Capítulo 16. Confesiones bajo la luna
Confesiones bajo la luna
Parpadeé dolorosamente, la luz hería mis ojos y un dolor sordo y pulsante se extendía por todo mi cuerpo como las ondas expansivas que una piedra provocaba al ser lanzada contra la superficie del agua, aumentando su proyección progresivamente.
Tenía la boca reseca y el cuerpo pesado como si me hubieran atado o colocado un peso encima. Sólo discerní que estaba tumbado boca abajo en una especie de jergón y que voces confusas se superponían unas a otras en un tono tenso y apremiante.
Agucé el oído intentando aclarar mi mente lo suficiente para captar lo que decían. Me notaba embotado y confuso, a pesar de recordar que tenía dos balas alojadas en mi cuerpo.
—Los ingleses lo reclaman. Si no lo entregamos, masacrarán el pueblo.
Aquella voz masculina me resultó familiar, la identifiqué como la de Walter MacDonald.
—¡Jamás!
La beligerante voz femenina fue fácil de reconocer.
—Permitidnos escapar a las montañas. Enviadlos después contra nosotros para respaldar vuestra lealtad a Argyll argumentando que nos rebelamos y logramos huir, dándonos un razonable margen de tiempo para escondernos —rogó Alaister en tono suplicante.
Tras un tenso silencio, otra voz, ésta más grave y susurrante, musitó:
—Como laird , he de proteger a mi clan pero, como hombre íntegro y justo, debo concederos esa merced, y más si tengo la posibilidad de salvar a mi gente y negarles a los malditos Campbell la excusa que llevan tiempo buscando.
Marchad por el desfiladero que hay tras la aldea y no salgáis a campo abierto hasta que anochezca.
Luego tomad dirección este hasta la cañada del Etive y seguid el río hasta el sur.
Sé que es un gran rodeo, pero habréis de evitar Inveraray.
Llegaréis a Drymen y, de ahí, a Dumbarton, es una aldea costera en el estuario del río Clyde, con suerte podréis embarcaros allí hacia Mull.
Os perseguirán, Argyll no es un hombre que deje pasar una traición.
Me revolví inquieto. Una mano se posó en mi espalda, y entonces supe que no llevaba nada encima.
—Tengo que extraerle las balas antes de partir.
—No tenéis mucho tiempo, muchacha, esperan una respuesta. Apresuraos.
Unas suaves manos tomaron mi rostro entre ellas, una preocupada y escrutadora mirada me observó con intensidad.
—Podrías haber aguardado un poco más para recuperar la conciencia, mentecato.
Tragué saliva con dificultad para responder, pero un dedo selló mis labios acompañando ese gesto de una mirada ceñuda.
—No es momento para una de tus agudezas, muerde esto —dijo Ayleen, y me acercó un paño áspero para tal fin.
No me encontraba en posición de exigir cambiarlo por un trago de oporto, así que entreabrí los labios y dejé que introdujera el inmundo trapo en mi boca.
—Por el contrario, sí es momento de demostrar lo duro que eres.
Aunque su tono era firme y casi resentido, su tacto era dulce y delicado. Sentir cómo acariciaba mi mejilla y depositaba un beso en mi sien fue tan agradable como ese trago, aunque no abotargara igual.
Acto seguido, sentí la punta de un cuchillo hurgando lacerante en mi piel.
Tensé todos los músculos y mordí con saña el trapo, mientras un acero candente escarbaba en mi carne.
El olor a carne quemada comenzó a horadar mi olfato agitando mi estómago, y el dolor se agudizó nublándome la vista.
En mitad de un espasmo descubrí que varios pares de manos me sujetaban con fuerza, mientras Ayleen intentaba rebuscar en mi cuerpo la cilíndrica bala de mosquete alojada en alguna parte de mi omóplato.
—Aguanta, Lean, ya casi está —profirió en un susurro estirado.
Sentí cómo la punta de un puñal hacía palanca dentro del orificio hecho por la bala y me arqueé gruñendo entre dientes, soportando un espantoso acceso de dolor.
Cuando comenzaba a languidecer y la negrura de nuevo regresaba, oí una exclamación triunfal y que alguien pedía aguardiente.
«Bien», pensé casi desfallecido, pues necesitaba con urgencia ese trago.
Sin embargo, para mi completo disgusto, lo vertieron sobre la herida.
Exhalé una maldición y me arqueé otra vez ante tan ardoroso escozor.
—Por fortuna para ti, la bala del costado rasgó tu carne, pero no se alojó en ella. Aunque has perdido mucha sangre.
—Os hemos preparado un saco con víveres. Ahora, partid raudos.
Angus MacDonald se acuclilló para sostener mi turbia mirada.
—Avisad a vuestro tío de nuestra desesperada situación, nos uniremos a las tropas realistas si me aseguran la protección de mi clan. Nos urge el respaldo de Montrose o caeremos en las garras de Argyll.
Me limité a asentir. El hombre dibujó una parca sonrisa de despedida, se irguió y echó a andar a buen paso lejos de dondequiera que yo estuviera.
—En marcha —dijo alguien.
—Incorporadlo, tengo que vendarlo.
Varios brazos me enlazaron y elevaron mi torso, facilitando así la tarea a Ayleen, que comenzó a enrollar lienzos blancos en torno a mi pecho y mi cintura.
