Bruma azul Capítulo 15. Frente a mis verdugos #2
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Capítulo 15. Frente a mis verdugos #2

—Todos bien, incluso Sahin — respondió Ayleen.

—Danos un instante para que nos devuelvan los caballos y partiremos contigo —propuso Alaister. En sus azules ojos, tan parecidos a los de su hermana, se dibujó un hondo desasosiego.

—No —repuse firme—. Esto sólo me incumbe a mí. Regresaré y partiremos a Mull.

Revolví la oscura cabellera de Dante y lo miré esgrimiendo una sonrisa tranquilizadora.

—Volveré, muchacho, así que pórtate bien o te las verás conmigo.

Él sonrió con mirada húmeda y asintió apartándose de mí. Me encaramé a la silla y, justo cuando partía, unos luminosos y preocupados ojos verdes se clavaron en mí. Cora me observó con expresión contenida, como sopesando si decir algo, pero nada salió de sus labios.

En ese instante, Walter MacDonald se asomó desde la casona con el ceño fruncido, acompañado de uno de sus hombres. Agitó la mano para llamar mi atención y se acercó a mí.

—No es buena idea que vayáis tras ellos, MacLean —aconsejó—. Uno de mis vigías acaba de informar de que ha visto patrullas inglesas cerca de Invercoe. Angus cree que las ha enviado Argyll para ejercer presión.

—En tal caso, más me urge encontrarlos antes de que hallen protección.

—Os he visto usar la espada y sois condenadamente bueno, pero los ingleses llevan mosquetes y los Grant son comadrejas traicioneras. Es demasiado arriesgado, a mi parecer.

—Manchar mis manos con sangre de rata merece cualquier riesgo —sentencié grave.

Arreé vehemente a mi montura y salí a todo galope tras el rastro de los Grant.

Cabalgué veloz atravesando los verdes páramos como una centella negra, por el sendero más transitable para caballos, rezando para ganarles terreno o al menos lograr divisarlos en lontananza.

El cielo comenzó a oscurecerse. Cúmulos negros y espesos se apretaron esponjosos, amenazando tormenta.

Un viento cargado de humedad agudizó los aromas del valle, acentuando el olor a hierba y a tierra.

No tardó en caer una fina lluvia que, a pesar de su levedad, sentí que me azotaba el rostro dada la celeridad de mi cabalgada.

Azucé a mi purasangre sin terminar de creer que siquiera pudiera vislumbrar dos jinetes en el horizonte.

Y empecé a inspeccionar los alrededores en busca de bosquecillos o escondrijos donde los Grant pudieran acecharme o esconderse de mí.

Llevaba un buen trecho y decidí que era por completo imposible que estuvieran más adelante.

No obstante, continué poniendo atención a posibles desvíos o guaridas donde pudieran haber hallado cobijo.

Examiné algunas arboledas sin resultado alguno, maldiciendo entre dientes.

¿Dónde demonios se habían metido esos sucios bastardos?

Había malgastado la ventaja de la sorpresa, de poder enfrentarme a ellos fuera de sus dominios y, si se refugiaban bajo el ala de Argyll, difícilmente tendría ocasión de darles caza.

Y más ahora, que me había convertido en su declarado enemigo.

Pasaba la mañana, la lluvia arreciaba, el cielo se ennegrecía como si unas inmensas alas de cuervo se cernieran sobre la región cubriéndola con su amenazante sombra y ni rastro de los Grant, como si ese inexistente cuervo alado se los hubiera tragado.

Al punto de decidir regresar a Invercoe, divisé entre la incisiva cortina de agua que derramaban los nubarrones lo que me pareció un grupo de jinetes en la base de una loma.

Entorné los ojos y parpadeé para enfocar la vista entre el torrente de agua que azotaba y logré reconocer unas casacas rojas recortadas contra un verde intenso.

Estaban lejos, pero no lo suficiente como para que no me percibieran a esa distancia y a pesar de la tormenta.

Creí distinguir seis casacas rojas y a los dos Grant. Y, ciertamente, era una temeridad enfrentarme a ocho hombres, aunque bajo aquella lluvia sus mosquetes resultaban inservibles. Frustrado y furioso, me dispuse a huir y giré mi montura, cuando otra patrulla inglesa me salió al paso.

