Capítulo 35. Todo un MacLean #2
Reímos entre brindis. Yo observaba con la mirada entornada cómo Cora fingía pasarlo bien en brazos de Alaister, riendo entre susurros imaginaba que alguna galantería.
Llevaba un hermoso vestido verde manzana de satén, con finos brocados de hojas y fruncidos bordones plateados en torno a un pronunciado escote cuadrado que oprimía las suaves curvas de sus tersos senos, realzándolos.
Las mangas eran abullonadas, con encajes y gasas formando hojas más pequeñas también en plata, y la falda era amplia, drapeada, del mismo tejido que el corpiño.
Su llamativo cabello lucía recogido en un favorecedor moño alto, sujeto por un prendedor de plata labrada.
A ambos lados de su ovalado rostro, varios mechones finos caían en largos bucles hasta su escote.
Tenía las mejillas arreboladas, los mullidos labios rojos y húmedos y una preciosa mirada, tan verde como su vestido, acechándome con interés.
Saber que era en mis brazos donde anhelaba estar resultaba un duro esfuerzo de contención, pues mis más salvajes impulsos me tentaban a arrebatársela a Alaister, tomarla en brazos y llevarla a mi alcoba.
Aun así, no lo haría, porque era precisamente eso lo que ella buscaba. Si obtenía la respuesta que deseaba, utilizaría siempre la misma argucia de los celos para dominarme. Y, si algo era yo, era indomable.
Más allá, y tras otro largo trago, descubrí a una mujer taladrándome con la mirada.
Era morena, de ojos negros, piel nívea y rasgos felinos, bastante atractiva.
Al sentirse descubierta, sonrió invitadora.
Yo no pensaba moverme de donde estaba, pero no la rechazaría si se me acercaba.
Por mi experiencia con las mujeres, intuí que aquélla sólo buscaba una cosa de mí.
Y una, además, en la que no hacía falta mezclar ningún sentimiento, ni ninguna otra complicación.
Comencé una artera seducción a base de miradas incitadoras y sonrisas lascivas, atrayendo la presa hacia mí.
—Ésa viene derechita a devoraros —observó Malcom con socarrona envidia.
Y, en efecto, la mujer caminó hacia el lugar donde nos encontrábamos.
Cuando llegó a mi altura, inclinó respetuosa la cabeza y me ofreció su copa vacía.
—¿Seríais tan amable de pedirme otra?
—Me gustan las mujeres que repiten.
Malcom ahogó una risita y se giró para toser, atragantado con la bebida.
—Y a mí los hombres que saben complacer las peticiones de una mujer.
Sonreí taimado, me giré hacia el lacayo que portaba la jarra y le tendí la copa vacía. Una vez llena, se la entregué a la mujer.
—Espero haberos complacido debidamente.
—Siempre se puede mejorar.
De soslayo, capté las miradas furiosas de Cora.
Iba a demostrarle que ése era un juego arriesgado al que era innecesario jugar.
Debía que enseñarle a gestionar su frustración, sus celos y su orgullo, como pensaba demostrarle a Ayleen, cuando tuviera ocasión, que no se podían forzar las cosas, y mucho menos el amor.
—En ese punto, estoy completamente de acuerdo con vos —coincidí seductor.
—Me llamo Shannon MacKenzie.
Extendió la mano, la tomé en la mía y besé su dorso, sin dejar de mirarla con descaro.
—Tengo la sospecha de que no es necesario que me presente —repuse.
Ella sonrió negando con la cabeza.
—No, no es necesario. Encuentro más necesarias otras cosas.
Alcé una ceja y me encogí de hombros fingiendo ingenuidad.
—Si puedo seros de alguna ayuda...
La mujer se atrevió a acercarse y a repasar con la yema de su dedo índice la línea de mi hombro, mientras me regalaba una mirada insinuante.
—Podéis serme de inestimable ayuda, sin lugar a dudas.
—¿Alguna sugerencia? —murmuré pícaro.
—Muchas, pero no aquí, en algún lugar más... privado.
Sonreí abiertamente ante tan atrevido ofrecimiento. Y, aunque debería haber aceptado la invitación y haberme perdido en los brazos de aquella mujer, supe que mi cuerpo no habría respondido como debería, porque permanecía preso de un hechizo cuya conjuradora continuaba lanzándome feroces miradas.
Sin embargo, y para incentivar la reacción que yo buscaba, incliné la cabeza hacia la boca de Shannon sin llegar a rozarla, sólo para acariciarla con mi aliento murmurando una disculpa. De soslayo, atisbé a Cora avanzar hacia mí y estrangulé una sonrisa complacida.
—A pesar de que el ofrecimiento resulta muy tentador, no puedo aceptarlo —dije.
La mujer me regaló una expresión confundida y agraviada.
—¿Acaso jugabais conmigo?
—Sí, aunque no como vos habríais deseado.
Shannon MacKenzie me taladró con una mirada furiosa, ya alzaba la mano hacia mi rostro cuando la frené aferrando su muñeca, se la giré y besé su dorso con cortesía.
Ella se desasió con brusquedad y casi bufó frustrada ante mi sonrisa suficiente.
En ese instante, Cora, fingiendo ignorarnos, se acercó a la mesa de las bebidas con ademán vehemente y altivo, empujándome ligeramente. Fulminando a Shannon con una mirada desdeñosa, pidió una copa.
Me incliné algo hacia ella y susurré contra su cabello:
—¿Sedienta, gatita? ¿Alaister no colma tu sed?
