Capítulo 39. El Crann na Beatha #2
—Juro amarte, protegerte, venerarte y esperarte hasta el fin de los tiempos. Aquí y ahora, ato mi alma a la tuya, dondequiera que la eternidad nos lleve —repitió con la mirada engarzada en la mía.
Me incliné despacio hacia sus labios, ladeando levemente el rostro y sintiendo cómo todo mi cuerpo crepitaba con una intensa emoción que me cerraba la garganta.
Tomé su boca con vehemente pasión y me dejé llevar por la vorágine de sentimientos que sacudió todo mi ser.
Una fuerza invisible pareció circundarnos entonces, estremeciéndonos con su poder.
Una repentina ráfaga de viento se arremolinó a nuestro alrededor, como si quisiera aunar más nuestro abrazo, como si fuéramos bendecidos en aquel voto sagrado que sellaba nuestro amor. Nos estremecimos al unísono.
Cuando nuestros labios se separaron nos rodeó una pesada quietud, un silencio proverbial y una paz tan intrínseca que supe al punto que, bajo aquel añoso Crann na Beatha, nuestras almas ya eran una sola.
—Lean..., mi amor...
Sonreí con lágrimas quemando mis ojos.
—Ya eres mía y lo serás siempre, estemos juntos o no, como yo soy tuyo.
Cora me abrazó con fuerza, trémula y conmovida.
Cuando se separó de mí, clavó su profunda mirada verde en la mía.
—Cuando era niña, mi nodriza tuvo que regresar a su hogar en San Kilda para acompañar a su padre en sus últimos días.
Decidió llevarme consigo, tendría unos doce años.
Una noche, ya tras la muerte de su padre, me llevó a ver una aurora boreal.
Jamás en toda mi vida había visto nada más hermoso.
Ráfagas de intensos colores difuminaban el cielo en una masa difusa e incandescente de luces que ondeaban en la noche, como si el mundo liberara en aquel fenómeno toda su magia.
Alice me dijo que pidiera un deseo, y que, si se cumplía, debía regresar con mi deseo cumplido para perpetuarlo bajo aquella misma aurora.
Así lo hice, y prometí regresar en ese caso.
Hizo una pausa, cogió mi mano entre las suyas y besó mis palmas.
—Pedí encontrar al amor de mi vida, y me fue concedido. Prometo llevarte a San Kilda y contemplar juntos esa aurora boreal. No quiero perderte.
Asentí en una emotiva sonrisa dulce, alcé la mirada hacia la copa de mi árbol y le guiñé un ojo.
—Acabas de hacer una promesa sagrada en un lugar sagrado. Iremos juntos a San Kilda. Soy buen marino, y será nuestro primer viaje de recién casados.
La besé de nuevo, luego me giré hacia el añoso tronco e incliné respetuoso la cabeza mientras posaba mi mano en él.
Cuando emergimos de la sombra del nogal, el bosque pareció despertar nuevamente a la vida.
El trinar de los pájaros, el murmullo del arroyo, los quiebros de las ramas, el roce de los arbustos al ser movidos por algún pequeño depredador y el susurro sibilante del viento inundaron el robledal.
Y, si mi corazón hubiera podido emitir algún sonido, habría sido un interminable rugido de felicidad.
—Una boda.
Lachlan sonrió simulando un agrado que no terminaba de sentir. Una soterrada inquietud ensombrecía su rostro.
—No tienes nada que temer —repuse—: no puedo tener descendencia y no pienso establecerme aquí.
Me escrutó pensativo. Acto seguido, alzó su copa y me dedicó un brindis.
—Te deseo toda la dicha que te fue arrebatada y que tanto mereces. Y ¿dónde piensas establecerte?
—No lo sé, en algún lugar apartado, quizá en San Kilda o en cualquier isla remota.
—Ya sabes que siempre tendrás abiertas las puertas de Duart. Considéralo tu hogar, si os apetece pasar alguna temporada en Mull.
Detecté un resaltado matiz en la palabra alguna , recalcando sutilmente la condición de eventual a mis futuras visitas.
