Bruma azul Capítulo 31. En el fragor de una condena #2
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Capítulo 31. En el fragor de una condena #2

Respecto de la figura de Betsabé, existía tan repugnante hipocresía que evidenciaba la corrupción de la moral en función de lo provechoso que resultara justificar la condena al que utilizaba sus servicios y no a quien los ofrecía.

Para acallar esa corrompida y aparente moral, de vez en cuando mandaban meter presa a la sanadora un día en el calabozo, a lo sumo dos.

Ella mostraba arrepentimiento, era perdonada y de nuevo volvía a su casa.

No se podía prescindir de las dotes de una mujer tan útil.

El letrado en cuestión no logró que nos dejaran visitar a Elena en la prisión.

Así pues, cuando aquel soleado domingo de mayo, desde las gradas dispuestas frente al cadalso, la vimos subir la escalinata, mi maese y yo enmudecimos horrorizados.

Iba vestida con una harapienta túnica, descalza y desgreñada, y estaba tan delgada que podíamos ver cómo sus huesos resaltaban en la tela.

Se encontraba tan débil que trastabillaba continuamente, y tan lívida y ojerosa que parecía más un ánima que una persona de carne y hueso.

Sentí cómo toda la sangre de mi cuerpo empezaba a bullir dentro de mí en coléricos borbotones.

Tuvieron que ayudarla a subir a la plataforma de madera apilada donde se erguía el poste. Allí fue vilmente atada.

Todo mi cuerpo comenzó a agitarse preso de una ira desbordante ante tamaña injusticia.

No, me dije, no hay peor maldad en el mundo que la que anida en el ser humano.

Esa maldad no necesitaba pócimas, ni conjuros, tampoco precisaba de ningún tipo de magia, tan sólo se inventaba edictos, mandamientos, imposiciones, marcando un férreo sendero por el que todos debíamos caminar, y pobre de aquel que no lo hiciera.

Pero aún iba más allá: incluso recorriendo obediente y sumiso ese camino, surgían brazos que te empujaban fuera de él para acusarte con el dedo.

Y, una vez fuera, se volcaba contra el expulsado toda la brutalidad que la creatividad de una mente ingeniosa pudiera idear.

Y en cuanto a ingenio, la Inquisición destacaba por sus originales métodos de tortura.

Desde el aterrador «potro», donde el reo era estirado hasta desencajar sus miembros, hasta la «cuna de Judas», donde el condenado era alzado sobre una pirámide de acero y soltado a plomo sobre su vértice para destrozar sus partes más nobles.

O la «zarpa de gato», en la que se ataba al acusado a un poste y se le rascaba la espalda con una especie de garfio hasta descarnarlo.

El «péndulo», donde a la víctima se le ataban las manos a la espalda y luego era izada con un peso en los pies para desarticular sus huesos.

Y una de las más horripilantes, llamada «la sierra», donde el pobre infeliz, de general sodomita, o una desgraciada mujer acusada de bruja y de llevar además el hijo de Satán en su vientre, era colocado en posición invertida con el fin de evitar que perdiera el conocimiento y se lo serraba por la mitad partiendo de la ingle.

No se desvanecía hasta que lo segaban a la altura del ombligo o, en ocasiones, del pecho.

Y, así, muchas otras que denotaban una mente no sólo perversa, sino inhumana, que se regodeaba en la barbarie.

No únicamente del que la ejecutaba, sino del público que la disfrutaba, pues no asistir a un auto de fe levantaba sospechas entre los convecinos.

Todos debían presenciarlos, no había mejor correctivo ni mejor ocasión para extender el manto del miedo entre una congregación que debía ser sometida al capricho de una fe manipulada por unos pocos, sólo por su afán de poder y dominación.

Dirigí la vista hacia mi maese, que lloraba en silencio con tan acerbo amargor que todo mi ser se revolvió en una vorágine de emociones extremas que supe que serían difíciles de controlar .

El inquisidor general escrutó a la rea, revisó unos pliegos y se puso en pie .

— Doña Elena de Mendoza —comenzó enfático—, se la acusa de confabulación en prácticas heréticas con el cargo de alevosía, pues de todos es sabido la hechicería que caracteriza el lugar que visitasteis.

Testigos que aportaron declaración jurada y que prefieren ocultar su identidad mantienen que entrasteis en casa de la hereje en parihuela y salisteis caminando, que os vieron danzando de noche por las calles, entre risas maléficas, y que ofrecéis vuestro cuerpo a cambio de lealtades al Caído.

¿Confesáis, pues, vuestros pecados, mostrando arrepentimiento con la promesa de ser fiel al único y verdadero Dios ?

Elena hizo el gesto de asentir, pero cuando entreabrió los labios para expresar su confesión, un violento ataque de tos la dobló en dos, sacudiéndola como una muñeca de trapo.

Contuve el aliento, y Beltrán se envaró angustiado.

