Buen provecho, hay cadáver (Misterio en Valdearenas 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

El domingo siguiente, con las guirnaldas de la fiesta ya descolgadas de las farolas y guardadas en cajas hasta el año que viene, "La Dorada" cerró más temprano de lo habitual, con Candela colgando el cartel de "cerrado por descanso del personal" que apenas usaba dos veces al año.

El pueblo, después de la semana más intensa que se recordaba en mucho tiempo, había vuelto poco a poco a su ritmo de siempre, aunque con algo distinto flotando en el ambiente, una especie de conciencia nueva de lo frágil que puede ser la normalidad y de lo mucho que vale la pena cuidarla cuando se tiene.

La tumba de Fermín, en el pequeño cementerio a las afueras, recibía flores frescas casi a diario, dejadas por gente que ni siquiera se conocía entre sí, cada uno con su propio recuerdo particular de un hombre que había pasado media vida ayudando sin que nadie se enterara.

Curro había pasado esa mañana con la noticia de que su solicitud de ayuda ya estaba en trámite avanzado, con fecha probable de operación para dentro de dos meses, y se había ido a casa con una tranquilidad nueva en la cara, la de un hombre que por fin veía el final de un dolor que llevaba demasiado tiempo cargando solo.

Manolo había reabierto el bar esa misma semana, más despacio que antes, con Iván ayudando algunas tardes después del instituto, entre el peso todavía presente del proceso judicial —el abogado de oficio les había avisado de que la vista podía tardar meses en fijarse, y de que hasta entonces solo cabía esperar— y la ligereza extraña de ya no tener que fingir nada delante de nadie.

Lucía iba a verlo casi cada día, sin esconderse ya de nadie, y el pueblo entero, con la capacidad tan suya de sorprender para bien tanto como para mal, había decidido tratarlos a los dos con una comprensión que nadie, ni siquiera Candela, había esperado tan generosa.

El cartel del concurso de la feria había llegado el viernes: Julia había ganado.

Su dibujo de "La Dorada", con el cartel torcido y la pequeña figura del delantal mal atado, ondeaba ya en las banderolas que quedarían colgadas hasta la próxima fiesta, y Curro, fiel a su palabra, llevaba puesta la camiseta conmemorativa desde el mismo día en que se la habían entregado, dispuesto a no quitársela "hasta que se deshaga", tal como había prometido.

La profesora de Plástica le había mandado una nota a Julia preguntándole si había pensado en presentarse a un concurso provincial con el mismo dibujo, y Julia, sin saber todavía qué contestar, se lo había guardado en un cajón de la cabeza para pensarlo con calma, sin prisa, como todo lo bueno que merece la pena de verdad.

Yolanda le había mandado un mensaje esa misma semana, corto, sin grandes explicaciones, solo un "enhorabuena a Julia, he visto el cartel, es precioso" que Candela había leído dos veces antes de contestar con un simple "gracias", sin más, dejando la puerta entreabierta sin necesidad de forzar nada todavía.

Benito seguía en la pensión de doña Asunción, esperando la resolución oficial de su solicitud, aunque llevaba ya días comportándose como quien sabe, sin ninguna duda, cuál va a ser la respuesta, y esa noche de domingo había llegado a "La Dorada" con una botella de vino mejor que el de garrafa de la pizzería de Conil y una expresión de quien no tiene ningún sitio mejor donde estar.

—¿Alguna noticia de Valladolid? —le preguntó Candela, mientras él dejaba la botella sobre la mesa.

—Ninguna todavía. Pero doña Asunción dice que las cosas buenas tardan siempre un poco más en llegar que las malas, para que uno aprenda a valorarlas del todo antes de que aparezcan.

—Doña Asunción tiene una filosofía para cada ocasión.

—Y normalmente acierta. Es preocupante, la verdad, lo bien que se le da.

Candela se rió, sirviendo el vino en dos copas, mientras Julia bajaba las escaleras ya en pijama, con la manta favorita de la familia doblada bajo el brazo y el mando de la tele en la otra mano.

—¿Lista? —preguntó Julia, ya en pijama, con la manta favorita de la familia doblada bajo el brazo y el mando de la tele en la otra mano.

—Lista.

