Capítulo 26. Un punto rojo en el horizonte #2
Aprovechando que la capa de Cora ocultaba mi mano, extraje el puñal del cinto y, cuando hice ademán de levantarla, lancé contra la garganta del soldado el cuchillo, que se clavó certero en ella.
El hombre agrandó los ojos, abrió la boca regurgitando su agonía y se llevó las manos al cuello, que comenzó a sangrar profusamente.
Cora volvió a gemir escondiendo su rostro en mi pecho.
No perdí el tiempo, salí de allí a todo galope.
Esta vez no miré atrás. Cabalgué como si me persiguiera el alarido de una banshee . Espoleé a mi montura al tiempo que la alentaba con sonoros gruñidos y sacudía frenético las riendas.
Recorrimos la amplia pradera, ya sin oír cascos ni voces, tan sólo el viento silbaba a nuestro alrededor.
No supe cuánto tiempo había transcurrido ni dónde estábamos, pero Zill se hallaba al límite de sus fuerzas y debíamos detenernos. Divisé el remanso de un riachuelo en el cobijo de un bosquecillo de alerces, medio ocultos por grandes rocas, y decidí descansar allí.
Bajé del caballo y ayudé a Cora a desmontar. Parecía conmocionada.
—¿Estás bien?
Aparté la espesa melena de su rostro, sujetándolo con ambas manos.
Ella asintió y bajó la mirada trémula.
—¿Por qué demonios...?
La alzó de nuevo y me observó con honda emoción.
—Algo tiró de mí hacia ti, es cuanto puedo decir.
—Ha sido una completa locura —la reprendí forzando un ceño que no lograba sostener, pues sólo deseaba besarla.
—Abrázame —pidió escondiéndose en mi pecho.
Y lo hice, y lo habría hecho sin que me lo hubiera pedido, y supe que lo haría gustoso por el resto de mi vida si tuviera un futuro que ofrecer.
Permanecimos así un largo instante, deseando evaporar la angustia sufrida, la tensión de la persecución y aquel extraño pero férreo hilo que nos unía.
Tuve que reconocer que me costó soltarla, pero me costó mucho más asimilar esa apabullante necesidad de ella. Me negué a pensar de más, a ahondar en aquellas desconocidas emociones que me zarandeaban con tan apasionado ímpetu. Tan sólo me dejé llevar por ellas, paladeando cada instante a su lado.
Apenas llevaba algo de pan y queso en las alforjas, pero fue suficiente para calmar nuestra hambre.
La tarde dio paso a un perezoso ocaso que oscureció el umbroso remanso, envolviéndonos en sombras cobrizas.
No podíamos encender una hoguera, así que me senté apoyado en el tronco de un árbol con ella entre mis piernas, admirando cómo el ascenso de la luna se reflejaba en la brillante superficie del arroyo.
—¿Echas de menos tu vida en Sevilla?
—Echo de menos a gente en Sevilla.
—¿Alguna mujer en especial?
—Dos.
Cora se volvió para mirarme consternada, su nariz se arrugó en un mohín escandalizado.
—¿Tenías dos mujeres? Bueno, eres medio árabe y dicen que la poligamia es algo común entre vosotros, pero pensé que era tan sólo una leyenda.
Su voz traslució un desagrado tan evidente que esbocé una sonrisa divertida.
—No eran mías —aclaré—, y para practicar la poligamia has de casarte con dos mujeres. Yo siempre fui tan libre como lo es ahora Sahin .
—¿Dos enamoradas?
—No, sólo dos maravillosas mujeres que caldeaban mi cama y espantaban mis pesadillas, pero también añoro a mi maese y a mis compañeros de la germanía.
Cora arrugó el ceño intrigada, mostrando su incomprensión.
—Una germanía digamos que es como una hermandad de delincuentes, birladores, matones y estafadores. Suelen regentar prostíbulos y garitos de juego, también hacen encargos de todo tipo —expliqué nostálgico.
—Y ¿puedo saber cuál era tu función allí?
—Bueno, tuve muchas, empecé de muchacho siendo un ladronzuelo hábil, pero luego me entrené con la espada y, viendo don Mendo talentosa habilidad en mí, me acogió bajo su cuidado, afinando mis dotes en la esgrima.
Era jaque en Sevilla, controlaba que se cumplieran las reglas y se pagaran las deudas.
Ponía orden en rencillas, protección en las mancebías y ofrecía mi espada cuando se la requería.
—Un rufián —simplificó ella.
—Eso me temo.
—Y esas... dos mujeres eran...
—Son prostitutas, las más bellas sarracenas de toda Sevilla.
—Y ¿las echas de menos? —inquirió con indignado asombro.
—Pues sí, no sólo compartíamos lecho, sino también largas charlas, amistad y risas.
Cora frunció los labios, lo que atrajo mi atención sobre ellos. Me observó más detenidamente, con abierta curiosidad.
—¿Y... te... te acostabas con las dos... a la vez?
Asentí sonriendo pícaro, esta vez fue ella la que se prendó de mi boca.
—Ellas me enseñaron cómo complacer debidamente a una mujer. Me revelaron que no sólo se da placer con el cuerpo, que las miradas, los susurros, los gestos son los que verdaderamente muestran la dedicación que toda entrega exige.
—¿Dedicabas tanta atención a todas tus amantes?
