Bruma azul Capítulo 40. En las garras del destino
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Capítulo 40. En las garras del destino

En las garras del destino

Nadie había visto a Dante por ningún sitio.

El hijo del herrero dijo que lo había esperado en las cuevas del acantilado pero que no había acudido. Malcom, Duncan y Rosston se ofrecieron a buscarlo por los alrededores.

Exploré cada rincón del castillo, nadie mejor que yo lo conocía, cada rincón de los alrededores. Recorrí los pasadizos entre los acantilados, a pesar de que la marea comenzaba a subir con el influjo de la luna, que ya asomaba su resplandeciente sonrisa en una noche clara y estrellada.

Atravesé los ventosos páramos, el robledal, las calas más recónditas, la playa y el desembarcadero. Acudí a caballo a Craignure y pregunté a los aldeanos por él. Pero parecía que se lo había tragado la tierra.

Mi preocupación iba en aumento, mientras rogaba en silencio que al regresar a Duart los hombres tuvieran alguna noticia de él.

Pero los sombríos semblantes me dieron la amarga noticia.

La única respuesta que acudía a mi mente la desechaba con premura, negándome a creer que pudiera haber caído al mar.

Dante no sabía nadar, y ésa parecía ser la única conclusión, y también la más dolorosa.

Con el corazón constreñido, decidí reanudar la búsqueda al día siguiente.

Justo asomando de la parte inferior del quicio de la puerta de mi habitación, un pequeño pliego doblado resaltaba su claridad contra el pavimento. Me agaché, lo cogí curioso y lo desdoblé para leer su sobrecogedor contenido:

Una vieja víbora comeniños hizo un encargo especial: devorar al que con tanto mimo proteges. Nos vemos en Skye.

Stuart Grant

Mi corazón se detuvo. Cerré con fuerza los ojos, arrugando en mi puño aquella nota.

Un incontenible torrente de furia estremeció todo mi cuerpo, temblaba y maldecía para mis adentros.

Intentando asimilar aquella espantosa noticia, respiré hondo y luché por recomponerme.

Resultaba vital mantener la mente fría para trazar un plan de acción.

Abrí nuevamente la puerta. Esta vez, Cora, que estaba junto a la ventana ojival, se volvió hacia mí y corrió a mi encuentro al descubrir la desolación en mi semblante.

Me abrazó y me sentó en la cama con ella sobre mi regazo, sin despegarse de mi pecho.

—Lo tiene ella —informé con la mirada perdida.

—¿De qué hablas? Me estás asustando.

—Dante ha desaparecido, lo han raptado los Grant. Se lo han llevado a Lorna.

El semblante de Cora se demudó espantado. Lívida, exhaló un gemido atónito y pavoroso y se abrazó de nuevo a mí en un intento de darme el calor que parecía evaporarse de mi cuerpo. Fue entonces cuando me di cuenta de los bruscos estremecimientos que me sacudían.

—Es una trampa, Lean, y tú eres la presa que buscan.

—Lo sé, pero me meteré en ella para sacar a Dante.

—¿Y si se cierra la puerta y tú no puedes salir?

—Correré ese riesgo.

Me abrazó de nuevo. Esta vez fue ella la que tembló entre mis brazos.

—Todo saldrá bien —musité en un susurro, más para mí mismo que para ella.

—No soportaría perderte —gimió con voz rota—, tengo tanto miedo.

—Recuperaré a Dante y nos marcharemos los tres a San Kilda —prometí acariciando suavemente su sedoso cabello.

Cora me miró llorosa, tomando mi rostro entre las manos.

—No irás solo, ¿lo oyes? Iremos contigo, sé que tus hombres no vacilarán en acompañarte, y yo no pienso quedarme aquí ni en ningún otro lugar donde no estés tú.

Tan sólo asentí, su amor por mí la unía a mi destino, fuera el que fuese. Y, aunque esa condición me desazonaba, sabía de sobra que ella no aceptaría esperar mi regreso lejos de mí.

—Vamos a Skye. En cuanto a mis hombres, sólo son tres, y me limitaré a decirles lo ocurrido y a despedirme de ellos. No me deben nada y nada exigiré.

La boca de Cora atrapó la mía en un beso dulce que tornó gradualmente en exigente y necesitado, remarcando un claro tinte de posesión, de incertidumbre y de miedo que lo transformó en un matraz de huracanadas emociones.

Siempre que la besaba, el tiempo parecía detenerse a nuestro alrededor, el aire parecía crepitar con vida propia contagiado de nuestro ímpetu, de la apabullante pasión que nos dominaba. Y, también como siempre, me costaba abandonar su dulce boca como si temiera languidecer sin su contacto.

—Voy a preparar la partida.

