Bruma azul Capítulo 31. En el fragor de una condena #3
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Capítulo 31. En el fragor de una condena #3

Tras el sermón, dio comienzo el auto. El inquisidor general se ajustó las lentes sobre el aguileño puente de su nariz, entornó los ojos y resiguió con el dedo un párrafo del pliego que tenía entre las manos, leyendo para sí, frunciendo el ceño a medida que avanzaba.

Al cabo, se puso en pie. Susurró algo al oído del diácono y se acercó a las reas seguido por él.

—En vista de la gravedad del asunto que hay que juzgar, este proceso inquisitorial prescindirá de algunas fases y pasos que se sobreentienden inútiles, dadas las pruebas aportadas y la multitud de testimonios coincidentes.

Así pues, obviaremos la fase sumaria, dando paso solamente a la fase judicial.

En primer lugar, escucharemos la exposición de algunos testigos en su acusación formal contra las reas, bajo declaración jurada, tras la cual, y por la gracia de Dios, se procederá a obtener la confesión de las acusadas para poder dictar sentencia.

Se les dará la oportunidad de confesar sus pecados, en acto de contrición y abrazando la fe de Cristo, con un beso a su cruz.

En caso de no confesar sus pecados y sus pactos satánicos con el Maligno, se abrirá la fase de tormento.

Si mantienen su inocencia durante un máximo de tres torturas, serán declaradas inocentes y puestas en libertad.

Tras el paso de las confesiones, se abrirán las compurgaciones, dando la oportunidad de que alguien presente testimonio en defensa de cualquiera de las reas, con el consabido riesgo de ser acusado de cómplice herético y de compartir el destino de su defendida.

Y, en último lugar, se dictará sentencia, que se ejecutará en el acto.

De nuevo, el inquisidor general se recolocó las lentes para mirar con gravedad a las acusadas. Después volvió a su lugar y se sentó con la espalda recta y rictus circunspecto. El magistrado situado a su derecha llamó a declarar a Angus Ferguson.

Un hombre robusto, de mirada huidiza y gesto nervioso subió al estrado. Acto seguido, se le acercó una Biblia, sobre la que juró con solemnidad.

—Señor Ferguson —comenzó el magistrado—, fuisteis testigo presencial del aquelarre llevado a cabo en el lugar llamado Púlpito del Diablo, en la región de Finnich Glen. ¿Podríais describir lo que presenciasteis anoche?

—Mis hombres y yo irrumpimos en aquel sabbat justo cuando las brujas aquí presentes acababan de invocar al demonio, entregando a él sus lujuriosos cuerpos.

—Tomó una honda bocanada de aire y, estrujando su bonete entre las manos, continuó—: Dudo que pueda olvidar lo que allí aconteció, ni que mis palabras logren describir con la debida precisión el horror vivido, pues vimos cómo el diablo tomaba en brazos a una de ellas y se la llevaba a su reino.

La multitud dejó escapar al unísono un gemido impresionado. El ambiente se cargó con un ominoso temor, que dio paso a murmuraciones soterradas que exaltaron los ánimos.

—¿Podríais hacer un esfuerzo y describirnos a esa figura demoníaca?

El hombre se apresuró a asentir.

—Era una bestia, mitad carnero, mitad hombre, tenía cuernos, largo cabello negro y ojos de fuego.

Iba desnudo y su piel estaba por completo plagada de símbolos satánicos.

Era muy alto y fornido, de rostro feroz y semblante maligno.

Estaba inclinado sobre su presa presto a devorarla cuando llegamos nosotros, y ante nuestros estupefactos ojos desapareció.

Al menos logramos capturar a sus adoradoras para que se obre justicia.

Cora me dirigió una ojeada flagrante, pues había descubierto claramente a quién se refería. Me incliné sobre ella y le susurré al oído:

—En realidad, era una vaca.

Me fulminó con una mirada ofuscada, frunciendo los labios con impotencia, reprimiendo una réplica fácil de adivinar.

—¿Reconocéis, pues, a estas seis mujeres como las asistentes a ese ritual?

El hombre asintió rotundo.

—Podéis abandonar el estrado.

Tras esa declaración, otros dos hombres manifestaron testimonios exactos, quizá adornados incluso con más artificio.

Paseé la vista por la tribuna calibrando a los hombres sentados a la mesa, buscando en sus rostros retazos de su carácter para enfocar mi actuación con más acierto, cuando una mujer captó poderosamente mi atención.

Estaba sentada en un extremo de aquella mesa, como si ocupara algún cargo importante.

Mantenía un semblante impávido y un porte regio.

Era de mediana edad, aunque todavía lozana.

Llevaba sus dorados cabellos recogidos con sobriedad, un vestido cerrado y casto, y una curiosa y conveniente cinta rodeando su garganta, ocultando una condenatoria marca.

.., que ella misma me había pedido que le hiciera.

Sonreí para mis adentros, acababa de encontrar un as que utilizaría sabiamente. Me giré hacia el hombre que tenía a mi izquierda y pregunté con ligera curiosidad:

—Disculpad, ¿quién es la distinguida dama que ocupa la mesa del tribunal?

—Es Moira MacNab, la mujer de Alain, el alguacil mayor.

Y, de repente, comenzaron a encajar en mi cabeza los fragmentos de la conversación mantenida por aquellos dos hombres en el bosque, descubriéndome una información tan valiosa como delicada y que, si manejaba de forma adecuada, podría serme de gran ayuda.

