Bruma azul Capítulo 40. En las garras del destino #2
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Capítulo 40. En las garras del destino #2

Me incliné lateralmente ante el ataque de Gowan, que se cernió sobre mí con el arranque de un toro.

Aproveché mi quiebro para asestarle en el costado un brutal palazo que, de nuevo, lo dobló en dos.

Giré sobre mí mismo para detener en el aire la ofensiva de Irvin, haciendo chocar mi palo con el suyo en un fiero pulso de fuerza.

Continuamente lanzaba fugaces vistazos a mi otro oponente, que una vez más se ponía en pie para abalanzarse sobre mí.

Alterné golpes sucesivos frenando los ataques a los que me sometían por ambos frentes.

Irvin consiguió acertarme en la espalda, me arqueé gruñendo entre dientes.

Un latigazo doloroso me recorrió la espina dorsal, tambaleándome.

Logré recomponerme justo antes de recibir otro golpe en las corvas que me arrancó un grito furioso.

Un ardor picoteó mis nervios, me fallaron las rodillas y caí sobre ellas.

Tuve el buen juicio de lanzarme al suelo y rodar hacia un costado para evitar un ataque conjunto.

Desde abajo, alargué las piernas, atrapé entre mis tobillos la pantorrilla de Irvin y lo derribé con un rápido giro.

Luego me puse en pie de un raudo salto y cargué contra el pecho de Gowan con la cabeza.

Conseguí abatirlo también, y sobre él descargué una serie continuada de impetuosos puñetazos que lo aturdieron.

Acto seguido, me abalancé contra Irvin, que se había incorporado y, palo en mano, ya trazaba un arco contra mi cabeza.

Esquivé el golpe y clavé mi codo en su vientre, para luego impactarlo contra su mentón.

Trabé mi pie tras los suyos, lo empujé con fuerza y cayó de espaldas, su cabeza rebotando contra el suelo.

Me agaché, cogí su palo y comencé a sacudirle con él.

Irvin gimió dolorido retorciéndose en el suelo como un gusano.

—No volverás a verme, pero seguro que no olvidarás mi cara —mascullé jadeante.

Después me acerqué a Gowan, que luchaba por incorporarse. Lo pateé un par de veces con fuerza.

—Si vuelvo a toparme contigo —amenacé—, seré la última cosa que veas.

Una nueva patada en su costado lo dobló como una culebra.

Por último, me dirigí hacia el gran salón para despedirme de mi tío como merecía, palo en mano.

Se hallaba cómodamente repantigado en su sillón de orejas, contemplando pensativo el fuego del hogar con una copa de clarete en la mano.

Cuando reparó en mí, se sobresaltó de forma visible, dejó la copa en una mesita cercana y se puso en pie con mirada ansiosa. Me planté frente a él y lo observé con hondo desprecio.

—¿Sabes la única pega que le encuentro a mi apellido?

Negó apenas con la cabeza y retrocedió con la alarma pintada en el rostro. Empuñé el palo con las dos manos, y ese gesto lo hizo palidecer.

—Que lo comparto con un miserable.

—Lean, escúchame...

Lancé un golpe contra el aparador que destrozó las puertas de cristal y toda la vajilla de porcelana que contenía. Lachlan dio un respingo y retrocedió de nuevo asustado.

—No, ya no escucho nada. Me utilizaste en esa fiesta como pariente poderoso que reforzara tu imagen ante el general de los realistas para ganar apoyos a la causa.

Me ofreciste con todo el cinismo que renegara oficialmente de mi apellido y de toda vinculación familiar, ante todo el clan, cuando ya me habías tendido una trampa.

Pero lo más repugnante de todo es que, sabiendo cuánto sufrí, sabiendo todo lo que esos pervertidos malnacidos me hicieron de pequeño, tienes la crueldad de entregar a otro niño a esas alimañas como cebo para mí.

La maldad no es sólo patrimonio del que la ejerce, sino también del que la provoca, así como del que cierra los ojos a ella o mira para otro lado.

Porque eso hiciste tú conmigo: permitir mi sufrimiento con la esperanza de que acabaran con mi vida.

Un rival sucesorio menos en tu camino al poder.

Me acerqué amenazante a él, apuñalándolo con una mirada entornada cargada de resentimiento y condena.

—Me repugna tan sólo mirarte, no me explico cómo puedes hacerlo en el espejo. Éste será tu castillo, tu clan y tus tierras, y son hermosas, pero te habrán costado caras, porque habrás empeñado tu alma, ensuciado tu moral y envilecido tu corazón como pago.