Me envaré en la silla al comprobar cómo dos soldados cubrían a un tercero con sus grises capas y cómo de ese oscuro refugio emergía la punta de un mosquete.

Apenas vi el refulgir anaranjado de la llave de chispa, me incliné instintivamente con el fin de evitar recibir el disparo y arreé a mi montura con desesperada urgencia.

Justo antes de salir al galope, sentí un impacto en el costado y una aguda quemazón que me cortó el aliento.

Me abracé al cuello de Zill y recé porque fuera más rápido que las balas que nos perseguirían por el páramo.

Otra bala se hundió en mi espalda, gruñí arqueándome y, tras un gemido exhalado y dolorido, caí de nuevo hacia adelante, apretando los dientes, pero todavía jaleando a mi caballo.

A lomos de una sombra, crucé el amplio valle siguiendo el loch Leven, mientras mi visión se nublaba y mi cuerpo languidecía exangüe.

Sacudí la cabeza para alejar el sopor, ignoré el ardiente dolor que se extendía por todo mi torso y alenté casi con rugidos la galopada de Zill .

Me perseguían y, aunque la lluvia sofocara los cascos de sus caballos, supe que si bajaba el ritmo me darían alcance.

Luché contra la laxitud, contra la debilidad y contra el dolor. Y, aunque me abrazaba al robusto cuello zaíno de mi corcel para no caer, con mis talones impelía su carrera y con mis gritos su brioso ánimo.

Oí una nueva detonación, lo que significaba que se habían detenido para probar suerte de nuevo.

No les había ido mal, tenía dos proyectiles de plomo perdidos en mi cuerpo y quizá un tercero fuera el definitivo.

Cerré los ojos con fuerza rezando por no albergar ese tercer disparo y, tras un tenso instante, comprobé que ningún dolor nuevo me acechaba.

Galopé y galopé al límite de mis energías hasta que vislumbré las apiladas cabañas al pie de la montaña que formaban la aldea de Invercoe.

Tras un último sobresfuerzo, rugí con furia a mi caballo azuzándolo hasta casi volar, en un alarido furibundo que se sobrepuso a la tormenta.

Un trueno iracundo me respondió y, si hubiera tenido fuerzas suficientes, habría maldecido al cielo y sus injustos designios hasta haberme roto la garganta.

Entré en la aldea casi desvanecido, y apenas divisé unos rostros alarmados y gritos urgentes a mi alrededor.

La negrura comenzó a cerrarse sobre mí, las fuerzas me abandonaron, mi cuerpo empezó a caer lentamente del caballo.

Sentí el impacto contra el suelo y, tras él, un dolor sordo que me llevó lejos, a años de allí.

.. Por fortuna, no al infierno, esta vez no. ..

— ¿Para qué sirve esto ?

— Estate quieto, Lean, me haces cosquillas —pidió Ayleen entre risas .

— Dímelo y te dejaré en paz —musité risueño amenazando con pellizcar juguetón su cintura .

— Pues tienes que soplar muy muy fuerte y pedir un deseo .

Estábamos sentados en mitad de un prado, rodeados de amarillas caléndulas y esponjosos y etéreos dientes de león. Nos acariciaba una brisa estival mientras disfrutábamos de una tarde de juegos, aprovechando que Lorna estaba fuera de Mull. Deseé que aquel día no acabara nunca .

Miré con interés la flor y seguidamente con incredulidad a Ayleen.

Era un niña con mucha imaginación, alegre y chispeante, pero también muy rara.

Solía tener pensamientos bastante curiosos de las cosas, y gustaba de inventar historias para cualquier situación.

Alaister era muy distinto a ella, por lo que solía reñirla acusándola de embustera, algo que la ofuscaba hasta el punto de llorar.

Luego, su hermano se arrepentía e intentaba disculparse, pero ella, furiosa, le pedía que la dejara sola y se acercaba a mí.

Yo no la consolaba, tan sólo la escuchaba y me maravillaba por cuanto contaba.

Seguramente ella saboreaba gustosa tanta atención e interés por mi parte y por eso le agradaba tanto mi compañía.