Los presentes exhalaron una exclamación sorpresiva que se alzó a espantada cuando un esputo sanguinolento escapó de los labios de Elena hacia el rostro del inquisidor, quien con evidente repulsa retrocedió y se limpió la flema de la mejilla con su pañuelo, mostrando a todos los presentes su textura negruzca y densa escurriéndose por el lino blanco .

— Me temo que el demonio está en ella y le impide arrepentirse de nada. Está claramente poseída por él, sólo el fuego purificador podrá salvar su alma .

Alzó una mano y el verdugo se dirigió hacia un extremo, donde comenzó a manipular una larga antorcha.

La multitud jaleó exaltada y ávida de sufrimiento ajeno. Mi estómago se revolvió preso de las náuseas, gestando una bola de furia tan poderosa que todo mi cuerpo tembló. Apreté los puños y los labios y me puse en pie ante el clamor de la muchedumbre .

— ¡¡¡No es una bruja!!! —grité a pleno pulmón—. ¡Es tan sólo una pobre mujer enferma de tisis, no está poseída, no tiene culpa de nada! Yo la llevé a la casa de la judía Betsabé en mi desespero porque sanara. ¡¡¡Es inocente, yo soy el único culpable!! !

Beltrán tiró de mi brazo para acallarme. Todos los presentes clavaron sus impresionadas miradas en mí .

— ¿Quién osa interrumpir el proceso de tan alto tribunal ?

— Asad, hijo mío, huye —me dijo Beltrán—. Escóndete unos días o pasarás este duro duelo en un calabozo. No sumes más dolor a mi corazón, te lo ruego. Ella no querría que presenciaras tan crudo e injusto final. ¡Escapa, te lo suplico !

Alcé la vista, descubriendo desde aquella distancia cómo Elena negaba entre llantos con la cabeza, y cómo dos guardias, a la señal del magistrado, se precipitaban hacia las gradas .

— Pero no puedo irme —gimoteé roto—. Nunca le he dicho que la quería .

Beltrán negó con la cabeza, su rostro era una máscara atormentada y sus ojos dos pozos negros de sufrimiento, pero aun así no le tembló la voz cuando replicó :

— Sí lo has hecho, Asad, en cada gesto que le has dedicado, en el tono de tu voz cuando te dirigías a ella, en cada mirada que le ofrecías, incluso en tus silencios.

Ella lo sabe. Ella te quiso desde el momento en que te aceptó como un hijo, cuando llegaste a nosotros.

Y ella nunca se irá del todo, porque la llevaremos dentro, en nuestro corazón y en nuestro pensamiento. Y ahora, corre, ya llegan .

Asentí tan desolado y derrotado que mis pies no se movieron.

La vida parecía aguardar agazapada para volver a asestar un nuevo golpe, como si mi destino en efecto estuviera maldito, cebándose con todo aquel que fuera importante para mí.

Ante un gesto apremiante de mi maese, rompí mi inmovilidad y salí a la carrera con la vista empañada y el rostro desencajado de dolor, empujando a la gente como si de ese modo pudiera apartar al destino de mí, lleno de rencor y cólera.

Bajo un sol radiante, en una mañana hermosa, abandoné la plaza de San Francisco con el corazón sangrante y la firme decisión de no entregarlo nunca más ...

En ese instante, un coro de tambores resonó con fuerza enmudeciendo a la plebe.

De los calabozos emergió una hilera de reas atadas entre sí con una misma cuerda de la que tiraba el carcelero.

Me pregunté qué habría pasado con el oficiante del rito.

Todas llevaban un hábito raído en color crudo, el cabello alborotado y suelto y miradas asustadas que dirigían de soslayo a la multitud congregada, que las increpaba soez.

Contuve el aliento cuando reconocí a Ayleen entre ellas.

Todavía parecía aturdida y dispersa, como si alguien dominara su voluntad.

Aquello me sobrecogió agudizando la inquietud y el desasosiego.

Las condujeron hacia la escalerilla que llevaba a la tribuna, por la que ascendieron entre abucheos, imprecaciones y escupitajos.

Las hicieron colocarse cada una frente a una de las plataformas de leña prolijamente apilada sobre la que se erigía un poste.

Eran seis y, entre ellas, la anciana druidhe se encontraba la última, al lado de Ayleen.

El sonido de los tambores cesó de repente, y el tonsurado monje se puso en pie enarbolando una larga cruz dorada con relieves en su superficie y gemas incrustadas.

En la otra mano llevaba una pequeña Biblia abierta y, con voz grave y estentórea, comenzó el sermón de fe, exhortando a los fieles a rechazar las tentaciones del demonio y ensalzando la divinidad del Dios cristiano como el único verdadero, resaltando que era un Dios piadoso que nunca abandonaba a sus hijos, acogiéndolos en su seno ante sentidos arrepentimientos.

Eligió un pasaje bastante inquietante y lúgubre del Apocalipsis, perfecto para sensibilizar a los presentes acerca del peligro de caer en tentaciones demoníacas, pues la principal función de aquel auto de fe, como todos, además de usarse como correctivo, era amedrentar a los fieles para oprimirlos bajo el yugo del miedo con una sola finalidad: extender la garra del poder sobre ellos.