—Tu sangre no es pura —replicó de repente mostrando su verdadera cara—. Mi hermano mancilló nuestra estirpe tomando como esposa a una hereje sarracena. Nunca ha sido justo que nuestro linaje recayera en ti.

Alcé el palo y lo descargué contra la mesita que estaba junto a él, que se hizo astillas.

—¿Por qué demonios me mandaste llamar entonces? —rugí con furibunda incomprensión.

Lachlan me contempló temeroso; sin embargo, avanzó hacia mí con expresión grave.

—Porque necesitaba un aliado, tu hermano nos traicionó y mi hijo es tan sólo un pusilánime en manos de su esposa. Pero también porque Lorna me lo pidió.

Abrí la boca demudado y lo contemplé con afectada expresión desencajada.

—Debería haberte preguntado antes qué fue lo que ocurrió cuando regresaste tras dejarme en Sevilla, debería haber atado cabos.

He sido un estúpido. Si a mi sobrino le llegan a hacer lo que me hicieron a mí, te aseguro que el destierro no habría sido una opción.

Pero tú sólo acudiste cuando te avisó Ian, no antes, ¿verdad?

Ahora todas las piezas encajan. Si no llega a ser por MacNiall, jamás habrías movido un dedo por mí.

Y, como ya todos sabían lo ocurrido, tenías que sacar a Lorna de allí y devolverla a su clan.

Aunque ni ella ni los Grant recibieron ningún castigo, algo bastante llamativo, en función de sus atroces actos.

Pero, claro, tú no sólo estabas al tanto y consentías los abusos, sino que hasta es posible que los aprobaras.

Por eso la protegiste devolviéndola con los suyos.

Y ella accedió por evitar el castigo. De ese modo, te quedabas en posesión del castillo, sin la mujer de tu hermano y sin su legítimo hijo.

Un plan elaborado y efectivo, sin duda propio de una mente sagaz aunque tan negra como el mismo infierno.

—Ella se empeñó en liderar el clan hasta tu mayoría de edad, como tutora tuya —comenzó con voz estirada—.

Por eso no te mataba, porque, si lo hacía, perdía sus derechos sobre Duart.

Pero cuando decidiste acabar con tu vida aquel día en el acantilado, en presencia de testigos, le diste la oportunidad de liberar toda su crueldad y su locura contigo.

Ya no le importaba perder sus derechos, corrían rumores sobre ella y sus prácticas satánicas, y los aldeanos de Craignure, a pesar de temerla, empezaban a amotinarse contra ella.

Estaba loca, pero era lo suficientemente astuta para saber que debía abandonar Mull y regresar a Skye bajo la protección de su padre, sir Rory Mor.

En cuanto a ti..., era cuestión de tiempo que te matara.

Pero cuando Ian MacNiall me mandó llamar aquella noche porque su pequeña Ayleen había escapado del barco asegurando que estabas vivo, que así lo sentía, corrieron tras ella y fue de ese modo como te encontraron.

Delante de ellos, no me quedó más remedio que atenderte y barajar la idea de llevarte con tu único pariente vivo aparte de mí, el hermano de tu madre, Beltrán, confiando en no volver a verte nunca más.

Pero la guerra estalló, y nuestro bando necesitaba un líder joven y aguerrido.

En una de mis escasas visitas al castillo de Dunvegan, en Skye, Lorna me pidió que te mandara llamar, que sólo tú debías cerrar su destino.

Si no lo hacía, me acusaría de haber confabulado con ella.

Bien, me dije, el destino me tenía en sus garras. A pesar de haber decidido renunciar a mi venganza y luchar por la felicidad, me acorralaba en sus ardides para enfrentarme a él. Pues que así fuera. Lucharía con uñas y dientes y me tomaría la venganza que no me dejaban rehuir.

—Mereces morir de un modo largo y tortuoso —condené—. Pero no seré yo quien me conceda ese honor, sino Argyll.

Por muchos deseos que tuviera de matarlo, si lo hacía, jamás saldría vivo de allí. No obstante, mi particular venganza para él ya tomaba forma en mi cabeza.

—Antes tendría que ganar la guerra y apresarme.

—Espero no volver a verte jamás. Tú eres el único que mancilla el apellido MacLean, y terminarás pagándolo con tu vida y con tu honor. Iré a ver a Lorna, como bien has dispuesto, y no temas, no regresaré.

Lancé con ferocidad el palo curvo del shinty a la chimenea y salí de allí con paso firme y contundente.