Capítulo 26. Un punto rojo en el horizonte
Un punto rojo en el horizonte
Partimos a la mañana siguiente rumbo a la región de Drymen, cabalgando por verdes praderas entre majestuosas montañas, de cuyas altas cumbres descendían plateados y revoltosos riachuelos, arroyos briosos que espumeaban su vitalidad contra las rocas con las que se topaban, saltándolas con ligereza en un bullicioso y fresco murmullo reconfortante.
El perfume del brezo flotaba amable en una brisa lánguida que agitaba la larga cabellera rizada de Cora y convertía sus ondulantes mechones en vivarachas serpientes de fuego.
De vez en cuanto, algún resuelto rayo de sol escapaba de la prisión de las densas nubes que esponjaban la gran totalidad del cielo y se reflectaba en el cobre de su cabello, haciéndolo refulgir con tal viveza que parecía una crepitante llama estirada por el viento.
Y, como tal, experimenté la necesidad de acercarme a ella y sentir su calor.
En mi mente revivía una y otra vez la noche anterior.
Me había sumergido tanto en aquella mirada esmeralda que todavía era incapaz de ver otra cosa.
Aún estaba hechizado por ella, por la tangible magia que había envuelto nuestra primera entrega.
Todavía las mariposas aleteaban en mi pecho y mi pulso se aceleraba cuando nuestros ojos se encontraban.
Mi sonrisa lucía más amplia y mi ánimo permanecía en una ingrávida sensación de ensueño difícil de disimular.
No obstante, debía esforzarme por controlar mis impulsos, al menos hasta que Ayleen asimilara mi rechazo.
Estrangulaba, casi constantemente, el deseo de tomarla entre mis brazos cuando pasaba por mi lado observándome subrepticiamente, dedicándome una traviesa mirada cómplice que me desarmaba.
Sofocaba sonrisas sin fundamento o evitaba mirarla más de la cuenta, aunque mis traidores ojos a menudo la seguían sin remisión.
Azucé a mi caballo hasta ponerme a su altura, sólo para capturar su mirada y embeberme de su perfil, sin cruzar palabra.
No hacía falta, nuestros ojos hablaban más de lo debido.
Conversaban en un mismo idioma, manifestando el deseo oculto de que llegara la noche para poder escabullirnos como fugitivos, como amantes secretos, lejos de miradas, de reproches, de rencores o de juicios condenatorios.
Nada me importaba hasta llegar a Dumbarton, nada deseaba más que entregarme sin reservas a esa implacable necesidad de fundirme con ella.
La deseaba como jamás había deseado nada, y fue precisamente eso lo que me hizo entender el duelo de Ayleen.
Mirarla me hacía sentir un miserable, ella procuraba no prestarme atención, endurecerse ante mí, y yo anhelaba fervientemente que lo consiguiera. Nada podía hacer por ella, excepto ocultar la pasión que sentía por otra mujer.
Malcom, que iba en cabeza, alzó la mano de repente, frenando abruptamente a su montura. Todos nos detuvimos alertas. Avancé hacia él, dirigiendo la vista hacia donde señalaba con expresión tensa.
Divisé un punto rojo en el horizonte, que comenzó a extenderse convirtiéndose en una masa roja silueteada. Entorné los ojos aguzando la mirada. Parecían jinetes uniformados. Aquellas casacas rojas dejaban bien claro su origen: era una patrulla inglesa.
Descendían una empinada colina, todavía lejos de nosotros.
Pero, al igual que los veíamos, ellos también habían reparado en nuestro grupo.
Miré agitado hacia atrás, hacia el vado del que proveníamos, y decidí retroceder y que nos escondiéramos en lugar de enfrentarnos a la patrulla.
Ellos llevaban mosquetes y eran al menos una veintena.
Los caballos relincharon nerviosos, olisqueando un peligro inminente.
—Debemos volver y galopar como si nos persiguiera la muerte —aduje en tono apremiante.
Maniobré con las riendas reconduciendo a Zill , presionando con las rodillas sus flancos para cambiar de dirección.
Miré con preocupación a Dante, que montaba detrás de Ayleen, abrazado a su cintura. Ella me regaló un gesto tranquilizador que agradecí con un ligero asentimiento de cabeza y una tímida sonrisa. Rosston llevaba la jaula de Sahin , cubierta con un oscuro paño y amarrada a su silla.
—Marchad delante, yo tomaré otro camino para despistarlos, Zill es más rápido que cualquiera de vuestras monturas, os alcanzaré. Rosston, no podréis galopar con esa jaula, liberad a Sahin .
El gigante pelirrojo me miró asombrado, pero se limitó a obedecer.
—Es demasiado arriesgado. Además, es posible que se dividan para perseguirnos a todos —indicó Malcom reticente.
—Es una temeridad —coincidió Alaister reprobador.
—Yo creo que es una medida sensata —apuntó Gowan—, sólo lo persiguen a él.
Mató a uno de los Grant, y ese clan es un poderoso aliado de Argyll, han puesto precio a su cabeza.
Podemos acordar un punto de encuentro y volver a reunirnos.
No tiene sentido poner en riesgo a todo el grupo, hay mujeres y niños en él.