—En realidad, no, sólo a aquellas con las que me acostaba por gusto. Cuando me pagaban, era todo más... frío y distante.
Cora agrandó los ojos estupefacta y se separó apabullada de mí, con un claro velo perturbado en su rostro.
—¿Tú... también...? —Entreabrió los labios conmocionada y me contempló arrugando el cejo en una mueca consternada—. No sabía que los hombres... también...
El emergente rechazo que afloró a su mirada, junto con su asombro, acuchilló mi orgullo. Ella se envaró nerviosa y contrariada alejándose entre perpleja y confusa. Quizá fuera mejor que supiera cuanto antes quién era yo realmente.
—Créeme, he hecho cosas mucho peores. Y, aun así, las que me han hecho a mí palidecen en comparación.
Irritado por su reacción, me puse en pie y me acerqué a la orilla del riachuelo, sumergiendo mis funestos pensamientos en sus ennegrecidas aguas.
Oí sus titubeantes pasos acercándose a mi espalda. Su mano se posó en mi hombro.
—Lamento haberte ofendido, yo... No era mi intención..., tan sólo me ha sorprendido.
Me giré hacia ella y la cogí por los hombros con firmeza.
—No soy más que un pobre demonio, Cora —musité penetrándola con una mirada fría y dura—. Un ser oscuro y atormentado que únicamente busca la paz impartiendo lo que considero justo, y es partir al infierno de una maldita vez arrastrando conmigo a quienes me convirtieron en lo que soy.
Unos gráciles brazos me rodearon y me ciñeron con fuerza. Su cuerpo se adhirió a mi espalda, pero su calor no evaporó mi frialdad.
—No atisbo a imaginar cuánto pudiste sufrir, pero estos días sí he vislumbrado en ti gestos que contradicen tus palabras. He visto bondad, generosidad, cariño, valentía, honestidad y compasión. Y una sensualidad tan abrumadora que las mujeres no pueden despegarse de ti. No eres un demonio, Lean.
Incliné la cabeza hacia atrás y contemplé la luna inmerso en recuerdos dolorosos.
—Quizá todavía me encuentre a mitad de camino de serlo, porque sólo un demonio podrá acabar con otro.
Cora me rodeó colocándose frente a mí y cogió mi rostro entre las manos.
—Quizá debas regresar a Sevilla.
Su semblante se ensombreció, su rictus se crispó en una mueca desolada y bajó de inmediato la vista. Esta vez fui yo quien sujetó su barbilla y la obligué a mirarme.
—No eres la primera que me lo aconseja, y en verdad sería lo más sensato. Pero aquí nací y aquí moriré. Aquí he de arreglar mis cuentas, liberar mi odio y entregarme a mi destino.
—Un destino que te conduce a la soledad, al peligro y quizá a la muerte.
Sus hermosos ojos se oscurecieron afligidos.
—He visto tu cuerpo, Lean, tus cicatrices hablan por sí solas del tormento sufrido.
He oído a los hombres hablar de tu historia en torno al fuego, imagino que lo que se cuenta no es ni una pincelada de todo lo que viviste.
Te he oído sollozar en sueños, gruñir en pesadillas que me han erizado la piel, veo el dolor en tus ojos ante la remembranza de alguna escena de tu pasado y, aun así, sigo sin entender tus ansias de venganza.
—Acercó su rostro al mío clavando su sesgada mirada en mis ojos con penetrante intensidad—.
Porque no hallarás paz en la venganza, porque acabar con quien te hizo tanto daño no diluirá tus pesadillas ni borrará tu pasado.
No sólo no cambiará nada, sino que lo empeorará.
Eres un hombre bueno, Lean. Yo creí odiarte, pero no te conocía, veo cómo tratas a ese niño, cómo intentas no herir a Ayleen, cómo cuidas incluso de ese halcón y te preocupas de tus hombres.
Al final, ese demonio que buscas no logró acabar contigo, no pudo apagar la llama de un corazón bueno aunque maltratado.
Vive tu vida y demuéstrale al destino que has vencido.
Ya estuviste en el infierno, no bajes de nuevo a él.
Me embebí de su emocionada expresión un instante. Acaricié su rostro con ternura, delineando el contorno sumido en mis pensamientos.
¿Cómo explicarle que nunca había salido del infierno?
¿Cómo hacerle entender que ya no había vida posible para un hombre marcado por el dolor?
¿Cómo atreverme siquiera a confesar que cada pesadilla me hundía cada día un poco más en el abismo, oscureciendo mi alma?
No, era imposible hacerle ver que la bola de odio que contenía en mi interior crecía de manera alarmante, que sólo sería justo liberarla ante quienes la habían sembrado en mí.
Pues, en caso contrario, terminaría estallando, masacrando sin piedad a quien se me pusiera delante en cualquier situación violenta, en una última gota que desbordaría esa furia contenida y latente que amenazaba con devorar mis entrañas. .. como lo hizo aquella noche...
— Le advertí que no aceptara el encargo, Asad, pero no me hizo caso .
Azahara comenzó a llorar desconsolada, la abracé para tranquilizarla .
— Tranquila, la traeré de vuelta, nadie ha de saberlo, ¿entendido ?
Asintió apresuradamente. Besé su cabeza y acaricié su zaína melena antes de salir de la alcoba .