Capítulo 16. Confesiones bajo la luna #2
En lugar de palabras de consuelo, preguntas o reproches, recibí un gesto que dijo mucho más que cualquier cosa que hubiera salido de su boca: se abrazó cuidadosamente a mi espalda un instante, transmitiéndome su calor y su cariño. Aquello me reconfortó y me inquietó al mismo tiempo.
—Tengo hambre, y espero que mi reclamo no justifique que mi cuerpo adorne el fondo de un barranco.
Me revolvió el cabello y se incorporó de nuevo. Lamenté la distancia, el frío ocupó su lugar.
—No podemos detenernos ahora. Pero hay algo de pan en las alforjas y un odre con agua. Yo he picoteado algo mientras dormías.
—Espero que haya mucha agua con que remojarlo, o se me olvidará lo que es orinar. Creo que ese pan es capaz de absorber todo el líquido de mi cuerpo, si hasta me deja más pálido.
De nuevo se estremeció sacudida por la risa. Por su sonido estrangulado supe que otra vez se tapaba la boca haciendo verdaderos esfuerzos por no emitir ningún sonido.
Al cabo de un rato, se recompuso y pudo ofrecerme una porción de pan y el odre de piel de cabra.
—Tardaré semanas en digerir esto.
—¡Cállate ya, la mitad de tu estómago es escocés, podrá con ese pan!
—Deberían hacer las balas de mosquete con él.
—Dios, Lean, para, no me aguanto.
—Dichosa tú, que puedes mear.
Sonreí mientras la sentía sacudirse tras de mí luchando con sus carcajadas, pugnando por contenerlas sin mucho resultado.
Mastiqué aquel espantoso trozo insípido y prieto de pan de centeno concienzudamente, evitando moverme lo más mínimo para no agudizar el dolor que palpitaba constante y regular en mi espalda.
—Pensé que Sevilla te había tratado mejor.
—Y lo hizo, pero la vida no es fácil en ningún sitio.
—No —concordó—, pero a ti te lo han puesto más difícil que a nadie.
—Una vez, maese Beltrán me dijo que Dios otorga las batallas más duras a sus mejores guerreros; creo que piensa que soy el arcángel san Gabriel.
—Quizá lo seas.
—Soy bastante más oscuro.
—No siempre tenemos elección, Lean, a veces la vida nos empuja sin previo aviso al sendero que se le antoja y sólo nos queda recorrerlo y enfrentarse a él. No te sientas culpable por nada de lo que has tenido que hacer para atravesarlo hasta salir de él.
—No me siento culpable —espeté pensativo—.
Cuando se ha tocado fondo, cuando se ha vivido en el infierno, cuando se ha deseado tanto la muerte, el cuerpo deja de tener su importancia.
También el entorno y la apreciación entre el bien y el mal se trastocan.
Dejas de creer en la justicia, de esperar que una luz divina acuda en tu ayuda.
Por eso, cuando decides vivir, por la causa que sea, peleas por tu supervivencia con uñas y dientes, sin importarte nada más, utilizando cuanto tienes a tu alcance.
La dignidad, la moral y los principios son para la gente que nunca ha conocido la desesperación, gente que tiene la suerte de llevar una vida tan cómoda y segura que puede disponer de tiempo para reflexionar sobre cuestiones éticas porque su barriga está llena, su vida protegida y su futuro asegurado.
—No creo que nadie que sepa por lo que has pasado tenga el valor de juzgarte.
Yo te admiro, Lean, porque eres un superviviente, porque renaciste y porque decidiste luchar.
En cambio, sí creo que posees valores, principios y sobre todo un gran corazón, por mucho que intentes hacernos creer lo contrario.
Y me pregunto por qué. ¿Por qué te niegas un fututo, una vida plena? ¿Por qué eliges la soledad?
—Porque en realidad no renací, Ayleen, soy una sombra.
Porque la única causa que me ha mantenido con vida todos estos años es el profundo odio que guardo en mi corazón y que lo enciende con más vigor que la vida misma.
Porque sé que ese odio acabará conmigo y por nada del mundo deseo apegos que lloren mi tumba ni me guarden rencor por no poder darles algo tan maltrecho y roto que, aunque palpita, lo hace a menudo con dolor. Un corazón negro, lleno de cicatrices.
—Hablas como si estuvieras incapacitado para querer —refutó en tono reprobador—, y no es así. Veo cómo tratas a ese muchacho, cómo me proteges a mí de ti, cómo cuidas de los tuyos. Puedes amar y que te amen, eso no te lo arrancaron.
—Si mientras mis pies reposan en este mundo puedo hacer algún bien a quien lo merece, quizá mi vida tenga algún sentido.
Pero soy cauto, porque establecer vínculos emocionales crea responsabilidades, y no quiero sentirme responsable de hacer sufrir a nadie.
Es difícil mantener mi decisión, lograr encontrar el equilibrio exacto de dar lo justo y recibir lo mismo sin crear lazos profundos que remuevan mi conciencia cuando termine lo que he venido a hacer aquí.
Los remordimientos son cuanto temo, y sólo pueden ser provocados por dañar a alguien que me quiera. Solución: impedir que lo hagan.
Otro largo silencio.
