensar eso.
Solo era martes. Solo era marzo. Solo era una mañana más de las trescientas sesenta y cuatro normales.
No tenía forma de saber que esa era la última mañana normal que iba a tener en mucho tiempo.