Se giró hacia mí como una gorgona, clavándome una mirada ceñuda y airada.
—La tuya, en cambio, parece que la colma cualquiera —recriminó furiosa, contemplando con desprecio a Shannon.
—¿De veras preferís a una muchacha torpe y deslenguada que a una mujer experimentada y cabal?
Cora bufó iracunda, cogió su copa y se plantó frente a Shannon con gesto combativo.
—Soy yo la que no lo prefiere a él. Si gusta de mujeres licenciosas y descaradas, no es mi tipo de hombre.
Con los brazos en jarras, Shannon enarcó una ceja y sonrió ladina.
—De ser así, y sin competidora, ¿he de suponer que el trofeo es todo mío? —acicateó provocadora.
Cora me miró, agitada y colérica. Su tirante expresión me conmovió. Deseé tomarla en brazos y llevarla a mi lecho.
—Todo vuestro.
En un arrebato, derramó en mi pecho el contenido de su copa con un gesto seco.
—Acabo de daros una excusa perfecta para que lo ayudéis a cambiarse.
Shannon sonrió abiertamente, aleteó coqueta sus oscuras pestañas y se humedeció los labios examinándome con deseo.
—Nada me complacería más que ayudarlo a desvestirse.
Cora enrojeció indignada, en sus ojos brillaba la impotencia y la amargura. Ya se iba cuando la sujeté por el codo. Ella se debatió sin mirarme, se zafó con rudeza y cruzó el salón en dirección a la amplia escalinata principal.
—Por vuestra mirada, veo que ya habéis elegido —me dijo Shannon.
Asentí endureciendo el mentón. Quizá aquello era lo mejor para ambos, pensé con pesadumbre.
Quizá debería coger a Shannon y perderme en su experiencia, olvidando en su cuerpo lo que sentía por otra mujer.
Quizá dejar que Cora me despreciara la ayudaría a arrancarme de su corazón cuando me fuera.
Pero todos esos «quizá» fueron cayendo laxos a mis pies ante la rotundidad de un impulso tan punzante como primario que me impelía a seguirla.
—No elegí yo —murmuré más para mí que para ella—. Como una vez bien me dijeron, es el corazón el que elige.
Y salí en pos de Cora, sabedor de que cada paso era un error, cada sentimiento una equivocación, cada emoción una traba. Y, aun así, no me detuve.
Ya subía la escalera hasta la planta superior, recogiéndose las faldas, cuando se giró y me sorprendió al pie de la misma, observándola. Apresuró el paso, alejándose. Yo sonreí artero; no escaparía de mí, me dije.
Subí los escalones de dos en dos y casi llegué al tiempo que ella al primer piso, pero fue rápida y corrió pegada a la baranda para ascender el siguiente tramo. Justo en la curva de ascenso, logré apresarla. Se revolvió como una gata furiosa.
—¡Suéltame, maldito!
—¡Nunca!
Comenzó a golpearme el pecho con los puños cerrados, con tanta fuerza que su moño empezó a tambalearse liberando gruesos mechones. La agarré de la cintura adhiriéndola a mi pecho, acortando su capacidad de acción. Sin embargo, tan furibunda estaba que me arañó la mejilla para que la soltara.
—¡Te odio!
—¡Me quieres!
Me abofeteó fuera de sí. Yo le aferré ambas muñecas con una sola mano y se las sujeté a la espalda. Se debatió con desespero, tenía lágrimas en los ojos y la frustración la embargaba.
—¡Ya no quiero saber nada de ti! ¡Me repugna tu contacto, tu aliento y tu presencia! —barbotó frenética.
—Me quieres y me deseas, aunque odias quererme y desearme, pero no puedes hacer nada por evitarlo.
Como yo no puedo evitar confesarme cautivo de tus miradas, esclavo de tus labios y siervo de tu cuerpo.
Y tampoco puedo evitar odiarme por no dejarte escapar.
Aun así, soy incapaz, Cora, no puedo, te siento tan mía que es imposible no tomarte.
Ella respiraba agitadamente, mirándome dolida y tan desgarrada por aquello que nos unía como yo.
No pude aguantar más y me abalancé sobre su boca, con tal desesperación que no me importó que me mordiera, que girara el rostro evitando la mía, que se retorciera rabiosa. No cejé.
—¡Eres mía, te guste o no! ¿Lo oyes? Y, mientras esté a tu lado, no habrá más hombre que yo.
—¡No! ¡Pienso meterme entre los brazos del primero que encuentre! ¡Alaister estaría encantado de aceptarme en su lecho! ¡Cualquier menos tú!
Liberé sus muñecas y le aferré el rostro con ambas manos. La miré furioso, sólo imaginarla en brazos de otros hombres se me nublaba la razón.
—Voy a marcarte, y para siempre. Esté a tu lado o no, serás siempre mía, sólo mía —proferí desquiciado.
La besé de nuevo, inmovilizándola contra mi cuerpo. Aunque continuaba golpeándome, mi lengua aprovechó un gruñido de rabia para filtrarse entre sus labios. Y, entonces, cerqué la suya, la froté con denuedo, recorrí cada rincón de su boca y paladeé con rudeza y urgencia su húmedo y cálido interior.
Mi hambre se desató feroz, necesitaba grabarme en su piel, en su mente, en su alma incluso. No pensé, no me cuestioné nada, sólo ardía.
Cuando la solté, la agarre por la nuca y clavé una profunda mirada en ella.