Cogí mi copa y la alcé devolviéndole el brindis, acompañándolo de una mirada perspicaz.
—Soy hombre de pocas inclinaciones sociales, y sin ningún arraigo familiar, lamentablemente nos veremos en contadas ocasiones.
Mi afirmación suavizó de forma notable su mal encubierta preocupación. No obstante, permaneció una tensión subyacente en su rictus que me inquietó.
Lachlan tomó una profunda bocanada de aire y, tras acumular los arrestos que parecían fluctuar en su ánimo, se puso en pie, se pasó la mano por el cabello, acomodando algunos mechones sueltos, y por último me miró con firmeza.
—Seré sobradamente generoso con tu dote. No te marcharás con las manos vacías. —Ese comienzo fue esclarecedor, y tuve la certeza de que iba a exigirme algo—. También contarás con el apoyo del clan en caso de necesitarlo.
—¿Qué demonios quieres de mí?
Lachlan me atisbó con gravedad, tensó la mandíbula y asintió para sí.
—Quiero que renuncies a tu apellido.
Sostuve su mirada en un tenso pulso de voluntades, doblegando la suya con un rotundo gesto de negación.
—Acabas de ofrecerme el apoyo del clan —repliqué contrariado.
—Y lo tendrás, pero no siendo uno de nosotros.
—No pienso volver a Duart, pero no renunciaré a mi apellido.
—Creí que renegabas de él, de tu familia, de tu origen y de estas tierras, que tanto te vieron sufrir.
—Pero no de mi apellido. Es cuanto soy, es mi identidad, soy primogénito de Eachann Mor MacLean, el Grande, decimosexto laird del clan. Y, aunque ahí muera su estirpe, morirá cuando yo lo haga, no antes.
Me puse en pie tras apurar mi copa, dispuesto a retirarme.
—Sé razonable, Lean, vivirás en otro lugar, desvinculado de todo, ¿qué te supone renunciar a tu apellido y a todos tus derechos delante de todo el clan?
No tendrás que ofrecerme tu juramento de fidelidad anual, ni cargarás con obligaciones propias de tu apellido, como partir a la guerra cuando se te reclame, o supeditarte a mi mandato, sea el que sea. Serás libre, Lean, completamente libre.
—Ya lo soy —respondí circunspecto.
—¡Maldita sea, no puedo poner en riesgo la sucesión de mi hijo sabiéndote tan cerca! No tengo ninguna garantía de que no reclamarás el título cuando yo muera. Lo lamento, pero tu palabra no me vale.
—No voy a renunciar a mi apellido —concluí zanjando el tema—, como tampoco voy a reclamar mis derechos como laird .
Puedes o no creerme, eso no es problema mío.
No tengo que rendir juramento de lealtad alguno ante ti, porque no estaré bajo la protección del clan.
Y nada pediré de él. Puedes guardarte la dote, no quiero nada de este lugar, excepto los dos únicos buenos recuerdos que me llevaré: los de mis padres.
Moriré como un MacLean porque nací como un maldito MacLean, y no tengo nada más que decir.
Me disponía a marcharme cuando me llamó con apremio y furia. Me giré fulminándolo con una mirada determinante.
—Lean, no voy a cejar en esto —advirtió obstinado.
—Tampoco yo —sentencié con frialdad.
Resopló exasperado y me contempló ceñudo.
—No seas necio —insistió—, me necesitas, nos necesitas, aunque no lo creas. No sé si sabes que Argyll ha puesto precio a tu cabeza.
—Era fácil de imaginar, y me basto y me sobro para intentar mantener mi cabeza en su sitio.
—Estás cometiendo un gran error, uno que puede costarte muy caro.
—Nada ha sido fácil en mi vida, he pagado precios muy altos. Pero no cambiaré de opinión.
Ya salía del salón cuando dos rostros familiares me contemplaron con denodada inquina.
—El defensor de la bruja —masculló despectivo Gowan, dirigiéndose a Irvin con una sonrisa maliciosa—. Parece que ha venido a refugiarse entre las piernas del clan del que tanto reniega.
