Capítulo 35. Todo un MacLean
Todo un MacLean
Por el bullicio, supe que la fiesta había comenzado.
Bajé la escalera con naturalidad, deseando poder escabullirme ocultándome en algún rincón tranquilo.
Pero, a mitad de camino, sentí muchas miradas fijas en mí.
Me detuve en un escalón y descubrí entonces que los murmullos se habían apagado.
Toda la atención estaba puesta en mí. Maldije para mis adentros y continué bajando, esta vez con más solemnidad.
Seguramente serían imaginaciones mías, pero creí percibir la cautivada mirada de algunas mujeres que me recorrían de pies a cabeza con expresiones gratamente asombradas.
Los hombres también me escrutaban con interés.
A mi paso, oí expresiones que lograron algo que jamás creí posible, y fue azorarme.
Palabras como soberbio , imponente o magnífico pronunciadas además con un deje deslumbrado y casi reverencial me abrumaron.
Y, aunque estaba más que acostumbrado al descaro de algunas mujeres, aquellas miradas fascinadas no eran lujuriosas, sino tan sólo admirativas.
Lachlan me asaltó, pasando su brazo sobre mis hombros y enfilándome hacia un grupo de encopetadas amistades.
—Eres todo un MacLean, no imaginas lo orgulloso que me haces sentir. Te ves poderoso, gallardo y regio.
—Yo sólo me veo ridículo.
—Pues no veo mofa a tu alrededor precisamente. Has impactado de forma grata a la concurrencia. Dudo que esta noche te acuestes solo.
Me dedicó un pícaro guiño y me presentó con pompa al grupo de hombres y mujeres, que me contemplaron con suma atención.
—Sois un curioso representante MacLean —opinó un hombre alto y desgarbado—. Vuestra ascendencia árabe resulta más que evidente. Dicen que las mezclas de razas, al contrario de lo que se piensa, suelen dar ejemplares excelsos.
—Sin duda en vuestro caso —intervino una dama de mediana edad—, pero por lo general resta pureza y virtudes. Se debe cuidar la conservación tanto de la raza como de las tradiciones. Es similar a la cría de caballos: cuanto más pura la sangre, mayores sus dones.
—Si me permitís una observación —comencé—, me gustaría aclararos que los caballos se cruzan con yeguas de su misma familia para obtener su pureza.
Si entiendo que ni vos ni nadie de vuestra familia ha practicado el incesto, puedo aseguraros que vuestra sangre, al igual que la mía, no tiene nada de pura.
Tras algunas exhalaciones sorpresivas y reprobatorias, la mujer me miró ofendida y, frunciendo disgustada los labios, musitó:
—Por lo que veo, además de la apariencia, carecéis de la educación de un escocés respetable.
—Lamento haberos ofendido, no sabía que contradeciros se consideraba una falta de educación.
Sofoqué una sonrisa divertida al ver cómo el rostro de la dama se contraía furioso.
—¿Cursasteis algún tipo de estudios en Sevilla? Parecéis un hombre instruido —preguntó un hombre de aspecto distinguido y porte altivo.
—Me instruyeron las calles, el hambre, las injusticias y la necesidad. Los conocimientos los aprendí de la vida y de los libros.
El hombre sonrió complacido, asintiendo mientras alzaba su copa.
—Yo también adoro leer. En concreto, aparte de los madrigales de Petrarca, descubrí hace poco su prosa. Resulta fascinante el modo de abordar temas de conciencia sobre su propia persona.
Le dediqué una mirada taimada. Odiaba que me retaran, pero no pude evitar recoger el guante.
— Secretum es una obra bastante polémica en sí, un análisis concienzudo de sus pensamientos y sus sentimientos más profundos. Hasta se atrevió a revelar la envidia que le profesaba a Dante Alighieri.
El hombre compuso un semblante de admirado asombro.
—No sólo impresiona vuestro porte, os lo aseguro. Nunca imaginé que pudiera encontrar a alguien que conociera la obra de Petrarca.
—Suele ser más conocido su Canzoniere , aunque la lírica italiana no recale en estas tierras. Y ahora, si me disculpáis, me gustaría presentar mis respetos al resto de los invitados.
Lachlan me contempló boquiabierto, tan impresionado como los demás integrantes del grupo. Tras un gesto respetuoso, atravesé la sala buscando un cabello rojo y unos brillantes ojos verdes.
Una mano se alzó entre las cabezas llamando mi atención. En una esquina localicé a Rosston, que me saludaba risueño. Decidí dirigirme hacia allí.
La melodiosa música de laúdes y flautines invitó a los presentes a arremolinarse bailando en el centro del gran salón.
Las grandes arañas de cristal bañaban de luz la estancia, refulgiendo en la transparencia de la fina cristalería, en las curvas de las jarras de plata y en las suntuosas joyas y ornamentos de las damas que danzaban con tan exquisita elegancia.
