Bruma azul Capítulo 36. Alimentando una esperanza #2
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Capítulo 36. Alimentando una esperanza #2

Gruñí desaforado, tomándola con tal pasión, con tal abandono que aquel acto dejó de ser corpóreo para trascender a un nivel más profundo.

Me hundí en ella con una sola premisa, fundirme en su cuerpo, en su alma y en cada uno de sus sentidos, grabando mi esencia en la suya.

Jamás en toda mi vida había sentido nada igual, jamás había vibrado con esa cadencia tan abrumadora, jamás mi cuerpo se había estremecido con tanta pasión y tanto sentimiento.

Cautivado y trémulo por cuanto me zarandeaba, aceleré mis movimientos, intensificándolos, liberando todo mi salvaje apremio.

Cora jadeó sonoramente, saliendo al encuentro de cada acometida, alzando sus caderas para recibirme por completo, rindiéndose de forma tan desatada como yo a aquella pasión que nos azotaba implacable.

Nos derramamos al unísono, enlazando nuestros goces en un mismo grito liberador, preñado de un placer inconmensurable y de una emoción desgarradora.

Me desplomé con suavidad sobre ella, laxo y tan pleno que una beatífica sonrisa curvó mis labios.

Ella enredó sus dedos entre mi espesa melena, acariciándome. Gruñí complacido.

—Eres mi recompensa, Cora, mi refugio —murmuré alzando el rostro para beber de su mirada—. Eres la única luz que aleja mis sombras. Mi corazón sólo late a través del tuyo.

Contrajo su rostro en una mueca enternecida, su barbilla retembló, y oprimió ligeramente los labios en un vano intento por contener las emociones.

—Y ¿qué planes tienes para nosotros?

—Sólo estar juntos mientras la vida nos lo permita.

Sonrió enamorada, depositando un beso en la punta de mi nariz.

—¿Aquí, en Mull?

—De momento, es lo más seguro.

Repasó pensativa la línea de mis labios y asintió sonriente.

—Me gusta tu isla.

—Es hermosa, también salvaje e indómita —musité.

—Como tú —adujo rozando mis labios con los suyos.

—Te la enseñaré, quiero que conozcas mi árbol. Hay lugares realmente mágicos.

Enlazó mi nuca con los brazos y mordisqueó mi barbilla traviesa.

—Quiero conocerlos todos, ¿qué tal si comemos algo y los recorremos?

Asombrosamente ilusionado con la idea de recorrer la isla llevándola de mi mano, salí del lecho y reparé en el nuevo atuendo que las doncellas habían dejado sobre el arcón tras salir anoche de la alcoba.

Era una sencilla camisa blanca de mangas abullonadas y el plaid de caza MacLean, con el fondo verde oscuro, cuadriculado con líneas blancas y negras, un cinturón de piel tostada y unas botas a juego.

—Mandaré llamar a Anna para que te traiga un vestido más cómodo, aunque ese verde te quede de fábula.

Cora se apoyó de costado sobre un codo, observando con cierta fascinación cómo me vestía.

—Nunca he visto cómo se utiliza un plaid .

—Yo lo vi muchas veces, pero hasta anoche nunca me había vestido con uno.

Repetí el proceso de la noche anterior ante las muecas asombradas de Cora.

—Es todo un ritual —comentó maravillada—. Y ¿tiene que ser en el suelo?

—En una superficie amplia y recta.

Ajusté el cinturón, ahuequé la camisa y uní los dos extremos, delantero y trasero, del plaid con el alfiler del broche del clan. Me calcé las suaves botas altas de piel y le hice una reverencia formal.

—Estás formidable —alabó—. Tu cabello negro suelto sobre los hombros te da cierta apariencia animal que embelesa.

—En eso es en lo que me convierto entre tus piernas, gatita.

Cora rio y me lanzó un beso.

—Bajaré a las cocinas y subiré algo de comer. Yo mismo te traeré el vestido.

Le guiñé un ojo y salí cerrando la puerta tras de mí.

Recorrí con paso ligero el corredor y descendí la escalera tan hambriento como dichoso.

En el salón, varios hombres comían en la larga mesa conversando con semblantes ceñudos. Lachlan escuchaba a uno de ellos con atención, me observó cruzar la estancia y esbozó una tímida sonrisa orgullosa ante la elección de mi vestuario.

En las cocinas, las mujeres se afanaban entre grandes marmitas y preparaciones. Localicé a Anna en un rincón, dando indicaciones a una joven doncella.

Cuando reparó en mí, me miró aprobadora de arriba abajo, mostrando una relamida satisfacción antes de fruncir el ceño y acercarse a mí con los brazos en jarras.

—No se permiten hombres en mi cocina: sólo saben robar bebida, pedir comida y pellizcar traseros.

—Yo sé hacer más cosas —repliqué burlón.

—Y no lo dudo, dado vuestro éxito con las mujeres. Por cierto, esta mañana he ido a despertar a la pelirroja y no estaba en su alcoba. Me pregunto dónde habrá pasado la noche...

Me regaló una mirada acusadora que en realidad escondía una sonrisa taimada.

—Yo sólo me pregunto dónde podré encontrar un vestido para mi prometida pelirroja. Queremos pasear por el páramo.

Anna abrió los ojos demudada, al tiempo que las sirvientas exhalaban exclamaciones sorpresivas y, entre risas, comenzaban a susurrar.

—¡Por santa Brígida! ¿Vais a casaros?