—Sigo... siendo... tu pájaro herido —logré musitar ladeando la cabeza para mirarla, aunque me pesara como si estuviera rellena de plomo.
—Ya no, ahora eres tan hermoso y poderoso como tu halcón, aunque tu suerte no ha cambiado mucho, máxime cuando tanto te empeñas en favorecer tus desgracias. Te avisé de...
—La obediencia... no es mejor virtud, me temo.
Miré para el otro lado para tratar de descubrir dónde estaba, ahora que me sentía algo más despejado, y me topé con la inquieta mirada de Cora.
Permanecía sentada en una banqueta junto al fuego, estrujándose las manos en el regazo y con una extraña expresión en el rostro.
Estábamos en una de esas cabañas de piedra con techo de turba, penumbrosas pero cálidas.
—Aunque... dicen que no tengo ninguna —agregué mordaz.
Cora bajó la vista un instante, pero cuando volvió a alzarla sus verdes ojos refulgían con algo que no supe discernir.
—Alguna tienes —bromeó Ayleen, apretándome el vendaje—, pero la oculta tan bien que a simple vista no se ve. Sin embargo, cuando tus virtudes se descubren, puedo asegurar que merece la pena haberlas buscado.
Exhalé un quejido ante su brusquedad y fruncí el ceño.
—Si sigues... apretando así, lo que no tendré será resuello.
Ayleen rio divertida y, cuando terminó, se inclinó sobre mí y depositó otro beso, esta vez en la mejilla.
—Tienes el suficiente para quejarte.
Cora nos miraba con semblante indescifrable, con un deje molesto pero afectado al mismo tiempo, seguramente debatiéndose entre el demonio que ella me consideraba y el hombre que era para Ayleen, ese que conseguía hacerla sonreír y arrancarle tan tiernas muestras de afecto.
—Es hora de subirlo a su caballo y atarlo a él. Hoy dudo que pueda manejar las riendas. Yo lo llevaré, peso menos que cualquiera de vosotros. Zill puede que sea rápido, pero no es un animal robusto que digamos.
Nadie replicó, ni siquiera yo, aunque tenía varias objeciones al respecto. Si me caía de la montura, ella no dispondría de la fuerza necesaria para sujetarme. No obstante, era imprescindible que alguien guiara mi caballo, sólo pensar en estar sentado recto me daba escalofríos.
Tras manipularme como si fuera un burdo fardo, subirme a Zill e inclinarme sobre su lomo, me afianzaron a su cuello con una soga. Ayleen se encaramó ágil detrás de mí y Cora montó con Alaister. Sus verdes ojos no se apartaban de mí.
Resentido, dolorido y extenuado, iniciamos la cabalgada. Simplemente cerré los párpados y me acomodé al rítmico bamboleo del caballo, hasta que el sopor comenzó a invadirme.
Cuando abrí los ojos, creí por un instante que no había terminado de hacerlo, hasta que me apercibí de que era noche cerrada. Apenas una cuña marfileña agrisaba el contorno de las nubes más cercanas, derramando un débil resplandor plateado que escasamente iluminaba el camino.
—¿Cómo te encuentras? Has dormido todo el día.
—Como si me hubiera pasado por encima todo un destacamento inglés con caballos y cureñas con cañones incluidos.
Ayleen rio por lo bajo y siseó al caballo, que en ese momento bufaba sacudiendo la cabeza y a mí con ella.
—Veo que te has hecho con él —apunté admirado.
—Es más manejable que su amo —adujo burlona.
—No lo tenía por tal precisamente, pensé que algo mío adquiriría.
—Pues lo es, al menos no se queja.
—Necesito cambiar de posición, me duele la espalda —gruñí quejumbroso.
Esta vez bufó Ayleen y la imaginé sacudiendo exasperada la cabeza como había hecho Zill .
—Tienes un agujero en la espalda, es normal que te duela.
—Me duele más abajo, justo detrás de la cintura.
La muchacha comenzó a refregarme la palma de su mano contra la zona dolorida, gemí de alivio.
—¿Haces algo mal? —inquirí con curiosidad.
—Pues llevo mal soportar a pacientes recalcitrantes, suelo tirarlos por el primer barranco que me encuentro.
Sonreí para mis adentros, adoraba el chispeante ingenio de Ayleen.
—Espero que no encuentres ninguno, no estamos para ir dejando pistas a los ingleses.
Ayleen soltó una carcajada que de inmediato sofocó cubriéndose la boca. Pero su cuerpo se sacudió a causa de la risa contenida.
—Te has convertido en todo un truhan, las damas sevillanas deben de haberlo pasado muy bien contigo.
—Quiero creer que sí. Al menos, lo aparentaban.
—Me cuesta creer que no haya ninguna que haya luchado por ganar tu corazón.
—Era más fácil comprar mi cuerpo y mis atenciones.
Un incómodo silencio se alargó entre nosotros.
No sé qué estaría pasando por la cabeza de Ayleen: si quizá saber que había llegado a esos niveles de degradación personal la escandalizaba, si me condenaba por mi falta de moral o si era compasión lo que ahora la enmudecía.
Fuera cual fuese el motivo, no me arrepentí de aquella confesión.
Necesitaba mostrarme tal cual era; primero, para no llevar a engaño a nadie ni permitir que se creara una imagen ilusoria y romántica de mí y, segundo, para recordarme quién era y quién había sido.