Capítulo 35. Todo un MacLean #3
—Nunca —gruñí grave—, jamás ningún hombre te hará sentir ni la mitad de lo que sientes por mí. Nunca dejarás de amarme, tu cuerpo será sólo mío, tu corazón también. Y te juro que, si pudiera de algún modo enlazar tu alma a la mía, lo haría.
—¡Eso sería una maldición! —espetó llorosa.
Su semblante obstinado y su mirada hostil me hicieron perder el control.
—Pues que lo sea, no me importa, mientras me ate a ti.
Volví a besarla casi con saña, con tal desespero que mi corazón se desbocó preñado de necesidad, de un anhelo tan voraz y acuciante que sentí cada punzada como un dolor físico, como si un puño de hierro me oprimiera el corazón estrangulando cada latido.
Cora comenzó a rendirse entre cálidas lágrimas que también mojaban mi rostro, respondiendo a mi beso. Pero cuando sus puños perdieron encono y se abrieron para cobijarse en mi nuca, mi corazón se detuvo preso de una dicha tan liberadora que me cerró la garganta.
Ella logró apartarse un instante para mirarme suplicante.
—¡Déjame ir!
—¡No, moriría! ¡Dios, Cora...! ¿Qué me estás haciendo?
Cerré los ojos sofocando mi propia turbación, desgarrado y deshilachado en mil emociones tan extremas que por un instante creí que me estaba abriendo el pecho en canal.
Y entonces Cora tomó mi boca con la misma pasión posesiva que yo había derramado sobre ella. Y la tormenta se desató.
Abajo, la fiesta seguía en todo su apogeo, la música flotaba envolviendo cada rincón.
La luz de las velas doraba la sala inferior.
Los murmullos soterrados de joviales conversaciones ascendían como un rumor difuso.
Las risas cascabeleaban vibrantes e irregulares, y nosotros, envueltos en la parcial privacidad de ese rincón sombrío del rellano de la primera planta, nos entregamos a una pasión tan desbordante que el mundo perdió consistencia y la realidad se desdibujó.
Nos besamos como alimañas hambrientas. Nuestras manos ansiosas recorrían cada porción de nuestros cuerpos con frenesí, desesperadas por buscar alivio en la piel del otro.
Bajé el corpiño de su vestido, y sus senos asomaron ofreciéndome sus rosados y altivos frutos, que yo tomé en mi boca con delirio.
Cora se arqueó hacia atrás, gimiendo de placer mientras yo devoraba sus erguidas cumbres y mordisqueaba la cremosa turgencia de sus redondos y firmes senos.
No logré colmar mi hambre, aquella mujer me convertía en una bestia insaciable y lujuriosa.
Me arrebataba la cordura y el control, reduciéndome a un pobre y fervoroso adorador de su cuerpo.
La giré entre mis brazos y la apreté contra la lustrosa baranda de roble macizo.
Tras ella, comencé a lamer su cuello, mientras mis manos amasaban sus pechos.
Cora se acomodó contra el mío, doblegándose a mi pasión.
Subí con impaciencia sus faldas y me acuclillé tras ella.
Con una mano en la parte baja de su espalda, la obligué a inclinarse sobre la barandilla, le abrí las piernas y hundí el rostro en sus níveas y suaves nalgas.
Mordisqueé, lamí, azoté suavemente y besé cada una con voracidad.
Luego paseé mis dedos por su húmeda y ardiente entrepierna, acariciando sus sedosos pétalos, poniendo especial dedicación en ese inflamado botón de carne prieta, que rodeé con la yema de mi dedo índice, trazando delicados círculos que la estremecieron arrancándole profusos gemidos que el bullicio de la fiesta sofocó.
Continué estimulando su placer, aumentando el ritmo de mis caricias.
Al tiempo, introduje dos dedos en su interior y empecé a moverlos al unísono.
Ella acompañaba mis movimientos con sus caderas, aquel baile me estaba volviendo loco.
Mordí con suavidad sus nalgas, acelerando mis caricias.
En un espasmo vehemente, se sacudió frenética y se derramó en mi mano.
Sus jugos rezumaron briosos, escurriéndose por el interior de sus muslos.
Me agaché un poco más y los lamí de abajo arriba, hasta lamerlos directamente de su sexo.
Cora se agitó presa de continuados clímax que la contorsionaron contra mi boca.
Ciego de deseo, alcé la falda de mi feileadh mor , descubrí mi palpitante y dura verga y deslicé su gruesa cabeza por su húmeda y jugosa hendidura.
Avancé con cuidado, a pesar de que el deseo contenido me quemaba, y me introduje en ella despacio, temblando de placer.