Bebí del odre evitando alzar el codo e inclinar la cabeza y, cuando finalicé, alargué el brazo hacia atrás para entregárselo a Ayleen.
—Eres piadoso en esa decisión —resaltó ella—. Ni tu corazón es tan negro ni está tan roto como para que no pueda repararse con los debidos cuidados.
Cerré los ojos, de repente me encontraba extenuado y abatido.
—Mientras recuerde, jamás podrá repararse —aseguré con firmeza—, porque noche tras noche vuelve a romperse en cada pesadilla.
Porque necesito luchar para liberar mi ira, porque exponer mi vida es tan necesario como respirar para conservarla, porque la negrura se extiende día a día en mi interior como un veneno letal, y sé que acabará conmigo, como sé que deseo que lo haga cuando cumpla mi venganza.
No veía su rostro, pero fue fácil imaginar una expresión atribulada y triste en él.
—Hay un inconveniente en ese plan —apuntó ella en tono afectado—, que por mucho que te esfuerces en no hacerte querer, nada puedes controlar de lo que la otra persona siente por dentro.
—No, por eso he de apresurarme en cumplir mi cometido.
Nada replicó, tan sólo el silencio me trajo su desdicha. Oí muy cerca el resoplido de otro caballo y de pronto tuve la seguridad de que nuestra conversación había sido escuchada por alguien más.
El sopor me invadió y la laxitud rindió mi cuerpo...
— ¡Pardiez, muchacho, ya quisiera yo encargos así !
Don Nuño Mérida, jayán de la mayor germanía de Sevilla, me contempló ceñudo ante mi indecisión. Mas no era una propuesta, ni mucho menos, sino una petición que no admitía réplica.
— Yo no soy una de vuestras coínas —renegué ofuscado—. Soy tan buen espadachín como el bravo don Mendo, y puedo hacer mejores encargos que encamarme con una doña lasciva .
Don Nuño se levantó de su sillón de orejas y, como hombre añoso, se apoyó en su bastón de marfil labrado entre quejumbres y renqueos. Caminó encorvado hacia donde me encontraba y puso una mano en mi hombro regalándome una sonrisa comprensiva. Tuve que alzar la cabeza para sostener su mirada .
— Sois todo un mozo apuesto y vigoroso —comenzó zalamero— y, como tal, las mujeres se fijan en vos. La doña en cuestión debió de veros y se le antojasteis. Pero no fue ella quien vino a hacerme la petición, sino su esposo.
Me envaré en el acto y di un paso atrás dispuesto a marcharme, pero don Nuño me retuvo a riesgo de trastabillar .
— No temáis, muchacho, se trata de que complazcáis a la dama, no a él.
El esposo sólo desea presenciarlo. Me aseguró que no intervendría, que la simple observación de su esposa con otro hombre le procuraba un placer inigualable.
Y tuve incluso a bien preocuparme por conocer la apariencia de tan afortunada dama, para evitarte un mal rato en caso de no resultaros.
.. apetecible. Debo deciros que es una hembra lozana de carnes prietas, nada desdeñable.
No creo que vuestra hombría no responda ante una mujer así.
Hasta mi moribunda verga pareció querer reaccionar ante su visión y eso sí es un logro, pues la creía muerta del todo .
Ante mi todavía recelosa expresión, don Nuño regresó a su mesa, se sentó y de un cajón sacó una bolsa de terciopelo negro que abrió ante mí y cuyo contenido volcó sobre el tablero. Los maravedíes de plata rodaron tentadores por la superficie .
— Os ofrezco ya la mitad de lo acordado. Sé que Elena está enferma y requiere de los costosos servicios de un buen médico, y que Beltrán anda desesperado buscando los buenos dineros que salven a su esposa. Quizá esta bolsa suponga la diferencia entre la vida y la muerte.
No había nada que pensar, bien lo sabía el ajado y sagaz jayán.
— ¿Dónde tengo que ir y cuándo ?
Cogí las monedas y las guardé en mi propia bolsa.
— Rafael os acompañará. La dama ya os espera en la puerta de atrás de su casona .
Asentí y miré al jovenzuelo Rafael, el asistente de don Nuño, un muchacho taciturno pero tan avispado y dispuesto como el hombre al que servía .
Me calcé mi sombrero de ala ancha, me cubrí con mi pardusco herreruelo y salimos a la noche.
Dejamos atrás las callejuelas empedradas de Triana atravesando el puente sobre el Guadalquivir hacia el centro de la urbe, donde el penetrante aroma a azahar y jazmín perfumaba el aire, camuflando así olores más desagradables.
Las encaladas fachadas de las casas de notables y familias de abolengo lucían en sus enrejadas ventanas macetas con claveles reventones, que de día resultaban una vistosa explosión de color y vida.
Cuán hermosa era Sevilla, pensé aspirando el aroma de sus calles .
Caminamos en silencio, seguidos del eco de nuestros pasos. Ya no había carruajes que trotaran a aquellas horas, ni miradas curiosas que pudieran preguntarse qué hacíamos allí. Tan sólo el sereno a lo lejos, pobremente iluminado por un candil parpadeante .
— Es aquí —anunció Rafael .
Y, sin más, dio media vuelta y desapareció envuelto en su mutismo .