Le sonreí agradecido a mi interlocutor y añadí con naturalidad:

—Por cierto, no veo a Rob, lo perdí de vista en la partida.

El hombre aguzó la vista frunciendo el ceño hasta que descubrió al aludido señalándolo con el dedo.

—Ahí lo tenéis, dicen que se enfrentó al demonio y salió vivo de milagro. Kendall no tuvo tanta suerte.

Ante mi asombro, descubrí al tabernero, junto a su esposa, ambos en un extremo de la primera fila. Cora me observó intrigada con la mirada oscurecida de preocupación. La ceñí contra mí, no supe si para tranquilizarla o por si no volvía a disfrutar de la oportunidad de tenerla cerca.

El inquisidor volvió a ponerse en pie y se dirigió hacia las reas, nuevamente seguido del tonsurado clérigo que portaba el ostentoso crucifijo.

Se detuvieron frente a la primera presa.

—¿Confesáis vuestros pecados, admitiendo ser sierva de Satán el ignominioso? —inquirió el prelado.

—Lo confieso —se apresuró a responder ella.

Acto seguido, el anodino prelado comenzó a recitar el miserere, aguardando a que la mujer fuera repitiendo cada estrofa. Después le ofreció la cruz, que ella besó con impaciente devoción.

—Dios, en su infinita piedad, os acogerá en su seno limpia de pecado. Cuando las purificadoras llamas liberen vuestra encarnadura terrenal, vuestra alma será recibida en la morada del Altísimo.

La mujer asintió sollozante mientras el verdugo la arrastraba hacia la escalinata trasera de la pila de madera y la impelía para que subiera por ella.

Una vez arriba, la ató al poste con una soga y descendió encaminándose junto con el inquisidor y el clérigo hacia la siguiente.

Se repitió el proceso con las cuatro primeras.

Cuando se detuvieron frente a Ayleen, contuve la respiración.

Tras preguntarle lo mismo que al resto, Ayleen alzó el rostro y negó con la cabeza. Maldije entre dientes y cerré los ojos en gesto furioso.

—No soy sierva de Satán —profirió en tono firme y alto, impregnado de una encomiable valentía—.

No sirvo a nadie, más que a mi corazón. Sólo rindo culto a deidades paganas tan válidas como las de otras religiones.

Sólo agasajo al dios Sol y a la madre Tierra, cuidando todo lo que brota y vive de ella.

Celebro las estaciones y rezo a la naturaleza, pero no hago mal a nadie, al menos de manera intencionada.

No soy una bruja, sólo soy culpable de las circunstancias y de mi propia desesperación.

Se hizo un pesado silencio que se extendió ominoso por la abarrotada plaza. La expectación demudó al vulgo, que aguardaba la pronunciación del inquisidor.

—En tal caso, seréis torturada en el potro, donde se pondrá a prueba la veracidad de vuestras palabras. Si lográis superarla, ya decidiremos cuál será la segunda.

El inquisidor avanzó hacia la última acusada, posando su escrutadora mirada en ella. La anciana druidhe se la sostuvo desafiante con una sonrisa malévola. Antes de que le fuera efectuada la pregunta de rigor, la mujer habló en voz alta con tono provocador:

—Yo sí soy una bruja, y reconozco ante vosotros ser sierva y adoradora de Satán y de todas sus legiones.

Pero no soy la única aquí, pues veo entre vosotros hermanas mías.

No aquí, en este cadalso, sino infiltradas entre el público, camufladas de buenas vecinas, pero que en las noches de plenilunio se reúnen conmigo para adorar al único y verdadero dios, haciendo ofrendas de sangre y entregando gustosas sus cuerpos.

Aquel testimonio despertó una densa nube recelosa en la turba, consiguiendo que unos y otros se miraran con acusada desconfianza e incipiente temor. La anciana sonrió triunfal, sabedora de haber sembrado una semilla hostil en terreno fértil.

Tras la confesión, la druidhe rechazó el acto de contrición y el de reconciliación, por lo que su cuerpo fue condenado a la hoguera y su alma al infierno.

A continuación, el inquisidor se dirigió al público dando paso a la siguiente fase.

—Se inician las compurgaciones —anunció—, ¿alguien desea interceder en defensa de alguna de las acusadas?

Respiré hondamente y miré a Cora con intensidad antes de elevar mi voz entre la muchedumbre.

—¡Me presento como compurgador en favor de Ayleen MacNiall!

Una sobrecogida exclamación resonó en la plaza, y todas las miradas se fijaron en mí.

Cora me observó sufrida, naciendo en ella un rictus contenido y angustiado.

—¿Tan fuerte es vuestro vínculo para que arriesgues la vida por ella? —musitó con voz estrangulada y mirada acuosa.

—Ella lo merece —me limité a responder—. Libera a mis hombres, no habrá otra oportunidad.

—¿Y tú? —inquirió preocupada.

—Yo no importo.

—A mí me importas.

Sus verdes ojos anegados en lágrimas me encogieron el pecho.

A punto estuvieron de brotar de él unas palabras que tuve que contener.

De nada serviría que ella conociera mis sentimientos, mejor recordarme como un amante si el asunto salía mal.

Dominé asimismo el deseo de besarla y tan sólo fui capaz de forzar una mueca indescifrable.

Ya avanzaba hacia la tribuna cuando un leve tirón antes de soltar mi mano me hizo mirarla de nuevo.

La necesidad de estrecharla entre mis brazos me abrumó tan implacablemente que tuve que apretar los dientes y tensar la mandíbula con férrea determinación para lograr caminar entre el gentío alejándome de ella.