Irvin me observó con desdén, dedicándome una sonrisa engreída.
—Es una lástima que Alaister y la zorra de su hermana se hayan marchado ya, me habría gustado despedirme de ellos como merecen.
Me cuadré ante ellos. Los sobrepasaba en altura y corpulencia, aunque no se amilanaron sólo por eso. Su actitud arrogante y pendenciera me desconcertó, y más si cabía ante el jefe del clan. Pero Lachlan observaba pasivo la escena.
—Sin embargo, podéis despediros de mí, y yo de vosotros, cuando gustéis —propuse mordaz.
—Tentador ofrecimiento —manifestó Gowan con una expresión retadora—, que no desdeñaremos en cuanto tengamos ocasión.
Una fugaz pero reveladora mirada hacia Lachlan fue indicativa de la aprobación que requerían. Aquéllos, descubrí con pesar, serían mis nuevos perros de presa.
Dirigí la vista hacia mi tío, que tuvo la deferencia al menos de desviarla con un deje —aunque sutil— de culpabilidad.
Me abrí camino entre ellos empujándolos con rudeza, regalándoles un gesto amenazador.
Subí la escalinata de dos en dos, con una única premisa: abandonar aquella misma noche Duart. Resultaba patente la única salida que yo mismo le había dejado a Lachlan: acabar conmigo.
Mientras me dirigía a la alcoba que compartía con Cora, me replanteé si merecía la pena arriesgar la vida y huir de Mull como un fugitivo sólo por un apellido.
La palabra honor nunca había significado mucho para mí, había estado demasiado ocupado sobreviviendo para tener tales consideraciones morales.
Respecto a la sangre, como linaje, tampoco suponía motivo de orgullo ni me debía a ella: la habían vertido demasiado para que sólo me importara conservarla dentro del cuerpo.
En cuanto al origen, nunca me había importado.
Uno sólo es originario de su propia esencia, y ésta se crea según lo que viva y no dónde lo haga.
Así pues, me pregunté por última vez por qué defendía ahora con tanta pasión el apellido MacLean, un apellido que nunca me había hecho vibrar en modo alguno, que jamás había usado, que no me aportaba absolutamente ningún beneficio, pues no necesitaba estar arropado por un clan para sobrevivir, ni necesitaba de su sustento, que nunca había sido para mí motivo de orgullo, excepto cuando nombraba a mi padre.
Y la respuesta fue clara: porque renunciar a él sería renunciar a lo que era.
Sería renegar de la resistencia que me había hecho sobrevivir a la barbarie.
Porque mi fortaleza, mis habilidades, mi ingenio y, en definitiva, todos mis dones, los que me habían mantenido con vida desde el día en que nací, eran rasgos heredados de mis padres, de mis ancestros, todos ellos MacLean.
Ante la posibilidad de desembarazarme de mi estirpe, fue cuando esa chispa embotada ante tanto vapuleo resurgió con fuerzas renovadas.
Era un MacLean, con todas sus consecuencias.
Y, aunque no ejerciera mis derechos como tal, poder sentirme así era estar más cerca de mis progenitores y de mis antepasados, y a eso jamás renunciaría.
Cuando irrumpí en la alcoba, Cora se cepillaba su refulgente melena roja frente a la cómoda. Su imagen en el espejo me sonrió. Pero el gesto murió en sus labios al reparar en mi oscuro semblante.
—Mete cuanto precises en un hatillo, nos vamos esta misma noche de Duart. Voy a avisar a Dante.
Ella simplemente asintió. Ni siquiera preguntó ni replicó, sólo me regaló una sonrisa tierna manifestándome su completo apoyo.
Ya me daba media vuelta para marcharme cuando un acuciante impulso me detuvo.
Giré sobre mis talones, me dirigí hacia ella, me incliné con decisión y la besé apasionado.
Tras un ronroneo que me incitó peligrosamente a tomarla hasta desfallecer, logré acumular fuerzas suficientes para retirarme después de un susurrado «te quiero» que me devolvió en una mirada profunda.