Ella se relamió anhelante, acicateando con ese solo gesto el feroz deseo que únicamente ella despertaba en mí. La agarré de la cintura, la puse en pie, y yo me incorporé con ella.

Luego salí de la habitación con paso ligero, aunque con el corazón pesado.

—Vamos con vos —coincidieron Rosston, Malcom y Duncan.

No pude ocultar mi satisfacción.

—Ese crío se ha convertido en un hijo para todos —admitió Rosston con semblante preocupado y rictus furioso.

«También para mí», me confesé entonces. Dante era el hijo que nunca podría tener.

Aquel muchacho se había metido en mi corazón de un modo especial, quizá ayudado por esa necesidad de cariño que yo tuve a su edad, quizá porque era un granuja con gancho, o un zalamero encantador.

Pero, fuera cual fuese el motivo, lo quería y me convertiría en su tutor legal y en padre si me aceptaba como tal.

Y, con ese pensamiento en mi cabeza, me dije que, pasara lo que pasase, lo liberaría de las garras de Lorna.

Los hombres marcharon por provisiones para el viaje y a equipar un birlinn para la travesía. Mientras tanto, yo tenía pensado ocuparme de otros menesteres más peliagudos.

Los encontré en el patio de armas jugando al shinty , armados con palos curvos en busca de la pelota de cuero por la que se debatían dos equipos.

Irvin avanzaba entre los contrincantes a violentos empellones, para recibir la pelota que Gowan defendía con su palo, a base de golpes bajos y tretas hostiles.

Cogí un palo de uno de los cestos y me acerqué lentamente alzándolo con mirada depredadora.

Eran cuatro jugadores por equipo. La rudeza del encuentro físico se evidenciaba en los jadeos de dolor, en las narices sangrantes y en la efusiva exaltación de los participantes.

Más que un juego o un divertimento, la violencia imprimida lo había convertido casi en una batalla campal.

El objetivo principal era insertar la pelota en una portería erigida en ambos extremos del campo que se delimitaba.

No obstante, resultaba claro que la única finalidad que buscaban era que no quedara en pie ningún miembro del equipo rival.

Los hombres corrían a mi alrededor, algunos me observaban intrigados y contrariados en su persecución de la pelota.

Clavé la mirada en la espalda de Gowan, que se afanaba con su palo en robar la pelota a golpes de hombro y cabezazos. No lo dude, tracé un amplio círculo con mi palo curvo y lo descargué con todas mis fuerzas contra la parte baja de su espalda.

Un alarido de dolor emergió de su garganta. Se giró trastabillando y cayó de rodillas jadeante, fulminándome con una mirada de asombrado rencor.

Una repentina ráfaga de aire a mi izquierda alertó mis reflejos y conseguí esquivar un golpe dirigido a mi cabeza.

Retrocedí con el palo en alto para enfrentarme con Irvin, que me contemplaba furibundo.

Abrí las piernas para estabilizar mi peso y balanceé el palo para desorientar a mi oponente sobre la dirección que tomaría.

De soslayo, descubrí a Gowan poniéndose en pie, con lo que opté por abrirme también a él.

El partido se detuvo. El resto de los jugadores se limitaron a apoyarse en el extremo de sus palos para disfrutar de la pelea. Me pareció atisbar cómo comenzaban a hacer apuestas.

—Vais a pagar caro haber entregado a Dante a Stuart Grant.

En sus asombrados e indignados semblantes se corroboró mi acusación.

Y nada podían replicar, a decir verdad. Un Grant nunca podría atravesar esos muros, ni siquiera camuflado con los colores MacLean.

Ningún desconocido entraba en Duart sin la aprobación y el permiso del laird .

Pero lo que más doloroso resultaba de todo era saber la confabulación de mi tío en todo aquel asunto.

La conversación que había mantenido con él tan sólo había sido un burdo artificio, pues la trampa ya había sido puesta previamente en marcha.

Aquello no fue sino una mísera pantomima para aquietar posibles remordimientos, diciéndose que, si yo hubiera accedido a su petición de renegar de mi apellido, podría haber dado marcha atrás.

Yo no le interesaba ni cerca ni vivo, y ya había tomado las medidas pertinentes para obtener su garantía: lanzarme a los perros para que terminaran el trabajo que habían dejado pendiente años atrás, cuando Ian MacNiall me sacó de aquel establo, del infierno al que me había abocado la permisividad de mi pariente y la crueldad de un destino ingrato.

Lachlan no había tenido más remedio que secundar mi salvamento para no despertar murmuraciones.

Acompañarme a Sevilla en aquella larga travesía por alta mar había sido la manera de asegurarse mi lejanía y, por tanto, su tranquilidad.

Pero había regresado, convirtiendo su problema en algo insalvable si decidía quedarme.

Así pues, si conseguía salir con vida, lo más seguro sería regresar a Sevilla.