Bruma azul Capítulo 26. Un punto rojo en el horizonte #3
57%

Capítulo 26. Un punto rojo en el horizonte #3

Fabila llevaba un día desaparecida. La noche anterior había salido con un cliente de la mancebía para un trabajo misterioso pero bien remunerado.

El cliente en cuestión no había acudido a don Nuño para acordar un precio, sino que había negociado el asunto directamente con ella, algo que, de saberlo el viejo jayán, pondría en severos aprietos a Fabila, que por algún maldito motivo estaba actuando por su cuenta.

Nadie que él conociera salía vivo si se le sorprendía escatimando beneficios a la germanía.

Don Nuño era muy rígido al respecto. Tenía el convencimiento de que, si alguien fallaba una vez y era perdonado, no sólo alentaba al resto a relajar su juramento de fidelidad a la hermandad, sino que volvería a flaquear de nuevo.

Don Nuño valoraba por encima de todo la lealtad, y una traición, por pequeña que fuera, tenía que ser castigada, como escarmiento.

En una sociedad delictiva como aquélla, repleta de hombres sin moral, debía ser severo con las normas, desde cortar algún dedo, hasta atar una piedra en el pie y lanzar al traidor al Guadalquivir, pasando por toda una serie de correctivos pavorosamente creativos.

El último había sido tan estremecedor para mí que había estado a punto de embarcarme en cualquier galeón rumbo a Tierra Firme.

Al condenado por traición lo habían encerrado y maniatado en una cama, donde había sido violado brutalmente por cuatro sodomitas turcos que trabajaban para don Nuño, en uno de los antros para tal fin que regentaba en Huerta del Rey.

Después se le dejó tirado en una calle pública, golpeado y desgarrado, con un cartel de sodomita en el cuello.

No tardaron en apresarlo los alguaciles acusándolo de pecado nefando, una pena que se pagaba con la muerte en la hoguera en caso de ser juzgado por un tribunal civil, o con prisión y castigo público si se hacía cargo el Tribunal de la Inquisición con su correspondiente arrepentimiento.

El hombre no tuvo esa suerte, pues fue juzgado por los seglares .

Caminé envuelto en mi capa, tocado con mi sombrero emplumado de ala ancha bastante calado e inclinado sobre el rostro, justamente para ocultarlo.

Acostumbraba a llevar el pelo recogido en una cola, aunque mis hechuras solían identificarme en aquellos barrios portuarios infestados de maleantes y soplones.

Y era a estos últimos a quienes buscaba .

Recorrí el barrio del Arenal empezando desde la Torre del Oro, a orillas del Guadalquivir, que a aquellas horas de la noche era uno de los más peligrosos de toda Sevilla, a pesar de estar repleto de capillas.

Me aventuré por una callejuela anexa a las murallas de los Alcázares, recordando una inolvidable visita a su interior acompañando a mi maese, que debía entregar unos documentos de la Casa de Contratación.

Nunca olvidaría que había podido atravesar la Puerta de la Montería y admirar aquellos excelsos jardines.

Suspiré pensando si alguna vez tendría ocasión de regresar .

Tras preguntar a un par de soplones, supe que Fabila había sido llevada a una casa en el barrio de la Cruz.

Así pues, enfilé mis pasos hacia la Giralda, el emblemático campanario de la catedral de Sevilla.

Un poco más al este se encontraba el barrio de Santa Cruz, antigua comunidad hebrea que, tras la expulsión de los judíos, había desmejorado mucho, por desgracia .

No tuve problemas en hallar la hospedería que me habían señalado .

Cuando me adentré en el infecto lugar, varios ojos recelosos me siguieron hasta la barra. Deslicé intencionadamente mi mano a la empuñadura de mi acero para desalentar a algún atrevido cliente.

Pregunté por una hermosa sarracena que acompañaba, según indicaciones del soplón, a un hombre de porte distinguido, posiblemente algún principal de alguna casa de alcurnia; un noble de tantos, pervertido en el goce de lo prohibido, con gustos peculiares que satisfacía en antros como ése.

Recibí sólo silencio y una mirada pendenciera del tabernero, que negó con la cabeza a la par que miraba significativamente mi bolsa.

Deslicé unas cuantas monedas sobre la barra, acechando cauto a mi alrededor .

Entonces me indicó en un susurro quedo una habitación en la segunda planta .

El quejido de los destartalados escalones de madera acompañó mis pasos. De las distintas puertas brotaban toda clase de sonidos: estentóreas carcajadas masculinas, risitas femeninas, ardorosos gemidos, gruñidos, golpes y ronquidos, algún grito juguetón y murmullos de conversaciones.

Me detuve frente a la puerta más retirada, al fondo de aquel corredor.

Respiré hondo y la abrí. De todo lo que había imaginado ver, la escena que se descubrió ante mí me sobrecogió cortándome el aliento .