—Si me aceptan, sí.

La anciana aya se me acercó con la emoción titilando en sus pequeños ojos oscuros. Me abrazó conmovida por la noticia.

—Condenado rufián, no sabéis lo feliz que habéis hecho a esta vieja.

Me abrazó tan enérgicamente que trastabillé hacia atrás entre risas.

Cuando alzó su afectado rostro hacia mí, en sus vivaces ojillos bailaba una humedad conmovedora.

—Por fin mis rezos se cumplen —murmuró.

La miré inquisitivo, la tomé de la barbilla y alcé una ceja interrogante.

—Veros sonreír —respondió a mi muda pregunta.

Tensé la mandíbula estrangulando mi propia emoción y la abracé con fuerza, besando su canosa coronilla.

Nos sabíamos curiosamente observados, lo que no impidió que alargáramos aquel abrazo, cargado de sentimiento.

Al final, Anna, se separó, me cogió del brazo y me condujo fuera de la cocina por la puerta que daba al patio de armas. Se sacó un arrugado pañuelo del escote y se enjugó tiernamente las lágrimas de los ojos.

—Vais a conseguir que crean que no soy una piedra —reprendió ceñuda.

—No lo eres.

—Pero debo fingirlo para que esas holgazanas no me ablanden con sus quejas.

Reí y sacudí la cabeza. Anna volvió a fijar la mirada en mí.

—Desde que murió vuestro padre, no había vuelto a veros sonreír.

—Bien sabes que no me dieron motivos.

—Cada noche —murmuró con cierto aire ausente— rezaba porque ella muriera. Cada mañana rogaba que vuestro tormento llegara a su fin, y cada día me maldecía por no poder hacer nada más por vos.

No pudo evitar llorar, mostrando todo el dolor que había acumulado durante aquellos infernales años de mi niñez, aquella impotencia que la había obligado a presenciar mis penurias sin poder intervenir y que se había clavado en ella con el puñal de un amargo remordimiento.

Yo sabía que si no se había ido de Mull había sido por mí, pero hasta ese momento no fui plenamente consciente de su propia angustia, de lo duro que debió de ser no poder impedir tanta vejación y crueldad, siendo testigo directo del sufrimiento de un niño.

Pero ella nada podía hacer. Tan sólo lo que hizo: curar mis heridas, abrazar mi dolor y procurar que tuviera comida en el estómago.

—Anna —tomé su barbilla de nuevo y la miré con gravedad—.

Nada puedes reprocharte, más bien al contrario.

Cargaste a tu espalda un tormento que no te correspondía, pudiste marcharte, escapar al horror, pero te quedaste por mí.

Y no sólo eso, sino que te convertiste en mi ancla, en mi apoyo, compartiendo mi pena.

Nunca tuve ocasión de agradecerte todo lo que hiciste por mí, pero lo hago ahora.

En aquel infierno, rodeado de demonios, tú fuiste uno de mis ángeles.

La anciana se abrazó de nuevo a mi pecho, desatando en sollozos todos los nudos que todavía permanecían en su conciencia.

Y, entonces, otro de esos ángeles asomó por la arcada principal, contemplándome con arrepentimiento y un deje de culpa. Se detuvo un instante, titubeante, hasta que finalmente se decidió a desaparecer por donde había venido.

Anna se apartó, se secó las húmedas mejillas y tomó una gran bocanada de aire para recomponerse. Al cabo, volvió a adoptar su aplomada actitud serena, se estiró con enérgicos ademanes el delantal y compuso una expresión complacida.

—Yo misma le llevaré ese vestido —se ofreció—. Me muero por conocer a la mujer que os ha robado el corazón.

Regresó a la cocina con porte erguido.

Y yo caminé hacia la arcada en busca de Ayleen. Era necesario que mantuviera una conversación con ella, sobre algo que ni mi tacto ni mi prudencia podrían suavizar. Aun así, mejor que lo supiera por mí que por otros, me dije, ya que pronto la noticia correría como la pólvora.

La encontré en el jardín, enfrascada en el huerto, en cuclillas, examinando unas hojas de acelga. Llevaba su castaña melena en una gruesa trenza a la espalda y un vestido pardo y azul con los colores de su clan.

—Creo que deberíamos hablar.

Se incorporó sacudiéndose las manos. Aunque mantuvo una expresión sobria, casi inexpresiva, sus ojos recorrieron mis ropas con cierto asombro.

—Veo con agrado que empiezas a dejarte seducir por tu origen.

—Aunque echo de menos mis pantalones. Me siento... demasiado expuesto.

—Te acostumbrarás, para muchas cosas... es más cómodo el feileadh mor . Además, ya he oído el éxito que tuvo entre las mujeres.

Su tono fue tan afilado como su mirada.

—Ayleen..., creo que debo serte sincero en cuanto a mis sentimientos.

—No es necesario —se apresuró a replicar—.

Los que a mí me repercuten son los únicos que me interesan.

Y ya maté mis esperanzas respecto a ellos, así que no tienes que preocuparte por mí.

En realidad, debería pedirte disculpas por.

.. haberte asaltado así. Yo... simplemente estaba feliz y te besé sin pensar en tu incomodidad.

No tengo derecho a ponerte en ningún compromiso. Te debo tanto, Lean.

—No me debes nada. Al revés, en todo caso. Siempre estuviste dispuesta a ayudarme, siempre estuviste ahí para mí.

—Pero no fue suficiente —replicó abatida.