Bruma azul Capítulo 36. Alimentando una esperanza
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Capítulo 36. Alimentando una esperanza

Alimentando una esperanza

Desperté de un sueño profundo, carente de pesadillas, de congojas e incertidumbre. Me sentí ligero y animado. Y la culpable de mi ánimo parpadeaba confusa despertando a su vez de su letargo. Supe al instante que el primer paso de mi lucha era confesar abiertamente el motivo de ella.

—Hacía tiempo que no dormía así —dijo Cora con voz pastosa y una luminosa sonrisa en el rostro.

—Yo nunca he dormido así.

Presa de la emoción, me acarició el mentón y besó mi mejilla.

—No quiero salir nunca de tus brazos —confesó, apretándose más contra mí.

—Y, si Dios quiere y la suerte me acompaña, no lo harás.

Ella me miró confusa, se incorporó sobre un codo y me observó expectante con expresión concentrada y ceñuda y un adorable halo esperanzador tiñendo su semblante.

—No pienso dejarte escapar, Cora, no, sintiendo lo que siento —declaré.

Su rostro se contrajo de emoción. Me contempló afectada y ansiosa.

—Te amo, gatita, tanto que este león ya sólo ruge por ti. No hallo ya sentido a mi venganza, ni encuentro más sabor en la vida que dormir cada noche entre tus brazos y amanecer con tu sonrisa.

—Lean...

Sus ojos se anegaron en lágrimas, que, acumuladas, se desbordaron en finos regueros por sus mejillas.

Frené una de ellas con el dorso de mi dedo, la llevé a mis labios y la saboreé.

—No hace mucho, me dijiste que buscara un nuevo motivo para vivir —comencé—.

Lo he encontrado en tus ojos, en tu luz, en tu sonrisa, en la manera que arrugas la nariz cuando te enfadas.

En esa costumbre tuya de tocarme cuando me hablas, incluso cuando discutimos.

En la subyugada expresión que me regalas al hablar yo, y en el fuego abrasador de tu pasión.

Mi vida empieza y acaba en ti. Nada más importa.

Cora exhaló un incontenible sollozo antes de besarme con frenesí. El salado sabor de su emoción caló en mi boca y en mi pecho, constriñéndolo preso del amor tan inconmensurable que lo inundaba.

Luego se apartó apenas para sumergirse en mis ojos.

—¿Tienes idea de cuánto te amo? —murmuró con voz estrangulada—.

¿De lo que me haces sentir con una sola mirada?

De algún modo, siempre he sentido una extraña familiaridad contigo.

En mí nacía de manera natural el anhelo por tocarte, aunque fuera una leve caricia en el pecho, o rozar tu brazo, como si necesitara de ello, como si fuera fruto de la costumbre cuando casi no te conocía.

Y yo, aunque intentaba refrenarme, actuaba por impulso, de manera inconsciente.

No sé qué es esto que nos ató desde un principio, Lean, si es amor, destino o maldición, sólo sé que no quiero liberarme nunca de ello.

Incluso si algún día no estás junto a mí, no podré lamentar haber vivido cada mágico instante a tu lado.

Sonreí con mirada húmeda, la emoción me embargaba. Deslicé el dorso de mi mano por la suave piel de su mandíbula.

—No será fácil amarme —le advertí.

—¿Crees que no lo sé? ¿Crees que es fácil ver cómo las mujeres caen rendidas a tus pies?

¿Crees que me agrada presenciar cómo Ayleen te ama casi con la misma intensidad que yo?

Detesto cada mirada que te dedica, cada roce con ella, cada conversación.

Y, aun así, no puedo reprocharle nada, incluso a veces pienso que deberías haberte enamorado de ella.

Ella te hace bien, te cuida, te da solaz y te hace reír.

No, amor mío, no es fácil, pero no hay opción posible, porque es imposible no amarte.

Tomó mi boca con apasionada posesividad. Gruñí en su interior, permitiéndole manejarme a su antojo, sellarme con su nombre y grabarme con su esencia, haciéndome suyo.

A continuación, agarró mis muñecas, me alzó los brazos por encima de la cabeza y se colocó a horcajadas sobre mí.

Sentada sobre mis caderas, comenzó a desabotonar mi jubón de terciopelo verde, mirándome con ardorosa intensidad.

Una vez abierto, desanudó las lazadas de mi camisa y la apartó de mi torso para posar sus palmas extendidas sobre mi piel. Me estremecí ante su contacto.

Recorrió mi pecho con expresión embebida, trazando cada poderosa línea de mis pectorales. Lentamente fue descendiendo por mi acerado vientre, mordiéndose el labio inferior con semblante lascivo.

—Dios, Lean, eres tan deseable, tan hermoso, tan subyugador.

Las entiendo, créeme que lo hago, sé que todas desearían estar en mi lugar.

Pero estoy yo, ¿me oyes? ¡Y ninguna otra tomará lo que es mío!