Fabila estaba desnuda y amordazada sobre una desvencijada cama, de rodillas, con las manos atadas a la espalda, cubierta de sangre que manaba abundante de varios cortes en su cuerpo.

Detrás de ella, un hombre de mediana edad la montaba con salvajismo, mientras manoseaba el cuerpo sangriento de la muchacha, esparciendo su propia sangre con una mano al tiempo que, con la otra, continuaba sesgando donde le parecía con una navaja de barbero .

Aquel escalofriante espectáculo desató en mí tal odio, tan duros recuerdos que, cuando entré en la habitación, algo estalló en mi interior rugiendo de rabia y de odio .

Me abalancé sobre aquel hombre con un gruñido feroz y lo arranqué del cuerpo de Fabila, que se derrumbó como un saco sobre el lecho. Comencé a golpearlo con tal saña que no supe ni discernir dónde lo hacía. Desaté toda mi brutalidad en él, enloquecí liberando todo mi odio.

Ni los gemidos sofocados, ni el llanto suplicante, ni el quebrar de sus huesos bajo mis puños, ni su mirada aterrorizada y dolorida lograron apaciguar la bestia en que me había convertido.

Ni siquiera fui capaz de dejar de golpearlo en el suelo, inerte y sanguinolento.

Sin embargo, tampoco es que lo viera a él, sino que ante mí únicamente veía a los verdugos de mi niñez, a aquella sádica zorra y a sus secuaces.

Ante mí únicamente tenía al maldito destino que me lo había arrebatado todo.

Sólo me detuve cuando el agotamiento me venció.

Jadeante, por fin logré ver el horror de mi locura.

El hombre yacía muerto y destrozado a mis pies. Retrocedí conmocionado y trémulo, apabullado y espeluznado ante mi ferocidad, una brutalidad que nunca había desplegado ni en las batallas en las que había participado. Me cubrí el rostro con las manos y negué con la cabeza.

¡ Dios mío! ¿Qué había hecho? ¿Qué demonio se escondía dentro de mí? Sentí repugnancia de mí mismo, y una angustia tan inconmensurable que por un instante no pude respirar. Me faltó el aire y caí de rodillas.

Un sofocado sollozo logró sacarme de mi estupefacción para dirigirme raudo a la cama y desatar a Fabila, que me abrazó con desespero. Tenía que lavarla, vendarla y vestirla para sacarla rápido de allí. Y así hice, mientras ella sólo lloraba y gemía.

— Todo saldrá bien, todo saldrá bien —repetía incesante, todavía afectado y confuso por lo ocurrido .

Mientras la sacaba de la hospedería en brazos y recorría los angostos y oscuros callejones de la ciudad, rumbo a la mancebía, quise convencerme de que, en efecto, todo saldría bien .

Poco podía saber entonces que aquel acto de locura me llevaría a prisión días más tarde ...

Tragué saliva con desagrado, aquellos recuerdos secaron mi garganta y agitaron mi estómago. Me estremecí y me alejé de Cora aproximándome más a la orilla, donde me acuclillé para coger agua en el hueco de mis manos y refregarme el rostro con ella. Agradecí su frescor, aunque el malestar permaneció.

—Ya nada puede detener lo que he empezado —murmuré apático—. Maté a tu esposo y a uno de los Grant. Vendrán por mí, y yo los esperaré ansioso.

No fui capaz de mirarla, aunque pude adivinar cómo se extendía la desesperanza por ella. Sentirse atraída por un hombre condenado era un duro trago, al menos acababa de darle un escudo para mantener su corazón lejos de mí.

—¿Has pensado lo que harás con tu vida si sobrevives a tu venganza?

Me puse en pie, todavía dándole la espalda, observando meditabundo las burbujeantes aguas del arroyo; la claridad lunar arrancaba destellos en su superficie.

—No lo sé, una vez cumplida mi venganza se perdería el único motivo que me mantiene en pie.

—Busca otro motivo —musitó con firmeza.

Me giré hacia ella y la contemplé inquisitivo.

—Quizá esté tan roto que ya no pueda buscar nada.

—En tal caso —murmuró dirigiéndose hacia mí, enlazó los brazos a mi cuello y reparé apesadumbrado en su empañada mirada y en su contrito semblante—, deja que te lo busque yo.

Se alzó sobre la punta de los pies y me besó con tan exquisita dulzura, con tan aterciopelada ternura que algo dentro de mí se rasgó.

Sentí ganas de llorar, el nudo que aprisionaba mi pecho se suavizó.

Su boca fue la conductora a un ansiado olvido momentáneo.

Su lengua me llevó muy lejos, a una nube etérea que evaporó la realidad y me sumió en un paraíso de emociones maravillosamente desconcertantes.

Sentí el corazón más ligero y un solaz que hacía tiempo que no disfrutaba.

Me dejé arrastrar por aquel dulce beso, que con su magia alejó mis sombras y me llenó de una luz desconocida.