Subieron los tres al piso de arriba, Candela, Julia y Benito, que llevaba ya la confianza suficiente como para que aquel ritual, tan sagrado para madre e hija, empezara a incluirlo sin que nadie lo hubiera decidido oficialmente.

—¿Vas a entender algo de Verano Azul? —preguntó Julia, sentándose en el sofá con la manta ya extendida sobre las piernas de las tres.

—Ni idea. Pero estoy dispuesto a aprender.

—Es sobre unos niños en un pueblo de pescadores que se pasan el verano metiéndose en líos y viviendo aventuras con un señor llamado Chanquete que tiene una barca vieja.

—Suena a que la protagonizáis vosotras dos, con Curro en el papel de Chanquete.

Candela se rió, con la risa corta que a Benito ya le sonaba a música familiar, y le dio al play, dejando que la sintonía de siempre, la misma que su padre había amado, la misma que Julia llevaba viendo con ella desde que tenía memoria, llenara la habitación con la nostalgia dulce que solo tienen las cosas que se repiten por amor y no por costumbre.

—Papá amaba esta serie —dijo Julia, en voz baja, apoyando la cabeza en el hombro de su madre—. La veíamos juntos, aunque yo entonces era muy pequeña para acordarme bien.

—La adoraba. Decía que quería vivir en un pueblo así, con un Chanquete propio y una barca que nunca terminara de hundirse del todo.

—Pues mira, al final le salió bien la apuesta. Vivimos en un pueblo así.

—Y encima con un Chanquete de verdad —añadió Candela, sonriendo—. Aunque el nuestro se llame Curro y prefiera las cartas a la pesca.

—Y con una cadera que pronto va a estar como nueva.

Candela sonrió, sintiendo esa mezcla de tristeza dulce y de calidez que solo dan los recuerdos de la gente que ya no está pero que sigue presente en los rituales más pequeños, y miró a su alrededor: Julia acurrucada a su lado, Benito al otro extremo del sofá con una copa de vino que apenas había probado, y por la ventana, a lo lejos, las últimas luces de Valdearenas apagándose poco a poco, como cada noche, ajenas a todo lo que aquel pueblo había vivido esa semana y a todo lo que, sin duda, todavía le quedaba por vivir.

Fuera, en la calle del puerto, Curro cerraba la puerta azul de su casa después de darle de comer a un gato callejero que llevaba días rondándole sin que nadie supiera de dónde había salido, y que él, sin admitirlo del todo en voz alta, ya había empezado a considerar suyo.

En su casa, Manolo repasaba las cuentas del bar con Iván sentado a su lado, los dos en silencio, pero un silencio distinto al de la semana anterior, uno que ya no pesaba tanto.

Y en algún punto del pueblo, Lucía terminaba de escribirle un mensaje a Iván, uno que no tenía nada que ver con esconderse ni con miedos, solo con las ganas de verse al día siguiente, sin necesidad de rocas que los taparan de nadie.

En su despacho de cristal y aluminio, Yolanda trabajaba hasta tarde, sola, con la luz de la mesa como único acompañante, preguntándose, quizás por primera vez en años, si el precio que había pagado por todo lo que tenía merecía de verdad la pena, sin llegar todavía a ninguna respuesta clara, pero al menos, por fin, haciéndose la pregunta.

—¿Sabéis qué? —dijo Benito, cuando el primer capítulo ya terminaba y la pantalla mostraba los créditos con la música que a Julia se le había quedado grabada desde niña—. Creo que voy a necesitar que me expliquéis quién es cada personaje, porque me he perdido bastante.

—Eso es porque no prestas atención de verdad —dijo Julia, con la media sonrisa suya tan parecida a la de su madre—. Pero no te preocupes, Good Bonnie. Tenemos toda la temporada por delante para que la aprendas bien.

—¿Toda la temporada?

—Toda. Si te vas a quedar, más vale que te pongas al día con las cosas importantes.

Benito sonrió, sin ninguna intención de discutir aquella lógica, y los tres se quedaron ahí, en el sofá, con el segundo capítulo ya empezando y el mar sonando de fondo a través de la ventana entreabierta, mientras Valdearenas, con su cartel torcido y sus rumores y su fiesta ya guardada hasta el año siguiente, seguía siendo, para los tres, exactamente el lugar donde querían estar.

FIN.