Mi presencia sin duda era el centro de miradas y murmuraciones.
Cuadré los hombros, suspiré y atravesé la sala con paso fluido y barbilla altiva.
Unos rasgados ojos verdes se clavaron orgullosos en mí, con un marcado deje impresionado, brotando de ellos tal anhelo que tuve que recordarme que no estábamos solos.
Otra mirada del color del océano me calibró con la boca entreabierta y fascinada. Adelantándose, me interceptó y se plantó frente a mí.
—¡Estás increíble, Lean! —exclamó Ayleen con admiración.
Sonreí y ella se lanzó a mis brazos. El semblante de Cora se oscureció mostrando su incomodidad.
—Te debo la vida, yo... siento tanto haberte puesto en peligro.
—Prefiero pensar que esa druidhe te embrujó, porque no logro entender qué motivo te llevó al Púlpito del Diablo.
Ayleen bajó la vista arrepentida, tomó una gran bocanada de aire y musitó:
—Ella me dijo que en ese púlpito, mediante un rito y... el colgante del nudo de bruja, se cumplía cualquier deseo; que me esperaba para celebrar Litha y ayudarme con mi... deseo.
La miré con gravedad, de manera tan intensa que Ayleen apartó nuevamente la vista.
—Imagino que pensarías que el diablo ayudaría a tu hermano y a los demás a escapar de prisión, por muy descabellado que eso sea. Ése era tu deseo, ¿no?
Asintió sin atreverse a mirarme. Alcé su barbilla y le sonreí con dulzura.
—No te disculpes, se llama desesperación . Por fortuna, todo salió bien.
Volvió a abrazarme. Cuando se separó, contempló con envidia a las parejas de bailarines y luego a mí. Titubeó indecisa si pedirme que la sacara a bailar, aunque pareció desechar la idea componiendo un semblante abatido. Era tan fácil leer en su rostro.
—Pero podría haber salido horriblemente mal —se lamentó.
—Nada como un buen baile para olvidarlo, ¿no crees? —repuse.
Su expresión se iluminó de repente en una sonrisa jubilosa.
Reparé en que estaba muy guapa con su cabello trenzado en un moño alto y un vestido en tonos añiles que realzaba el color de sus ojos. Antes de dejarme arrastrar al centro de la sala, me apercibí del destello disgustado en los ojos de Cora.
Comenzamos a danzar al son de la animada melodía que tocaban los músicos en ese momento, y a mi mente acudieron las clases de baile recibidas en el páramo por Ayleen cuando éramos niños.
Giramos y danzamos risueños, como en aquel entonces, como niños alegres que olvidaban en aquellos rítmicos pasos los miedos, las congojas, las inquietudes y la soledad, tan sólo felices de sentir el viento en los cabellos y las risas vibrando en las gargantas.
Aquellos momentos que me había regalado Ayleen en la época más dura de mi existencia también me habían salvado la vida.
En su exaltación, se ciñó a mi pecho, se alzó de puntillas y me besó.
Apenas fue un roce tentativo, pero yo me envaré reticente al contacto. Ella se detuvo ante mi rechazo y oprimió los labios sofocando su malestar. Luego se volvió ofuscada y desapareció entre el gentío.
En mitad de danzantes parejas, contrariado y apesadumbrado, con un deje amargo en la garganta, comprendí que no debía provocar situaciones como ésa, sino que debía obligarme a ser más frío y distante con ella.
Al parecer, cuando mediaban sentimientos no correspondidos, la amistad no era una baza, al menos hasta que éstos se enfriaran.
Permanecí inmóvil en el centro del salón, viendo a las parejas rodearme inmersas en sus giros. Y, de entre todas ellas, un cabello rojo captó mi atención.
Cora bailaba con Alaister. Y, a pesar de danzar entre sus brazos, sus ojos no se despegaban de mí.
Sabía que estaba molesta y que pretendía ponerme celoso, y en aquel momento comencé a hartarme de todo aquello.
De ese apego posesivo al que llamaban amor .
De las rivalidades, las susceptibilidades, los enfados y los pulsos.
No sólo de las mujeres hacia mí, sino de mí hacia ellas, como si estuviéramos presos de una maldición.
Me alejé de allí y me dirigí a la mesa donde servían las bebidas. Cogí una copa de clarete que apuré de un solo trago y volví a ofrecerla para que me la llenaran. Malcom se me acercó acompañándome con otra copa.
—No pongáis ese ceño, muchacho —masculló el viejo capitán—. Para mí querría yo vuestros problemas de faldas.
Estiré tirante la comisura del labio y enarqué una ceja en un rictus burlón.
—Apuesto a que sí.
El hombre rio y me palmeó la espalda.
—Vuestras piernas están creando furor.