Capítulo 16. Confesiones bajo la luna #3
Observé la casa señorial, era grande y tan vestida de flores como el resto.
La puerta principal, de buen roble y con relieves elegantes, lucía un grueso aldabón en el centro de una de las hojas.
Rodeé sus gruesos muros adentrándome en un angosto callejón, donde descubrí una puerta discreta y más ajada.
Golpeé suavemente con el puño y aguardé respuesta .
Al cabo, la puerta se entreabrió dejando salir un tenue resplandor dorado .
Atravesé el quicio y cerré tras de mí. Una adormilada doncella me hizo el gesto de que la siguiera, y así lo hice.
Recorrimos un largo pasillo hasta una empinada escalera y caminamos por un corredor suntuoso hasta una gran puerta doble.
La doncella llamó a la puerta y, tal como había hecho Rafael, no aguardó a que se abriera, sino que se alejó con su candelabro dejándome en una tensa semioscuridad .
Un gruñido acompañó el recorrido de la puerta al abrirse hacia dentro, un rostro ansioso me recibió. Ella .
— Pasad .
Entré en una alcoba amplia y ostentosa. La enorme cama de dosel, vestida de satén y con mullidas almohadas, llamó mi atención. Hasta que reparé en el hombre que estaba sentado en una butaca justo enfrente.
— No lo miréis —advirtió la doña—. Miradme a mí, fingid que no está aquí.
Asentí y me dejé arrastrar por ella al centro de la estancia .
Llevaba un camisón vaporoso, los cordones del escote ya estaban deslazados, mostrando el nacimiento de lo que parecían unos senos turgentes .
No era hermosa como tal, pero eso yo ya lo suponía: don Nuño tenía que procurar animarme con lisonjas sobre la dama en cuestión para convencerme. Aun así, era agraciada, aunque nada destacara de verdad en su rostro, que tenía más de anodino que de otra cosa. Insulsa y desabrida, en mi opinión .
La mujer empezó a desatar los cordones de mi capa lanzándome miradas sugerentes y seductoras. De momento, mi cuerpo no parecía responder a sus gestos sensuales.
Me dejé desnudar sin poder saborear realmente aquel momento, pues la presencia impasible del esposo me inquietaba y me desconcertaba tanto que no podía centrarme en la labor que había de ejecutar .
— Os deseé en cuanto os vi. Asad os llamáis, ¿verdad ?
Asentí al tiempo que descubría un incipiente rechazo naciendo en mí .
— Sois más hermoso desnudo de lo que imaginé.
Posó las palmas de sus manos en mi torso y lo recorrió con arrobada admiración.
— Desprendéis poder —halagó prendada—, y yo ardo en deseos de ser sometida por él.
Se despojó del camisón y se ciñó a mi cuerpo, frotando contra mí su cálida desnudez. Sentir sus enhiestos pezones rozando mi pecho debería haber despertado mi deseo. Sin embargo, no fue así.
La mujer, que parecía impaciente, tomó mi rostro en sus manos y me besó con fogosa vehemencia. Cierto regusto repulsivo se adueñó de mí y me aparté de forma instintiva. Tuve que recordarme lo que había ido a hacer para acercarme de nuevo y permitir que me besara, esta vez con más ahínco .
Retrocedí otra vez ante su evidente disgusto .
— Yo... lo siento..., es la primera vez que ...
— ¿No me digáis que nunca... ?
— No, no, es... esta situación —dije, y miré al esposo, que nos contemplaba inmutable.
— Quizá un buen licor ahuyente vuestra timidez .
Se dirigió hacia una cómoda donde una licorera descansaba sobre una bandeja con dos copas de fino cristal tallado .
— Un buen coñac francés animará vuestro ánimo .
Llenó una copa y me la acercó. Admiré su cuerpo y comprobé que en eso el jayán no había exagerado. Sus curvas eran firmes y su piel cremosa. Me dije que cualquier hombre pagaría por yacer con ella y no al revés, a pesar de no ser bonita.
Cogí la copa y la bebí de un trago. Y, sin más, me abalancé sobre ella y la besé, venciendo mis reservas. Ya había cobrado por el encargo y, ya que tenía que cumplirlo, qué menos que dejar un buen recuerdo de él .
La mujer gimió en mi boca y exhaló un jadeo sorpresivo cuando me incliné sobre ella, abarqué sus nalgas y la elevé contra mis caderas. Me rodeó con las piernas y, sin despegar nuestras bocas, la llevé a la cama.
La lancé sobre el colchón y ella se relamió al contemplar mi ya endurecida hombría basculando hambrienta .
— ¡Oh, buen Dios, sois un regalo del cielo !
Antes de cernirme sobre ella, que ya se abría ansiosa de piernas, giré el rostro para observar a su esposo, que se estaba tocando a sí mismo y nos miraba con expresión febril y libidinosa.
Pensé en lo ventajoso que era para la mujer tener un esposo con semejantes inclinaciones, donde la infidelidad conyugal era justamente el placer de la pareja. Me pregunté si él haría lo mismo a la inversa.
— ¡Demostradle a mi esposo lo que es un verdadero hombre!
Me abalancé sobre ella, penetrándola de una profunda embestida que arrancó un placentero grito de su garganta.
Y, mientras lamía sus pechos, mis caderas se movían al ritmo que ella exigía, duro y seco, que acompañaba con jadeos entrecortados y exclamaciones maravilladas.
Pensé que se conformaría con fornicar hasta liberarse, pero no fue así.
Me detuvo y me impelió a salir de ella, me tumbó a su lado e, inclinándose hacia mí, me dirigió una sonrisa oscura y obscena .
Cuando tomó mi verga en su boca y casi la tragó entera, jadeé de placer y me dejé hacer.
Lamió y succionó hasta casi hacerme perder el control, y luego se puso a horcajadas sobre mí y me introdujo en su interior.
Me montó con brío y desbordada pasión, gimiendo gozosa y enloqueciendo de placer.
El golpeteo seco de la carne, los jadeos y los gruñidos del esposo procurándose su propio placer llenaron aquella noche, hasta que llegamos al clímax.
Ya salía del lecho cuando la mujer me lo impidió .
— Descansad y reponeos, la noche no ha terminado. He pagado buenos maravedíes de plata para gozaros hasta la saciedad, y hasta que el alba entre por esa ventana seréis mío, Asad .
Y, en efecto, hasta que el alba entró, yo no salí .