Capítulo 31. En el fragor de una condena
En el fragor de una condena
La plaza estaba completamente abarrotada.
Tuvimos que empujar y buscar resquicios entre la multitud para lograr hacernos un hueco y avanzar.
El ambiente era festivo, mercaderes de todo tipo vociferaban sus productos, trovadores entonaban animados cánticos que la gente aplaudía.
La algarabía era la tónica general en los semblantes de los aldeanos.
Los niños chillaban alborozados y las madres los subían a hombros para que no perdieran detalle de la ejecución.
Porque si algo tenía claro era que la habría.
Aquel juicio era tan sólo un trámite necesario para justificar aquella barbarie.
Las acusadas no sólo serían condenadas a muerte, sino que además tendrían que renunciar a Satán reconociendo ser sus servidoras y acogerse en brazos de Cristo, todo en un macabro proceso de torturas si se negaban a declarar.
Si confesaban de inmediato, se procedería a su quema en la hoguera, castigando su cuerpo, pero liberando su alma.
Ya había acordado con Cora que intentaría una maniobra de distracción para que ella pudiera escabullirse hasta los calabozos, que estaban claramente desatendidos ante la expectación del juicio, coger el racimo de llaves del carcelero de donde vimos que las dejaba y liberar a mis hombres.
Miré hacia el cadalso. En un extremo se había dispuesto una larga mesa donde los gentilhombres de la villa, el alguacil mayor y el inquisidor general se hallaban sentados en hilera con semblantes huraños y porte regio y solemne, junto a un diácono con expresión sombría y taciturna.
Durante la noche, mi cabeza no había dejado de ingeniar la manera de solventar aquella situación.
Y, una y otra vez, mis pensamientos me llevaban a un mismo punto.
Por otra parte, aquella difícil decisión que le ocultaba a Cora sólo me planteaba mil trabas y dificultades y un riesgo tan evidente como inútil si no resultaba como deseaba.
Sin embargo, tenía que intentarlo. Esta vez tenía que conseguirlo.
Eché intencionadamente la mirada atrás, pues era en aquel tiempo donde hallaría las herramientas necesarias para solucionar tan complicado y delicado escenario.
Ésa no era la primera vez que me enfrentaba a un tribunal de la Santa Inquisición.
Aquella vez en Sevilla... Los recuerdos me asaltaron con tanta fuerza que me tambaleé un poco. ..
... Cuando llamaron con tanta vehemencia a las puertas de nuestra casa, temí hasta que estuvieran astillando los postigos con un hacha. Mi maese se vistió con premura y, tan lívido como tembloroso, acudió a abrir .
Los soldados irrumpieron con violencia en el interior. Uno de ellos desenrolló un pliego y leyó en voz alta, con encopetada pompa y sobriedad, mientras el resto buscaba en cada estancia .
— ¡Por orden del gobernador mayor, el ilustrísimo comendador de Sevilla y el inquisidor general, don Diego de Arce y Reinoso, obispo de Plasencia, se acusa a doña Elena de Mendoza de prácticas herejes y brujería, adoradora de Satán y creencias judaizantes, por lo que será juzgada en un auto de fe en la plaza de San Francisco en la fecha aquí establecida, permaneciendo hasta entonces en los calabozos del castillo de San Jorge en Triana, sede del tribunal de la Inquisición que expide y firma esta orden !
Yo corrí hacia la habitación de Elena para impedir tamaña injusticia, gritando encolerizado, pero fui detenido por dos robustos guardias que me golpearon sin miramientos .
— ¡Asad, hijo mío, no compliques más semejante despropósito!
—suplicó desgarrado mi maese. En su rostro relució tal dolor que sentí ese golpe con mayor dureza que los recibidos en mi cuerpo—.
Hallaremos una solución a este entuerto, pues ya os digo, señor, que todo esto es un gran malentendido.
Mi esposa está enferma y no es conveniente que la humedad de las celdas agrave su delicado estado.
—Se arrodilló con desespero y alzó una mirada suplicante y húmeda—.
Os ruego que le permitáis aguardar la fecha indicada aquí en su hogar, apostando sus guardias a mi puerta. Temo que no llegue con vida al juicio .
El hombre frunció incrédulo el ceño, la frialdad de su gesto fue evidentemente indicativa de su intransigencia a esa demanda.
— Sólo cumplo órdenes, y son claras y precisas .
Un lamento y un sollozo roto brotaron del cuarto.
Ver cómo la sacaban a rastras por el pasillo revolvió mi sangre e incrementó mis fuerzas.
Logré desembarazarme de uno de los soldados, golpeando con fuerza desatada al otro.
No tuve tiempo de más, pues me redujeron dándome con una porra mientras Elena lloraba desconsolada .