Cora emitió un gemido largo y roto, y yo, con los dientes apretados, rebuscando un ápice de control al que aferrarme, comencé a moverme dentro de ella, cada vez con más vigor y rudeza. No pude ser dulce, una fiera posesión me dominó.
El seco golpeteo de la carne contra la carne, los jadeos ininterrumpidos y la sutil fragancia de la lujuria nos llevaron a un paroxismo sin igual.
La incorporé, ciñéndola a mi pecho. Deslicé la palma de mi mano hacia su garganta y mordí el lateral de su cuello sin dejar de penetrarla.
Ella se rompió en un jadeo largo que anunciaba un nuevo clímax.
Pude sentir cómo su interior se contraía en espasmos apresando mi carne, de nuevo se derramó en torno a mí y aquello rasgó el fino hilo de mi contención.
Gruñí salvajemente, preso de un placer tan desquiciante que todo mi cuerpo se tensó vibrando en aquella liberación.
Todavía estremecido y aturdido por la nube densa de un goce tan extremo como el que acababa de vivir, fui incapaz de salir de ella.
Y, cuando por fin logré acumular las suficientes energías para hacerlo, lo hice con suma reticencia, como si mi cuerpo se sintiera desangelado sin el suyo, como si aquel refugio, no sólo físico, que ella me ofrecía, fuera la morada de los dioses, el solaz en la batalla, la luz entre las sombras.
Supe que aquel sentimiento que nos unía no era común ni siquiera en parejas enamoradas. No, lo nuestro iba mucho más allá.
Cuando la giré hacia mí, Cora tenía la mirada arrasada en lágrimas.
—Lean...
La abracé contra mi pecho. Ambos trémulos, ambos enmudecidos, ambos conmocionados por aquel invisible hilo que nos envolvía en tan vertiginosas vueltas, que aturdía nuestros sentidos.
No pude hablar, sólo deseaba no soltarla nunca.
Y eso hice. La tomé en brazos y ascendí hasta la segunda planta, donde estaba mi alcoba.
Ella cobijó su rostro en mi hombro. Sentí su cálido aliento en mi cuello como el reconfortante soplo de una brisa estival, su peso entre mis brazos como una manta en invierno y el roce de su cabello como si una miríada de mariposas revoloteara mágicamente en torno a mí.
Con ella a mi lado, las sombras se diluían y una luz radiante daba color a todo a mi alrededor.
Lo opaco brillaba, lo negro se agrisaba, la amargura se diluía y los recuerdos se desdibujaban, consiguiendo lo impensable, que un atisbo incandescente de esperanza refulgiera entre las desgarradas fisuras de un corazón roto tantas veces.
Una esperanza, quizá selladora, quizá lo suficientemente fuerte para lograr no sólo unir los trozos, sino fundirlos en una pieza nueva.
Suspiré cuando llegué a mi puerta. La abrí, me adentré en mi cuarto y cerré de una patada.
Llevé a Cora a mi cama y me tumbé sobre ésta con ella arrebujada sobre mi pecho.
Permanecimos abrazados sin necesidad de hablar, dejando brotar nuestros sentimientos, mirándonos a los ojos y acariciando nuestros rostros.
Y, por fin, le puse nombre a aquello que sentía.
La amaba con tal fuerza arrolladora que cada latido me dejaba sin resuello.
Y, a pesar de amarla con todo mi ser, no quise traducir ese sentimiento tan profundo a través de mi voz en palabras que no alcanzarían a expresar la magnitud de lo que palpitaba en mi pecho, en palabras que ella pudiera recordar en un futuro sin mí, convirtiéndose de ese modo en puñales.
No, quizá fuera más fácil olvidar miradas y gestos, pasiones y sensaciones, aunque egoístamente deseaba con toda mi alma que nunca me olvidara.
Almacené en mi memoria cada emoción sentida, para beber de ellas en caso de agonizar de anhelos cuando la perdiese.
Supe que aquellos escasos momentos de inmensa dicha era cuanto me llevaría a la tumba.
Yo era un hombre condenado, posiblemente desde mi nacimiento, desde que aquella druidhe me maldijo en el vientre de mi madre.
Y, ahora, lanzado sin conmiseración a un amor como aquél, sin visos de futuro, tan sólo para hacerme degustar el paraíso como una mera ilusión, antes de hacerme regresar al infierno.
No obstante, entonces algo se rebeló dentro de mí. Si el destino me había otorgado aquella luz, que ahora dormía plácidamente entre mis brazos, ¿por qué no luchar por ella?
Estaba en Mull, protegido por mi clan. Los Grant no se atreverían a asaltar Duart. Podía quedarme allí con ella, y quizá... hacerla mi esposa.
Por primera vez en mi vida, me dormí con una sonrisa en los labios.