—Gowan lleva razón —afirmé—, me persiguen a mí. Nos encontraremos en el muelle de Dumbarton. Si en un plazo máximo de una semana todavía no he llegado, embarcad sin mí.
Ayleen miró con aprensión en el rostro y miedo titilando en sus ojos.
Pero, cuando dirigí la mirada hacia Cora, encontré una expresión ansiosa y decidida que me desconcertó.
—¡Apresurémonos, ya llegan! —exclamó Duncan inquieto.
—¡Marchad, maldita sea! —apremié rotundo.
Un gañido acompañó a la liberación de Sahin . El animal desplegó sus esplendorosas alas y las agitó con elegancia antes de alzar el vuelo.
Y como el hermoso halcón, todos partieron raudos, entre el atronador sonido hueco de los cascos de sus monturas. Aguardé un instante controlando a Zill , que se agitaba nervioso. Observé a la patrulla inglesa, temeroso de que dieran uso a sus mosquetes, pues no tardarían en tenerme a tiro.
Volví a mirar a mis hombres, que se perdían en lontananza, excepto uno, que parecía perder carrera y quedó rezagado.
Un rostro se volvió a mirarme, su leonada cabellera refulgía como un halo, era ella.
Cora se había detenido. Maldije para mis adentros.
Los ingleses se acercaban veloces, pude advertir cómo algunos apuntaban sus mosquetes en mi dirección.
Yo miraba alternativamente a ambos lados con el corazón en un puño, y me sentí desfallecer cuando Cora cambió de dirección y cabalgó de nuevo hacia mí.
Un disparo surcó el prado como el silbido de un cóndor.
Instintivamente, me agaché y sacudí las riendas, enfilando a Zill rumbo a Cora.
Ella tuvo la prudencia de detenerse a aguardar a que yo llegara y, cuando la alcancé y me puse a su lado, le lancé una mirada furibunda.
Me dirigí hacia los altos y pedregosos peñascos, esperando encontrar algún escondrijo donde poder ocultarnos.
Atravesar la pradera hasta llegar a las montañas ya no era una opción, Zill era rápido, pero la yegua de Cora no lo era. Y no podía arriesgarme.
Galopamos cortando el viento, poniendo al límite a los caballos, sacudiendo vehementes las riendas y mirando atrás para descubrir que los ingleses nos ganaban terreno.
Constantemente, Zill se adelantaba y tenía que frenarlo para no perder a Cora.
Su yegua resollaba exhausta, no aguantaría mucho más.
Tampoco teníamos el suficiente tiempo como para lograr ocultarnos con tan poco trecho de distancia entre ellos y nosotros. Sólo encontré una alternativa.
Acompasé la velocidad con la de Cora y me acerqué a su yegua todo lo que pude. Ella me miró confusa y asustada.
Anclé con fuerza mis piernas a los flancos de Zill , me agarré tenazmente al cuerno de la silla, me alcé en los estribos y me incliné todo lo que pude sobre ella.
A continuación, la aferré fuertemente de la cintura y me impulsé raudo de nuevo a mi silla, arrastrándola conmigo.
Cora dejó escapar un grito sorpresivo y un débil gemido dolorido cuando la deposité con brusquedad sobre mí.
Se abrazó a mi cuello temblorosa y yo tomé las riendas de nuevo, agitándolas vigorosamente, alentando a Zill a que pusiera a prueba su raza.
Volamos sobre el páramo como vuela una brizna de hierba en un viento huracanado.
Miré atrás y descubrí complacido que la patrulla iba perdiendo terreno.
De pronto, algo voló más rápido que nosotros, y un reconocible estruendo me encogió sobre Cora en un gesto protector.
Sentí una ardorosa punzada en el muslo. Ella se sobresaltó contra mi pecho. Y yo azucé a Zill con desesperación.
Cambié de dirección en una cañada entre colinas, donde se abrían varios desfiladeros sinuosos; atrás resonaban los disparos de mosquetes y los cascos de caballos.
Me adentré en uno de ellos buscando cobijo en sus recodos, pero en lugar de seguir el angosto sendero entre montañas, me aposté tras una roca cubierta de liquen.
Cora me miró jadeante, posé en sus labios mi dedo índice y la rodeé con los brazos.
Al cabo oímos cómo la patrulla atravesaba el desfiladero y contuvimos el aliento.
Vi pasar un grupo de seis hombres, adivinando que el resto se habría repartido entre las otras bifurcaciones.
Era arriesgado salir de aquel desfiladero para regresar al páramo, pero si el grupo que nos había sobrepasado volvía, nos encontrarían de frente.
Respiré hondo y miré mi pierna, un largo rasguño sangraba empapando mi pantalón.
Tensé las riendas alrededor de las manos y dirigí mi montura hacia la entrada, rezando por no toparme con ningún soldado.
Cabalgué entre las abruptas paredes de la quebrada, alerta y temeroso. Ya salía cuando un jinete me cortó el paso. Me apuntó con su arma y gritó a sus compañeros, advirtiéndolos. Alcé una mano en señal de rendición, con la otra sujetaba a Cora y las riendas.
—Las dos manos bien visibles, sucio bastardo.