— ¡Por favor, por favor, sólo es un muchacho! —excusó mi maese sobrecogido y desbordado por la situación .
Los soldados se detuvieron y se dirigieron a la puerta .
Elena nos contempló desde el zaguán, llorosa y abatida. Un violento acceso de tos la dobló en dos. Beltrán se abalanzó sobre ella y la abrazó con fuerza, susurrándole al oído. Al menos les permitieron despedirse, mientras me lanzaban miradas admonitorias .
Cuando los separaron y casi la sacaron a ella en volandas de la casa, Beltrán posó las palmas de sus manos en la puerta cerrada, con la vista perdida y una expresión tan rota que me angustió más de lo que ya lo estaba.
Después cayó de rodillas completamente desolado, se cubrió el rostro con las manos y sollozó con desespero.
La culpa lo devastaba, también a mí. Pero era un riesgo que teníamos que correr .
Ver cómo aquella maldita enfermedad consumía a Elena día a día era más de lo que ambos podíamos soportar.
La tisis descarnaba su cuerpo, la desgarraba en toses violentas que la dejaban lívida y azulaba sus labios.
La sacudía en intensos escalofríos y exudaba su cuerpo en fiebres altas que la hacían delirar.
No dormía, no comía, ni se tenía en pie.
Era fácil ver cómo la garra de la muerte comenzaba a cerrarse sobre ella.
Todos los matasanos a los que habíamos acudido la habían desahuciado por encontrar tan avanzada la afección. Así que sólo habíamos visto una última salida posible, y había sido llevarla a la casa de la más afamada sanadora de toda Sevilla, la judía Betsabé.
Sabíamos que era un riesgo, pues tener tratos con la comunidad hebrea —la poca que había resistido la expulsión a cambio de convertirse al cristianismo y renunciar no sólo a su fe, sino también a sus costumbres— levantaba suspicacias.
Acudir al hogar de Betsabé en la judería de San Bartolomé y ser visto entrando en su casa era lo más temerario.
Por ello, los más altos cargos de la comunidad que precisaban sus servicios enviaban a un lacayo para que recogiera las indicaciones de la sanadora, cargando sobre sus hombros la responsabilidad de recibir alguna acusación, si acaso algún vecino quisquilloso decidía denunciarlo.
Y aquél era el tema peliagudo del asunto, pues los rumores y las habladurías hacían más daño que los hechos en sí.
Muchas envidias y rivalidades comerciales habían desbancado a molestos competidores con denuncias falsas.
Tener un familiar enfermo y un enemigo atento centraba la atención en tus pasos.
Y dineros no teníamos, mas enemigos tantos como la mala hierba floreciendo bajo la lluvia.
No fue fácil reunir tan considerable cantidad de ducados de oro para acceder a los privilegiados dones de la sanadora.
Yo tuve que aceptar más de un encargo, muy personal, con libidinosas damas de alcurnia.
Y mi maese obtenía exiguas ganancias de sus tratos con los contrabandistas del Arenal a cambio de conseguirles permisos portuarios y almacenes sin vigilancia.
Pero todo era poco si lográbamos que Elena sanara.
Y así resultó ante nuestros maravillados ojos.
En la primera visita, Betsabé mostró sobradamente sus avanzados conocimientos y su gran habilidad combatiendo la enfermedad.
Tras inspeccionarla concienzudamente, decidió extraer la sangre pútrida del pulmón enfermo para descongestionarlo.
Para tal fin, perforó el órgano con una afilada lanceta desde su espalda y recogió la inmundicia que brotaba, oscura y sanguinolenta, con un embudo metálico que la vertía en un frasco.
Además, nos explicó que de vez en cuando habría que instilar vino aguado en su garganta para provocar tos vómica, de modo que fuera expulsando las secreciones acumuladas.
Tras la intervención, nos aconsejó que tomara abundantes infusiones de pétalos de rosa, tal y como sugería Avicena en su afamado tratado de medicina.
En la segunda visita, aplicó cataplasmas torácicas con emplastos de eucalipto, que mejoraron de forma ostensible sus toses.
Y, en la tercera, la expuso a inhalaciones de vapores de sandáraca, al parecer una resina extraída del enebro que la ayudaba a respirar mejor.
La mejoría fue tan notoria que mereció cada ducado.
Comenzó a comer, descansaba por las noches, sus mejillas se tornaron rosadas y sus ojos chispeaban animados.
No podíamos estar más dichosos con el resultado. Pero el destino siempre parecía esperar agazapado para lanzar su cruel zarpa sobre mí .
Tras aquel aciago día, logramos consultar con un letrado, que nos tranquilizó explicándonos que, si ella confesaba y se arrepentía de confabular con una hereje, el tribunal se mostraría clemente.