Bruma azul Capítulo 36. Alimentando una esperanza #3
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Capítulo 36. Alimentando una esperanza #3

—No hace mucho me dijiste que el corazón no elige; tampoco se gana, Ayleen: vuela fuera de tu pecho por mucho que intentes contenerlo. No hay modo de resistirse a ese influjo que pugna por robártelo. Hasta que un día dejas de luchar y aceptas que ya no te pertenece.

—Y tú ya lo has aceptado, por lo que veo.

Asentí y su expresión se contrajo en una mueca tensa y sufrida. Apartó la mirada, fijándola en el suelo.

—Creo que ya está todo hablado, será mejor que regreses con ella.

Su tono fue tirante y seco. A pesar de su templanza, fue fácil adivinar la tormenta emocional que se libraba en su interior.

—Voy a pedirle que se case conmigo.

Alzó la mirada con impávido asombro. Un rictus desolado oscureció su rostro.

—¿Y tu venganza?

—Voy a vengarme intentando ser feliz.

—Debes de quererla mucho.

Sostuve su afligida mirada, percibiendo todo el dolor que rezumaba de ella, un dolor que se estiraba en guedejas hacia mí, envolviéndome en la oscura garra de la culpa.

Habría deseado soportar en mi propia carne su sufrimiento antes que verlo reflejado en sus ojos, pero nada podía hacer por paliarlo.

—Espero que también logre arrancar toda la oscuridad que todavía te atenaza.

Porque sólo podrá ayudarte conociendo todo por lo que pasaste.

Habrás de mostrarle tus demonios si quieres que te ame realmente.

Ella no sabe la verdad de todo lo que viviste.

Si vas a casarte con ella, tendrás que contárselo todo, debe conocer todos tus secretos. ¿O acaso temes que se asuste?

—No tiene por qué conocer los detalles —espeté en desacuerdo.

—Sólo conociéndolos podrá ayudarte —insistió.

—No necesito ayuda.

—Te equivocas, la necesitas y mucho.

—No —repetí con dureza.

Nuestras miradas se fijaron en un pulso obstinado.

—¿Crees que no lo percibo? ¿Crees que no lo veo crecer dentro de ti? Ese veneno que te carcome por dentro, esa bola de rabia que terminará estallando algún día...

—No lo hará, dedicaré mi vida a olvidar, a encontrar la paz.

—Te engañas entonces, y la engañarás también a ella.

Comencé a soliviantarme, me agité nervioso y alterado, bufando de frustración.

—Creía que deseabas que fuera feliz..., pero ya veo que, si no es a tu lado, la cosa cambia —rebatí furioso.

Ayleen me empujó rabiosa, tan agitada como yo.

—Quiero tu felicidad, majadero. Pero no que la construyas sobre el engaño. Porque entonces se derrumbará como un montón de escombros. Libera la oscuridad y después ya podrás comenzar a erigir un futuro seguro.

—¿Eso buscas? ¿Que me convierta en un monstruo desatado y ruja mi odio hasta que me libere de él? ¿Que busque a los Grant y a Lorna y descargue ese veneno sobre ellos?

—No, debe de haber algún modo, sin tener que derramar sangre ni hacer creer a los aldeanos que emergió una bestia del averno.

Pasé las manos por mi cabello y resoplé inquieto.

—No, Ayleen, si no alimento esa bola de rabia, no crecerá. Y, si encuentro la felicidad al lado de Cora, ese veneno acabará diluyéndose, o eso espero.

—¿Y si no se diluye?

—No quiero pensar en eso ahora.

—Bien —masculló con gesto derrotado—. En tal caso, ya es hora de regresar a casa. Aunque no lo creas, te amo lo suficiente para desear tu felicidad, a pesar de encontrarse en otros brazos. Sin embargo, dudo que nadie te quiera más que yo. Llevo mucho tiempo haciéndolo y será así mientras respire.

Ayleen ya se giraba con vibrantes lágrimas quemando su mirada. Un nudo oprimió mi garganta. La detuve aferrando su codo, aún sin saber muy bien qué decir.

—Yo... lamento tanto esto...

Ella sacudió la cabeza, tragando saliva con dificultad.

—Ojalá esa visión nunca se cumpla. Ojalá Cora logre alejarte de las sombras y te dé la felicidad que mereces.

—¿Qué visión?

—La que la anciana druidhe puso en mi mente.

—¿Qué fue lo que viste?

Ayleen se mostró dubitativa un instante. Negó con la cabeza e hizo ademán de retirarse.

La acerqué a mí, clavando mis ojos con tenacidad en los suyos.

—La vi a ella vestida de negro —declaró al fin—, de pie en la cima de un acantilado, su cabello rojo ondeando con el viento.

Permanecía inmóvil, llorando en silencio mientras contemplaba el horizonte.

Me vi a mí misma en la orilla del mar, sobre unos peñascos, lanzando flores al agua con el corazón roto.

Ambas separadas, ambas unidas por un mismo dolor.

Era fácil imaginar cuál, pensé con amargura. Una punzada angustiosa me atravesó.

—¿Qué fue lo que te hizo ver a ti? —me preguntó con la mirada empañada.

—Vi a ese monstruo en el que temes que me convierta, desquiciado y cubierto de sangre.

La expresión afligida de Ayleen se descompuso en una mueca tormentosa. Sus hermosos ojos se tiñeron de preocupación y temor.

—No me gusta, Lean.

—Tampoco a mí. Esa mujer era una bruja de verdad.

—Deberías regresar a Sevilla con ella, si ése es tu deseo —aconsejó con acritud.

—Quizá lo haga.

Bajó la vista de nuevo, hundiendo los hombros como si el peso del mundo reposara en ellos. Deseé abrazarla, pero me mantuve inmóvil, temiendo que cualquier acercamiento por mi parte pudiera dañarla más de lo que ya lo estaba.

—Hazlo, aquí sólo te aguarda la muerte y tus demonios —añadió—. Huye de Mull, y no regreses nunca... —Su voz se rasgó en un sollozo incontenible.

Alzó el brazo y acarició mi mejilla con infinita ternura en la punta de sus dedos.

Se giró y salió corriendo sin mirar atrás, dejándome con una piedra en el corazón.

Cerré los ojos intentando aplacar el torbellino de emociones que me zarandeaban.

Algo dentro de mí me decía que la muerte me acechaba, que seguía mis pasos, igual que sabía que, si algún día la oscuridad de mi interior vencía, en esa incansable batalla interior que me desgarraba día a día, terminaría convirtiéndome en un demonio igual que ellos.

Mi venganza no era sino la propia condenación de mi alma, y eso también lo vaticinó la bruja.

Tardé en recomponerme, en asimilar que, por mucho que quisiera evitar dañar, lo hacía. Deseé con todas mis fuerzas que Ayleen lograra olvidarme y rehiciera su vida, que encontrara a alguien que realmente la mereciera.

Caminé hacia el castillo con una nueva pena en mi pecho, y con una sombra nueva también: la de una guadaña.