Cuando te metiste desnudo en aquel lago, estando yo atada a ese árbol, te observaba maravillada por cuanto veía, cautivada por tus formas, apresada en esa natural e indolente sensualidad que emanas como un halo embriagador que hechiza sin remisión.

Eres tan distinto, tan especial, que a veces me pregunto si eres real, por eso siento la necesidad de tocarte a cada momento, para comprobar que no eres un cruel espejismo.

Pero cuando me demuestro que eres real, tangible, sólo deseo fundirme contigo, ya no sólo en tu cuerpo, sino en tu alma.

Compartimos, pues, el mismo anhelo, el mismo sueño o la misma maldición.

—Cora... —gemí obnubilado.

Ella negó con la cabeza y posó su dedo en mis labios.

—Te quise para mí desde el primer instante en que te vi. A tu lado, mi corazón vibraba como nunca lo había hecho, y mi cuerpo se estremecía preso de un deseo apabullante.

Sacó los faldones de mi camisa y comenzó a soltar la hebilla de mi cinturón. Se alzó para manipularlo, yo me arqueé contra el colchón para facilitar que lo deslizara y, así, fue despojándome de cuanta prenda me cubría.

Completamente desnudo, tumbado y presto para la pasión, dejé que ella me acariciara, esta vez con sus ojos.

Salió del lecho y empezó a desvestirse con urgencia.

Admiré cada porción de su cuerpo, sintiendo cómo me aguijoneaba el deseo y la impaciencia.

Tan desnuda como yo, volvió a colocarse a horcajadas sobre mí.

Yo me incorporé contra el cabecero, de modo que mi boca quedara a la altura de sus enhiestos pezones.

Sentir su roce en mis labios liberó un ronco gruñido de mi garganta.

—¿Ruges, mi león? —ronroneó sensual.

—Rujo y rugiré por ti mientras me quede un hálito de vida.

Caldeé con mi aliento la zona que deseaba devorar, observando cómo su piel se erizaba anhelante.

Con la punta de mi lengua, rodeé su rosada aureola arrancándole un hondo suspiro.

Abarqué sus pechos con las manos y froté mi rostro en ellos.

Tras una mirada preñada de deseo, abrí la boca y apresé entre mis labios sus tersos pezones, que succioné con delicadeza.

Luego los liberé, soplando suavemente para verlos constreñirse suplicantes y, de nuevo, los tomé en mi boca.

Les dediqué toda mi atención mientras ella gemía largamente, doblegando mi contención.

—¡Dios, Lean...!

Llevé una mano a su nuca y la atraje hacia mí.

Atrapé sus labios con voracidad, mordisqueándolos juguetón, frotando mi lengua con la suya, retirándome a cada instante, sólo para mirarla lujurioso y, de nuevo, cernirme sobre ella.

Cora entró en mi juego y nuestras bocas se buscaban y se esquivaban a intervalos, entre sonrisas traviesas y ronroneos sensuales.

Hice descender mi mano por la curvatura de su espalda, mientras con la otra le aferraba las nalgas.

Ella se arqueó hacia atrás y yo paseé mi lengua por la cremosa piel de su garganta, deleitándome en su sabor.

Sentí mi verga pulsante debajo de ella, arropada entre sus muslos, percibiendo la cálida humedad de su sexo frotándose contra mí.

Exhalé un largo gemido contenido y Cora sonrió ardorosa.

—Voy a hacerte mío, nadie más te volverá a poseer.

Se apoyó en mis hombros, se alzó apenas y me introdujo en su interior.

Descendió lentamente hasta acoplarse en una penetración profunda que me arrancó un gemido roto y grave.

Tomó mi rostro entre sus suaves manos y comenzó a moverse, cimbreando su grácil cuerpo sobre el mío, ondulándolo con tan sensual erotismo, con tan lánguida entrega que el placer me sacudió con la vehemencia de un fiero rayo quebrando el tronco de un árbol.

Agarré sus nalgas y besé su labios, tan arrobado, excitado y conmovido que noté cómo cada fibra de mi ser se deshilachaba en una neblina densa y oscura de puro deseo.

Apremiantes punzadas de placer me acuchillaron implacables.

Atrapé toda su indomable melena roja con una sola mano, tiré suavemente de ella hacia atrás y mordí su garganta con delirio.

Sentí que perdía el control y la afiancé contra mí, inmovilizándola.

Cora se revolvió arrebatándome la cordura.

Entonces, me abracé a ella y rodé sobre el colchón, invirtiendo las posiciones sin salirme de su interior, atrapándola bajo mi cuerpo.

—Ahora mando yo —advertí fuera de mí.

Apresé sus muñecas, las elevé sobre su coronilla, tomando su boca con hosca urgencia, y comencé a moverme con rotundidad, marcando cada empellón con cambios de ritmo, con miradas felinas y besos arrasadores, dejando escapar el feroz animal que moraba en mi interior.