Y lo cierto es que oírla hablar de hadas, elfos, magia y variopintas leyendas locales resultaba todo un entretenimiento para mi mente, que de tan pocas diversiones gozaba .

— Adelante, Lean, piensa bien el deseo y no me lo digas. Yo haré lo mismo y tenemos que hacerlo a la vez, ¿de acuerdo ?

Asentí rotundo y cerré los ojos, como si no ver mi entorno dotara a aquel deseo de más contundencia.

Deseé reencontrarme con mis padres. Una ansiosa e ilusionada sonrisa iluminó mi rostro y, cuando abrí los ojos, me topé con la penetrante mirada de Ayleen, que me contemplaba con la misma sonrisa en el suyo .

— ¿Ya? —pregunté entusiasmado .

— Cuando cuente hasta tres, soplaremos a la vez, no tiene que quedar ni una semilla en la flor —dijo mirándome con fijeza para grabarme aquella advertencia—. Es muy importante ese detalle, de lo contrario, el deseo no se cumplirá .

— Uno... —comenzó con gravedad—, dos... y tres .

Y, así, soplamos con todas nuestras fuerzas vaciando nuestros pulmones y observamos, casi sin aliento, cómo las níveas semillas se esparcían en la brisa, rodeándonos como si fueran inquietos insectos revoloteando a nuestro alrededor.

Sentí el soplido de Ayleen en mi rostro y cerré los ojos con una sonrisa beatífica.

Hacía tanto tiempo que no me sentía tan en paz.

.. Su aliento cosquilleando en mi piel era agradable.

De pronto noté un roce en la mejilla y abrí los ojos.

Ayleen me acariciaba con dulzura extrema .

— Ojalá se cumpla, Lean, ojalá se cumpla .

«Ojalá», pensé yo también .

Ayleen se inclinó sobre mí y me dio un suave beso en la mejilla.

— Se cumplirá, ya lo verás —ratificó ilusionada, intentando convencerse o más bien necesitando convencerse—. Porque..., ¿sabes?, los dientes de león son mágicos.

— Si mis dientes también lo fueran, habrían envenenado a mi hermano el día que le mordí la mano.

El semblante de Ayleen se entristeció, oscureciéndose de repente .

— Eres un león, pero ellos son demonios. Si mi padre pudiera llevarte con nosotros ...

— Si lo hiciera, nuestros clanes entrarían en disputa. Y nadie empezaría una guerra por mí .

— ¡Yo lo haría! —exclamó de repente con furor. Sus grandes ojos azules se humedecieron tiñéndose de pena y frustración .

Me cogió las manos entre las suyas y me miró con abrumadora intensidad .

— Tú eres una niña, como yo. No podemos hacer nada, yo quizá morder y patalear, pero poco más .

Una lágrima rodó por su cremosa mejilla. No pude evitar limpiarla con el dorso de mi dedo .

— No te pongas triste, Ayleen, soy fuerte, ¿sabes? Y tan resistente como un nogal, lo dice Anna. Y, ahora, cuéntame esa leyenda sobre los dientes de león .

La pequeña asintió tras estrangular un puchero y dirigió su vista a la alfombra dorada y blanca que nos rodeaba balanceándose grácilmente con la brisa .

— Cuenta una ancestral leyenda —comenzó meditabunda— que el diente de león es producto de la labor de las hadas.

Hace miles de años, cuando el mundo estaba poblado por hadas y duendes, aparecieron los hombres.

Estas mágicas criaturas, debido a su pequeño tamaño, les pasaban desapercibidas a ellos, que, sin darse cuenta, las pisaban.

Las hadas, cansadas de ser pisoteadas, decidieron adoptar una apariencia más llamativa: se vistieron de color dorado y tomaron la forma de una flor de diente de león, una flor que, además de no pasar desapercibida, tiene la capacidad de retraerse si se la va a pisar . ..

— ¡Cómo me gustaría ser un diente de león! —proferí tras un suspiro .

Ayleen supo de inmediato que su última frase me había arrancado aquella desgarrada exclamación y se echó a llorar en mis brazos .

Yo no lloré, sólo la rodeé con los míos mientras pensaba que ése sería mi próximo deseo .